Algunos hombres coleccionan mujeres. Precisemos. Coleccionan cópulas, visiones de carne y sábanas, idénticas habitaciones de hotel o motel. No las coleccionan a la manera del filatélico, que disfruta repasando lentamente las páginas de sus álbumes para admirar la rareza, el valor o la singularidad de las estampillas que posee (y para disfrutar, también, con los ejemplares menos excepcionales, cuyo valor es, quizás, sentimental: las primeras estampillas de la infancia). No las colecciona a la manera del melómano, que acumula en casa discos y más discos de sus compositores preferidos; y estudia devotamente versiones distintas de una misma partitura, degustando similitudes y diferencias: el coleccionista de mujeres, como el cazador, está siempre ávido de nuevas aventuras.
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