En junio de 2002, convocados por Julia Carabias, nos reunimos en
CEIBA el embajador Manuel Tello, el recordado amigo chileno Raúl
Brañes (q.e.p.d.), Enrique Provencio y yo para abordar el peliagudo tema
de la soberanía en las circunstancias que impone la globalización en curso.
La cuestión ambiental, y en especial la del cambio climático, era el pivote
de nuestras reflexiones, pero la idea del desarrollo se abrió paso pronto
y tuvimos enfrente una triada todavía más compleja: cambio global, desarrollo,
nación, y el papel de la soberanía en este mundo desbocado.
Al calor de este estimulante intercambio, un poco a guisa de provocación
pero también de convocatoria a pensar nuestros dilemas actuales,
introduje la fórmula de “nacionalizar” la globalización, que luego he
expuesto esquemáticamente en diversos artículos en La Jornada, en este
espacio y en un ensayo para un libro de diálogos con Manuel Castells que
publicó el año pasado el Fondo de Cultura Económica en Chile. La fórmula
se inspira en la familia de pensamiento sobre el desarrollo en la globalización
que han desarrollado en los últimos años economistas como Dani
Rodrik y Joseph Stiglitz, y en nuestra latitudes José Antonio Ocampo, David
Ibarra y otros destacados miembros de la “orden del desarrollo” vinculada
y nutrida por el pensamiento de la CEPAL que Raúl Prebisch inauguró al
En la sección “Hechos“, de Nexos de diciembre pasado, Ricardo Becerra
nos informa que el gobernador Lázaro Cárdenas Batel y la senadora Dulce
María Sauri hablaron de “nacionalizar” la globalización en el foro realizado
en el Club de Industriales en noviembre pasado. Sin festinarlo, me parece
estimulante que dos destacados políticos de la oposición hablen en esos
términos, aunque la lengua franca de nuestra política, en el gobierno y
en la oposición, siga siendo la de la estabilización financiera a toda costa
y la continuación ad infinitum de las reformas estructurales de mercado
Sin pretender una polarización artificial, es cada vez más claro que la
economía política de Stiglitz, Rodrik, Ocampo e Ibarra, como fue la de Prebisch o Celso Furtado, Aníbal Pinto
o Víctor Urquidi, dista mucho de ser
la de quienes postulan como fórmula
principal para recuperar el crecimiento
económico ese reformismo
sin fin ni fines en que ha devenido
el Consenso en sus nuevas ediciones.
Para volver al desarrollo, sostienen
nuestros autores, es preciso
ver las reformas con otros ojos y
darle a las experiencias nacionales
de desarrollo una densidad que la
visión simplista de la globalización
quiso negar de tajo, para convertir
la globalidad en una realidad uniforme
que no admite más que un
solo rumbo para la evolución política
y económica de las sociedades.
Una estrategia nacional de
inversiones, una agenda renovada
de desarrollo comprometida con la
equidad, la readmisión del Estado
como actor dinámico y dinamizador
del proceso de acumulación
y expansión, una reforma de la
política macroeconómica que abra
campo para la promoción de actividades
de alto valor agregado que
la lógica individual de inversión
no puede abarcar por sí sola, son
algunas de las líneas maestras que
podrían darle dimensión política e
histórica, volverla auténtica “idea
fuerza”, a la fórmula de nacionalizar
la globalización. Poco que ver,
tiene esta fórmula, con un retorno
al nacionalismo económico, el
populismo o la estatolatría, pero
lejos está de las fantasías neoliberales
que han alimentado hasta la
fecha la política de la política económica
mexicana. Nada tiene que
ver esta nacionalización, por otro
lado, con una “naturalización” de la
economía internacional que identifica
la globalización del mercado con
el fin de la historia y de los Estados,
y desde ese mirador condena como irracional cualquier emprendimiento
singular, digamos que soberano,
de desarrollo nacional.
Como ha dicho David Ibarra:
“De la misma manera que no hay
democracia sin división respetada
de poderes, sin partidos políticos
y, sobre todo, sin atención a las
demandas ciudadanas, no hay posibilidad
alguna de bienestar popular
ascendente sin inversión nacional,
sin vertebración deliberada de las
políticas industrial, de comercio
exterior, de empleo y de manejo
cambiario-financiero. En esa constelación
de tareas olvidadas o aplazadas
se ubica, desafortunadamente,
el meollo de la reforma de Estado.
Si los propósitos genuinos fuesen
mejorar las condiciones de vida de
la población y afianzar la democracia,
no hay escapatoria, habrá que
volcar los esfuerzos de gobierno,
agentes productivos y partidos políticos
en favor del desarrollo y de la
democratización económica, pasar
de los espejismos reformistas a la
remoción de los verdaderos obstáculos,
a la modernización del país
en un mundo globalizado e interd
ependiente.”(“Reformas y reformismo”,
en El Universal, 29/12/03).
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