En su primer volumen de cuentos, cuyo título es Me perderé contigo, Rafael Pérez Gay puso en voz de un personaje las siguientes palabras: “Los treinta son el espacio predilecto de las lágrimas, caldo de cultivo inmejorable. Es un asunto biológico: acaba usted de entrar a la madurez y viene de dejar la juventud. Durante esos años se llora muchísimo y con una vehemencia admirable. A los que entran al reino de los treinta años todo los hace llorar, cualquier nadería. Treintones y treintonas sienten que tienen todo por delante, que están en el mejor momento de su vida y, como se sabe, eso es para llorar. En cambio a los cuarenta las lágrimas pierden su voluntad, aunque ganan cierta sabiduaría lacrimosa. Pero aun así, los cuarentones son lloroncitos de ocasión y, lo que es peor, utilizan siempre amigos, alcohol, analistas. Además olvidan demasiado pronto el motivo de sus lágrimas y acaban invariablemente diciendo que van en el tren de la vejez y que no han hecho nada en la vida”.

Dieciocho años más tarde -el primer libro data de 1988-, Pérez Gay inicia así el primer relato de Paraísos duros de roer: “Me presento. Soy Alberto Armijo. Estudié sociología en la UNAM. Subo un escalón y estoy en los cincuenta. No me sigue una estela de actos heroicos. Soy parte del paisaje de mi generación. Me perdí en el laberinto marxista, acumulé fracasos políticos en partidos de izquierda, participé en la fundación de un periódico. Ideología, partidos y diarios, el retrato de una generación que perdió el tiempo como si fuera inmortal”.

Con las dos citas queda de manifiesto una de los grandes temas desarrollados en la cuentística del autor: el tiempo. Pero no sólo en su acepción de la edad, de los años que pasan y se nos escapan sin que podamos hacer nada al respecto; sino en la de la época que vivimos, en la de la experiencia que adquirimos gracias al pasado, en las indagaciones en los recovecos de la historia y en la incertidumbre con que enfrentamos el presente.

“Soy parte del paisaje de mi generación”, dice el narrador del relato “La agencia”. Una frase que todos los escritores deberíamos suscribir, pero que en Rafael Pérez Gay describe una poética personal. Quien haya seguido su trayectoria desde la publicación de su primer libro hasta el más reciente, podrá advertir con facilidad que hay en ella una constancia y una coherencia que la convierten en un universo complejo, cerrado, donde se desenvuelve una serie de personajes que, como los habitantes de una ciudad en un periodo temporal determinado, comparten esperanzas, frustraciones, temores, aficiones y miedos, pero sobre todo una manera semejante de ver la vida, de reflexionar sobre ella, aunque cada uno esté inmerso en su situación específica, diferente de la de los demás.

Al proponerse entregar a los lectores un retrato de la vida contemporánea mexicana, este autor ha construido una cuentística urbana y posmoderna por cuyos relatos desfilan seres desesperados, angustiados, paranoicos, indefensos y a la deriva, que sienten cómo el tiempo se les viene encima sin que logren alcanzar ese paraíso personal que saben que existe, pero sólo han entrevisto de una manera fugaz en sus sueños.

La coherencia y unidad en los tres volúmenes de relatos publicados por Pérez Gay no impiden que su universo esté en constante evolución. En él los personajes crecen, maduran, adquieren densidad psicológica e intelectual al mismo tiempo que su creador, cuya prosa se depura con el paso del tiempo, se concentra en lo esencial y consigue esa síntesis tan anhelada por quienes cargan un enorme contingente de temas, personajes e historias en el imaginario. Así, si en el libro Me perderé contigo la mayoría de los personajes rondan entre los veinte y los treinta años de edad y están inmersos en la crisis económica de los ochenta, y si en Llamadas nocturnas nos encontramos ya con seres más adultos, que andan cerca de los treinta y cinco, en Paraísos duros de roer, en cambio, se acercan peligrosamente al medio siglo de vida, y esa edad les otorga una visión más serena, más desencantada, de la existencia.

Los cinco relatos que conforman el volumen giran en torno a una visión irónica de lo que podríamos llamar “felicidad” y a otra a veces no tan irónica de lo que consideramos “sufrimiento”. Y es esta tensión entre el placer y el dolor, entre el clásico Eros y Tanatos, lo que constituye el motor de la historia y, en casi todos los casos, lo que provoca el desgarramiento interno de los protagonistas-narradores. Pérez Gay, además, sitúa a sus personajes, según el texto, en un ámbito personal, profesional o accidental cuyos límites le sirven de marco para delimitar su radio de acción, profundizando en él con lo que podríamos definir como una erudición anecdótica cargada de ironía en la que el narrador se apoya con el fin de comprender el mundo en que vive y así tratar de sobrevivir en él. De este modo, Paraísos duros de roer representa también una suerte de enciclopedia de bolsillo donde el lector puede internarse en los mecanismos del espiritismo, en los meandros menos conocidos de psicoanálisis, en la motivación de los sadomasoquistas, en las peripecias de la investigación periodística y en las sorpresas que nos deparan los procesos de la nostalgia.

En “La agencia”, relato que abre el volumen, el narrador es un psicoanalista que cuenta su aventura extramatrimonial con una de sus pacientes, una mujer misteriosa que sabe conducirlo a la cúspide del placer y la emoción. Esto representaría para cualquiera una versión terrenal del paraíso, pero no para nuestro protagonista, que se hunde sin remedio en varios infiernos a la vez: el del agotamiento físico, el de la culpa por engañar a su mujer, sin contar los que le provocan traspasar los límites éticos de su profesión y la duda respecto a la identidad de su amante.

Es decir, un paraíso imaginado se convierte en un infierno al pasar al plano de la realidad, con lo que el autor nos recuerda que todo proyecto no es sino un arma de doble filo y sus consecuencias dependen del momento y el azar. Para el psicoanalista Alberto Armijo, esta aventura erótica da una vuelta imprevista en las líneas finales del relato, llevándolo a descubrir que su vida es muy diferente de lo que él creía.

“Regreso a la burbuja”, como su nombre lo sugiere, es una secuencia de un relato anterior de Rafael Pérez Gay. Una vuelta más en el círculo de la nostalgia, un vistazo a otro tiempo, con el añadido de la comparación, pues el autor coloca frente a frente dos parejas de personajes: los jóvenes que fueron hace veinte años y el hombre y la mujer maduros que son ahora. Además de construir una historia en tono de comedia donde su sentido del humor se sublima, con este texto Pérez Gay nos reafirma en la idea de que, como la vida, la escritura siempre es una obra en marcha, una espiral continua a la que hay que volver una y otra vez para poder apreciar el todo con precisión. Somos la suma de lo que hemos vivido, parece decirnos el autor. Y, nuestra escritura, la suma de todo lo que hemos escrito.

Uno de los relatos más provocadores y violentos de Paraísos duros de roer es, sin duda, “Bondage”, donde el protagonista nos coloca ante una de las situaciones inevitables de la vida: la muerte de nuestros contemporáneos, de aquellos con quienes crecimos y hemos convivido por siempre. No hay nada más terrorífico que cuando se empiezan a morir los de nuestra edad, dijo alguien. Es el anuncio del fin. En este relato es quizá donde se advierte con mayor claridad esa tensión extrema entre Eros y Tanatos, entre el placer y el dolor, entre el sexo y la muerte. No es extraño, pues, que gire alrededor del tema del sadomasoquismo. El narrador-protagonista desgrana en él una serie de sentimientos encontrados al contarnos que, mientras una amiga cercana muere lenta y dolorosamente de cáncer, él se relaciona con una mujer extrema aficionada al sexo violento.

Se trata de un relato donde la intensidad es tan fuerte, la mezcla de sensaciones tan brutal y el entramado de las escenas tan estrecho que el lector termina de leerlo prácticamente sin aliento, extrañando la levedad experimentada en los otros cuentos del autor y el sentido del humor y la ironía que, aunque presentes también, sólo funcionan a manera de paliativos momentáneos que, a la larga, aprietan más en nuestro estómago el amasijo de emociones. Un cuento complejo, donde ese miedo tenue que flota siempre en los relatos de Pérez Gay se quita la máscara para mostrarnos su verdadero rostro de dolor profundo.

Pero mi favorito en esta colección es el siguiente, “Venimos de la tierra de los muertos”. Aquí los temores del narrador-personaje y el tono de la ironía sostienen de principio a fin un delicado equilibrio que, en consecuencia, equilibra nuestras emociones durante la lectura. Es una tragicomedia donde Pérez Gay sintetiza gran parte de sus obsesiones y sus temáticas confluyen. A través de la narración transitamos por el sexo casual, el delirio por mantener la salud en una edad en la cual ya es difícil, las paranoias del urbanícola contemporáneo, la investigación histórica, el miedo a la muerte y la curiosidad de qué hay más allá de ésta. El tema central es, por supuesto, el espiritismo, el diálogo con quienes ya no están.

El narrador-protagonista es un historiador que realiza una investigación sobre los integrantes de La Revista Moderna, aquella publicación que trajo a nuestro país una revolución tanto en las formas literarias como en el comportamiento de los escritores de principios del siglo XX. Y reparte el tiempo libre que le deja su trabajo entre el cuerpo de una prostituta y las sesiones con una enana médium a las que lo lleva una amiga.

Con este planteamiento y con el desarrollo irónico de las dos líneas argumentales en donde el tiempo se torna una sustancia maleable que en vez de fluir en línea recta gira sobre sí mismo, Pérez Gay consigue un efecto fantástico de sutil originalidad, una vuelta de tuerca sorpresiva con la que liga una anécdota en apariencia banal y una de las ramas más olvidadas de tradición literaria de nuestro país.

Cierra el volumen “Un género diabólico”, relato en donde un escritor que se considera a sí mismo mediocre recibe la encomienda de trazar una crónica sobre la vida sexual subterránea de la ciudad de México. Otro paraíso duro de roer que, a la larga, muestra la contracara de la moneda para convertirse en un infierno cuando el protagonista se ve inmerso en el mundillo del crimen, de los secuestros y la trata de blancas. Otra vez Eros y Tanatos. Otra vez el placer y el miedo. El sexo y la muerte.

Por medio de un recorrido por tables-dance, clubes de swingers y demás antros del bajo mundo, el autor aborda uno de los grandes temores del habitante contemporáneo de la ciudad: el temor a la delincuencia. También nos ilustra, para rematar, acerca de lo que puede sucederle a un escritor cuando se mete en ambientes que le son ajenos.
Rafael Pérez Gay es un narrador que pule sus frases al grado de construir aforismos con ellas. Sus relatos abundan en citas ingeniosas de otros autores que refuerzan el asunto tratado. En ellos reflexiona una y otra vez sobre la escritura misma y el proceso de creación. A veces lo hace con ironía y hasta con cierta burla, como para demostrar que el literario no es sino un oficio como cualquier otro; a veces aborda el tema con más seriedad e incluso con dolor y amargura. Pero las reflexiones en torno a los procesos creativos que en lo personal prefiero son aquellas que suelen pasar desapercibidas porque no están explícitas, sino que se deducen a través de los hechos: cuando al hablar del psicoanálisis se refiere sin decirlo a la creación interna de los personajes, cuando a través de la nostalgia alude a la revisión de la obra propia, cuando al tratar el sadomasoquismo nos instruye acerca del estado de ánimo de un escritor mientras escribe, cuando por medio del espiritismo se cuestiona nuestras ansias de trascendencia, y cuando abordar el periodismo revive la vieja discusión sobre realidad y literatura.

El libro completo nos habla de los encontronazos que suele darse el ser humano con esa realidad que lo atrae con apariencia de paraíso y, al tenerlo a su merced, le muestra el verdadero infierno. Y cada uno de los temas de los relatos representa una salida para fugarse de esa realidad: el psicoanálisis, la nostalgia, el sadomasoquismo y el espiritismo, así como el sexo y las drogas que aparecen en varios de ellos. Pero quizá la ruta de huida más saludable sea la escritura que, a final de cuentas, puede sustituir y contener todas las anteriores.

Este es el tercer libro de cuentos del autor, después de trece años de haber publicado el segundo. Celebramos, por lo tanto, no sólo una nueva entrega, sino la continuación de una obra en marcha, el cumplimiento de una promesa dejada más de una década en suspenso, la evolución y desarrollo de unos personajes que dejaron de ser veinteañeros en el primer libro, abandonaron la treintena en el siguiente, y que, al decir adiós a la no tan feliz pero sí divertida etapa de los cuarentones con Paraísos duros de roer, nos hacen desear por un momento que el tiempo pase más rápido para muy pronto toparnos de nuevo con ellos, u otros semejantes.

Estoy seguro de que cuando tanto el autor como sus creaturas lleguen a los setenta, la crónica, el retrato de la generación de cuyo paisaje forman parte, será tan nuestro, tan familiar, que cada uno de nosotros podrá sentirse personaje de un relato de Rafael Pérez Gay. n