Camina aprisa, mirando las nubes en jirones del atardecer, abriendo
mucho los ojos: una niña, sin importarle algún tropiezo en las piedras
bajo sus pies. Abre los ojos como para devorar la visión y guardarla para
gozarla después, sola poseedora del universo arriba de la cúpula de Santa
María del Fiore.

Se detiene en una cueva lejos de los caminos, poco más que una oquedad en la ladera, apenas oculta por los polvorientos arbustos de moras y
algunos bloques de granito. No es refugio: demasiado grande para el zorro
y el tejón, demasiado cerca de los hombres para el lobo y el ciervo; es, sin embargo, el punto elegido por ella
y sus dos hermanas para colocar el
huso y el telar, para residir como
en el más lujoso de los palacios:
desde allí, en progresión de terrazas y descensos, la mirada espacia
hasta la ciudad, que se puede ver
entera en la lejanía.

Ahí se quita la ropa: reconoce la propia piel, el calor, el abrazo de sí misma; y ¿por qué no? la complacencia de su belleza. También el olor de su cuerpo y de
otro recién amado, recién dejado.
Por un momento, piensa que ese
aroma puede viajar en el viento y
delatar sus amores. ¡Ay desbocados
amores! Un instante aún, antes de
empezar el trabajo, para sumirse
en el recuerdo de sus labios, de
sus besos, de su dedicación en el
placer y de esos brazos anhelados, soñados tantas noches en delirios de soledad.

Pero ahora hay trabajo que hacer; y más trabajo aún habrá después: pasada la medianoche es cuando más gente muere, en las horas oscuras antes del primer amanecer; a guardar silencio, y manos a la obra. No se da cuenta de que despacio crece en su garganta un murmullo, una cantinela; se calla, reinicia: no se da cuenta de que está suspirando, lamentando, tarareando, despidiéndose. Es de noche ya, que después se cerrará, y que más tarde aún dará paso a los vagos terrores nocturnos de la humanidad. Pocas luces en los valles de abajo, después ninguna; y en la completa oscuridad sigue cortando hilos multicolores y suspirando.

Poco antes del amanecer llegan sus hermanas: -Cuéntanos-.

Ella alza un rostro inundado de lágrimas, pero sorprendentemente sereno: -Otro día-. Las dos parecen comprender y, en silencio, se sientan a la obra: una hila, la otra mide los estambres que después servirán para el telar.
Poco antes del día, despacio ahora, baja hacia la ciudad buscando los senderos a través
de los campos más que
los grandes caminos
empolvados; instintivamente evita la
suciedad. Una lluvia fina comienza a
caer con insistencia, y
las piedras se tornan
resbaladizas, mientras
que los arbustos renuevan su vida.

El agua afloja el limo en la orilla del Arno y aumenta
la gran fuerza del río,
un pujar aún soñolien-to pero amenazante: desbordará
pronto, y su crecida llevará muchas
vidas hacia el mar.

La gente a esta hora por las
calles es de trabajadores: panaderos, vendedores de pescado, de verduras, a quienes se mezclan algunos trasnochados, inconscientes del
riesgo que corrieron, ya que esta
noche, tal vez la siguiente, estará
llena de trabajo. Placer de comprar
alimentos frescos, recién exhibidos
no en las tiendas, sino en los mismos bancos donde fueron depositados al llegar. Pero también las reses
destazadas sueltan ríos de sangres
en los arroyos; ella se aleja.

Primer piso de altas ventanas
hacia una plaza cuadrada, justo a
la izquierda de Santa María, altos
techos con frescos de santos, ángeles y querubines, de nubes y, naturalmente, grandes velos ondeantes,
yesos en el centro y las orillas.
Abajo, un simple colchón en el piso,
revueltas sábanas blancas… aquí
aun la sábana más humilde es de
buen algodón, aun en la más lavada hay un bordado. La tina, agua
fría y escalofríos, olor a lavanda y a
naranjas: desvanece el dolor de los
dedos, la rigidez en los hombros, se
borran las huellas de la noche.

Abiertos los postigos, entran
los ruidos de una plaza de gente
que vive, las puertas se
abren, las conversaciones,
las exclamaciones
(ovvia, che l’è troppo
caro), los aromas de
café y de pan; y más
tarde… Más tarde,
deseo como un río,
sorprendido por una
urgencia que no admite demora, un tempo
que no admite poesía. (Oh pero él aún no sabe nada: ignora el verdadero
placer, el encanto, las pequeñas
perversiones, la plena luz y las sombras; con qué facilidad estaría a sus
pies.)

A horcajadas sobre su cadera,
el placer es un rayo que le invade
el vientre, que recorre la arrogante
espalda y se propaga fulgurante en
su cerebro, que se abre paso hacia
su boca, muda de tantas estrellas.

Un silencio largo, tenso. Después, una sola palabra, helada, sorpresiva: -Vámonos.
Los alimentos sin probar, el
vino sin abrir, la caricia sin terminar. Un azorado frío se le extiende
hasta el vientre: ¿Robé su tiempo
en una conversación vana? ¿Sólo
quería saber cómo es hacer el amor
conmigo? (pero hacer el amor no es
esto…) ¿Le di miedo?
Ahora recorre las calles a grandes zancadas, y no sortea las piedras
más abruptas, sino alarga el paso
casi en un salto. Hacia una meta
definida, a una cita a la que llegará
tarde: los puentes orgullosos tendidos con brama sobre el Arno ancho
y turbio, las calles tortuosas y las
subidas la retrasan sólo un poco.

En las colinas hay aire clemente, casas
pequeñas, casa vez más modestas,
y viñedos. Pequeñas huertas donde,
hombro con hombro con el jitomate, se cultivan en sombras la mandrágora y la belladona.

Al sol de mediodía sube por los
caminos conocidos en la mañana: la
prisa no es ahora por llegar al telar,
sino fruto de una furia que poco se
contiene. Ella no suda en el calor,
no se ensucia de polvo, no pierde
el aliento en la carrera, no sangra
en los espinos: la reciente humanidad se le escurre al igual que la
humedad entre los muslos.

Arriba, por caminos de polvo
y de hierba, bordeados de zarzas, arbustos, humildes flores. Lejos,lejos de Florencia, de su aire suave,su gloria y su arte. ¡A los bosques!Quisiera poder llegar caminandoen ese solo día al monte oscuro,salvaje de lobos pardos. La soledadrepara y sana, seda, calma, aplaca.
Cae la noche en los altos páramos… la presencia de Cloto y Láquesis no demora, e insisten:

-Cuéntanos.

-No.

-Trabaja entonces.

Ferozmente, tijeras en mano,recuerda el río: el fin del invierno,las lluvias y quizá los dioses: arroyo, torrente, caudal, el río baja delos montes, arrastra piedras, ramas,animales, tierra y pedazos de cielo.El Arno se ensancha, casi Dios élmismo, y sube, potencia ciega,implacable anhelo de Tirreno.

Conocida con otro nombre,conocida con otros mil, en estasola noche cumple con un deberque postergó durante días enteros,y corta los hilos creados y medidos por sus dos hermanas: pormanojos, uno por uno, en grupospequeños y grandes. Una vez másde su boca se eleva el lamento yla despedida, porque sabe lo quesucede: familias, viejos, niños, desconocidos que comparten los hospedajes, artistas, jugadores, políticos, cantantes… Florencia inundada, violada por su propio padre,mancillada, sucia; y muchas vidasen el altar del destino.

La crecida es repentina, las márgenes se borran, y el agua invade lossótanos, las calles, roe los cimientos, ahoga las fuentes; inexorable,uno a uno, sube los peldaños de uncuarto en el primer piso, lo inundahasta el mármol de los altos zoclos,casi toca los estucos, lo vacía desábanas y episodios.

{{Chanzas}}

Para Carlos

Hic sunt leones. Y punto. Así se ponía en los antiguos mapas, para
designar las tierras inexploradas. Hi sunt leones: ¿para qué los quieres?, ¿para qué irías allá? Los griegos llamaban bárbaros a todos aquellos
que balbuceaban su precioso, aristocrático idioma: oi babaroi, los extranjeros ridículos que en su afán de conquista parecían monos adiestrados
para imitar los refinados modales, las costumbres de tanta y tan refinada
civilización… Bonito papel harías en medio de rugidos, bestias míticas,
imposibilidades anatómicas. Hic sunt leones.

El cuerpo se sacudía de una tos obstinada, que hacía de su hablar un
discurso entrecortado, poco inteligible; la palabra parecía ser lo accidental
en el fluir de semejante estertor y le impedía creer que él la estaría escuchando auténticamente: nadie a quien le falte tan terriblemente el aire
puede quedarse impávido y desempeñar tamaña y tan delicada tarea.
Así, entre dudosa y desconcentrada, se sienta en un sillón bajo. “¿Cómo
estás?”.

La pregunta se convierte en algo nada convencional en su mente,
y da ganas de responderle que ella tiene -y le pesa- el mapa de un
territorio desconocido y peligroso del cual quisiera deshacerse: hic sunt
leones… Ir allá puede ser tal vez exótico, pero es seguramente peligroso.
Y entonces ve tú, cuya sabiduría sabrá manejar semejante faena. El doctor
Livingstone, supongo.

Así acude al famoso especialista, al reconocido experto, al que sin
temor penetra en desiertos y marismas, en oscuridades subterráneas, en
mares profundos. Hic sunt leones: te entrego el mapa, hazte cargo… Sólo
un momento; hay que cerrar un trato: si descifras el mapa y hay un tesoro, será tuyo, pero yo querré una
traducción, yo querré que me digas
qué leones, qué quimeras, qué elefantes has visto… Creo que tienes
que pasar un examen.

Así comienza a hablar, a explorar mutuamente
un territorio desconocido, que de
ambos quiere cautelas infinitas y la
misma dosis de sentido del humor.
Tal vez se trate de dos territorios desconocidos, y cada quien
el del otro. Ese día comienza una
esgrima que por lo menos para ella
es un placer y una risa secreta…
sobre todo cada vez que él le recomienda “date chanza”: de llorar, de
tener miedo, de ser frágil y admitirlo, “date chanza”, dice; y no pocas
chanzas le había propinado la vida,
de modo que las desplegaba ante
él, desde ese bajo sofá, como un
vendedor marroquí despliega una
estera en una esquina y dispone
en ella pocos y maltrechos objetos,
el precio al que los quiere vender
justificado sólo por él, único para
quien representa una fortuna.

Por simetría, el encanto de
conocer al otro que no quiere descubrirse. Poco a poco, ella pierde
el miedo a perder. O encuentra las
armas para evitarlo: leer en él una
humanidad llana, una inteligencia
viva, cierta ingenuidad.

Y unas costumbres que de tan humanas rayan
en la mala educación: con el transcurrir del tiempo, le es difícil contener la risa al verlo rascarse furiosamente una pierna enfundada en un
traje de irritante lana en una noche
calurosa de verano, quitarse -no,
sacarse- unos impecables y amarillos zapatos ingleses al hablar de
temas profundos y trascendentes.

Y mientras él intenta uno y mil
llamados a la cordura, ella empieza
un juego no del todo inocente: si él
tiene derecho a rascarse una nalga
en mitad de sesuda conversación,
ella asume que sus piernas inquietas
pueden descubrirse entre los pliegues
de la falda sin que se censure…

Pero llega el día de la Apocalipsis, o mejor dicho la noche de un
martes: con naturalidad, él extiende
el brazo derecho hacia un contenedor de lápices, puntillistamente elige
entre ellos una pluma, la observa,
separa lentamente la tapa y…

Con calma y fruición introduce el extremo puntiagudo en la oreja, el oído,
sin duda el cerebro, moviéndolo en
círculos con consumada pericia.
Ella expresa una súbita urgencia por terminar la conversación,
salir del estudio, cerrar la puerta,
bajar las escaleras, salir a la calle e
iniciar una risa que la manda a la
cama extenuada y feliz. Y con el
mapa aún en la mano. n