No recuerdo en qué momento la frase me estremeció por primera vez. Ahí en donde nací, la palabra México no era sólo el nombre del país en que dormíamos: era algo más intimidante, más extraño que cualquier país y más que cualquier otro rumbo. Era el nombre de un ciudad despierta a cosas tan raras como el divorcio, la posibilidad de ser actriz de cine, escritor al que le pagan por hacerlo, Presidente, jirafa. Yo nunca vi una jirafa sino hasta que la descubrí en México (Distrito Federal) la primera vez que lo visité como miembro de una expedición familiar que en primer término fue a Chapultepec, en segundo a la Villa de Guadalupe y en tercero a la Torre Latinoamericana.
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