No, no vamos a hablar de la llave en idea, pura e inmaterial, llave arquetípica, inimaginable y sutil esencia, de donde proceden como ejemplares particulares todas las llaves.
Dice el Cobarruvias de la voz llave: “cualquier instrumento con que cerramos o abrimos alguna cosa, y particularmente llamamos llaves a las de las puertas o arcas que tienen cerraduras”. Pero esto es limitado.
Las Llaves de San Pedro, tantas veces representadas, no son ciertamente grandes y de fierro como esas llaves virreinales que adquirimos con el anticuario y colgamos en la pared. ¿Entonces cómo son?
Ampliemos. Lo que vamos a hacer equivale a escribir en un cuaderno la palabra llave y luego abrir una llave (vaya, abrir una llave) y enumerar de arriba a abajo algunos de los variados significados del concepto.
No se cierra sólo una puerta o una caja, sino, por ejemplo, una temporada, un aeropuerto, un caso, un permiso, se cierra un trato o (a los ruegos) una voluntad, cuando se nubla decimos que se cierra el tiempo.
Como se ve, de lo que da comienzo decimos que abre y de lo que termina que cierra. ¿Por qué? No hay razón discursiva: esta metáfora usamos. Así “alto” dice “refinado”, mientras “bajo” dice “vil”.
Un libro célebre de ocultismo se llama Clavícula de Salomón no por el hueso articulatorio del sabio rey, sino porque llave en latín dice clavis y clavícula viene a ser llave pequeña o llavecita.
Para dilucidar un cerrado enigma se precisa una llave que lo abra, es decir, una clave. La clave del misterio de Barba Azul estaba en la misteriosa y sangrienta llave que su joven esposa tenía prohibido usar.
Cuentos. En el Quijote alguien deja caer una llave en un enorme tonel con vino tinto. El gran catador, después, al degustar una copa de ese vino, identifica en el caldo cierto indebido gusto a fierro viejo.
Hay llaves y hay llaves. Están las llaves que, como vimos, saben a fierro viejo y están las llaves o claves del solfeo, la de sol, por ejemplo, que no saben, pero suenan. Y están también las llaves de la lucha libre.
El candado, la doble Nelson, el cangrejo, el masaje a las carótidas, el nudo ciego, que era especialidad de Tarzán López, la quebradora, la palanca de Markus eran emocionantes llaves de lucha libre.
El luchador Enrique Yáñez, hombre modesto, no grandilocuente como el Cavernario Galindo, el Médico Asesino o la Tonina Jackson, ganó el campeonato mundial con una nueva llave de su invención, la Cerrajera.
Su majestad Luis XVI amaba con pasión el arte de la cerrajería, de hecho lo amaba más que el arte de gobernar, pero menos que el arte de comer. Y por esas predilecciones, se puede conjeturar, le cortaron la cabeza.
La Llave del Náhuatl se llama el libro del venerable traductor y maestro Angel María Garibay Kintana. Esta llave no es ligera, de bolsillo, sino grande y operosa como las pesadas llaves de los griegos antiguos.
Gustavo Sáinz, amigo y compañero de escuela, me leyó en la prepa el epígrafe de una novela que decía: “si Isaac Newton hubiera nacido en una banda de ladrones, habría sido sólo el inventor de una ingeniosa ganzúa”.
Que yo sepa, no hay compromiso alguno de ser exhaustivo con esto de las llaves; la mejor manera de aburrir, según Voltaire, es decirlo todo, así que conviene aquí clausurar a doble llave esta breve antología, y a otra cosa. n