Según una de las leyendas más antiguas en nuestra memoria colectiva, si somos capaces de contar historias podremos curar a los enfermos o, quizá, rescatarlos de la muerte.

El poder curativo de una narración es ejemplar: un hombre mudo es inconcebible, la palabra nos revela el mundo y termina por revelarnos el verdadero enigma: nosotros mismos. Esta creencia fue precisamente el punto de partida de la autobiografía de Elias Canetti:

“Durante la enfermedad de mi hermano Georges, el menor de nosotros”, nos cuenta Canetti, “decidí escribir para él la historia de nuestra infancia. Acaso el relato pudiese salvarlo de la enfermedad, así se lo dije meses antes de su muerte. Por desgracia, Georges ya no la pudo leer: la historia se llama La lengua salvada. Le dediqué el libro a mi hermano, porque sin él no existiría”.

La autobiografía que Elias Canetti publicó a fines de los setenta en tres volúmenes: Historia de una vida: La lengua salvada, La antorcha en el oído y El juego de los ojos, sorprendió por la claridad de su lenguaje y la perfección de su forma; recordaba las autobiografías de Goethe y Stendhal.

Como en una novela educativa (Bildunsroman), el lector siguió la vida del autor a través de las tormentas desu época; vio aparecer en suspáginas a un grupo de personajes, cuyos retratos formabanuna galería literaria imponenteTestigo de una realidad sumida en un proceso de desintegración, el escritor exiliado y marcado por la guerra, por la locura de las masas y la experiencia de la muerte, Canetti es una víctima, un siervo y un “sabueso de su tiempo”, como escribió en su Homenaje a Hermann Broch, “que padece el espanto del matadero, sobre el que todo se basa, y la del miedo”.

Ese miedo que inspiraban al niño los ogros de los relatos orientales y de los cuentos de los hermanos Grimm, que siguió luego sintiendo ante la sarcástica incomprensión del mundo “caníbal” de los adultos, sigue muy vivo y presente en el hombre que emprende su autobiografía a los setenta y cinco años de edad.

“En la historia de una vida debe haber mucho que sospechar y adivinar”, escribió Canetti dos años antes de morir, “y las supuestas soluciones deberán asimismo errar el blanco. Algunas cosas han de disponerse de manera que permanezcan ocultas para siempre.

Todas las intromisiones pretenciosas y falsarias deberán quedar expuestas al ridículo. La historia de una vida es secreta, como la vida de la cual habla. Las vidas explicadas no han sido tales”.

El lector de la autobiografía se convierte también en el testigo de una transformación: el niño que cuenta historias desaforadas adquiere poco a poco los rasgos de un escritor, cuya imaginación se propone desde un principio salvar al mundo en sus textos. Al describir su trayectoria con todo detalle, nos transmite su idea de la literatura.

Los límites de su lenguaje fueron, como quería Ludwig Wittgenstein, los límites de su mundo. Un mundo con cuatro puntos cardinales: el ladino de sus abuelos, los judíos sefarditas; el búlgaro de Rustschuk, la ciudad donde nació; el inglés que aprendió en Manchester y el alemán, el idioma secreto, que aprende dos años después de la muerte del padre.

Entre burlas y castigos, la madre le enseñó su idioma materno que, desde entonces, se convirtió en su idioma de escritura. Hacia 1993, un año antes de morir, Elias Canetti escribió: “En ninguna otra lengua leo tan a gusto. Todas las obras que amé en las otras cuatro lenguas las leo ahora en alemán. Desde que siento que la lengua me abandonará muy pronto, me aferro todavía más a ella y dejo de lado las otras. ¿Es esta lengua materna la que hablamos en el momento de la muerte?”.

Es muy importante el idioma en que un hombre muere. Elias Canetti murió hablando alemán. Elias Canetti escribió en alemán. Su madre le enseñó en poco tiempo esa lengua materna. “Precisamente porque soy judío, el alemán será el idioma de mi espíritu. Lo que sobreviva de esta Alemania devastada, lo cuidaré, como judío, en mí mismo. Su destino es también el mío; pero represento además la parte de una herencia universal. Quiero devolverle al idioma alemán lo que le debo. Quiero contribuir a que haya algo que agradecerle”. Hacia 1960, al terminar Masa y poder, escribió: “A veces lamento que mi inteligencia no se haya vestido a la inglesa. Aquí he vivido veintidós años. Sin duda he escuchado a muchos que me han hablado en el idioma del país, pero nunca los he escuchado como escritores, sino que me he limitado a entenderlos.

Mi propia desesperación, mi asombro y mi vehemencia no han utilizado jamás el idioma inglés; todo lo que yo sentía, pensaba y debía decir se me daba en palabras alemanas. Cuando me preguntaron el porqué de todo esto, yo esgrimía razones convincentes: el orgullo era la más importante, en la que yo mismo creía”.

El juego de los ojos, tercer volumen de su autobiografía, terminaba en 1937, unos meses antes del Anschluss y del exilio en Inglaterra. Fiesta en Blitz, como tituló el cuarto volumen, estaba dedicado a su vida en Gran Bretaña, al “olor de la indefensión” o quizá al “tacto de los sentimientos, la mano o el corazón”, que encontró en ese país. En el primer apunte de la nueva obra, Canetti escribe:

“Londres, jueves 11 de octubre de 1990.

Mientras los ojos me lo permitan, quiero escribir algo sobre la época en Inglaterra”.

Once días después, adelanta el tema: “22 de octubre de 1990. Por fin encontré lo que quiero escribir sobre Inglaterra: los días de Amersham y la época durante la guerra”.

Por ese entonces, Veza y Elias Canetti abandonan Londres y se trasladan al campo para sortear los bombardeos alemanes. “Tantos nombres han desaparecido”, escribe, “¿encontraré todavía a las personas? Las veo frente a mí, sin nombres. Primero debo imaginar a las personas que estuvieron muy cerca, si no escribiré contra mi historia privada.

Ahora lo que me atrae es una descripción de la Inglaterra rural, como era durante la guerra”.

A principios del año siguiente, a los ochenta y siete años de edad, aparecen algunas dudas: “2 de enero de 1991: Son tantos los que llevo en la memoria, ¿con quién debo comenzar? ¿Será realmente inagotable esta Inglaterra? ¿La han afianzado tanto en el mundo sus escritores? Todos mis desaciertos y errores, todo este desmedido prodigarse con la gente retornan cuando pienso en Inglaterra.

La relaciónentre religión y poder es más íntima y plural en Inglaterra. ¡Qué sectas! ¡Qué colonias! ¡Qué variedad humana! Esclavistas y cuáqueros. Eliot y Blake. Sería suficiente para toda la Tierra. Por eso acabó siendo Estados Unidos”. En The Flight from the Enchanter, la novelista Iris Murdoch describió a Canetti como un personaje que era famoso y nadie sabía por qué.

El escritor aclara en sus memorias inglesas que se portaba como un historiador secreto o como un espía: un sabueso de su tiempo. Elias Canetti nos ha enseñado a aceptar nuestras más increíbles fantasías, a reconocer nuestro ilegítimo orgullo de sobrevivientes, a evitar que el poco porvenir quede entregado a los núcleos inertes de autofagia y gusto de sangre, de sumisión y ladinismo, de horror y barbarie que nos dominan. n

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