Aunque en los medios literarios el desprestigio del Premio Planeta
es categórico, sigue siendo un asunto
que año tras año ocupa cada vez
más páginas y sobre todo más imágenes del universo mediático español, televisivo, político y comercial.
Tiene que ver desde años antes con
la industria del entretenimiento que
con la literatura, pero no exactamente porque no pueda publicar literatura sino porque hay un tipo de
literatura que no suele aceptar un
público mayoritario (y sin embargo la
empresa aspira a recuperar parte de
la multimillonaria inversión que significa cada convocatoria del premio,
más los gastos de producción, por
decirlo así, que la película completa
comporta con la presentación, la promoción, los regalos a los asistentes
al fallo, etcétera). Lo peliagudo del
asunto es que hay un jurado que sí
es literario, y la mayor parte de sus
miembros han sido hasta la fecha
personajes eminentes y respetables,
no sólo porque lo digan las páginas
de sociedad de nuestros diarios sino
porque lo son verdaderamente. Este
año estaban allí un inverosímil Juan
Marsé, en sustitución de otro inverosímil, Manuel Vázquez Montalbán,
un maestro de filólogos de la talla de Alberto Blecua, un exquisito lector,
ensayista y narrador como Carlos
Pujol, que es histórico del jurado, y
aun otro empleado más de una editorial del grupo Planeta, Seix Barral,
el importante poeta y extraordinario ensayista que es Pere Gimferrer.
Puede que no hubiese nada mejor
que premiar, pero puede también
que hayan sancionado, como suele
suceder, una decisión previa de la
editorial para premiar a la autora de
este año, Lucía Etxebarria, quien ha
reconocido abiertamente en entrevistas televisivas la oferta del premio
por parte de los editores.
La novela es pobre sin remedio y
sin rescate pero mantiene una forma
de la vitalidad que a mí se me antoja
cierta: me ha despertado la nostalgia
de una novelista que para mí fue verdadera, trabajada, matizada y minuciosa, creativa y valiente, cuando
pergeñó su primera novela, Amor,
curiosidad prozac y dudas (1997),
antes de entrar en una agitada espiral
de publicaciones y premios que han
ido recortando los méritos originales
que tuvo esa primera obra. Dicen, y
puede ser exacto, que en el equipo
que entonces trabajaba en Plaza y
Janés, que fue donde se publicó el
libro, alguien colaboró con ella en
cuadrar y preparar el mejor texto
posible para lo que eran buenas
historias: la reconstrucción que proponía la novela afectaba a la madurez dolorosa y combativa, a veces
competitiva, de tres hermanas de
evoluciones diferentes frente a una
madre en la que estaba el origen de
todos sus males, que eran muchos,
y es curioso que en Un milagro en
equilibrio reaparezca ese referente
de tres hermanas, aunque apenas sin
ninguna relevancia en la trama de
una novela básicamente anodina. Las
historias nunca son buenas o malas
sino que las hacen mejores o peores
los narradores que las asumen y a
veces resucitan auténticas historias
imposibles mientras un mal narrador
puede hundir involuntariamente la
más novelesca de las historias. El
problema de ésta se agrava por la
elección del formato interior, que es
el del diario utilizado muy elásticamente, porque es una mera convención: admite doblarse en larga carta
a la hija y al mismo tiempo sobrelleva la interferencia y seguimiento de
historias que cuenta esa misma voz.
Con ellas descubre cosas que afectan
a su propia vida en el pasado y al
hecho decisivo que la ha impulsado
a escribir esa carta extensa en forma
de diario de ficción con fragmentosde autobiografía (aunque es ciertoque la autora ha sido madre recientemente): la gestación y alumbramiento de un bebé que transformasu sentido de la vida y le obliga amirar a su pasado con gesto demasiadas veces moralizante -anduvocerca del alcoholismo sin regreso yel caos sentimental y sexual- perocasi siempre con resultados planossin apenas extraer de la narraciónalgo que suene, o se revele, o bailecomo suele bailar la verdad de las novelas, afectando a la inteligencia
y la emoción del lector. La acumulación de episodios o conflictos vistos
y sabidos, muy obvios, y la previsibilidad de las reflexiones, hacen
invenciblemente cansina la marcha
de la lectura: medita burlonamente
sobre la maternidad, y se agradece,
pero enseguida da un giro trascendente o solemnizador, o discute las
pamemas de pedagogos consejeros
de padres inexpertos pero luego
incurre en otras semejantes...
La novela aspira a crecer por dos
vías: la de la evolución del bebé (y
la contradictoria irritación de criarlo
mientras intenta restituir una parte
de la libertad de persona adulta
escribiendo), y la otra que consiste en narrar parte de sus relaciones
sentimentales o episodios biográficos importantes (uno de los cuales
desemboca en esa maternidad del
presente). La relación con la familia
está muy lejos de la que supo dar
en aquella primera novela que antes
mencioné, y las otras historias casi
parecen pensadas de acuerdo con un
menú flexible para escribir novelas
para públicos mayoritarios: hay un
personaje rumano que despierta el
interés al principio pero lo va perdiendo sobre la marcha (inmigración), hay una relación loca con un
músico negro famoso en Nueva York
que da el punto de exotismo cosmopolita (y con violencia de género)
y hay, por fin, la larga y dolorosa
agonía de una madre ingresada en
el hospital al mismo tiempo que la
protagonista está criando a su bebé
(eutanasia como asunto).
Insisto: el problema no está en
la inventiva para armar historias
sino en la previsibilidad banal de
la voz que narra, ese personaje que
es el secreto de la seducción de
novelas sin grandes ni pequeños
accidentes pero con la ventaja de
dar cuerpo a un narrador solvente
que aquí no encuentro. Es verdad,
en contra de esta argumentación, que el narrador no repele a ningún
lector potencial porque es siempre directo y claro, e incluso logra una oralidad fluida, rápida, sin pretensiones de floritura literaria ni estilo
grandilocuente, sin pedantería tampoco, excepto en algunos mínimos
detalles. Aquí estos rasgos funcionan como virtudes que aceleran
la lectura, y allanan el camino de
un relato escaso de originalidad y
sin complicaciones ni estilísticas ni
morales ni ideológicas. n
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