En su primer volumen de cuentos, cuyo título es Me perderé contigo, Rafael Pérez Gay puso en voz de un personaje las siguientes palabras: “Los treinta son el espacio predilecto de las lágrimas, caldo de cultivo inmejorable. Es un asunto biológico: acaba usted de entrar a la madurez y viene de dejar la juventud. Durante esos años se llora muchísimo y con una vehemencia admirable. A los que entran al reino de los treinta años todo los hace llorar, cualquier nadería. Treintones y treintonas sienten que tienen todo por delante, que están en el mejor momento de su vida y, como se sabe, eso es para llorar. En cambio a los cuarenta las lágrimas pierden su voluntad, aunque ganan cierta sabiduaría lacrimosa. Pero aun así, los cuarentones son lloroncitos de ocasión y, lo que es peor, utilizan siempre amigos, alcohol, analistas. Además olvidan demasiado pronto el motivo de sus lágrimas y acaban invariablemente diciendo que van en el tren de la vejez y que no han hecho nada en la vida”.
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