La comercialización del libro es un tema complejo. Desde el proceso creativo hasta la venta al público hay varias aristas que deben considerarse: el elevado número de novedades publicadas, el apoyo a los creadores, la edición universitaria, el precio de venta, la ausencia de un sistema único de clasificación librera, la cantidad de librerías y la desproporción entre los espacios de exhibición y la producción editorial, el asunto del libro de texto, las bibliotecas de aula, los programas de apoyo y promoción a la lectura.

De acuerdo con la Encuesta nacional de prácticas y consumos culturales (Conaculta, 2004) el número de libros leídos depende directamente del nivel de escolaridad y de ingreso. Asimismo, la población más joven es el segmento demográfico que lee más libros por año. La proporción entre lectores y lectoras es la misma, por lo tanto la lectura depende, en mayor medida, del grado de educación.

Por otra parte, de acuerdo con los datos publicados por la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), durante el 2004, en México se vendieron 152 millones de ejemplares; la cifra puede sonar alentadora frente a la conseja popular de que los mexicanos leemos medio libro per cápita al año. Sin embargo, este dato considera la producción de los libros de texto. Realmente, la mayoría de las ventas de la industria editorial se encuentran en ese sector. Por lo que si las restáramos se tendría una mejor idea de lo que en realidad se comercializa.

El encuentro de los libros

Por otra parte, cada año se editan en nuestra área idiomática alrededor de 100 mil novedades que ocupan una gran parte de las librerías. Aquí aparecen, al menos, dos asuntos; primero, cuál es el criterio que define qué libros deben estar en el piso de venta -¿bestsellers?, ¿clásicos?, ¿texto?-; dicho de otra manera, ¿debe regir el valor del contenido o solamente un criterio comercial? Recordemos que el mercado está compuesto por los consumidores de libros, independientemente que sean lectores o no.
El segundo asunto es que no se ha adoptado un sistema de clasificación librera unificado para nuestra área idiomática. El universo de libros escritos en español es inabarcable. Es urgente crear las coordenadas que faciliten el encuentro entre el libro y los lectores. Un sistema de clasificación que nos permita ubicar fácilmente los libros en las librerías por temas, subtemas, y palabras clave del contenido y no solamente por autor o título como hasta ahora.

La sobreoferta editorial enfrenta su principal problema en la capacidad de exhibición limitada de las librerías, pues los libros compiten entre sí por un espacio en el que el consumidor los pueda encontrar; esta oferta sin fin, paradójicamente, no permite dar de forma sencilla con un libro. Por ejemplo, cuando un lector va a la librería y pide asistencia, es posible ofrecerle los títulos sobre un autor en específico con los sistemas actuales o si se solicita un título también es factible dar una respuesta satisfactoria; sin embargo, si pide ayuda respecto a un tema, o peor aún, sobre un subtema, las posibilidades de cumplir su demanda se vuelven, cuando menos, azarosas.

Cada libro editado representa un gran esfuerzo: desde el scouting -búsqueda-, evaluación del contenido, traducción, inversión en diseño, hasta la tinta y el papel, entre otros. No es aceptable que la ausencia de un sistema de clasificación lleve al desencuentro entre la obra y su lector potencial.

México tiene muy pocas librerías, la mayor parte de ellas concentradas en las grandes ciudades; son solamente mil. ¿El Estado debe abrir librerías o debe concentrarse en la creación de bibliotecas públicas?, o finalmente, ¿cuál debe ser el papel que el gobierno debe adoptar para estimular la apertura de nuevos puntos de venta? En otros términos, es necesario definir una política de estímulo a la comercialización del libro.

Profesionalizar el oficio de librero

En general, las actividades profesionales que tienen que ver con la educación y los libros son poco apreciadas en relación con su impacto social. Específicamente, el oficio de los libreros está lejos de alcanzar su profesionalización a través de su desarrollo académico.

Se trata de cubrir un perfil específico que demandan tanto la industria como la sociedad: una persona que además de comprender el proceso comercial conozca de autores, obras, colecciones y sellos editoriales; que pueda ubicar los títulos clave de la librería y ofrecer opciones al consumidor.

Dichas habilidades se obtienen tras años de trabajo pero podrían aprenderse o perfeccionarse con un plan específico de estudios. Desafortunadamente, esta opción aún no está disponible en nuestro país.

Formar lectores

La mayoría de los integrantes de la industria editorial coincidimos en que el tema central es la formación de nuevos lectores.

Sin embargo, esta tarea no la realiza ninguno de los eslabones de la cadena editorial. Ni los creadores, ni los editores y, mucho menos, las librerías pueden provocar que los mexicanos leamos más.

Los lectores se forman a través de los planes de educación que, hasta hoy, no han logrado cumplir este objetivo a cabalidad. Quienes estamos en contacto con los niños sabemos que una de sus peticiones más comunes es que les contemos un cuento. Mediante la narración, el niño se transporta al país de las hadas o al de los piratas; estas imágenes lo acompañan durante la mayor parte de la etapa del juego imaginario.

El niño siempre quiere más: las historias infantiles pueden ser infinitas. Estos personajes y estas aventuras serán referentes constantes de sus vidas.

Es tarea de padres y educadores crear el vínculo entre esas historias contadas a los niños y la posibilidad de que ellos mismos sean sus propios narradores a través de la lectura.

Pero es un hecho que en algún momento el niño en etapa escolar pierde el interés por los cuentos. En mi opinión, esto ocurre porque la lectura ha pasado de ser algo lúdico y de libre elección a convertirse en una más de las obligaciones escolares.

En nuestros días los libros se perciben o como una actividad de entretenimiento o como una obligación. El dilema aparece inmediatamente pues la lectura entendida como algo lúdico se enfrenta a fuertes competidores: televisión, juegos de video y computadoras.

Todos ellos suelen ser más atractivos para la segunda generación de homo videns, pues el impacto sensorial suple la falta de argumentos.

Por otra parte, la lectura vista como obligación despierta animadversión por la tensión y la distancia con los textos; dicho de otra manera, la selección de lecturas de los planes escolares difícilmente logra que los alumnos se involucren en las historias o se identifiquen con los personajes. Si la actividad no se goza es poco factible que se convierta en un hábito. Es necesario, entonces, completar el ciclo para que los libros se conviertan de espejos a ventanas y así poder explorar el universo.

Además, es recomendable que el día a día de la vida escolar incluya visitas a librerías y bibliotecas. Los niños deben ver a los libros como un juguete más. El libro como objeto de diversión, como aliado en las tareas y como compañero en la cotidianeidad. En la medida en que esto ocurra podremos garantizar que los jóvenes lectores, al paso de los años, conserven el hábito de la lectura.

El Estado y los libros

La cadena comercial editorial necesita un gran articulador; de todos los miembros que la integran solamente el Estado -no como protector sino como impulsor- es quien puede lograr incrementar el número de lectores.

También se requiere revisar la selección de los títulos contemplados como lecturas en los planes de estudio, así como los métodos con los que los docentes inducen a los alumnos a leer. Tener más libros no garantiza la formación de más lectores; es por ello que es necesario redefinir la relación entre los educandos y las bibliotecas de aula.

La selección de títulos debe considerar como una condición la cercanía de los textos con los lectores, pues en la actualidad las bibliografías incluyen, prioritariamente, los textos clásicos de la literatura universal. Es incuestionable la calidad e importancia de tales obras. Sin embargo, por los resultados obtenidos, parece que ni las historias ni el contexto despiertan la pasión lectora entre nuestros niños.

En mi opinión, las primeras aproximaciones a la lectura deberían ser muy amables con el lector, ya que no se puede dejar de lado el interés de los niños.
Para cumplir cabalmente con su función de impulsor de la lectura, el Estado podría enfocarse, primordialmente, al apoyo de las ediciones académicas, que de otra manera no se publicarían por su baja demanda comercial.

Asimismo, es necesario incentivar la creación de nuevas librerías. Promover estrategias fiscales que beneficien tanto a las grandes cadenas como a las librerías de barrio.

Aunque con alcances distintos, ambas dibujan el perfil de los consumidores mexicanos.

El Estado podría hacerse cargo del establecimiento de librerías en los lugares más alejados como parte de un plan estratégico de acercamiento del libro a los posibles lectores.

En nuestro país, lamentablemente, el tema del libro y la lectura no es prioridad para los actores políticos. Sin embargo, no podemos aceptar esa postura, pues un país que no lee puede quedar sólo como espectador del progreso. n