A pesar del empate técnico que mostraban las encuestas hasta el día anterior de los comicios, George W. Bush fue reelecto como presidente de Estados Unidos con una diferencia de más de tres millones y medio de votos y cinco asientos nuevos en el Senado para los republicanos. Y esta vez no hubo dudas: el presidente Bush recibió un mandato respaldado por la gran mayoría de los estados y la mayoría de los votantes. Mientras el resto del mundo contenía el aliento, los estadunidenses apostaron por el refuerzo de la política de seguridad y hegemonía mundial que representa el presidente Bush. Pero, sobre todo, le dieron la fuerza suficiente para modificar las políticas internas conforme a una agenda liberal a ultranza: más empresas, más negocios, más mercado; menos burocracia, menos impuestos, menos Estado. O mejor: menos Estado hacia dentro, pero mucho más y más fuerte hacia fuera.
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