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Había alrededor de cuarenta personas en el salón de actos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, sentadas entre reflectores de televisión y cámaras de cine, y rodeadas de periodistas de Prensa Latina. El calor era insoportable, mezclado con el olor y el ruido de la multitud apretujada dentro del salón. En medio del caos, José Antonio Portuondo, vicepresidente de la UNEAC, alzó la voz para llamar al orden, acompañado por un hombre que todos conocían, protagonista del drama que llegaba a su culminación aquel martes 27 de abril de 1971.

Los rostros, llenos de curiosidad, voltearon hacia él -“un muchacho corpulento y lampiño, de cara lunar y grandes anteojos, de pelo ensortijado y lenguaje pulido hasta la exageración”, según habría de recordar un argentino presente en la reunión-.1

Era el poeta Heberto Padilla, quien en ese momento fue presentado por el vicepresidente de la UNEAC.

-Compañeros -anunció Portuondo, algo nervioso-. Compañeros, durante varios días hubo conversaciones, rumores, etcétera, en torno a Heberto Padilla y a su situación, y él, por su parte, hizo una solicitud al Gobierno Revolucionario en el sentido de explicar personalmente su caso.2

Antes de cederle la palabra, Portuondo trató de excusar la ausencia del presidente de la UNEAC, el poeta Nicolás Guillén. ¿Por qué no estaba presente en la reunión?

-Todos ustedes saben que Nicolás ha estado seriamente enfermo -quiso bromear- y que se le ha prescrito un reposo absoluto, un reposo que tratándose de Nicolás nunca es absoluto, pero que nosotros hemos tratado de absolutizar lo más posible. Por esa razón él no está esta noche aquí.3

Padilla acababa de ser puesto en libertad la víspera, hacia la medianoche, pero no daba la impresión de ser una persona salida de la cárcel. “Vestía una camisa celeste y un pantalón obscuro”, escribió un testigo, “esgrimía un habano que no llegó a encender y a lo sumo parecía agobiado por el calor”.4

El sonido de su voz hizo callar a todos en el salón de la UNEAC.

-Compañeros, desde anoche a las doce y media, más o menos, la dirección de la Revolución me puso en libertad, me ha dado la oportunidad de dirigirme a mis amigos y compañeros escritores -empezó a decir-. Ustedes saben perfectamente bien que desde el pasado 20 de marzo yo estaba detenido por la Seguridad del Estado. Estaba detenido por contrarrevolucionario.5

Padilla tenía unas notas en la mano que veía de vez en cuando, mientras hablaba en el salón de la UNEAC. Parecía que improvisaba su discurso pero, conforme avanzaba, todos los presentes empezaron a notar algo muy extraño: que recitaba palabra por palabra la carta de autocrítica que, cuatro días atrás, había dirigido desde la prisión al gobierno del comandante Fidel Castro. “Consiguió repetir casi sin modificaciones los términos de la carta”, confirmaría después uno de los presentes.6

-Yo he tenido muchos días para reflexionar en Seguridad del Estado -continuó el poeta Padilla-. Yo he cometido muchísimos errores, errores realmente imperdonables, realmente censurables, realmente incalificables. Y yo me siento verdaderamente ligero, verdaderamente feliz después de toda esta experiencia que he tenido de poder reiniciar mi vida con el espíritu con que quiero reiniciarla.7

El poeta pronunció después una retahíla de reproches dirigidos a sí mismo, que los presentes escucharon en silencio, con un poco de miedo, pues daban la impresión de ser esgrimidos también contra todos ellos.

-Yo pedí esta reunión, y no me cansaré nunca de aclarar que la pedí -prosiguió el poeta Padilla-. Yo, bajo el disfraz de escritor rebelde, lo único que hacía era ocultar mi desafecto a la Revolución. Yo he criticado cada una de las iniciativas de la Revolución.

Yo, compañeros, como he dicho antes, yo he cometido errores imperdonables… Yo he difamado, he injuriado constantemente la Revolución, con cubanos y con extranjeros.

Yo he llegado sumamente lejos en mis errores y en mis actividades contrarrevolucionarias. A mí me preocupaba más mi importancia intelectual y literaria que la importancia de la Revolución.8

Heberto Padilla había vivido ya la parte más importante de su vida cuando, a los treinta y ocho años, pronunció su discurso en el salón de la UNEAC. Era nativo de Puerta de Golpe, en Pinar del Río, pero desde joven residía en la capital de Cuba. Estudió filosofía y derecho en la Universidad de La Habana, trabajó como cronista policiaco en una sección de crímenes y escándalos de la radioemisora COCO y más tarde vivió en Nueva York, ciudad en la que, sorprendido por el triunfo de la Revolución, fue por unos meses el corresponsal de Prensa Latina.

Al comienzo de los sesenta regresó a Cuba para colaborar en Revolución, el periódico que dirigía Carlos Franqui. Después, la vida lo llevó por todas partes: trabajó de nuevo para Prensa Latina en Londres y en Moscú, y luego para Cubartimpex, una empresa que le permitió vivir en varias capitales de Europa, donde promovía el comercio con Cuba. Hacia mediados de los sesenta comenzó su relación con la gente de Casa de las Américas, entonces a cargo de la compañera Haydée Santamaría.

Sus problemas con el poder empezaron poco después, en febrero de 1968, al hacer unas declaraciones a la revista El Caimán Barbudo. Padilla aprovechó la ocasión para ridiculizar Pasión de Urbino, la novela menor de Lisandro Otero, y hacer el elogio de Tres tristes tigres, la gran obra de Guillermo Cabrera Infante, que acababa de ganar el Premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral.

El problema era que Cabrera Infante vivía exiliado en Europa y Otero era, en cambio, vicepresidente del Consejo Nacional de la Cultura. Fue un error que juzgó su deber corregir la noche de su autocrítica, en la que condenó sus elogios a Cabrera Infante (“un agente de la CIA”) y lamentó sus críticas a Otero (“un amigo verdadero”) en la entrevista con El Caimán Barbudo.9

Pero el episodio más grave ocurrió en octubre de 1968, con la premiación de su libro de poesía Fuera del juego.

-Pensemos sinceramente en Fuera del juego -propuso Padilla a sus colegas el día de su autocrítica en la UNEAC-. ¿Ustedes piensan, si ustedes leen ese libro, que es en realidad un libro revolucionario? Ese libro está lleno de amargura, lleno de pesimismo…
Ese escepticismo y esa amargura no entusiasman y no llevan a la Revolución.10

Muchos en la UNEAC recordaron sin esfuerzos el escándalo provocado por aquel libro. En el otoño de 1968, en efecto, Heberto Padilla recibió el Premio de Poesía Julián del Casal. El Comité Director de la UNEAC, que otorgaba el premio, trató de revertir la decisión del Jurado, compuesto entre otros por el novelista cubano José Lezama Lima y el crítico inglés John Cohen. Pero sin éxito.

Ambas partes acordaron entonces publicar la obra con una nota de la UNEAC, seguida por otra del Jurado. El texto de la UNEAC tuvo que ser endurecido, pues en ese momento la revista Verde Olivo, órgano de las FAR, dio a conocer un artículo titulado “Las provocaciones de Padilla”, en el que criticaba su vida de lujos al amparo de la Revolución. Era el Año del Guerrillero Heroico.

La UNEAC publicó al fin el libro de Padilla precedido por una nota donde reiteraba su “deber de velar por el mantenimiento de los principios que informan nuestra Revolución”.11

Criticaba en los poemas dos pecados: su criticismo y su antihistoricismo. “Su criticismo”, explicaba, “se ejerce desde un distanciamiento que no es el compromiso activo que caracteriza a los revolucionarios… Su antihistoricismo se expresa por medio de la exaltación del individualismo frente a las demandas colectivas del pueblo”.12

La nota terminaba con una censura al poeta por sugerir, decía, “persecuciones y climas represivos en una revolución como la nuestra que se ha caracterizado por su generosidad y su apertura”.13

El dictamen del Jurado apareció junto con la nota de la UNEAC. “Fuera del juego se destaca por su calidad formal y revela la presencia de un poeta en posesión plena de sus recursos expresivos”, afirmaba, para luego decir algo en defensa de su contenido, dadas las circunstancias:

“El libro se sitúa del lado de la Revolución, se compromete con la Revolución y adopta la actitud que es esencial al poeta y al revolucionario: la del inconforme”.14

Associated Press publicó después una nota sobre “el disentimiento entre los intelectuales del régimen de Castro sobre la libertad de expresión artística”.15

La vida de Padilla cambió por completo a partir del escándalo de Fuera del juego. Su libro fue traducido de inmediato a catorce idiomas, pero él mismo perdió su trabajo en Casa de las Américas. Entonces le escribió una carta a Fidel Castro, que le hizo llegar por medio de la viuda de un compañero del Che muerto en Bolivia. El comandante en jefe le consiguió trabajo en la Universidad de La Habana, para templarlo, pero meses más tarde llegaron a sus oídos noticias que le hicieron ver que Padilla no había entendido la lección, que era un malagradecido: venía de publicar un libro de poemas llamado Provocaciones, justamente, y escribía una novela titulada con un verso de Roque Dalton que a todos les irritaba profundamente, En mi jardín pastan los héroes.

¿Qué podía hacer entonces con él la Revolución?

Por esos días, Padilla contrajo matrimonio con la escritora Belkis Cuza, por lo que las autoridades, como regalo de bodas, le dieron acceso a una suite de dos recámaras en el piso diecisiete del Hotel Riviera. En el piso de arriba estaban las habitaciones del escritor Jorge Edwards, encargado de negocios de la Embajada de Chile en Cuba. La relación de Padilla con él, en la que participaba también el fotógrafo Pierre Gollendorf, miembro del Partido Comunista en Francia, serviría de pretexto a la gente de Seguridad del Estado. Pues Edwards sería declarado persona non grata y Gollendorf, a su vez, agente de la CIA.

El golpe llegó en la primavera de 1971. Un día, Padilla recitó varios poemas de Fuera del juego en la Universidad de La Habana, que fueron grabados para enviar a Chile a un festival sobre Cuba. Por la noche, Fidel llegó sin avisar a la Universidad. Escuchó la grabación de los poemas hasta las dos y media de la madrugada, entre ellos el que servía de título al libro, “Fuera del juego”. Empezaba con estas líneas:

¡Al poeta, despídanlo!
Ese no tiene aquí nada que hacer.
No entra en el juego.
No se entusiasma.
No pone en claro su mensaje.
No repara siquiera en los milagros.
Se pasa el día entero cavilando.
Encuentra siempre algo que objetar.16

La gente vio a Fidel salir muy serio de la Universidad. Heberto Padilla tenía sus días contados. El 20 de marzo, a las siete de la mañana, Seguridad del Estado abrió de un empujón la puerta de su apartamento en El Vedado. Era un sitio de tres cuartos, lleno de fotos y libros, obscuro y descascarado. “Fui conducido en automóvil, entre dos policías, hasta la antigua residencia de los Hermanos Maristas, casi en las afueras de La Habana”, habría de recordar Padilla. “Por fuera es el lugar más plácido y agradable que pueda contemplarse; por dentro es un laberinto de pasillos y escaleras, con celdas consecutivas como un remedo de las prisiones medievales”.17

Villa Marista, la prisión donde solían ser recluidos los enemigos de la Revolución. Padilla estaba ahí, le dijeron sus captores, “por atentar contra los poderes del Estado”.18

Le mostraron una cinta grabada en México, al parecer en casa de Carlos Fuentes, donde era posible escuchar la voz de Jorge Edwards. Ambos criticaban a Fidel por ejercer, decían, una influencia muy nociva sobre Salvador Allende. Había ruidos en el fondo, como de una fiesta. Fuentes llamaba al comandante “bongosero de la historia”.19 Edwards celebraba su ocurrencia:

“Bongosero, bongosero de la historia, caballero. ¿No les parece Nicolás Guillén? ¿No les parece la voz del negro que dice Pablo?”.20

Padilla escuchaba la cinta lleno de terror, incrédulo, sin entender lo que pasaba. ¿Cómo había llegado a manos de sus captores esa cinta que mostraba la voz de su amigo Jorge Edwards? Después de ser interrogado por Seguridad del Estado fue trasladado, inconsciente, al Hospital Militar de Marianao, donde recibió la visita de Fidel. Tenía el cuerpo magullado por los golpes. Más tarde volvió a la prisión, acompañado por los agentes. “Me condicionaron la salida de la cárcel a la autocrítica famosa”, recordaría en una entrevista.21

Le dieron de comer unas galletas con una gaseosa, y le pusieron enfrente su vieja máquina de escribir. “En menos de tres horas quedó terminada aquella confesión de más de treinta folios”.22

Las autoridades utilizaron después parte del texto para convertirlo en una carta de arrepentimiento, difundida por los medios antes de su liberación, en vísperas del acto de la UNEAC, que formaba parte del acuerdo con Seguridad del Estado. “Todo se organizó y se ensayó por la tarde con Portuondo”, diría Padilla. “Nicolás Guillén se negó a asistir aduciendo que la medida era contraproducente y que haría más daño que bien.
Y no fue. Entonces fue Portuondo en su carácter de vicepresidente de la Unión”.23

Todo el mundo lo escuchaba atónito el día de su confesión en la UNEAC. ¿Cuál era su crimen? ¿De qué se le acusaba? El funcionario de cultura Lisandro Otero daría más tarde la respuesta. “Padilla fue arrestado”, escribió en un libro, “por su colaboración con un agente de la CIA en Cuba”.24

Ese agente era el fotógrafo francés Pierre Gollendorf, detenido por los cubanos un mes antes que Padilla. Gollendorf había visitado Cuba por primera vez en el verano de 1967, en ocasión del Salón de Mayo. Regresó en enero de 1968 al Congreso Internacional Cultural en La Habana, que contó con la presencia de quinientos intelectuales originarios de setenta países, entre ellos Russell y Sartre. Gollenforf gestionó después un permiso de residencia para escribir un libro sobre Cuba para la editorial Laffont, que en 1970 publicó la obra de Karol, Les guérilleros au pouvoir, una crítica de izquierda al régimen de la Revolución. “Desde entonces permanecía en Cuba, casado con una cubana y con una hija de dos años”, escribiría Edwards, quien lo conocía desde París, donde frecuentaba al grupo de Violeta Parra. “Gollendorf participó en dos o tres de nuestras tertulias. Estaba resentido y exasperado en Cuba, pero las autoridades no le daban el pase para regresar con su esposa y su hija a Francia”.25

Su crimen fue preparar un libro contrario a la Revolución para una editorial que había roto con ella: Laffont. Nada más. En esos momentos, Fidel estaba cercado por las críticas de los intelectuales de izquierda en Europa: Kewes Karol, Hans Magnus Enzensberger, René Dumont. Por eso reaccionó con tanta violencia contra Gollendorf, quien sufrió tres años de cárcel en Cuba. Y por eso Padilla, el día de su discurso en la UNEAC, los tachó a todos sin reservas: a Karol (“hombre amargado”), a Enzensberger (“mal intencionado”), a Dumont (“viejo agrónomo francés contrarrevolucionario”).26

La autocrítica de Padilla involucró también, de pronto, a varios autores que estaban presentes en el salón de actos de la UNEAC.
-Yo agradezco sinceramente a la Revolución -dijo-. Pero sinceramente yo quiero decir algo más… Si hablo esta noche aquí delante de ustedes es porque sé que en muchos de ustedes hay actitudes, sinceramente, como las que había en mí. Y porque sé que muchos de ustedes, en quienes he pensado sinceramente en estos días, iban en camino de la propia destrucción moral, y física casi, a la que yo iba. Y porque yo quiero impedir que esa destrucción se lleve a cabo.27

Mencionó a su esposa Belkis Cuza (“cuánto grado de amargura, de desafecto y de resentimiento ella ha acumulado inexplicablemente durante estos años”) y a su amigo Pablo Armando Fernández (“amargado, desafecto, enfermo y triste, y por lo mismo contrarrevolucionario”) y luego también a José Lezama Lima (“no ha sido justo con la Revolución”).28

Belkis y Pablo Armando se pusieron de pie para aceptar las críticas y formular propósitos de enmienda. Lezama Lima, ausente en la reunión, no pudo volver a publicar en Cuba por el resto de sus días.

Todos los escritores eran de hecho culpables, en opinión de Padilla. Así lo dijo él mismo con franqueza antes de concluir.

-Porque, compañeros, yo tengo que ser sincero… Nosotros no hemos estado a la altura de esta Revolución. Por ejemplo, las zafras del pueblo. ¿A cuántas zafras, a cuántas ha asistido un número significativo de escritores? ¿A cuántas? ¡A ninguna! Sin embargo, para exigir, para chismear, para protestar, para criticar, los primeros somos la mayoría de los escritores.29

Por eso hizo un llamado a todos sus amigos presentes esa ocasión en el acto de la UNEAC.

-Yo quiero que nadie más sienta la vergüenza -dijo- que yo he sentido, la tristeza infinita que yo he sentido en todos estos días de reflexión constante de mis errores. No quiero que se repitan nunca más estos errores. ¡Seamos soldados! ¡Seamos soldados de nuestra Revolución y ocupemos el sitio que la Revolución nos pida!… ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!30

La autocrítica, prolongada durante más de una hora y media, fue luego publicada como suplemento -vale la pena leerlo- en la revista Casa de las Américas, dirigida por Roberto Fernández Retamar. Ella suscitó las interpretaciones más diversas, sin excluir la que señalaría Edwards: “una sutileza diabólica de parte de Padilla para imitar el estilo del estalinismo y enviar, de ese modo, un mensaje cifrado a sus amigos del exterior”.31

La respuesta de todos ellos, sus amigos, fue contundente: rompieron en ese momento con el régimen de la Revolución.

Al conocer la noticia del acto de la UNEAC, el novelista Mario Vargas Llosa convocó a un grupo de escritores en su apartamento de Barcelona, donde vivía de tiempo atrás, luego de sus años en Londres. Su relación con Cuba había sido muy cercana desde el triunfo de la Revolución, al igual que la de todos los amigos reunidos aquel día, entre ellos Enzensberger y los hermanos Goytisolo. Pero estaba ahora indignado, como ellos, por el espectáculo de Padilla, por lo que propuso escribir una carta de protesta dirigida al comandante Fidel Castro. “Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera”, decía la carta.

“El lastimoso texto de la confesión que ha firmado Heberto Padilla sólo puede haberse obtenido mediante métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias. El contenido y la forma de dicha confesión, con sus acusaciones absurdas y afirmaciones delirantes, así como el acto celebrado en la UNEAC en el cual el propio Padilla y los compañeros Belkis Cuza, Manuel Díaz Martínez, César López y Pablo Armando Fernández se sometieron a una penosa mascarada de autocrítica, recuerda los momentos más sórdidos de la época del estalinismo, sus juicios prefabricados y sus cacerías de brujas.

Con la misma vehemencia con que hemos defendido desde el primer día la Revolución Cubana, que nos parecía ejemplar en su respeto al ser humano y en su lucha por su liberación, lo exhortamos a evitar a Cuba el oscurantismo dogmático, la xenofobia cultural y el sistema represivo que impuso el estalinismo en los países socialistas, y del que fueron manifestaciones flagrantes sucesos similares a los que están ocurriendo en Cuba… Quisiéramos que la Revolución Cubana volviera a ser lo que en un momento nos hizo considerarla un modelo dentro del socialismo”.32

La carta, que dieron a conocer después en círculos más amplios, fue publicada con la firma de intelectuales originarios de todas partes: americanos (Susan Sontag), españoles (Jaime Gil de Biedma, Jorge Semprún), italianos (Giulio Einaudi, Italo Calvino, Alberto Moravia, Pier Paolo Pasolini) y sobre todo franceses (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Alain Resnais, Marguerite Duras, Maurice Nadeau, Claude Roy, Michel Leiris, Nathalie Sarraute). Hubo también un número muy alto de mexicanos que la firmaron: Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Fernando Benítez, José Revueltas, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis y Antonio Montes de Oca. Uno de ellos había tenido que firmar desde la cárcel, pues estaba preso: Revueltas.

Tres días más tarde, el 30 de abril, fue clausurado el Primer Congreso Nacional de Educación y Cultura, que había comenzado a sesionar una semana antes en La Habana. En su discurso, que duró más de una hora, el comandante Fidel Castro, enfurecido por la reacción de los intelectuales frente al caso Padilla, fustigó contra “los seudoizquierdistas descarados que quieren ganar laureles viviendo en París, en Londres, en Roma”.33

Estaba fuera de sus casillas. Despotricó contra los jurados y los escritores que participaban en los concursitos.

-¡Para hacer el papel de jueces -dijo, furibundo- hay que ser aquí revolucionarios de verdad, intelectuales de verdad, combatientes de verdad! Y para volver a recibir un premio, en un concurso nacional o internacional, hay que ser revolucionarios de verdad, escritores de verdad, poetas de verdad, revolucionarios de verdad.34

No pensaba recibir presiones ni sugerencias de nadie. Y los intelectuales no iban a romper con él -no, él rompía con ellos, en ese instante.

Tendrán cabida ahora aquí -vociferó, con el dedo en alto- y sin contemplación de ninguna clase ni vacilaciones, ni medias tintas, ni paños calientes, tendrán cabida únicamente los revolucionarios… Ya saben, señores intelectuales burgueses y libelistas burgueses y agentes de la CIA… En Cuba no tendrán entrada. ¡No tendrán entrada! ¡Cerrada la entrada indefinidamente, por tiempo indefinido y por tiempo infinito!35 n