Dioses griegos, choferes enamorados y Montgomery Clift * Adriana González Mateos

A primera vista, podría parecer que la belleza de Montgomery Clift hace innecesaria cualquier anécdota. Quizá no hay que agregar nada a las imágenes que prodigan ese cuerpo semidesnudo o vestido de militar o enfundado en ropa casual. Quizá basta mirar sus transformaciones, seguirlo en sus avatares como hombre elegante o sacerdote o vaquero, admirar la expresividad de un rostro que ha servido para dar cierta concreción al ideal. No parecería indispensable averiguar anécdotas en las que esa hermosura adquiera una historia, texturas que la conviertan en parte de una saga donde se mezclan homosexualidad, adicciones, terapias y conflictos con la disciplina de la industria cinematográfica. También sería posible mirar los Bronzi di Riace sin imaginar sus vidas, sus pasiones, sus maneras de divertirse.

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Publicado en: 2006 Abril