NERUDA Y SUS TRADUCTORES

POR CINNA LOMNITZ

A los cien años del nacimiento de Neruda, un recuerdo personal y entrañable

Me apasiona la filosofía de la ciencia. Sin embargo, no deja de sorprenderme que aún no exista acuerdo entre los pensadores acerca de lo que es la ciencia. Aparentemente no sabemos de lo que estamos hablando. Paul Feyerabend se sentía muy salsa con su radicalismo cuando publicó Contra el método (1975), un libro que alega que Galileo no empleó ningún razonamiento sino que una mezcla de subterfugios, retórica y propaganda al defender a Copérnico contra el geocentrismo. Hoy las prédicas antirracionalistas de Feyerabend son historia antigua, y sus llamados a la anarquía fueron rebasados por la evolución de la ciencia en el último cuarto de siglo. ¡Y seguimos sin saber lo que es la ciencia!

Goethe se enfrentó de plano con el problema, que es el de la traducción. Cuando Fausto trata de traducir la Biblia al alemán, el texto que se plantea no es de lo más fácil: “En el principio era el verbo” (San Juan 1:1). Ahora bien, verbo es traducción imperfecta del inasible “logos”, en el original griego. “Ya me atoré”, dice Fausto: “¿quién me ayuda a seguir adelante? No puedo dar tanta importancia al verbo. Intentemos otra traducción, y válgame el Espíritu. Está escrito: ¡En el principio era el poder!”.

Pobre Fausto. Ahí lo tenemos dando traspiés con la traducción de un solo verso de la Biblia. He aquí la secuencia de sus hallazgos:

1. En el principio era el verbo.

2. En el principio era el poder.

3. En el principio era la fuerza.

4. En el principio era la acción.

Las cuatro interpretaciones son traducciones válidas y plausibles de la palabra logos. Ciertamente no son arbitrarias. ¿Existe, entonces, una versión correcta? Pienso que sí la hay, pero sería materia de otro artículo.

Lo que pretendo demostrar aquí es que las traducciones importan, que las palabras importan. ¿Qué tal si la ciencia misma fuera cuestión de palabras? En tal caso, los poetas y otros profesionistas de la palabra podrían tener cosas importantes que decirnos a los científicos. Cuando le hice esta pregunta a Pablo Neruda, la voz poética más poderosa de América Latina, me respondió a su manera. Dijo que hay palabras que matan y palabras que reviven muertos. El mismo se consideraba un coleccionista de palabras y no un investigador. No nada más coleccionaba palabras: también caracoles marinos, libros, mascarones de proa, botellas, fotos de damas desnudas del siglo XIX. Coleccionaba de todo y solía utilizar el adjetivo científico para describir esta manía de acumular objetos. Eran sus juguetes, decía, y los juntaba “con el propósito científico de divertirme”.

Esta persona singular se me atravesó por casualidad un día de 1960, en el Mercado de las Pulgas de París. Su aspecto no llamaba la atención: traía puesta una boina y vestía un largo abrigo negro, como una sotana. Era más bien corpulento y bonachón. Parecía un cura francés de provincia. Faltaba una década para que ganara el Premio Nobel y Neruda ya tenía algo de vagamente sacerdotal. Le encontré escarbando entre un montón de objetos de latón pintado, principalmente viejos letreros de fondas francesas. Compró uno que representaba dos corazones atravesados por una flecha. Decidí hablarle e inmediatamente me invitó a tomar té a su casa. Estaba rentando un pequeño departamento en la Ile de la Cité. Después también lo visité en su casa en Isla Negra, en la costa chilena.

Neruda era sumamente excéntrico, en el sentido que no tenía fobias. Carecía absolutamente de prejuicios —políticos inclusive—. No se consideraba un intelectual y acaso no lo era. Un artesano de palabras, eso era lo que quería ser. Tomaba su trabajo muy en serio. Se levantaba temprano y trabajaba durísimo todos los días. Cada página se le llenaba de borrones y de correcciones. Sólo escribía con tinta verde. No era un Mozart: su obra no se le daba con facilidad. Leía mucho y con gran atención. Sabía muchísimo de poesía, de la Unión Americana especialmente. Reverenciaba a Whitman.

Le propuse traducir al inglés su último libro, Estravagario. El no era ajeno a este oficio ya que había traducido obras del inglés, inclusive a Whitman. Yo no pensaba que fueran trabajos muy logrados. Neruda no tenía acceso a la mentalidad de Whitman, quien era un hombre muy diferente, y cuya prosodia tan peculiar, su forma de sentir el idioma, no se parecían mucho a lo que hacía Neruda. Por otra parte, Neruda pensó que yo sí podía traducir el Estravagario y, efectivamente, lo intenté, pero luego lo abandoné.

Estravagario es un libro poco conocido y nunca ha sido la obra favorita de su público. Lo han considerado sentimental, quejumbroso y hasta un poco amargado. Como otros libros de Neruda, está escrito en clave. Para el iniciado puede resultar un libro sumamente divertido. Neruda acababa de casarse con Matilde Urrutia después de seis años de amores a salto de mata, y su separación de Delia del Carril fue traumática. Delia le llevaba veinte años y era una talentosa artista gráfica y una militante comunista ardiente. No era chilena pero muchos miembros del partido chileno se solidarizaron con ella y Neruda sentía irritación con varios de ellos que habían sido sus amigos muy cercanos. “Ahora me dejen tranquilo, Ahora se acostumbren sin mí” —así comienza el Estravagario—. Y más adelante:

Todos golpeaban a la puerta y se llevaban algo mío. Eran gente desconocida Que yo conocía muchísimo…. . . Malos amigos enemigos Conocidos desconocidos Que no volverán a mi casa.

Neruda ha sido traducido al inglés por excelentes escritores. Pero en general esos intentos han sido desastrosos. Como dice Alastair Reed —uno de los más inteligentes—, los versos de Neruda son engañosos por su aparente simplicidad. Ben Belitt, el mejor poeta de todos sus traductores, lo sobreescribió al grado de lograr una obscuridad total. John Felstiner, otro buen artífice, publicó todo un libro acerca de su experiencia de traducir una sola obra de Neruda, Las alturas de Machu Picchu.

¿Cuál era la dificultad? ¿Será que el Premio Nobel los intimidaba? Pero los Veinte poemas de amor fueron escritos por un muchacho de veinte años. Felstiner los llama, acertadamente, un “breviario del amante latinoamericano”. Pero a renglón seguido el mismo traductor nos anuncia, no sin arrogancia, que “un norteamericano de 1980 no habrá de aceptar fácilmente lo que Neruda expresa en sus poemas sobre el sexo… Me confunde el intentar traducirlos”. Por supuesto, el que precisaba un psicoanalista era Felstiner y no Neruda. El problema eran sus ridículos prejuicios. Neruda es el único gran escritor que se ha atrevido a dirigirle un poema a sus propias piernas. Las comparó a las piernas de una bella mujer metida en su tórax. Y Felstiner se escandalizó. No podía imaginar a un jovencito provinciano educado a medias, sudamericano por más señas, que fuera capaz de amar profunda y desdichadamente a una mujer, y que esa mujer fuera su igual.

Neruda llevaba las de perder en su larga y desesperada relación íntima con Albertina Rosa. A los dieciocho años era más vulnerable, por ser tan pobre. Hijo de un trabajador ferroviario, no era presentable en la sociedad de Albertina. Era flaco, de tinte oliváceo-moreno, de ojos tristes, de larga nariz… y se llamaba ¡Neftalí Reyes! Albertina también era provinciana y su hermano era el mejor amigo de Neruda. Era guapa y popular: adoraba la poesía y a los poetas. Con su boina gris y sus ojos soñadores era la mascota de toda una generación. Pero era de clase media. Parece que Neruda finalmente no pudo ofrecerle matrimonio y ella se casó con otro poeta, amigo de Neruda, que sí era hijo de familia. Me pregunto cómo Felstiner podía saber que la misteriosa amante de los Veinte poemas era una mujer oprimida por el machismo de Neruda. Dice el profesor americano que “si la visión erótica de ella hubiera sido autoritaria como la de él, los poemas nunca habrían existido”. Pero ni Albertina ni Neruda jamás hablaron de esa historia de amor. Sus cartas, cuando finalmente se publicaron, demuestran que fueron encuentros apasionados entre iguales.

En sus interesantes recuerdos publicados en Nexos, Alastair Reid no menciona los frecuentes malentendidos en torno a la obra de Neruda. El gran poeta español Juan Ramón Jiménez, antes de ganarse su propio Nobel, despotricaba contra el chileno en forma casi semanal. Para él se trataba de una “poesía de alcantarilla”. Neruda se defendió publicando su célebre manifiesto de 1935; ahí sostiene que las palabras son herramientas de uso, como el serrucho del carpintero, y que deben respetarse con todo y manchas o huellas de uso diario. Reid cita ese manifiesto pero me parece que no entiende la diferencia tremenda que existe entre el español y el inglés, donde no hay el equivalente de una Real Academia. Para un escritor de habla inglesa, la tesis de Neruda parece perfectamente obvia. Esa lengua hablada que tanto objetaba Juan Ramón Jiménez (y que le caía mal a Octavio Paz) había penetrado de lleno a la literatura inglesa a partir de 1916, con la publicación del Portrait de Joyce: She’s ripping, isn ‘t she. Wallis?

En cuanto a la sensibilidad artística de Neruda, puede resumirse en un verso de los Veinte poemas:

Claro como una lámpara, simple como un anillo.

Neruda fue extraordinariamente fiel a este precepto durante toda su vida. Los traductores no siempre entendieron que la originalidad de Neruda no estaba en su voz, como supone Reid, sino en su oído. No podían saberlo porque el español de Chile, rasposo y un poco arcaico, les era ajeno. La “talla” chilena es al albur mexicano como el sumo al florete. Así, cuando Neruda proclama en su manifiesto que “Quien huye del mal gusto cae en el hielo”, no es de extrañarse que Felstiner cometa un error ridículo en su intento de traducción (Whoever shuns bad taste will fall on the ice).

Matilde, la nueva esposa de Neruda, era chilena. Diego Rivera se la presentó en unas memorables correrías por el rumbo de Garibaldi: ella tenía treinta y siete años y cantaba con unos mariachis. Rivera fungía de guía experto para la vida nocturna de la ciudad de México, y gustoso le prestó a Neruda su estudio en San Angel para sus citas con Matilde. Entre un acostón y otro, Diego Rivera le hizo a Matilde un retrato que es de los más hermosos y menos conocidos que pintó el maestro. De ahí también salió Las alturas de Machu Picchu, acaso el poema más ambicioso y más equívoco de Neruda, ya que refleja sus encuentros clandestinos con la poesía moderna y con Matilde, encuentros que el partido no aprobaba. Ni hace falta mencionar que los traductores ignoraron por completo las alusiones personales en este y otros poemas, para gran regocijo de Neruda a quien le divertían las mascaradas. Su mejor verso, “Rodé muriendo de mi propia muerte”, era un saludo subrepticio a Rilke. Otro verso famoso del mismo poema, “Alguien que me esperaba entre violines”, se refería a Matilde a quien había descubierto entre unos mariachis. Para el poeta y nuevo Dante latinoamericano, la subida hasta Machu Picchu equivalía a su descenso a un infierno personal. Pero a diferencia del italiano, sus acompañantes en este descenso o ascenso fueron secretos: la pasión sexual y la literatura burguesa.

Algo que el poeta nunca hizo fue quejarse de Chile o de América Latina. Era un disidente de la talla de Mishima, quien jamás se unió a la maledicencia contra su país. Machu Picchu fue lo más crítico a que pudo llegar su visión. Alastair Reid supo bastante español como para notar que la poesía de Borges parecía como retraducida del inglés: es que Borges era condescendiente y bilingüe. Neruda no.

Finalmente, Reid argumenta que Neruda escribía para ser leído en voz alta — ¡por él mismo!—. Lo compara con un compositor que escribiera para un instrumento determinado —esa voz profunda, pausada, ligeramente impostada y monótona del poeta—. Pero la teoría no convence. En primer lugar, no es cierto que Reid conoció Chile puesto que nunca viajó a la tierra de Neruda. Esto es importante porque Temuco no es Isla Negra. En segundo lugar, el papel que eligió el poeta para sí mismo fue similar al del machi o shamán en la cultura indígena de Araucanía. El machi adoptaba una voz tipluda, artificial, en la asamblea o machitún que celebraban los mapuches en la región de Temuco. La voz del machi no era suya sino del Gran Espíritu que declamaba a través de él. Es el mismo espíritu que invoca el poeta cuando dice: “Hablad por mis palabras y mi sangre”. n