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LOS LIBROS Y LA CRÍTICA

ALGUNAS FLAUTAS FLORALES

POR EMILY HIND

Las Obras reunidas de Sergio Pitol cuestan en promedio 250 pesos por libro y proporcionan excelente calidad de papel, superior cosido de páginas, tapa dura y hasta un listón rojo para marcar las páginas. Esta colección, implícitamente propuesta por parte del Fondo de Cultura Económica como obra «clásica» contemporánea, no es ningún porrúazo de antaño. El primer volumen recoge las dos primeras novelas de Pitol, El tañido de una flauta (1972) y Juegos florales (1982), más un prólogo. Las dos novelas elaboran una escritura para escritores y esa lectura trabajosa puede limitar el alcance comercial del volumen. Dado que no todo lector se enfrenta con un personaje para fusilarle, vale la pena preguntar el porqué de la publicación. El FCE parece suponer que los consumidores y las compradoras —y sólo somos dos mil al juzgar del tiraje— no cazan novedades sino que cultivan el gusto de re-comprar, re-leer y re-conocer. Aunque para muchos este primer volumen va a brindar una lectura inaccesible, las novelas de Pitol representan una elección del FCE difícil de criticar. Pitol ya es un escritor consagrado, ya ha sido premiado por editoriales y por el gobierno: ya el gobierno le puede reeditar. A pesar de que Pitol mismo declara una y otra vez en entrevistas que se aleja de la escritura para poderosos, tampoco les contraría con agresión. Pitol se concentra en temas más allá de lo nacionalista, y ese cosmopolitismo, teorizado hoy día como una manera de negociar entre universalismo y particularismo, o una alternativa a la teoría de la globalización, probablemente representa su mayor atractivo para críticos.

Para entrar de lleno en la mecánica de los textos, se debe precisar que la resistencia a una lectura fácil en los textos de Pitol se origina con el miedo de sus narradores. En cuanto a El tañido de una flauta, un personaje es «amedrentado» y los personajes son «amedrentados» cuatro veces durante las primeras 31 páginas (38, 53; 30, 58). Además de su miedo de exponerse e involucrarse, los narradores se distancian de sus personajes porque les caen mal. En cada novela el narrador estudia una promesa literaria rescindida, ya sea Carlos Ibarra en El tañido de una flauta o Billie Upward en Juegos florales. Surge la pregunta, nunca contestada con sinceridad, ¿por qué contemplar obsesivamente a estos personajes si tanto agobian? El prólogo de Pitol prueba una suerte de tapón contra ese hueco. Como es costumbre, este prólogo intenta controlar la lectura del texto restante y resulta imposible olvidar que Billie Upward de Juegos florales se basa en una mujer real a quien Pitol dice haber conocido. Con todo, ni el prólogo ni las novelas revelan satisfactoriamente el porqué de la obsesión.

Sin duda, Pitol no busca la verosimilitud. Sus conversaciones, narradas como directas o no, suenan a pláticas interiores, monólogos de un narrador empeñado en indagar (a medias) a sí mismo bajo la excusa de analizar (desde la distancia) las derrotas ajenas. La irrealidad intencional del intelectual atormentado viene a componer, junto con lo cosmopolita, el sello distintivo de estas novelas. Extrañamente, bajo el examen intensivo en las dos novelas los personajes empiezan a borrarse. El análisis acumulado respecto a Paz Naranjo en El tañido de una flauta y Billie Upward en Juegos florales, por ejemplo, retrata a las mujeres como terriblemente atractivas; es decir, en un momento son atractivas y en otro son simplemente terribles, viejas, feas, asustadoras. Se percibe una indecisión radical en torno a los personajes principales, y en torno a las mujeres también se detecta un machismo subyacente que tal vez proviene de teorías freudianas pasadas de moda.

La Carencia de simpatía hacia las mujeres podría explicar por qué, después de ser violada por el narrador en El tañido de una flauta. Paz Naranjo no demuestra ninguna reacción aparte de ganas por más sexo. Ese giro inverosímil repite el machismo del principio de la novela, cuando el narrador, ya canoso, es infiel a su joven novia en México con una especie de mujeres «más bien pasada en años» (p. 36). Esa hipocresía pasa inadvertida en la novela. Juegos florales modifica el misoginismo de El tañido de una flauta cuando el narrador considera la posibilidad de haberse equivocado respecto a Billie Upward. El narrador admite al final que además de su odio y miedo hacia Billie le tiene envidia, y es revelador que la novela arranca con la consideración de un rasgo «dulce» de Billie que el narrador no ha tomado en cuenta. De cualquier forma, en ambas novelas los personajes como éstos, más que mujeres u hombres, funcionan como teorías, preguntas y experimentos literarios. Parecen hablar mucho, pero no se puede asegurar que respiran.

Pitol disfruta de párrafos ilimitados para explorar las posibilidades de perspectiva respecto a sus personajes gracias a una parálisis argumental. No hay movimiento en el sentido lineal en los argumentos de las dos novelas, sino que los textos se construyen a partir de anécdotas estáticas que se anuncian desde las primeras páginas y que se van rellenando con detalles proporcionados en orden aparentemente caprichoso. La anécdota en cada caso es ingeniosa. El tañido de una flauta se basa en el hecho que el narrador cree ver a sí mismo y a su amigo Carlos Ibarra en los personajes de una película japonesa exhibida en un festival de cine en Venecia. Después de esa experiencia inquietante, el narrador mexicano deambula por Venecia y repasa la vida de Carlos, junto con sus recuerdos de otros conocidos, en la mayoría artistas e intelectuales. El relato no avanza, ya que la anécdota no propone un enigma que el narrador sea capaz de resolver. El director japonés nunca aparece y la contemplación de otros personajes lleva no a un desarrollo progresivo, sino a una regresión, reflejada en el hundimiento final imaginado para Venecia.

De manera similar, el nudo anecdótico de Juegos florales describe la relación desastrosa de Billie Upward con Raúl Bermúdez, a través de los esfuerzos también desastrosos del narrador por convertir esa relación en novela. Como Carlos Ibarra, Billie Upward es una extravagancia de escritora fracasada imposible de descifrar e irritante para el narrador. Mientras en una reseña Carlos Monsiváis observa que «en gran medida, en Raúl reencarna Carlos Ibarra», la posibilidad de amalgamar a Billie con Carlos y Raúl también, y sazonar la mezcla con aspectos de los dos narradores apunta hacia lo encerrado de ese mundo novelístico de Pitol, donde todos se parecen, tarde o temprano se desprecian y todos están en proceso de perecer (p.25).1 Esa tendencia hacia la autodestrucción de los personajes, ya sea física, económica o artística, lleva a pensar en la inspiración del título de la primera novela.

El tañido de una flauta denota la película japonesa que puede o no tratar de la vida de Carlos, además de hacer eco de una cita que Carlos elige de Hamlet.2 El contraste entre Shakespeare y Pitol ocasiona un choque acertado. Lo que resulta poesía en Shakespeare opera como su opuesto prosaico en Pitol, y Carlos Ibarra dista tanto del ingenio lingüístico de su precursor principesco que mortifica contemplarlos en medio del mismo universo literario. Relacionado a esa inferioridad literaria, es significativo que el narrador no reconoce la cita cuando Carlos le pregunta «¿Piensas que soy más fácil de tañer que una flauta?» Sugiere que el narrador no se decide quién es Carlos, no por respetar las múltiples posibilidades de perspectiva tanto como por distraerse ante la pregunta. En lugar de declarar verdades solemnes y nocturnas en el castillo, como en Hamlet, los fantasmas de Pitol aparecen de día en películas y no necesariamente llevan un mensaje coherente ni destinado a nadie en particular. Un Hamlet siglo veinte no impacienta más que inspira, sugiere Pitol.

En las dos novelas los personajes fracasados como seres humanos y artistas conducen a la posibilidad de que Pitol construye una narrativa metaliteraria que cifra el fracaso de sus propias novelas. El fracaso literario constituye tema y técnica en Juegos florales. En El tañido de una flauta la propuesta de fracaso se arriesga más porque la técnica no se basa en un conceit tan estructurado, como son los ensayos truncados de novela en Juegos florales. No hay versiones múltiples de El tañido de una flauta, sino una sola donde se alude al fracaso intencionado de la narrativa al opinar que las novelas sobre Venecia son «loas morbosas a la desintegración del alma. El hombre allí nunca se rehacía; ni siquiera le preocupaba intentarlo; se desmoronaba» (p. 42). Claro, tanto el hombre como su narrativa se desmoronan en la Venecia de El tañido de una flauta.

A lo largo de las dos novelas el abandono de ciertas costumbres literarias, como la trama que evoluciona, la psicología mimética y el suspenso, llevado a cabo en medio de un texto cosmopolita y erudito, señala que Pitol chantajea a sus lectore/as a apreciar la narrativa por sofisticado/as y no porque la narrativa presupone algún éxito intrínseco. Quizá Pitol procura cultivar el desequilibrio técnico, ese coqueteo con un texto naufragado, como estética propia. Queda para el público evaluar las estéticas de fracaso y cosmopolitismo. El precio exorbitante resulta para una parte del núcleo elite en la ciudad letrada, pero después de todo las Obras reunidas son un lujo, un segundo piso en una edad de saturación, construido tal vez a costo de descuidar la excavación de nuevas vialidades, pero qué vista y qué vacío, por lo menos ahora que somos tan sólo dos mil. n

1 La Jornada Semanal, n. 5, 16 julio 1989, p. 24.

2Vale la pena reproducir el pasaje de Hamlet por su magnífico uso del lenguaje. En Acto III, escena II, Hamlet se queja: You would play upon me; you would seem to know my stops; you would pluck out the heart of my mystery; you would sound me from my lowest note to the top of my compass; and there is much music, excellent voice, in this little organ; yet cannot you make it speak. ‘Sblood, do you think I am easier to be played upon than a pipe? Call me what instrument you will. though you can fret me, you cannot play upon me.