Desde el final de la Segunda Guerra Mundial el modelo democrático ha vivido un importante proceso de expansión y de difusión, alcanzando un grado de legitimidad como forma de gobierno del que nunca antes había gozado. Se trató, precisamente, del régimen que confrontó con éxito los experimentos totalitarios del siglo pasado. Sin embargo, los sistemas democráticos enfrentan en la actualidad nuevos problemas que han llevado a replantear su viabilidad. Se trata de fenómenos complejos que han erosionado en el imaginario colectivo la fuerza y los alcances que el impulso democrático llegó a tener en las últimas décadas del siglo XX. La demanda por lograr una mayor gobernabilidad de los sistemas políticos y la incapacidad para resolver los retos del desarrollo son dos de las razones que han puesto en jaque la confianza en los procesos democráticos.[[Se trata de un fenómeno paralelo y que responde a razones distintas al que Bobbio ha definido como “promesas incumplidas de la democracia“ (cfr. Bobbio, N., El futuro de la democracia, FCE, México, 2001, pp. 28 y ss.).]] Así, aunque en prácticamente todos los países democráticos la propia democracia es bien valorada en términos generales por la población -está bien posicionada desde un punto de vista axiológico en el imaginario colectivo-, sus instituciones fundamentales -Parlamentos y partidos políticos- son consideradas con recelo o incluso son mal vistas por la ciudadanía.[[México no es ajeno a esa tendencia, sino que la misma se
reproduce en porcentajes muy similares al resto de América
Latina. Véanse al respecto las diversas encuestas sobre cultura
democrática que han sido publicadas recientemente, en particular, Informe-resumen Latinobarómetro 2004. Una década de mediciones, Santiago de Chile, 2004; Ciudadanos y cultura de la democracia, IFE-Instituto de Investigaciones Sociales de la
UNAM, México, 2002; Encuesta sobre cultura política y prácticas ciudadanas, Secretaría de Gobernación, México, 2003; y Cultura de la Constitución en México. Una encuesta nacional de actitudes, percepciones y valores, Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, México, 2004.]] Una democracia sin instituciones parlamentarias en las que la pluralidad política se represente y se recree de cara a la discusión y a la toma de las decisiones colectivas, y sin un sistema de partidos que sirva de puente entre la ciudadanía y los órganos representativos de gobierno, acaba siendo una democracia disfuncional, desnaturalizada y que refleja esa degenera ción que algunos han definido como “democracia de la apariencia”.[[Cfr. Bovero, M., Una gramática de lael gobierno de los peores, Editorial Trottay, del mismo autor, “Gramática de la dy desarrollos”, en Teoría de la democracomparadas, IFE, 2001, pp. 46 y ss.]]
Esa tendencia a desvincular la concepción cotidiana de la democracia de las de Parlamento y partidos políticos, se ha materializado en varios lugares comunes que podrían parecer inofensivos pero que, cuando se trata de concepciones distorsionadas referidas a los dos principales pilares del edificio democrático, corren el riesgo de acabar deslegitimando las reglas del juego que definen a ese sistema político. Peor aún, pueden servir de base, como ha venido ocurriendo en los últimos años, para formular propuestas regresivas o reaccionarias, que, cobijadas bajo una presunta democraticidad, en realidad no hacen otra cosa que minar y degenerar el funcionamiento mismo de la democracia. En las líneas que siguen, me propongo analizar algunos de esos lugares comunes que se han venido formando en torno al descrédito de los Parlamentos y de los partidos políticos, así las propuestas que de ellos se desprenden y que, a mi juicio, lejos de fortalecer a los sistemas democráticos corren el riesgo de vaciarlos de contenido e, incluso, de lesionar su representatividad.
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