VIDA PÚBLICA

HECHOS

POR JORGE JAVIER ROMERO

DESFACHATEZ Y SENTIMIENTOS

 El espectáculo de los políticos no cesa. El protagonista del último sainete ha sido el gobernador Murat con el numerito del atentado ficticio, una chapuza sacada de la manga, según se desprende de lo dicho por la Procuraduría General de la República, para encubrir un pleito de borrachos en vela o, mucho peor, la hasta ahora inexplicada muerte de un policía. Sería un simple incidente sórdido con costos altísimos para el gobernador involucrado, si no se hubiera dado en medio de este clima general de degradación, donde las miserias de la parte más truculenta y con menor refinamiento intelectual de la clase política se exhiben cotidianamente a través de unos medios que parecen cebarse en mostrar lo peor y soslayan los temas relevantes, con lo que las ideas, que sin duda existen, pasan inadvertidas. En junio se fue Brozo, pero su escuela perdura, con su contribución a la baja consideración social de la política.

El desfachatado Murat se suma al elenco de bribones y tramposos que ha desfilado ante el respetable en los últimos meses y ha alimentado el clima de confrontación. Otro entremés ha sido el representado por el subprocurador Higareda y el jefe de gobierno de la capital. Por más que se argumente el carácter meramente legal de la petición de juicio de procedencia contra Andrés Manuel López Obrador, en este país —donde la legalidad carece de legitimidad y tradicionalmente se ha usado como instrumento de la política más que como un marco real de reglas del juego aceptadas para la convivencia social— casi nadie ha dejado de ver intencionalidad política en el actuar del fiscal. Sin embargo, el jefe de gobierno no se caracteriza por su amor a la ley y sus manejos jurídicos son, por decir lo menos, descuidados. Lo suyo es apelar a los sentimientos populares, mover la emoción del público y convertirse en víctima de un complot político orquestado para destruir su candidatura. Todo menos admitir alguna culpa. Sus colaboradores corrompidos no existieron, sino que fueron invento —parece decir— de una mente macabra empeñada en bajarlo de la competencia. Hasta el generalmente sensato Alejandro Encinas ha utilizado la existencia del complot para salirle al paso a los señalamientos y las protestas por la inseguridad que no cesa. La peligrosa apuesta ya está planteada: si tú me ¡legalizas, yo te deslegitimo. Es escenario perfecto para una escalada que devenga en crisis política de tiempos electorales.

REFLEJOS Y COTEJOS

 Entre los amigos, en las mesas familiares, en las conversaciones políticas, el clima que se respira es de pesimismo. Las percepciones, imágenes mentales de los hechos, son de desaliento. Para la mayoría, la economía no marcha; más de la mitad de los encuestados siente que estamos en crisis, a pesar de lo dicho por el presidente, por el Banco de México o por los empresarios. Las cosas no van bien para la gente, a la que, por lo visto, no le han llegado los puntos del crecimiento. (Ver: Percepción de crisis y desempleo: Disonancia con el gobierno, p. 12.)

Y no es para menos. Los datos pueden ser buenos, pero las perspectivas no se ven precisamente como para echar las campanas al vuelo. La política atora el desempeño de la economía; casi nada de lo realmente importante que se tiene que hacer para garantizar perspectivas de futuro al país ha avanzado. Más allá de la cantinela gubernamental sobre la reforma energética, lo cierto es que en el Congreso prácticamente nada sustancial resulta objeto de pacto entre unas fuerzas con las miras puestas, casi exclusivamente, en la sucesión de 2006. Pero si los diputados son rijosos y díscolos, el gobierno parece aturullado y no se puede decir que haya sido demasiado imaginativo; y cuando lo ha sido sus propuestas se han ido al digestor de San Lázaro. Sin embargo, en muchos casos, ni siquiera ha habido iniciativa alguna. La educación se cae a pedazos y el desastre se trata de detener con pequeños parches, mientras el país está a punto de tirar por la borda el bono demográfico que en otras condiciones le permitiría despegar hacia el desarrollo. No es verdad, entonces, que la política y la económica sean pistas distintas.

Eso sí, a la hora de protegerse de la competencia y de la fiscalización los partidos parecen ponerse rápido de acuerdo. La reforma electoral que, se dijo, contaba prácticamente con el consenso, se trabó y ahora cualquier avance queda oscurecido por las pretensiones de maniatar al IFE con un contralor externo leal al Congreso y de desalentar a los consejeros a la hora de ponerle multas a los partidos por la vía de poder exigirles responsabilidad patrimonial por sus actos. El intento, a todas luces anticonstitucional, es un reflejo del feble compromiso democrático del PRI y del PRD.

Y comen ansias

Si el gobierno no se mueve demasiado, los presuntos corren, vuelan, se aceleran. Felipe Calderón se saltó las trancas y tomó su distancia con el gobierno, lo que le redituó en visibilidad. El regaño del presidente lo hizo renunciar; con ello aumentó su popularidad y cosechó algunos elogios. Pero Calderón no es el único que ya está en campaña. Otros en el gobierno posan con sus mejores ángulos y a la esposa del presidente no le han valido ni las peticiones ni las prohibiciones. No la tiene fácil en el PAN el ex secretario de Energía, pues falta mucho tiempo aún y los que tienen puesto —aunque sea el de cónyuge— llevan ventaja, pues cada aparición puede ser un acto de propaganda. Es obvio que urgen reglas para las llamadas precampañas y para la propaganda política anticipada, pero a los legisladores el asunto no les quitó el sueño.

LAS PREGUNTAS PENDIENTES

 ¿Por qué lo que quedó, al final del antiguo régimen, fue esta clase política que da grima y donde aquellos con más ideas carecen de ventajas competitivas frente a aquellos con capacidades para manejar clientelas, los de los desplantes histriónicos y los pactos tenebrosos? ¿Qué está mal en el sistema de incentivos del arreglo político en cierne, que en ocasiones parece castigar a quienes intentan la reflexión y pretenden avanzar en los pactos mientras evidentemente premia a aquellos que saben moverse en el escándalo o gustan de manipular la emoción popular? Parecería que hemos transitado a la demagogia, aquella forma corrupta de gobierno popular que los clásicos consideraban el peligro de la democracia.

¿Por qué las cosas no han salido como se esperaba? ¿Por qué no está funcionando el sistema político mexicano? ¿Por qué no pueden pactar los legisladores? ¿Por qué el gobierno no puede mantener los acuerdos con los partidos? ¿Por qué se adelantó la sucesión y, de pronto, se puede convertir una vez más en crisis?

Tal vez nos pasamos demasiado tiempo haciendo la crítica del presidencialismo priista y dejamos de lado la crítica al presidencialismo constitucional. Cada vez parece más evidente que algo está mal en el diseño basado en la división radical entre ejecutivo y legislativo —no sólo en México: en toda América Latina— y que no bastaba con garantizar reglas electorales aceptables para los competidores, sino que era necesaria una reflexión global sobre los mecanismos de distribución del poder en condiciones de pluralidad democrática. Es evidente que a nadie le conviene —en el mediano y el largo plazos— un ejecutivo débil; sin embargo, a todos los que están fuera del gobierno les conviene, en el corto plazo, debilitar al presidente.

Valdría la pena ver con otros ojos los años previos a la existencia del partido oficial, cuando la Constitución comenzaba a ser probada como mecanismo de distribución del poder. Probablemente encontremos que el arreglo informal que se cristalizaba en el PRI se fue creando como una solución autoritaria a los problemas de gobernabilidad consubstanciales al diseño del régimen establecido en el texto constitucional. Porque es muy fácil pensar que el que está hoy está haciendo las cosas mal, pero que uno las podría hacer mucho mejor. “La perinola dice, en todas sus caras, ‘todos pierden’, porque quien orgásmicamente pose su trasero en la silla presidencial se topará con la misma clase política dividida, con el mismo gobierno dividido, con el mismo inservible Congreso de la Unión, que viven la democracia como los chocadores carritos locos de las ferias. Todos metidos en un incesante ensayo sobre la ceguera”, escribió José Blanco el 8 de junio en La Jornada.

OTROS AJUSTES CON EL PASADO

 Aunque llama la atención de manera intermitente, la Fiscalía Especial para Delitos Políticos del Pasado ha sido la versión a la mexicana de lo que en otras latitudes han sido las comisiones de la verdad. Nuestra forma particular de enfrentar hechos de otros tiempos en torno a los cuales hubo violaciones de los derechos humanos y flagrantes delitos tiene sus bemoles, pero se trata de un paso importante en la dirección correcta para hacer valer el orden jurídico en México, aunque sea con tres décadas de retraso. Si bien es un despropósito considerar que en México el asunto de los asesinatos extrajudiciales cometidos por el Estado y las desapariciones de los años setenta alcanzaron las dimensiones de las de otras latitudes de nuestro continente o tuvieron los efectos sociales de aquéllas, un Estado de derecho que aspire a legitimarse debe evitar que las violaciones a las garantías individuales y a los derechos humanos puedan quedar impunes. La tarea pendiente se refiere a lo hecho por el Estado y sus agentes durante aquellos años, pues los miembros de las guerrillas y los que utilizaron la violencia en nombre de la justicia o bien fueron juzgados y cumplieron condena o fueron amnistiados. Sin visiones maniqueas, es necesario aproximarse de nuevo a aquellos tiempos y a las formas en las que se les ha abordado. (Ver la serie de artículos que conforma el centro de este número de Nexos.)

UNA DE CAL

Entre todo lo sombrío, un hecho alentador: el poder judicial ha atendido uno de los temas de fondo pendientes: el costo del rescate bancario en el país. La decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de atraer el caso de los amparos promovidos por cuatro bancos privados para no ser sujetos a auditoria por el Instituto de Protección al Ahorro Bancario (IPAB) es un hecho de la mayor trascendencia, a pesar de su poca visibilidad mediática. La legalidad de los créditos que han de ser considerados como pasivos a ser cubiertos por el IPAB no es asunto menor, y no lo es, tampoco, el intento de los bancos por no hacer transparentes sus carteras. Como escribió Ciro Murayama en La Crónica (3 de junio): “Estamos ante la posibilidad de que, como pocas veces, valga el Estado de derecho en este país. Si es así, por una vez se demostrará que las leyes y las instituciones públicas pueden estar por encima del poder duro y sonante de los ultrarricos”. A ver si ésta sale y contribuye a darle algo de legitimidad social al rescate bancario.

OTRA DE LAS TINIEBLAS

Mientras el fantasma de Netschayev salía a pasear por Guadalajara encarnado en el Bloque Negro y el Bloque Anticapitalista, grupos que presumieron sus ataques a “los símbolos del capital” durante la cumbre de Europa y América Latina y quedaron impunes, la policía de aquella ciudad y el gobierno del estado intentaron compensar su ineficacia para defender la propiedad y garantizar la seguridad con detenciones arbitrarias y violaciones a los derechos humanos escandalosas. Como diría Monsiváis, no comments.

¿FIN DE ÉPOCA?

 Murió Reagan, el prócer del neoliberalismo, el que logró el final de la Unión Soviética e impulsó una forma de concebir la globalización: sólo como un asunto de circulación de capitales y mercancías, mientras se intenta inútilmente frenar el tránsito de personas y los más ricos ven en las migraciones una amenaza a sus ingentes niveles de bienestar que contrastan con la miseria de los más. Si entre los más sensatos de los líderes políticos del mundo se tiene claro que no se puede apostar a una globalización sólo en beneficio de los grandes empresarios, sino que es necesario compartir también el progreso, George W. Bush parece empeñado en ser la caricatura hiperrealista de su predecesor, con el agravante de haber abandonado el multilateralismo suave de la política exterior de aquél, mientras sigue pretendiendo imponer la hegemonía imperial con la fuerza militar. Irak se ha convertido en un pantano, a pesar de ser en su mayor parte desértico. Los estadunidenses están atrapados en el berenjenal que ellos mismos crearon, aunque la cita electoral de noviembre despierta alguna esperanza.

La ampliación europea a 25 miembros y las elecciones del 16 de junio, a pesar de su alta tasa de abstención, son, en cambio, una buena noticia para quienes pensamos que otra forma de integración de la diversidad es posible: con democracia, con bienestar social, con respeto a las distintas culturas, religiones, morales, formas de entender la familia y la sexualidad y con libertades y derechos individuales garantizados. Como lo hace Vargas Llosa (El País, 13 de junio), se puede afirmar que “con todas las lacras que arrastra, Europa es, en el mundo de hoy, el único gran proyecto internacionalista y democrático que se halla en marcha y que, con todas las deficiencias que se le puedan señalar, va avanzando”. Sería deseable que los políticos y los politólogos mexicanos dejaran de fijarse tanto en el modelo que han copiado desde el siglo XIX y voltearan la mirada allende el océano para buscar cuáles han sido las reglas que han permitido aquel relativo éxito. Alguna señal para no acabar hundidos en el pesimismo. n