Cuando muere un ser tan querido como el padre o la madre no hay mejor manera de rememorarlo(a) y de buscarlo(a) que envolverse en su legado, escudriñar sus papeles y reencontrar las imágenes que quedaron marcadas con su vida. Tantas cosas de la propia identidad, que parecían tan sabidas, se saben por primera vez. O, más bien, se reconocen por primera vez, cuando se ha ido quien en ocasiones decía lo mismo demasiadas veces. Es por eso que resulta tan doloroso ver, por ejemplo, destruirse patrimonios y memorias entre malentendidos y conflictos legales testamentarios. También el olvido y el descuido son golpes al pasado. Perder toda nostalgia es tan grave como perder el porvenir. Porque, de acuerdo con Alejo Carpentier, quien en su novela Los pasos perdidos acuñó la frase “los recuerdos del porvenir”, ¿qué futuro puede imaginar quien está ajeno a la historia?
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