Esta carta de Boris Pasternak apareció en inglés en la revista Areté, de la que nexos obtuvo los derechos para su publicación. El contexto y los personajes de la carta de Pasternak son los siguientes: Boris Pasternak se casó por primera vez con Zhenia Lourié. Tuvieron un hijo: Zhenichka. Luego de su divorcio, Pasternak se casó de nueva cuenta en 1934 con Zina Neuhaus, quien antes fue esposa del pianista Heinrich Neuhaus. Fue un divorcio doloroso y prolongado —debido en parte a que Pasternak dividió sus lealtades—. La carta que presentamos a continuación fue escrita antes del divorcio, en el epicentro sísmico de su separación. El reparto principal incluye al hermano menor de Pasternak, Shura, y a su esposa Irina, su tía Asya y su hija Olya Freidenberg, profesora de filología en la universidad de San Petersburgo. La carta se dirige a su hermana Zhonia, que vivía en Berlín con su esposo Fedya y dos hijos, Helen y Charlie. Zhenia y Zhenichka habían pasado con ellos gran parte del año anterior. Los padres de Pasternak y la hermana Lydia también vivían en la Motzstrasse de Berlín. Volkhonka es una calle en el centro de Moscú donde Pasternak y su primera esposa Zhenia tenían un departamento. También puede ser útil saber que el padre de Pasternak —el artista Leonid— siempre consideró su (feliz) matrimonio un “error táctico” desde un punto de vista artístico.

“Boris al lado del Balático en Merekule”, 1910. Óleo sobre lienzo de Leonid Pasternak.


11 de febrero de 1932. Moscú. Querida Zhonia, Hoy es mi cumpleaños y por lo tanto es el momento exacto —habida cuenta del correo— para desearte muchos regresos felices, y una oportunidad para agradecer a ti y a Fedya, con mucho afecto, por cuidar de Zhenia y Zhenichka.

Le mostré a cada quien las fotografías de Helen y Charlie. Qué niños tan maravillosos tienes. Todo el que vio las fotos quedó encantado.

Me resulta muy difícil escribirle a Papá o Mamá. O a ti. O a [Romain] Rolland, o a [Raisa] Lomonosova. O a Marina [Tsvetayeva]. De hecho, a quien sea que esté lejos. ¿Por qué? Porque nuestra correspondencia se ha interrumpido. Porque pudiste malinterpretar mi silencio como algo deliberado.

Contaré toda la historia posible. Pero si no la oyes completa no es posible que la entiendas. Y no puedo permitir que se deslicen errores y malas interpretaciones. No se trata nada más de mí, después de todo. También se trata de dos mujeres que son importantes para mí. Si ellas fueran mal comprendidas, sería una agonía para mí.

A veces pienso que ustedes —todos ustedes, toda la familia— casi lamentan que yo no fuera más explícito con anterioridad. Todos ustedes piensan que si me hubiera explicado en esta primavera todo habría sido diferente. Zhenia no habría sido desterrada para sufrir tanto dolor —como si no hubiera más que dos casas en el mundo entero, una en Motzstrasse y otra en Volkhonka—. Piensan que para protegerme a mí mismo de la tarea —en verdad imposible— de cuidar al niño, me convencí para adoptar una decisión equívoca. En Moscú todos se asombran con esta versión de los hechos —Pavel Davidovich, Bari, tía Asya, Shura y otros—. Si fuera cierta, sus reproches hacia mí estarían justificados por completo: de entrada, si yo hubiera hablado con mayor claridad nada de esto habría ocurrido.

El cuadro que de manera gradual han pintado para ustedes mismos es complejo y contradictorio. Sin embargo, está bastante cerca de mi propia y simple experiencia de todo eso. Hubo otras consideraciones, además, que me impidieron hablarles con ingenuidad. No podía —porque sabía cómo mis palabras podían ser malinterpretadas en perjuicio de Zhenia—. Después de todo, yo actuaba en contra de los principios de mi familia. Me atemorizaba la frialdad que Zhenia podría enfrentar como una persona divorciada.

Mamá es asombrosa en este aspecto. Ella aceptó lo ocurrido. Había oído a alguien decir cosas buenas de Zhenia. Así que, entonces, comienza a buscar explicaciones para cada cosa —como si cada cosa fuera resultado de alguna decisión imparcial y sobria—. ¿Y cuál es la explicación que encuentra? La noción de que Zhenia me ha fastidiado en cierta forma —por no amarme lo suficiente, por ser mala como madre y ama de casa—. Por ser mala. Pero no sólo no es mala: la franqueza de su carácter es demasiado buena para nuestra familia. Todo lo “malo” es provocado por el choque entre su sinceridad pura y la crueldad encubierta en la bondad “tolstoiana” de nuestra familia. Yo fui la encarnación lógica de estos principios, elevados a un grado absurdo. Y Zhenia fue su víctima propiciatoria viviente y perdurable. Zhenia, no nuestro pequeño Zhenichka, por quien tú y nuestros padres se rompen el corazón. Porque él va a tener una educación diferente por completo. Pase lo que pase conmigo, será una parte integral y sin censura de esa educación que resultará más honesta de lo que sería si yo considerara mi deber a la usanza familiar. Él será mil veces mejor educado de lo que fuimos todos nosotros (“un error táctico” y todo eso). Él es maravilloso. Lo quiero mucho y anticipo su futuro con alegría. Aunque Papá es un gran hombre, no entiendo cómo pudo vivir así —con todas esas lecciones morales en sus labios— a menos de que mintiera y actuara un papel para beneficio nuestro.

Ahora quiero decir con brevedad algo a propósito de todos nosotros y lo que sucede. Necesito que Zhenia se tranquilice. Mientras eso no suceda, yo mismo no estaré en paz. El verano pasado estuve bajo una tensión intolerable. Ella no podía escribirme y yo no recibía ninguna noticia suya ni de Zhenichka. Yo no tenía ninguna duda sobre lo mucho que los ayudarías en cuestiones de tiempo, nervios, cosas materiales y dinero. Estaba seguro de la cálida bienvenida que les tenías lista. Temía que Zhenia se topara con una especie autoritaria del afecto —lastrada con admoniciones— en vez de la amabilidad de corazón que libra de preocupaciones a su beneficiario y lo llena de confianza en la vida, la mejor medicina contra cualquier clase de sufrimiento. Temía que ella se sintiera atada a la casa de nuestros padres por la suposición terrible de que, más allá de ese umbral, la bondad o la verdad no existen. Estaba atormentado por la incertidumbre y la debilidad de mi confianza en ustedes.

Cuando Zina y yo regresamos a Moscú nos establecimos en Volkhonka. Zina se opuso a esto con violencia y yo también. Sólo que en Moscú no hay departamentos disponibles —ni siquiera hay cuartos (más adelante vuelvo a eso). Todos mis sentimientos hacia Zhenia —¿tengo que convencerte de que la amo con toda mi alma, o explicarte en detalle por qué, y lo que eso significa?— se hicieron más intensos. Ahí estaba yo, viviendo con Zina en el mismo lugar donde cada pequeña cosa invocaba recuerdos de Zhenia —como si estas cosas aprendieran conmigo cómo traicionarla—. ¿Cuáles eran mis motivaciones cuando Zhenia y nuestro hijo llegaron? Yo estaba desesperado por verlos. Había acumulado tantos temores por ella —tantos cuidados y tanto sufrimiento— que era como tener una segunda vida que buscaba convertirse otra vez en mi única vida. Es probable que yo sea muy malo para entenderme a mí mismo. En cuanto lo consigo me siento infeliz. Porque el “conocimiento de sí mismo” siempre contiene una cualidad de enjuiciamiento severa —¡toda esa censura, ese reproche!— como la noción perniciosa del Destino. Aterrador. Siempre tengo problemas para comprender qué es lo que necesito —y esta vez yo estaba fuera de quicio por completo—. Dejé de pensar. Comencé a buscar signos. Estaba listo para actuar según si una caja de cerillos caía con el lado superior o inferior hacia arriba. Como yo no disimulaba nada, Zina también estaba atormentada. Las cajas de cerillos me indicaban que debía regresar al pasado, a mi familia —no, a la víctima y mártir, a Zhenia—. Y mi resolución se hizo mucho más fácil porque yo había perdido la razón —tomaba dos decisiones cada minuto—. Olvidé que Zina —una fuente de alegría para mí, dentro de mi sufrimiento— estaba todavía conmigo. Tal vez imaginé que ella no me abandonaría, aun si yo la abandonaba para regresar a mi antigua vida —por algún camino inescrutable, como un pensamiento que no se expresa o un sueño que no se cumple, ella misma se iba a desplazar hacia todas mis situaciones nuevas, ella compartiría mi vida con Zhenia—. ¡Y cómo yo añoraba eso!

En aquel momento ellos venían en camino. Mamá y Papá me hablaron por teléfono. Fue como una especie de delirio. Yo los había visto nueve años antes, y de pronto esa conversación en la noche, enfocada en un tema: que Zina y yo deberíamos desocupar el departamento. Como un encantamiento hipnótico. (Según el punto de vista de ellos, era un acto piadoso. Eso lo agradecí: ahí estaban, conversaban con su propio hijo, y durante seis minutos sólo hablaron acerca de gestiones, sólo acerca de su nieto. Sólo su nieto. Nada más.) No era posible hacer lo que ellos querían. Moscú persiste en el statu quo durante años, sin interrupción. Preparar un movimiento tarda años —un cambio de domicilio, un cambio de cualquier especie— y tú necesitas hacerlo en cuestión de un minuto si quieres vivir más que vegetar.

Así que llegaron estas criaturas bellas, jóvenes, elegantes. Yo desbordaba de alegría. Encontraron una casa en la periferia, más allá del río Moskva, en un barrio obrero. Un departamento estrecho, incómodo. Yo los visitaba con frecuencia. Algunas veces sentí que si ellos regresaban a su antigua casa mis sentimientos de serenidad y ternura hacia Zhenia se verían disminuidos. Algo sucedería con nuestra sinceridad. Las cosas serían menos agradables para ella y nuestro hijo si viviéramos juntos, en vez de separados, como estábamos, con las visitas que yo les hacía y todo eso.

No pensaba en mí mismo. Mi mente no tenía la claridad necesaria. Al mismo tiempo, otra gente me veía vacilante y advertía que yo estaba en peligro de tomar decisiones demenciales e injustas. Empezaron a colmarme de consejos. Los vecinos, Shura e Irina, mis amigos de Georgia —toda la gente cercana a mí que ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo a esta historia mía—. Todavía antes, en Petersburgo, la tía Asya había hablado de mi regreso con Zhenia como algo “jamás oído, un cuento de hadas”. Dijo que yo no sería perdonado: porque buscaba una reconciliación, yo no podía asumir con entusiasmo que por algún motivo la otra familia, también destruida por mí, se iba a reorganizar para cuando Zhenia llegara. Que Zina regresaría con su esposo, en desafío a todo sentimiento y sentido común. Sin embargo, entre más rotundo y evidente era este consejo, más me llevaba de regreso a Zhenia —porque su mensaje estaba dirigido contra ella, y yo quería defenderla.

Así que ellos vivían con el hermano de Zhenia. Estaba en curso la búsqueda de un cuarto —a veces para ellos, a veces para nosotros—. Dependía de lo que iba a suceder con el departamento de Volkhonka. Aunque no había ningún cuarto. Pasaron semanas y semanas. En ocasiones le hice promesas a Zhenia con plena sinceridad. Otras veces sentía que el cumplimiento de mis promesas nos traería la desgracia. Por último, con justificación total, hubo un momento en que su hermano perdió la paciencia debido a lo que ella estaba pasando. El exigió que yo desalojara su vivienda [el departamento de Volkhonka] en el acto. Eso fue por teléfono. Yo tenía un absceso dental y no iba a salir. Los hijos de Zina fueron llevados de prisa para quedarse con su padre. Zina y yo nos mudamos con Shura a su nuevo departamento, donde todavía estaban los pintores. Compartimos un cuarto, dormíamos en el piso. Zina pasaba todo el día con sus hijos, se fatigaba en atender los asuntos de aquella casa y regresaba exhausta, sólo a pasar la noche. Yo me encontraba en tal estado que, aun si las circunstancias lo hubieran permitido, no habría podido hacer ningún trabajo.

Ahora el departamento estaba libre para Zhenia. Pero su mudanza se pospuso hasta que el lugar quedó limpio. Comprendí su renuencia —el prospecto de la soledad en un departamento desierto que ella recordaba atestado y ruidoso—. Sabía lo que ella estaba sufriendo. La mitad de lo que Zhenia sufre yo lo sufro también, sólo que con una intensidad insoportable. Experimentamos las mismas cosas, en lugares diferentes y con papeles diferentes —ella dispone sus propios recursos, y yo bajo el imperio de un asombroso y terrible, terrible destino.

No podía soportado. Era una tortura. Una mañana le dije a Zina unas cuantas palabras. Ella reunió sus cosas. Quiso bajar las escaleras para buscar ella misma un chofer de trineo. Fui a conseguirlo, nos despedimos en calma, el trineo desapareció a la vuelta de la esquina y ella regresó al departamento de su esposo, del esposo a quien había abandonado, sin regresar a él. El acontecimiento “jamás oído” de tía Asya se cumplía. Zina había sido sacrificada. Por entonces nadie estaba en el departamento de Shura. Todo sucedía sin testigos. Subí de regreso las escaleras. No lloré. Estaba feliz al pensar que quizá un retorno a los viejos tiempos podría brindarme paz —¡mi pobre, modesta pero absoluta paz, que había olvidado de manera tan completa!

En el departamento de Volkhonka seguían con la limpieza. Estaba previsto que Zhenia se mudara el día siguiente. Me paré junto a la ventana. De pronto, una ansiedad terrible se apoderó de mí, tan espontánea como una imprevista ráfaga de viento. Corrí a toda prisa rumbo a Volkhonka. Todas nuestras provisiones se habían quedado allá. Tenía que hacer algo. Sabía que Zhenia no debía estar allí. Me topé con ella en cuanto irrumpí dentro de la casa. Estaba abrumado por completo y deshecho en llanto. Comencé a besar sus manos como si ella fuera mi salvación. Le imploré que lo comprendiera —que yo adoraba a Zina, que sería despreciable luchar contra este sentimiento—. Aun si fuera concebible que yo pudiera superarlo, eso no nos traería la felicidad. Zhenia empezó a consolarme. Me recordó que ella no reclamaba nada. Inclusive me pidió que no me mudara con ella enseguida. Regresé con Shura. No pude soportar estar ahí, solo, mientras trabajaban. Regresé con Zhenia y estuve ahí una noche y un día.

Acepto que mi decisión se llevó a cabo de forma un tanto deshonesta —pero yo sentía una necesidad constante, urgente, de confortarla, de pasar un tiempo agradable con ella.

En algún momento perdí la compostura. En vez de relajarme en el curso de los acontecimientos, me puse a interferirlos. Temía que Zhenia resultara lastimada —en especial luego del año pasado— por la diferencia entre nuestras mejores intenciones actuales y la realidad que ya habíamos vivido una vez. Esta consideración no se me hubiera ocurrido en una isla desierta, o incluso en tu situación, Papá. Aquella fue una noche espantosa para Zhenia. No pudimos dormir. Igual pudimos no haber ido a la cama. En la mañana hablamos del divorcio. Regresé a quedarme con Shura.

Mientras tanto, no podía ver a Zina. La había dejado irse para siempre. Shura, Irina y su hermano Nikolai la visitaban. Ella les hizo prometer que no contaran nada malo, para que yo no estuviera influenciado por el retrato de su vida en familia sin familia. Luego de mi conducta reciente, yo tenía que hacer algo nuevo para ganarme el derecho de verla. En una ocasión le pedí a Zhenia un poder legal para solicitar el divorcio. Estábamos en el departamento de Shura. Yo mismo escribí el documento del texto y se lo di para que lo firmara. Lo firmó, se puso su abrigo y partió; me dejó todos los papeles que yo necesitaba para la solicitud. Puedes imaginar lo que pasó después de que ella se fue. No continué con el asunto. Nunca seré capaz de hacerlo. Todo esto es odioso y no corresponde en lo mínimo ni a mi pasado ni a mi futuro —con lo que me ha sucedido, o con lo que quiero para mí y todos los demás.

Luego le pedí a Ina que le preguntara a Zina si nos podríamos citar en alguna calle —bueno, ¿en dónde más podríamos encontrarnos?—. Zina se dio una vuelta la tarde siguiente: feliz, adorable, gentil, sin decir una palabra sobre lo ocurrido. Todo mundo estaba tan exhausto y envejecido por los acontecimientos del mes previo que todos necesitábamos tranquilizarnos —vivir por nuestro lado un tiempo—. La única pregunta era ésta: ¿dónde iba cada quien a encontrar espacio para toda esta soledad? No hace falta preguntarlo. Uno sabía de antemano que en Moscú no tenía solución. Yo ya había hecho esfuerzos tenaces, en muchas direcciones al mismo tiempo, para intentar hallar un cuarto. Todos habían fracasado. Mientras tanto, se había vuelto peligroso para Zina seguir instalada en su viejo departamento. Para su esposo era también intolerable. Heinrich Gustavovich era un hombre irascible en el límite de sus fuerzas. El había adoptado el papel imposible de ser un amigo para ella y no podía soportarlo más.

Mientras, los pintores y carpinteros terminaron su trabajo con Shura e Irina. Su departamento de tres recámaras lucía habitable. Le pregunté a Irina si ella podría alojar a Zina —siempre bajo la suposición de que Zina estaría de acuerdo en regresar—. Este era el edificio en cuyas puertas yo había llamado el trineo para ella. Irina estaba incómoda. Su posición frente a Zhenia era complicada. Tenía una gran estima por Zhenia y pensaba que ella tenía la razón —pese a su cálida amistad con Zina, como yo bien sabía—. Así que no tuve salida. Por cierto que durante esos días terminé apresurado una pieza lírica sentida y poderosa. El trabajo eleva siempre mi sentido del valor personal. Me recuerda lo que ha sucedido, y por qué, y por cuál motivo.

Ahora quiero decirte algo. Quiero que sepas esto. Por la tarde fui a ver a Zina. Neuhaus, quien ha sufrido tanto por mi culpa, dijo que él buscaba alguna especie de seguridad estable para el futuro. Cualquier clase de seguridad —un cuarto para él, la cercanía de sus hijos, un piano donde practicar, incluso un matrimonio con dos divorcios, uno de cada lado— más que la incertidumbre de mis continuas visitas a ella. Me retiré y me sentía perturbado. En casa, comencé a escribir una carta de despedida a Zina —para decirle que yo había decidido vivir por mi cuenta, al tiempo que permanecía por siempre fiel a ella en mis pensamientos—. Empecé la carta cinco veces. No podía soportarlo, así que fui al Sindicato de Escritores a pedir que me encontraran un segundo departamento, aun si tenían que excavarlo desde el subsuelo.

Para ese entonces ya era tarde. Diez de la noche. Encontré ahí personas prudentes y racionales, buenos colegas míos, algunos de ellos con una alta opinión de mí. Hablaban de forma apacible y una vida ordenada. Compasivos, con un idioma que yo no podía compartir, el idioma de un sueño a la intención de ayudar, discutieron diversas posibilidades, como intercambiar el espacio vital superfino (¡!) de la vivienda de Zhenia. Cosas de ese tipo, que a mi manera de pensar eran tan inconcebibles como los documentos del divorcio. Me fui en un estado de profunda desolación.

Era cerca de la medianoche y helaba. Una terrible, apresurada convicción de desamparo se estrechó dentro de mí como un resorte. Vi, de pronto, la bancarrota de mi vida entera. Nadie me comprendía. Y ahora, desde mi alarma mortal, yo era incomprensible para mí mismo. Mi mente se concentró en Zhenia y Zhenichka. En mi pensamiento, los abracé contra mi pecho. Yo corría por la calle. Corría porque ya pasaba de la medianoche. Hablar por teléfono a Neuhaus sería locura, impertinencia, casi una insolencia brutal, dado que yo corría hacia Zina. Pero, ¿por qué hacia ella?

Ahora voy a explicarte esto. Cuando aún vivía con Zhenia, el invierno antepasado, me dediqué por completo a mi esposa e hijo, absorto por las ocupaciones domésticas. (Nunca consideré mi vida familiar una carga, como lo hacía Papá.) Al ser presa de la melancolía, una especie de Todesahnung [presentimiento de muerte] pasó por mi espíritu. No obstante, siempre pensé que mi último día —el día del ajuste de cuentas, la despedida y la gratitud—, el día completo, de la mañana a la noche, lo pasaría con Zina. (Esto debió ocurrir durante el deshielo de marzo.) Por entonces ella era todavía Zinaida Nikolayevna para mí, la esposa del maravilloso Neuhaus. Desde nuestro primer encuentro, ese fue el efecto de su belleza singular, su sangre, su misterio, su pasado. Yo iba a pasar con ella ese día. y le diría adiós al mundo que ella encarnaba para mí. Quería poner mis asuntos en sus manos, decirle cuánto, a partir de mi infancia, yo había querido hacer por ella —por la mujer, la amiga de la humanidad—. La amiga de cada uno de nosotros —la mayoría saludable y estúpida, unos cuantos inteligentes y por lo tanto medio enfermos y exhaustos—. Eso es lo que quise hacer, pero no lo hice. Todo lo que hice, sin embargo, lo hice por ella. Yo quería contarle a ella su propia historia, deleitarla al demostrarle que, sin conocerla, de cualquier modo la conocía. Ella es esa persona y es así como yo la amo.

Yo tenía prisa de ir hacia ella porque temía no estar vivo la mañana siguiente. Murmuraba su nombre.

Pensé en ti, en Mamá y Papá, allá en algún lugar. Pudieron ayudarme, ayudarme mil veces —con su propio estilo—. (Cuántos otros abuelos y abuelas hay, pobres y modestos, cariñosos, ¡sin Tolstoi!) Heme aquí, agonizo en lo emocional, discapacitado por mi herencia y educación —igual que ustedes— aunque yo no consulto un doctor. Porque no tengo tiempo, porque tengo que ganar. ¿Ganar qué? ¿Dinero? No: el derecho de mirar al viento cara a cara.

Cuando por fin, al cabo de toda una vida, tengo un año de felicidad perfecta —de salud, de afecto natural, de comunicarme con otras personas—, Papá me escribe para preguntar cómo este hijo va a convertir su espíritu lisiado en salud y vitalidad. Papá lo valora y se enoja, indignado. El juicio está decidido. Y este año se sumerge en una fiebre aprensiva, distinta a cualquier otra que yo hubiera conocido jamás. Aun si pudiera salvarse alguna cosa, sigo atrapado en círculos de sufrimientos que se cruzan. El sufrimiento habría ocurrido en cualquier caso, pero habría sido un millón de veces más fácil para todos si tan sólo Papá no hubiera enjuiciado tanto, si no se hubiera exigido tanto a sí mismo estar en lo correcto.

H G [Neuhaus] me abrió la puerta. “Der spát kommende Gasf?” [¿el invitado tardío?], creo que dijo. No lo oí bien del todo. Pasé a ver a Zina. Ella me preguntó si algo iba mal y por qué yo estaba ahí. Tuve dificultad para decir cualquier cosa coherente. “¿Por qué no dices algo?”, dijo ella. Fue a cerrar la puerta después de H G: él había ido a un concierto. Vi una botella de yodo en la repisa de las medicinas y la apuré de un solo trago. Mi garganta ardió y empecé a hacer movimientos involuntarios de masticación, provocados por las sensaciones astringentes en mis cuerdas vocales. “¿Qué masticas? ¿Por qué huele tanto a yodo?”, dijo Zina, de vuelta en el cuarto. “¿Dónde está el yodo?” Ella gritó y comenzó a llorar, ocupada en mí. Lo que me salvó fue que ella había sido enfermera durante la guerra. Me dio los primeros auxilios y después corrió a traer al doctor. Me hicieron vomitar durante una hora y media, doce veces seguidas. Me hicieron una lavativa, luego tomaron precauciones contra quemaduras internas. No puedo repasar todo lo que hicieron. Hay dos clases de peligro en casos como este: los efectos inmediatos (en el esófago y demás), y los subsecuentes, causados por el veneno que se introduce en el flujo sanguíneo (el corazón, los riñones, etcétera). Todo esto, además de mi carrera por las calles, me tenía exhausto. El doctor dijo que yo debía pasar dos días de reposo total en cama. Y que esa primera noche sería mejor que no me moviera. Yo sabía que iba a quedarme ahí. Entré en un estado de bendición insuperable: estaba en cama, Zina se movía en silencio a mi alrededor y me hacía ingerir algo. Yo hablaba en un murmullo: era más fácil así. Me sentía como si estuviera con ella en casa: era otra vez como el principio del invierno. Al mismo tiempo, pensar en la casa revivió todo lo que yo había pasado —todos los axiomas matemáticos que me habían dejado sin salida y no me dejarían ninguna—. Estaba destinado a encontrarlos otra vez mañana y todos los días y años posteriores. Ahora, en tal estado de bendición, con mi pulso casi apagado, sentí una oleada de libertad sin límites, pura, virginal, total. Con energía, casi con languidez, deseaba la muerte —como uno puede querer un pastel—. De haber tenido un revólver a mi lado, habría extendido la mano como si alcanzara un dulce. Después de lo que había pasado, esto sería de una facilidad terrible para mí. De algún modo, sin pensarlo, yo sabía lo que hubiera sucedido luego de disparar el balazo. Quería dispararme porque estaba desgarrado entre mi euforia serena y mi idea de las complejidades sin solución que habían dado lugar a esta felicidad. Neuhaus regresó a las dos de la mañana. Cuando Z le contó lo que había pasado, él corrió a mi habitación. “No, en serio, ¿tú hiciste eso, Boris? ¿Tú? Jamás lo hubiera creído. ¿De verdad te sobrevaloré?”. Y así por el estilo. Antes, él le dijo a Zina con frialdad, como si ella fuera culpable en algún sentido: “Bueno, ¿te sientes satisfecha? ¿Ya te comprobó su amor?”.

A las tres, una pariente de Neuhaus llegó con alcanfor y una jeringa. (La sirvienta de Zina se había quedado en la cocina durante la conmoción: cuando la pariente llegó a la casa, la sirvienta lo divulgó por todas partes.) Al fin se retiraron todos. Zina tendió una cama sobre el piso, junto a mi sofá, a fin de que ella pudiera vigilar mi corazón. No sé por qué debo confiar este hecho del todo incomprensible a una mujer y a mi hermana —que si tengo una hija, será a causa de aquellos minutos en el umbral de la muerte—. Estos grandes actos de pasión fundamental son tan puros y fuertes que es una lástima que no puedan hablar o responder preguntas. Debemos escucharlos. No las peleas de Papá con Indida [tío de Boris]. Tampoco todos los consejos que cada quien me ha dado aquí. Ni, desde luego, todas las cosas que te escribo tan desamparado. Pero calumnio a la Naturaleza. Sus respuestas adoptan la forma de decisiones absolutas: esas respuestas son… nacimientos.

Yo quería mantener mi intento fallido de suicidio como un secreto absoluto. Y casi lo logro. Dos o tres personas cercanas a los acontecimientos los descubrieron al día siguiente y para mí fue deplorable. Les hice jurar su discreción total, y durante las dos últimas semanas —desde el tercer día, cuando me envenené— me siento satisfecho de que hayan cumplido su palabra. Sólo había dos personas con quienes quería hablar al respecto —compartir esta breve experiencia de una situación extrema que en última instancia no mostraba a nadie bajo una falsa luz. (¡Con cuánta pasión yo anhelaba eso!) La Irinushka de Shura y Zhenia eran las únicas personas a quienes quería confiar este momento de desahogo. Ni siquiera quería decírselo a Shura —a pesar de que él me ha ayudado de maneras infinitas—. Irina y él dedicaron por su propia voluntad dos meses completos para poner en orden a nosotros y nuestros asuntos. No obstante, un rastro del extrañamiento desapasionado que he sentido hacia todos ustedes lo ha borrado también a él. Cuando fui a ver a Irina, me pareció una ofensa injustificada el tratar de sostener una plática confidencial con ella y en ausencia de él. Detuve el intento de dividirlos. Shura estalló en lágrimas, me abrazó y me besó durante largo tiempo. Yo evitaba decirle a Zhenia, por motivos de prudencia. Ella no sabe nada al respecto. Y no quiero que lo sepa. ¿Deberían saberlo nuestros padres? Lo juro por Dios que no lo sé. No tengo una opinión sobre esto. La imagen que ellos tienen de mí puede ser halagadora hasta un punto envidiable —y yo adoraría ser la persona a quien ellos escriben sus cartas, la persona en quien ellos piensan—. Si yo lo fuera, sería mejor, más feliz y sobre todo más libre, a un grado incalculable, y menos agobiado por las responsabilidades. Pero sus ideas están lejos de la verdad. De hecho, cuando veo a Mamá frente a mí, o —por separado— a Papá, siento por ellos una ternura dolorosa. Pero sus actos están más allá de mi comprensión.

No le digas nada a Fedya. Sé cómo reaccionaría él ante todo esto. En buena parte, igual que Papá. Papá siempre ve las cosas como si alguien hiciera justo lo que él mismo habría hecho —si acaso él, Papá, no hubiera elegido con nobleza un camino más difícil—. Todo lo que me resta en cuanto a sentimiento familiar —constante, dicho con franqueza, al margen de anomalías— es su intelecto y visión múltiple, y los talentos saludables de Lydia. ¿Quiere decir esto que yo no amo a nuestros padres? Al contrario. Porque esta es una herida vieja que se ha abierto de nuevo y ahora lo entiendo con claridad absoluta.

Tía Asya, por ejemplo, está mucho más cerca de comprender mi situación. Lo cual no significa un reproche para todos ustedes. Ustedes están lejos. Ella está en Petersburgo. No hay gran mérito en eso, con toda su sensibilidad. De hecho, no sé si a ella le agradaba Zina. Supongo, tal vez, que no —Zina regresa siempre del estilista con un aspecto horrible, como una bota recién boleada—. Y siempre se hace permanente en vísperas de cualquier ocasión festiva —que, para ella, incluye visitar a mi tía—. En todo caso, Asya y Olya han sido tocadas por el destino de Zina y el mío, y por su posible consecuencia. Lloraban cuando se despidieron. Olya, de hecho, daba alaridos. Sin mantener ninguna correspondencia entre nosotros, ellas siempre saben todo de mí. Olya ha escuchado las historias sobre mí —reprimidas durante años— que le contaban sus compañeras en el Instituto. Yo era uno de sus temas preferidos. Hace muy poco, Olya no pudo resistirlo más y confesó que yo era su primo. Y tía Asya comprende en su intuición cómo este destino —ser una propiedad común, cautivo de afecto por todas partes— lo transforma a uno, cómo lo vuelve un prisionero del tiempo. Lo que también es un ejemplo de la crueldad primordial de la pobre Rusia: cuando entrega su amor a alguien, el ser elegido nunca más puede escapar a su vigilancia. Como si se encontrara en una arena romana, obligado a correspondería con un espectáculo que retribuya su amor. Si nadie ha escapado a este destino, ¿por qué habría de hacerlo yo? El amor que Rusia siente por mí es tan complicado como el de Alemania por Heine. No obstante, me temo que no me comprenderás. Vas a pensar que soy presuntuoso. No es así. Lo que te he relatado no es mi ambición sino mi realidad, mi existencia vigente y sin propósito. Te he relatado mi deber hacia el Destino, un deber que la tía Asya percibe en su intuición —que esta existencia mía debe tomar su rumbo invariable, al tiempo que el destino observa.

Mira a Papá, quien ha sido y todavía es un gran, gran artista —mucho más grande de lo que soy yo—. El dirá que eligió el camino más difícil y dominó los peligros de ser un hombre de familia. Y es una mentira. Es mentira porque su tarea heroica es un refugio celestial comparado con las circunstancias que yo soy incapaz de controlar. Al margen de toda comparación, el ámbito doméstico no requiere sacrificio. Es un lugar de reposo y de paz. Papá siempre sintió la necesidad de citar el elogio que le hizo Tolstoi, como si esto pudiera ennoblecer su destino apacible, envidiable y feliz, o como si lo hiciera especial en algún sentido. (Esto es lo que hace de él un artista genuino.) Sin embargo, su virtud reside con precisión en su serenidad. No hacía falta ningún argumento adicional de Papá.

Es una mentira: lo que ha sucedido conmigo se lo demostraría. Él insistió en sus viejas palabras y abrió de nuevo mis heridas viejas. Aunque tal vez uno necesita en verdad vivir aquí para entenderlo todo.

Hay en el mundo una sinceridad mayor que el ethos de nuestra familia. Y es más simple, sin litigar ni separar a perpetuidad el bien del mal. Los padres de Neuhaus, a los ochenta años, lo adoran. Estaban asombrados y escandalizados por lo ocurrido en la primavera. Durante décadas dirigieron una escuela musical en Yelizavetgrad. Ahora viven sus vidas casi en el desamparo. En aprecio de los viejos tiempos, ellos siguen amando tanto a Zina como siempre. En el verano, la mamá de Garry [Heinrich Gustavovich] le escribió largas cartas a Zina en Kodzhory, que la reconfortaban con noticias sobre su hijo, quien pasaba esa temporada con sus padres. Tienes que leer esas cartas que fueron enviadas a mi domicilio. Todos los objetivos de la vieja dama se cumplieron por estar inspirados en una ternura capaz de perdonarlo todo. Todas sus noticias tuvieron buen efecto. Yo le evitaba mis tormentos a Zina. Y cada vez que manifestaba mi propio pesar respecto a mi familia, Zina se asustaba tanto que sólo me pedía una cosa: dejar que se fueran ella y el chico [el hijo que tuvo con Neuhaus], no con su esposo que para entonces se había ido, sino con sus padres en Yelizavetgrad.

No sé si tendrás el tiempo y la paciencia para leer esta carta hasta el final. El destino de Zhenia y Zhenichka es algo que me obsesiona —no su destino manifiesto sino su destino espiritual debido a mí—. Eso jamás terminará. Los amo y podría volver con ellos, si fuera capaz de realizar grandes hazañas. Pero mi amor por Zina es cada vez más grande. Y no puedo explicar la diferencia entre estos sentimientos —hacia ella o cualquier otra persona—. Ni su convivencia desdichada. El círculo de estos sentimientos se cierra sin cesar. Si no logro resistir, si todo esto me destruye sin cometer el suicidio, te encargo que no te reserves tu sinceridad. La tienes de sobra.

Ahora, respecto a mi salud, si acaso tuvieras ideas equivocadas. Todo está bien, salvo que mi fuerza espiritual ha sufrido demasiada tensión. Una vez más, no sé por qué te lo digo. La primera semana de felicidad absoluta, después de que me tomé el veneno, fue seguida por misterios desagradables, misterios jamás oídos e impensables. No sé si a causa del agotamiento nervioso o por el comienzo de los efectos del yodo en mí. Pero eso no es importante.

Empecé a escribir esta carta el día 11, la dejé a un lado y hasta ayer la continué, en tu cumpleaños. A veces Zhenia hace un esfuerzo: se disciplina, surge a la vida y sale de visita. Luego, de improviso, todo se detiene. El sufrimiento de ella es terrible y dice que no puede vivir sin mí. Lo peor es que cuando entra en ese estado no puede hacerse cargo del pequeño Zhenichka. No es él quien la deprime. Ella está tan quebrantada, tan desvalida para hacer cualquier cosa por él. Y lo contagia de su propio ánimo. Ha sugerido que yo debía encargarme de él, pese a que no tengo ningún lugar donde llevarlo por el momento. Zina y yo podemos vivir en un mundo fantasmagórico —en todas partes y en ninguna— pero no se puede someter al pequeño Zhenichka a semejantes condiciones. Un nuevo departamento es imposible antes del otoño. Complicación añadida: las autoridades me preguntan dónde está mi domicilio. En otras palabras, ¿dónde he vivido hasta hoy, si no acabo de llegar a Moscú? Tengo que delegar mi participación en el departamento de Volkhonka, en intercambio por uno nuevo. Y eso significaría confinar a Zhenia y Zhenichka a un solo cuarto de ahora en adelante. Bajo cualquier circunstancia, hoy para mí sería una dificultad insuperable quitarles cualquier cosa que me pueda pertenecer —que antes fue suya y nuestra en común. En mi situación presente sería en verdad criminal, pues abstraer mis propios derechos de los bienes compartidos —que antes nos conservaron alimentados y abrigados a los tres— empeoraría la situación de Zhenia hasta hacerla tan negativa como es posible. Así que me registré como si viviera con ella. Le delegué mi ración personal de alimentos y bienes. Y vivo al margen del registro —lo que es inconcebible, dado nuestro sistema—. Hay tantos inconvenientes que sólo la confusión y las contradicciones de lugares, propósitos, etcétera, impiden que yo recuerde o sepa alguna vez cuáles son los inconvenientes.

Todo esto sucede en un momento en que mi obra ha sido declarada el brote involuntario de un enemigo de clase, y se me acusa de considerar al arte como inconcebible en una sociedad socialista, es decir, en la ausencia del individualismo. Sentencias de esta clase están lejos de ser prometedoras cuando mis libros han sido proscritos de las librerías —cuando un periódico ha publicado las respuestas a un cuestionario que se formuló con un grado de cautela y de indulgencia raro en nuestro tiempo, aun si reconoce todavía la sentencia antes citada—. Hago toda esta relación aquí justo porque me siento comunicativo, en respuesta a tus noticias sobre la crisis jamás oída. Sé que no exagero. La gente por aquí lee los periódicos y Zhenia me describió cómo es la vida en Alemania. Estarías equivocada si piensas que menciono esta faceta pública de mi vida porque tengo algo que decir al respecto. Esa no es la razón. No tengo la alegría serena de preocuparme por esas cosas —a diferencia de todos ustedes y de Papá—. Bajo el cielo abierto te preocupas menos por ellas que bajo tu propio techo. Lo cual no es una ironía sino una carta de tu hermano. Una banalidad total y sin adornos. Es la verdad de una frase trillada. Es un grito del alma.

En fecha reciente, la sirvienta de Zhenia tuvo su día libre. En ausencia de su vecina de la puerta de al lado, Zhenia sufrió un ataque histérico mientras yo estaba ahí. El pequeño Zhenichka fue testigo. Cuando ella fue el baño, Zhenichka aprovechó la oportunidad y me dijo de prisa: “Tienes que entender, es un ataque de nervios. Pero no dejas de hablar y hacer que las cosas empeoren”. Entonces, él se levantó de pronto, con los ojos llenos de lágrimas, y dijo: “De cualquier modo, ¿cuándo vas a regresar por fin?”. Siguió, siguió y dio rienda suelta a algo que se había acumulado dentro de él y lo había atormentado durante largo tiempo. Todas sus preguntas y reproches estaban cargados de una fuerza inconcebible. Me retiré destrozado. El ignoró mis respuestas con la pasión de una persona madura, para explotar al fin con el lenguaje explícito de una voluntad agobiada por el sufrimiento. Respondí con vaguedad: “No puedo…”, y así por el estilo.

—Bueno, ¡entonces hazlo!

—Zhenichka, un día lo entenderás…

—¡Ya entiendo todo!

—¿Quién te enseñó a hablar así?

—La naturaleza te enseña.

Cuando Zhenia regresó, él se movía de prisa hacia atrás y hacia adelante, excitado. El hablaba de mí en tercera persona y parecía que giraba órdenes. “Es simple, no lo dejaremos ir. Ya lo conozco. ‘Algún día’. ¡Claro! Eso significa nunca. Nada más tenemos que cerrar las puertas con llave. No permitiré que se vaya. ¡Llama al tío Shura y dile que traiga su maleta!…”.

Hay en toda esta cana una omisión enorme —desde la segunda página, y la omisión se repite a lo largo de la carta—. Debí enfatizar, con más contundencia de lo que lo hice, que todos mis sentimientos hacia ti se han mantenido largo tiempo y se han formado con independencia. Ni Shura ni nadie más me ha persuadido. Mucho menos Zhenia. Al conversar con ella, si alguna vez yo me permití criticarte, fue de ella, sin equivocación, que recibí el rechazo más brutal. Ella dice que en su situación —una mujer aplastada por la desgracia, a quien incluso su propia familia la concibe como un lastre— tú hiciste más por ella que nadie en el mundo. Zhenia sabe cuánto esto habría agobiado a Papá y Mamá. Y hasta donde llega su forma de vivir, es muy comprensible que ella la señalara como un ejemplo para mí —con airada indignación—. Su mejor deseo era que yo debería ser como Papá. Ella dice (y con razón) que como artista tampoco sirvo para lamer sus botas. Piensa que todos mis intentos por cuestionar la rectitud de nuestra educación son blasfemia, blasfemia, blasfemia.

He escrito esta carta por entregas. Mientras la he escrito, el cumpleaños de Shura también ha pasado. Estuve más tranquilo en fechas recientes y los últimos días me he sentido en realidad muy bien. Si Zhenia pudiera superar sus sufrimientos yo tendría la felicidad perfecta —es así como ha transcurrido mi vida en fechas recientes—. Lo cierto es que ella no tiene la fuerza para vivir sola en Volkhonka. Y cuando su vacío interior se agrava, ella siente —sin demostrarlo, pero con plena y amenazadora integridad— que se quiere morir.

Perdóname todas las injusticias de esta carta. Tal vez me estoy volviendo loco. Te abrazo.

Tuyo. Borya. n

 

Boris Pasternak

© Fundación Pasternak.

Traducción de Roberto Diego Ortega

*A fin de obtener un cuarto en otro lugar, las medidas exactas (el “metraje”) de la vivienda de Zina debían ponerse a disposición de Otra persona. Esta clase de intercambios era la forma regular de mudarse en la URSS de la época. La ocupación de todos los departamentos urbanos era muy elevada y múltiple.