De acuerdo con su discurso de
toma de posesión, a diferencia del presidente anterior de Estados
Unidos, el actual mandatario es un convencido del multilateralismo.
Según sus propias palabras “la
libertad de los estadunidenses
depende de la libertad que exista
en otras partes”. Esta nueva versión de la misma persona tampoco
acepta la tiranía o el autoritarismo. Al contrario, el Bush de hoy está
dispuesto a poner todo el poderío
de su imperio para favorecer la
causa de la libertad y expandir las fronteras de la democracia. El
mayor deseo de este buen y
religioso hermano es ayudar al
resto del mundo para que cada
quien encuentre su camino propio. De acuerdo con su nuevo discurso, desde ahora los únicos enemigos
de Estados Unidos serán los
enemigos de la libertad. Por ello,
en una ceremonia que costó más
de 40 millones de dólares hizo
un gran llamado global a favor
de este grandioso y exclusivo
valor occidental.
Después de esta admirable
pieza de oratoria, quedan algunas cuantas dudas: ¿cabe México dentro del concepto de la nueva doctrina Bush para interpretar el
multilateralismo? Es decir, ¿vamos
a luchar contra los problemas
comunes de manera conjunta? ¿O,
como ha sucedido en otras
ocasiones, todos los problemas que surgen de la relación mutua serán
colocados como responsabilidad
nuestra? ¿Qué implica para nosotros la expansión de las fronteras de la democracia y de las libertades?
¿Mayor colaboración diplomática
entre nuestros gobiernos o una
permanente fricción entre
su tendencia natural al
intervencionismo y nuestra ya
tradicional sobrerreacción hacia
todo lo que los vecinos tengan
por decirnos?