Edición de lujo, 10 mil
ejemplares (mil en
inglés), excelente regalo, ilustrada a color para un lector
inexistente: quienes reciben este
presente poco leen y a los lectores
idóneos les resultaría un libro caro.
Un desperdicio si no se dona un
ejemplar a las bibliotecas puesto que
se trata de un estudio importante.
Así, leemos capítulos que entran y
salen por el desarrollo de pintura y
caricatura que logran su cometido:
exponer un mosaico de la trágica
historia nacional que deja un no
sé qué de grandeza y un panorama no enjuiciado con posibilidad
de apreciación creativa. Hay aporte
al discurso histórico y por eso falta
una edición accesible. Dos propósitos: en la “Presentación” Medina
Mora supone atributos a Porfiriato y
Revolución como de “intensa evolución política y social”, al primero, y
sólo de “la más violenta de nuestras
revoluciones” (p. 9) a la segunda.
Villegas aprecia que liberalismo y
Revolución son equivalentes en
cuanto a su proyecto cultural porque
toman el arte popular como objeto
“para leer el alma” de quienes, como
se creía, hay que guiar (p. 424).
Pero el libro tiene vida propia
y trasciende sus juicios. Deja avanzar al lector a partir de dos óleos:
el paisaje clarividente del Valle de
México de José María Velasco (p. 8), donde habrá de ocurrir la historia, con un primer plano de mujeres indiferentes. Y el de la novia de
Rubén Herrera (p. 14), de graciosa y muy nacional contrición. Se estudian 41 años que tuvieron que ser completados desde mediados del siglo
XIX y continuados hasta el magnicidio de Carranza, lo que dobla el
periodo escogido. La “Introducción”
hace la misma recomendación de
Rafael de Zayas a Díaz después de recorrer el territorio en 1907: se gestaba una revolución y era necesario que para conjurarla don
Porfirio mismo la encabezara (p. 15).
Al año siguiente Díaz dijo a James Creelman que México ya era apto para la democracia y los partidos,
después de haber vivido un periodo
patriarcal necesario. Pero se había
reelegido una vez más. La narración avanza: 1) con la sagaz escancia de los datos que mantiene viva
la saga histórica como una novela
bien tramada; 2) con la combinación texto-imagen que construye un
panel nacional iconográfico. A veces
dice más la imagen y faltó compaginar lo propio de una historia de
las ideas que explicara la correspondencia mexicana de lo liberal
y lo moderno con su equivalente
europeo. El nacionalismo mismo
era disputado: José María Iglesias
criticó el discurso de Maximiliano
de 1864 en la parroquia de Dolores,
que festejaba por primera vez el 15
de septiembre. En cambio exaltó la
batalla del 5 de Mayo. Eso era de
doble filo pues Anastacio Zerecero
establecía que la causa de México
contra los franceses era también la
de Estados Unidos ya que éste había
brindado apoyo (p. 39).
El liberalismo como doctrina
(iusnaturalista, contractualista y economicista) tal vez no había sido tan
estudiado por mexicanos como el
positivismo como rama del romanticismo del XIX; el médico poblano
Gabino Barreda estudió con Comte
(p. 43); Agustín Aragón fundó la
Revista Positiva y muchos artistas
habían sido enviados del gobierno a ilustrarse en París. Según José María
Luis Mora el progreso de México
sólo era “posible con revoluciones
mentales que modificaran no sólo
las opiniones de algunos sino las de
todo el pueblo” (p. 25). Juárez fusiló
al emperador en contra de muchos
ruegos, como el de la princesa SalmSalm que pidió indulto del emperador y sus lugartenientes (p. 55), y de
Concepción Lombardo de Miramón,
la viuda que rumió: “Nada movió
aquel empedernido corazón, nada
llegó a enternecer aquella alma fría
y vengativa” (p. 27). Entre la cita de
cómo Porfirio Díaz cooptaba gobernadores volviéndolos ricohombres
alertas a las rebeliones, incluidas las
indígenas, y la mención de intelectuales que pedían la reelección,
están desplegados dos retratos de
Díaz. Uno, de José María Obregón,
muestra a un gallardo mozo antes
de su entronamiento con uniforme
dragón, cabellos y gran mostacho
negros, atento de asombro, sutil de
poder, galano de orgullo de caporal. Y aquel otro de Carlos Romero,
ecuestre en bonito y refrenado alazán, Atila setentón e impresionante contra un cielo peligroso y gris,
receloso e imperial presentando de
nuevo grandeza indígena soterrada, todo un icono de los terribles
tiempos que se avecinaban, mientras
que la nobleza ondula por las crines
del animal.
En la Exposición de New Orleans
de 1885 donde se exhibe el Atlas
pintoresco e histórico de los Estados
Unidos Mexicanos, de Antonio
García Cubas, se consigna: población
total 10,447,982; la capital 300,000;
León 120,000; Guadalajara 80,000;
Puebla 75,000; Guanajuato 52,000;
Comitán y Tehuantepec 7,000. Razas:
española 19%; indígena 38%; mezclada 43% (p. 92). Miguel Noreña
erige la estatua a Cuauhtémoc en el
87 y se celebra por primera vez El
Grito en Palacio Nacional trayendo
a campana de Dolores, que no se
devolvió (p. 97). En el 89 llega el
nglés Weetman Dickinson Pearson,
que hizo el desagüe del Valle, el
Puerto de Veracruz, el ferrocarril del
stmo, los puertos de Coatzacoalcos
y Salina Cruz, manejó las compañías El Aguila y la Anglo Mexicana
Petroleum Company (p. 117). “¡Hail
Díaz!” se decía en un juego de la oca
Porfirio Díaz” (p. 148), “el sol de la
paz”, el “Porfiriopochtli” que decía
Bernardo Reyes (p. 173). Tolstoi
compara a Díaz con Moisés; Kipling
o llama el “bisturí que extirpara el
cáncer revolucionario de México”
p. 157), y si el grupo magonista
conspiraba desde Estados Unidos
en 1904, Reyes, gobernador de
Nuevo León, sugiere enviar “dos
o tres hombres de pelo en pecho”
para infiltrarse en aquél (p. 244).
Mientras, Díaz observa que la clase
media creaba los elementos activos
de la sociedad (p. 250). Y quedaba
ormalmente establecido el Partido
Democrático (5-II-1909) que repreentaba el “porfirismo popular” (p.
259). Emilio Vázquez Gómez establece el Centro Antirreelecionista,
aparece el periódico de Palavicini, El
Antirreeleccionista (p. 261), avanza
a revolución maderista.
El crítico español Julio Sesto
opinó que la pintura, protegida
desde la Independencia, no debeía recibir apoyo oficial pues la literatura florecía porque carecía de
éste (p. 270). Los fantasmas emergían: se inauguraba (18-IX-1910)
el Hemiciclo a Juárez, hecho por
Guillermo Heredia en un bloque de
mármol de Carrara de 70 toneladas
y en sólo 75 días. Ocho meses más
tarde (25-V-1911), Díaz renunciaba.
Del delirium tremens Huerta arguye identidad indígena. Desconocido
por el régimen de Wilson en Estados
Unidos, goza en cambio de las simpatías de Inglaterra. Zapata asciende
a jefe del Movimiento del Sur por
componendas con Huerta y éste elimina al inconforme senador chiapaneco Belisario Domínguez (p. 340).
Villistas y zapatistas entran a la capital, Carranza se muda a Veracruz y
enfrenta la invasión yanqui (p. 370).
La Revolución quiso reescribir la historia, crear un ejército patriota, una
educación nacional, emancipar la
Universidad, legislar sobre petróleo
y minas, castigar a sus enemigos,
proteger a los hijos naturales y establecer el divorcio. Todo se cumplía
menos la idea de que “el principio
activo de la reconstrucción eran el
arte y la cultura” (p. 378). Las cosas
ocurrían contra sus profecías: Madero
dijo que si un gobierno como el
suyo no se sostenía, los mexicanos
no eran aptos para la democracia
y se requería de otra dictadura (p.
417). Conclusión: “Una de las notas
propias de la cultura política mexicana: suponer que el cambio dependía
de una sola voluntad” (p. 417). Los
intereses respingaban, sobre todo en
materia petrolera y por la limitación
al clero (p. 424). Se desatan acontecimientos y un carrusel de imágenes
que este libro nos deja ver. n
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