Susan Sontag quiso desde siempre escribir y supo permanecer fiel a su sueño literario. A los siete años pergeñaba pequeñas historias, poemas y obras de teatro a imagen de sus lecturas. Fabricaba un periódico que distribuía entre sus vecinos al precio de cinco centavos de dólar. Su primer trabajo publicado, fuera de sus colaboraciones en el diario escolar del que era editora, fue en una revista de Chicago, a los 16 años. Se trató de la reseña de una novela. Al año siguiente se atrevió a enviar un cuento a la revista The New Yorker. Las páginas regresaron con una nota manuscrita que decía: “Esto no es para nosotros. Muéstrenos alguna otra cosa cuando la tenga lista”. Sontag lo hizo tres años más tarde. “Creo que los rechazos no le enseñan a uno nada de nada, y mucho menos deben influenciarlo. Lo único que uno debe hacer es insistir en el trabajo”.

Su primera novela, El benefactor (1963), fue también su primer libro publicado; la segunda, Estuche de muerte (1967), siguió al éxito arrollador de su primer volumen de ensayos, Contra la interpretación (1966). Luego de una deslumbrante labor crítica en la que destacan sus ensayos sobre la enfermedad (La enfermedad como metáfora, 1978, y El sida y sus metáforas, 1989), que padeció en la forma de un cáncer, y su indispensable reflexión Sobre la fotografía (1977), volvió a la novela —entre tanto había publicado un libro de cuentos, dirigido cuatro películas y colaborado decisivamente en la difusión en Estados Unidos dela obra de autores como Barthes, Benjamin, Canetti, Artaud.

Del paso entre su obra crítica y su trabajo de ficción Sontag dio amplia cuenta: “Cuando escribía ensayos, con frecuencia mis versiones finales tenían muy poco que ver con el primer borrador. Mi manera de ver el tema que abordaba era siempre cambiante. Soy además una correctora compulsiva, fanática. Jamás me sucedió escribir algo definitivo de primera intención. Si escribía sobre algo era en realidad para darme la oportunidad de escribir sobre algo más. Claro está que también reescribo mis páginas de ficción, pero alrededor del 80% y está ahí desde la primera vez. E incluso cuando reviso siento que estoy perdiendo algo. El relato posee la cualidad de una historia real con la que tengo que ser sincera y que sólo puedo cambiar presa de una gran angustia. Sé que suena completamente irracional, pero escribir ficción de veras me produce la sensación de una puesta en escena, de transcribir una realidad preexistente”.

Luego de escribir el ensayo que le dedicó a Walter Benjamin, “Bajo el signo de Saturno”, parte del libro homónimo (1980), “pensé: mejor lo dejo. Esto ya no es un ensayo sino un retrato. Escribo acerca de un cierto temperamento, el melancólico, y puesto que en realidad no trato con ideas debo regresar a la ficción”.

“Cuando comencé a tratar de escribir una obra de imaginación no supe cómo comenzar; se desarrollaba en su mayor parte en la mente de alguien. Así que pensé: no quiero hablar nada más de la conmoción que sucede en la cabeza de alguien, ¿por qué no hago una película? Luego tuve la idea de una historia que se me ocurrió a partir de un elemento visual. En una tienda de estampas cercana al Museo Británico, en Londres, descubrí las ilustraciones de volcanes del libro de Sir William Hamilton. Lo primero que pensé fue proponerle a la revista de Franco Maria Ricci (una maravillosa revista de arte, con magníficas reproducciones, que se publica en Italia) que reprodujeran las ilustraciones de los volcanes y yo escribiría algún texto para acompañarlas. Pero al empezar a conocer la verdadera historia de Lord Hamilton y su esposa, me di cuenta que si situaba las historias en el pasado todas las inhibiciones desaparecerían y yo podría hacer algo más grande, polifónico. Por ningún motivo quería quedarme nada más en la cabeza de mi personaje. Así nació El amante del volcán [1992]. “Con El amante del volcán algo en mí cambió o evolucionó repentina y profundamente. Sentí como si desde siempre hubiera estado limitada no por la ansiedad de la influencia, sino por la vieja ansiedad pura y simple. Sentí como si jamás hubiera alcanzado la máxima velocidad, como si nunca hubiera pisado el acelerador hasta el fondo, o cualquiera que sea la estúpida imagen que se utiliza en estos casos. De todas maneras jamás me dejé ir porque tenía miedo, porque estaba segura de que no iba a poder. No sé por qué. Pero lo que sí sé es que de pronto me sentí mucho más libre como escritora cuando concebí y comencé a escribir El amante del volcán. Es el primero de mis libros del que me enamoré, no sólo me gustó. Antes de él acostumbraba escribir lo mejor que podía y luego lo olvidaba. Bueno, no echaba en el olvido los ensayos, pero no quería permanecer atada a ellos. Soy un vivo ejemplo del gran sueño estadunidense, el de la reinvención constante. Y cuando lo terminé, en lugar de querer dejarlo atrás y seguir con otra cosa, casi sentí la necesidad de cambiar las fichas que me había ganado y unirme a los Cuerpos de Paz”. Entre las obras de su voluntad radical, Susan Sontag encarnó en Estados Unidos la figura del intelectual que no se dedica a la academia, a la manera europea. “Y estoy muy orgullosa de ello. Pero siempre me presentan diciendo: ‘Usted es tan libresca, usted es lo que la mayoría de la gente piensa que es un intelectual’. Podría vivir doscientos años y me seguirían presentando de esta manera. Me desespera tener que lidiar constantemente con lo que represento y no con lo que he escrito. Toda mi vida me la he pasado enardecida por varias admiraciones, pero admiro a ciertas personas por su trabajo. Tomemos un ejemplo extravagante, pero verdadero.

Antes de los veinte años, cuando estuve en la Universidad de Chicago, adoré a T.S. Eliot. Pertenezco a esa generación para la cual Eliot fue un dios. Pero yo adoraba su trabajo, adoraba sus ideas; si en alguna ocasión llegué a pensar en su persona, resultó un tanto embarazoso. Y tampoco pensaba en ¿qué representa este trabajo? Esa es otra barrera, otra clase de mediación. Sólo me convencían algunas de sus ideas, una de ellas (y tal vez no sea accidental que haya mencionado a Eliot): que en lo esencial el trabajo no es acerca de uno, que es impersonal”.

“Siento que mi vida se divide en antes de Godard y después de Godard”.

“Estoy sorprendida por lo que llamo la conquista total del capitalismo. En la actualidad, tanto los valores como los motivos mercantilistas le parecen a la gente completamente justificados. No quiero decir que antes las personas no estuvieran interesadas en su propia prosperidad o en su mejora material, pero entendían que había algunas zonas de actividad en las cuales los criterios materialistas no podían aplicarse. O por lo menos se podía vivir un conflicto: a uno le pagarían muy bien por algo que pensaba carecía de valor o estaba mal hecho, y al final podía optar por no hacerlo. Pienso que cada vez son más las personas que no entienden por qué uno no haría cualquier cosa por ganarse unos pesos, ni la razón por la cual no todo tiene que ver con la propiedad.

“No tengo ningún problema con la cultura tecnológica. Mi problema es con el capitalismo. Yo uso un procesador de palabras. Es la mejor máquina de escribir jamás inventada. No utilizo la Red. Hasta ahora la información que obtengo a través de los libros y las revistas me basta, pero en el momento en que necesite una publicación en línea, echaré mano de ella. Por lo demás, el mundo digital produce arte de altísimo nivel. Para mí, el trabajo más interesante en fotografía que se hace en la actualidad no puede realizarse sin manipulación digital.

“Por lo demás, no puedo dejar de considerar el servicio en términos de poder que la Red le proporciona al usuario. Dos veces he sido paciente de cáncer, una a fines de los setenta y otra vez el día de hoy [2000]. La diferencia entre lo que los pacientes saben ahora de sus cánceres y lo que sabían hace veinte años es del cielo a la tierra. En lo personal yo soy un caso aparte, pues soy un médico frustrado. Mi primera idea acerca de lo que quería hacer con mi vida fue convertirme en doctora, así que soy buena para asimilar información médica. A fines de los setenta, cuando tuve cáncer por primera vez, tenía mucha curiosidad, leí libros de medicina e hice muchísimas preguntas para desesperación de algunos de mis médicos.

“Recuerdo haberme sentado día tras día, mes tras mes, para recibir la quimioterapia. Había cinco, diez, quince personas en la sala de espera y día tras día yo los acompañaba. Soy platicadora, curiosa y me gustaba preguntar qué medicinas estaban tomando, esto era antes incluso de que supiera que iba a escribir La enfermedad como metáfora. Nadie sabía los nombres de sus medicinas. Yo sí. Eran palabras muy largas, pero no se trataba de física termonuclear. Me contestaban siempre lo mismo: ‘Quimioterapia. ¿Pero qué clase de quimioterapia? Se trata siempre de un coctel, hecho siempre con más de dos medicamentos. “Veintidós años más tarde tuve un nuevo cáncer, volví a la sala de las quimioterapias y me encontré con que cada uno de los pacientes se sabe el nombre de sus medicinas. Y no nada más eso: participan en chateos a propósito de la lectura de un protocolo de la Universidad de Indiana, o investigan en alguna otra parte y le pasan a uno la dirección electrónica. Y todo eso es maravilloso”.

Como parte del número de aniversario para celebrar los treinta años del semanario francés Le nouvel observateur, la revista invitó a 240 escritores de todo el mundo a contar sus actividades en un mismo día designado para todos; el día fue el 29 de abril de 1994. Sontag envió una carta de donde provienen las líneas siguientes:

Lago de Como. ¿Qué es el tiempo, qué es el espacio? O mejor aún: ¿por qué el tiempo, por qué el espacio? Permítanme arriesgarme a dar a estos enigmas eternos una respuesta más sucinta que la de Kant. ¿El tiempo? El tiempo existe para que no todo suceda simultáneamente. ¿Y el espacio? El espacio, para que no todo le suceda a usted.

Y no obstante, todo sucede en verdad al mismo tiempo. Ya sea que uno viaje con voracidad o que uno permanezca simplemente atento a lo que sucede en el mundo (lo que en la actualidad es mucho más fácil que nunca), no hay duda de que todo tipo de cosas le suceden a uno. El hecho más ineluctable, más espantoso (el más perturbador), el más difícil de digerir humanamente hablando, es simple y sencillamente la coexistencia de las cosas. Mientras esto se produce, aquello se produce también: al mismo tiempo. Mientras a esta alta hora de la tarde me encuentro aquí escribiendo y miro por la ventana un techo de tejas rojas con su gran antena eflorescente, la geometría de la montaña al otro lado del lago, el cielo azul alionín arriba de la montaña, mientras permanezco sentada aquí, descansada y alimentada como debe ser, y no menos sinceramente insatisfecha por las pocas páginas que logré escribir hoy, a unos cuantos centenares de kilómetros (tan sólo a unos cuantos cientos de kilómetros), en un país llamado Bosnia, en una ciudad que ahora conozco bien de nombre Sarajevo, se asesina, se mata de hambre, se humilla, se destruye a la gente: otro genocidio se lleva a cabo en Europa (el tercero de nuestro siglo) y los responsables de este genocidio pueden cantar victoria con la más absoluta impunidad. Esto es lo que sucede en este mismo momento. Y es atrozmente cercano.

Tanto El amante del volcán como En América (2000) fueron sus dos libros favoritos. “Con estos dos últimos libros me siento de hecho como si me encontrara al principio de mi carrera, lo que resulta absurdo si pienso desde cuándo estoy publicando. Mi trabajo anterior me parece casi la obra de un principiante”.

Como novelista sintió una mayor libertad al situar sus historias en el pasado, en contraste con su trabajo crítico pendiente de los temas contemporáneos. De todas formas, “escribo sobre el presente. No soy una novelista decimonónica sino de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Las preguntas que les hago a mis personajes, así como mi personalidad, son completamente modernas”. Sontag sentía que había llegado el momento de escribir una novela que podía situar en el XX y que de nuevo haría posible desplegar uno de los rasgos más notables de su sensibilidad: “He hecho una novela sobre un grupo de ingleses en el sur de Italia, otra sobre unos polacos en Estados Unidos y la siguiente será la historia de unos franceses en Japón. Quiero decir que es un privilegio ser extranjero, se trata de un verdadero intensificador de la experiencia”. La escritura de En América le llevó casi siete años. Comenzó a escribirla inmediatamente después de El amante del volcán y la interrumpió en tres ocasiones. Las interrupciones voluntarias se debieron a las temporadas que pasó en la ciudad mártir de Sarajevo: “En abril de 1993, horrorizada por lo que sucedía, fui a Sarajevo en un viaje de dos semanas de duración. La ciudad se encontraba sitiada. Regresé en junio del mismo año y los tres años siguientes, hasta 1996, los pasé en su mayor parte en Sarajevo, tanto durante el sitio como un poco después. Trabajé en proyectos de teatro, proyectos escolares, en la administración de una guardería, en un hospital… Dirigí obras de teatro y programas de radio. No había calefacción, electricidad, agua corriente ni vidrios en las ventanas. La vida era muy pobre, para decirlo con un eufemismo. No había correo ni teléfono”. Las otras dos interrupciones de la escritura de En América se debieron a un accidente automovilístico y a otro cáncer que le diagnosticaron en 1998.

“Fue de veras difícil comenzar otro libro. Era como si estuviera de nuevo en las faldas del monte Everest. Pero al final tuve una idea, debe haber sido alrededor de 1993, que era una idea tan buena, si se me permite la presunción, que casi da al traste con la novela. “La idea me tomó como una hora, pero escribirla y reescribirla y reescribirla, no menos de un año. Y cuando por fin la terminé, pensé: Dios mío, ¿y ahora cómo la cuento? Me sentí casi como si hubiera escrito el cuento más modernista posible, quiero decir, ese tipo de cuento en el cual en realidad uno no cuenta la historia sino que sólo se limita a hablar de ella. Pero no era eso lo que yo quería escribir. Yo quería escribir una novela histórica, con toda la verdadera materialidad concreta del mundo en el que los personajes se mueven”.

“Creo que la gente escribe, por lo menos en parte, a partir de su experiencia. Pero muchos escritores parecen darle la espalda a la experiencia en cuanto alcanzan la edad madura y aún peor: se encierran en sus opiniones, en sus prejuicios, en su mal humor e indignación. Acaban por concluir que la vejez es una forma de exilio de la experiencia”.

Ningún panorama, ni siquiera la marisma selvática del istmo de Panamá, les había parecido a ninguno de ellos tan formidable y extraño; no iban a través de él, recibiéndolo como un paisaje, sino que caminaban por él, sobre él, pues todo era pálida superficie, el cielo tan alto y el suelo tan plano, nunca se habían sentido tan erectos, tan verticales, con la piel azotada por el cálido viento de Santa Ana, el oído mecido por el sonido curiosamente intruso de sus propias pisadas. Al detenerse, oían el siseo de las delgadas criaturas que tenían el mismo color que el suelo del desierto y se escabullían por la superficie pedregosa. Ondulantes criaturas con colmillos (¡una serpiente!), pero allá abajo, alejándose velozmente. Aquí apenas hay algo que esté cerca de cualquier otra cosa: esos centinelas desgarbados y trenzados, las plantas de la yuca, y ramos de lanzas inclinadas, las pitas, y las chumberas achaparradas, todas tan ampliamente espaciadas, tan poco parecidas unas a otras, sin que nada tuviera que ver con nada más. Cada uno solo, cada uno separado. La sensación de peligro que no se podía reprimir del todo (¿era eso un escorpión?) aceleraba sus pasos durante un rato, como si pensaran que pronto llegarían a alguna parte. En la límpida atmósfera las montañas parecían engañosamente cercanas. ¡Y qué minúsculo, cuando se volvían un momento para ver cuánto se habían alejado, su pequeño mundo verde! Siguieron caminando, sumidos en la brillantez de sus sensaciones, caminaron y caminaron y las montañas no estuvieron más cerca. Ya hacía largo rato que sus temores habían desaparecido. La pureza del panorama, su inexorable desolación, parecían al principio una amenaza, luego un estímulo, acto seguido un aturdimiento y luego una clase distinta de acicate. Había comenzado su verdadera iniciación en el nihilismo seductor del desierto. (En América, pp. 201-202.)

“Los personajes de En América provienen de un paisaje saturado de memoria, con capa sobre capa de experiencias humanas, cuando les llega la hora de enfrentarse con este vacío. Es el tipo de experiencia que a uno lo cambia, que lo hace a uno capaz de decir: —¡Al diablo con todo! ¡Al diablo con mi esposa o mi esposo o mis hijos! Yo sólo quiero seguir caminando—.

“Esos recuerdos, esas imágenes, surgieron así, de pronto; mientras las escribía me sentí transportada. Llegué a pensar que se excedían y que debía aligerarlas un poco”.

A Sontag le gustaba leer en voz alta no sólo sus propios libros sino los de los autores que le gustaban, como Robert Lowell, Elizabeth Bishop, Virginia Woolf y Chéjov. Formaba parte de su gusto y experiencia en el escenario. “Leer debe ser una educación del corazón. Claro que una novela puede estar llena de ideas. Necesitamos deshacernos del absurdo cliché romántico sobre la rivalidad entre el corazón y la cabeza. En la vida real, el intelecto y la pasión jamás se encuentran separados de esa manera, así que ¿por qué uno no debería conmoverse con un libro? ¿Por qué no debería llorar y sentirse apasionado por sus personajes? La literatura es la que nos impide agotarnos hasta convertirnos en algo completamente superficial. Y también nos saca de nuestro ensimismamiento.

“La otra noche fui a la ópera. Se trataba de la misma cansada producción que he visto muchas, muchas veces, de Der Rosenkavalier, la que ha estado en el Met por veinte años, pero en la cual Renée Fleming cantaba el papel de Marshallin por primera vez, me parece. Ya hacia el final, cuando comenzó el trío sublime, me eché a llorar como siempre. La cosa es que, me parece que la lectura no debe ser para nada diferente. Debe ser una experiencia enorme, una educación en simpatías.

“Para algunos, leer debe ser un escape. Pero de veras pienso que la lectura es indispensable si uno quiere tener una vida plena. La lectura lo mantiene a uno, bueno, no quiero decir honesto, pero algo que es casi su equivalente. Le hace pensar a uno en los patrones: patrones de elegancia, de sentimientos, de seriedad, de sarcasmo, de lo que sea. La lectura le recuerda a uno que hay mucho más que uno, mejor que uno.”

En medio de los bombardeos, de los disparos de los francotiradores, de la falta de electricidad, Susan Sontag encontró la forma idónea para leer en Sarajevo: “Leía tirada de espaldas, con una vela sobre un platito que me ponía sobre el pecho, y sosteniendo el libro así”. n