Así como el mar, narrado con altísima poesía, es el espejo del desafío, de la prueba y de la buena lid, Conrad sintió con gran fuerza toda la propensión a la ruindad que existe en la conciencia y en el inconsciente de los hombres.

Joseph Conrad tenía doce años y todavía se llamaba Józef Teodor Konrad Korzeniowski cuando, como lo contaría años después, vio a escondidas a su padre Apolo, gran exponente del patriotismo polaco y perseguido por la opresión zarista, destruir sus propios manuscritos. En ese recuerdo,  su padre se le aparece como “un hombre derrotado” que está realizando un acto de rendición. Es probable, observa Richard Ambrosini, que se trate más de una fantasía simbólica que de un recuerdo objetivo. Muchos de los escritos de su padre se conservaron; y sus funerales, pocos días después de esa destrucción que había atisbado su hijo, fueron una apoteosis de locura y ciertamente no la despedida de un hombre derrotado por la vida.

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Cuando Conrad evoca ese episodio, ya hacía tiempo que había abandonado Polonia; que había cruzado, como marinero y capitán de navío, los mares del mundo y los mares de la vida —sus tempestades, sus bonanzas, su encanto insostenible, sus remolinos pantanosos— y ya había escrito inmortales novelas en lengua inglesa sin lograr hablarla a la perfección.

Pero ese retrato de su padre —fielmente conservado en su memoria o inconscientemente falsificado en la reelaboración fantástica— contiene algunos sentimientos fundamentales, obsesiones, imágenes, valores y angustias de Conrad: la derrota heroica, la impávida valentía al enfrentarla y una oscura vocación a la rendición. Quizá nadie como Conrad entendió —y representó poéticamente— que el destino del hombre y la ley de la vida es la derrota y que esto no erosiona la grandeza de aquellos que, a pesar de todo, “no le dan demasiado peso a las cosas, sean buenas o malas”, y prosiguen haciéndole frente a la suerte, enfrentando sus errores y las inquietudes de su conciencia, como dice el capitán Giles en La línea de sombra.

Muchos de los personajes de Conrad son unos derrotados —por la vida, por sus fantasmas o por sus principios, por las ambigüedades de la Historia y del espíritu—. Vencidos son Almayer y Willems, el reyezuelo de las islas, el capitán Lingard con su idea obstinada, el capitán Whalley casi ciego, sobreviviente en su mundo y llevado a la ruina por el amor a su hija; Nostromo, cuya valentía y generosidad poco a poco se van enmarañando en la sórdida degradación de un mecanismo social que corrompe objetivamente ideales y sentimientos; ciertamente, los dos más grandes personajes conradianos, lord Jim y Kurtz —en El corazón de las tinieblas—, no salen victoriosos en las batallas del destino y del corazón que les toca vivir. Este sentimiento de la vida como derrota nace de un profundo pesimismo conservador, que siente el tiempo y la Historia como una erosión del propio mundo y de los propios valores —el mar que consume la nave, la tempestad que la hunde—. Uno sigue estando orgullosamente fiel a esos valores aun sabiéndolos perdidos, o quizá precisamente porque se les sabe perdidos, se rechaza aceptar los cambios del tiempo, es decir, a traicionar. Conrad, en el fondo, ni siquiera aceptaba el ocaso de la navegación a vela.

La fidelidad, uno de sus valores cardinales, es un conmovedor amor a la vida que rechaza su cambio, su transcurso, su muerte; y en esta incorruptible dedicación se obstina en una perseverancia que es, a su vez, semejante a la muerte. Este sentimiento conservador no cree en ningún progreso social, fe que le parece una falsificación retórica y optimista o bien un instrumento ideológico de violencia. Como muchos otros grandes escritores de su época, Conrad, en sus explícitas y con frecuencia simplistas declaraciones políticas, es quijotesco y a veces un patético reaccionario. En este sentido, escribe Franco Marenco, él expresa “la gran intuición del espíritu burgués, en el crepúsculo de su gran estación cultural, de lo inhumano y del desmoronamiento que alimenta en sí el cuerpo civil”.

La evolución de la historia contemporánea, ante sus ojos, neutraliza y destruye los más diversos, antitéticos programas políticos, del liberalismo al socialismo, a la revolución, en un mecanismo totalitario que tritura o integra todo impulso individual e impide alternativas reales con la férrea necesidad del antiguo destino. Pero es precisamente este oscuro pesimismo histórico-social el que desenmascara, quizá más de lo que él sabía o se proponía, las contradicciones y los abismos de la modernidad y hace de él —a su pesar—, como de otros grandes escritores ideológicamente reaccionarios, un revolucionario desmitificador de las certezas y de las falsedades de las que se vale todo poder. En cualquier circunstancia de la vida y del trabajo cotidiano, el individuo, para Conrad, es desafiado por lo absurdo y lo desconocido. Frente a este desafío, en el corazón del hombre existen, igualmente fuertes, dos verdades: la verdad de la “buena lid”, como lo llama san Pablo, es decir, el deber de darle sentido a la existencia  aceptando ese desafío y quedándose en el puente de la nave incluso cuando azota el tifón; y la verdad de la deserción, de la rendición y de la fuga.

Conrad escuchó y narró ambas, a menudo con extraordinaria poesía. La derrota de sus personajes no sólo es motivada por la desesperación de sus fuerzas respecto a la vida y a las cosas, sino también por sus subterráneas y a veces sórdidas inclinaciones a la autodestrucción, por una simpatía por la sombra y la rendición, por una perezosa complacencia de la indignidad, de la que es espejo el tórpido y exuberante paisaje africano y oriental, malayo, reflejado por un lenguaje a veces espeso e intrincado como una oscura húmeda selva.

Así como el mar, narrado con altísima poesía, es el espejo del desafío, de la prueba y de la buena lid, Conrad sintió con gran fuerza toda la propensión a la ruindad que existe, en formas diversas, en la conciencia y en el inconsciente de los hombres. La traición de Razumov, en Bajo la mirada de Occidente, la cobardía de Verloe en El agente secreto, las oscuras perfidias en acecho en muchos de sus cuentos, la crueldad de Kurtz o el momento de vileza de lord Jim nacen de verdades del alma humana que, por ser también ignominiosas, no son menos verdaderas y auténticas.

Conrad entendió que, en medio de la “buena lid” a la que con frecuencia vamos a su encuentro con fuerzas desiguales, es quizá inevitable el impulso de desertar, de escapar, de desaparecer, como ese capitán de Lord Jim que desaparece entre el hormigueo de la gente en la costa del Pacífico, como lord Jim mismo que escapa de su propia vergüenza en lugares cada vez más perdidos de Oriente o como Kurtz hundido en las tinieblas africanas y en las del mal.

Desertar no es sólo una debilidad o una vileza moral, es una verdad (una de las verdades) del espíritu humano, en el cual —se dice en La línea de sombra— existe una “disponibilidad al ser pero también al no ser”, una nostalgia de la materia inerte, un deseo de borrarse y de perderse o incluso, como en Kurtz, de mimetizarse en la ruindad. Este impulso a rendirse y a abandonar el propio lugar existe, más o menos escondido, incluso en el corazón de todo soldado valiente que también sabe permanecer en su puesto. Precisamente porque ha ajustado cuentas tan a fondo, calándose en la oscuridad de las pulsiones, con el mal, Conrad puede narrar con tanta grandeza y verdad la valentía y la fidelidad de quien acepta la buena lid; de aquellos que, como lord Jim, se remontan desde el fondo de la vergüenza; de aquellos que, aun en la maraña de los sentimientos, saben atenerse a la sequedad de los acontecimientos, compilar con exactitud avisos a los navegantes y guiar la nave, incluso sin genio, como el limitado capitán Mac Whirr en Tifón pero manteniendo la cabeza firme ante la furia del mar.

Todo es y permanece ambiguo; incluso la piedad —en una obra maestra como El negro del “Narciso”— puede lindar con la infamia, pero sólo la valentía y la lealtad que afrontan al mal pueden entender su esencia. En El compañero secreto, el capitán se identifica con el asesino, su turbio sosia, y lo deja a mar abierto, pero permanece firme en su puesto.

Animado por sentimientos homéricos, Conrad se sumerge en los meandros más pantanosos de la modernidad; es una especie de Kafka que sale al aire abierto y al gran viento del mar, que incluso ayuda a entender mejor el aire viciado de las oficinas kafkianas. Es un escritor clásico que narra la disolución de todo lo clásico y de toda limpieza lineal en un laberinto en el que todo se embrolla; un maestro que ha creado estructuras narrativas tortuosas y complejas como la vida que narran, rescatando así una cierta retórica, cierto énfasis lingüístico u otros límites de su escritura —por ejemplo, confundida respecto al sexo, como otros grandes escritores “coloniales”, quizá atemorizados por las mescolanzas y por los mestizajes de todo tipo que Eros desencadena.

El mar, para Conrad, es como la vida; encanto y horror, abandono  y naufragio, consunción, inmortalidad, destrucción. Nacer, dice Stein en Lord Jim, es como caer en el mar, y es necesario sostenerse del mar sin fondo. No hay un cimiento fuerte en el cual apoyarse; no existen fe ni filosofías precisas que garanticen la elección y la bondad de las acciones. Como Conrad, quizá nosotros no sabemos por qué es justo ser fieles y leales, luchar en vez de desertar, pero, como él, de todas maneras sabemos que es justo.

 

Claudio Magris

Traducción de María Teresa Meneses