LA MIRADA DE MÓNICA ROIBAL

POR HÉCTOR AGUILAR CAMÍN

La mirada de Mónica Roibal canta las ruinas antiguas de la ciudad antigua y las ruinas en marcha de la ciudad futura.

Dijo Borges de Buenos Aires: No nos une el amor, sino el espanto / será por eso que la quiero tanto.

No hablaba de las fealdades o las violencias de su ciudad, una de las más bellas y seguras del mundo, sino del espíritu que empezaba a llenarla, a su pesar, el espíritu anónimo y multitudinario, incontenible, irresistible, de la urbe.

No nos une a la urbe el amor, sino la adicción: la necesidad hipnótica de su remolino, el tráfago de su vitalidad incesante, su aglomeración sin rostro, su proliferación de asfalto y automóviles, su monstruosa grandeza, su prisa inhumana, su humanidad a toda prisa.

Nos une a la urbe un sentimiento duro, que reprocha lo que ama. Es una tesitura propiamente moderna, horrorizada y fascinada a la vez por los horrores y las fascinaciones de la urbe. Esa es la nota, propiamente moderna, que hay en la mirada de Mónica Roibal sobre los paisajes de la ciudad: la fascinación distanciada de la nómada urbana, hija nativa y crítica de su patria de asfalto.

Como en muchos de estos cuadros de admirable economía de trazos y precisas manchas evocadoras, las ciudades modernas son borrones de la memoria, un palimpsesto de la civilización. Se crean destruyéndose. Hacen y deshacen sus contornos sin cesar, anticipando su fugacidad monumental, y la nuestra, en nuestro anónimo pertenecer a esos paisajes que no se atreven a decir su forma.

Los hijos de la ciudad somos también esos borrones inconfundibles, idénticos a nosotros mismos en nuestra perpetua fuga hacia otra parte, cargando todas nuestras edades, todas nuestras novedades y también todas nuestras ruinas. Yo sólo vivo en esta ciudad, no la conozco, del mismo modo que vivo en mí, habitual desconocido de mí mismo.

Las ciudades de estos cuadros tienen nombre y lugar, pero dicen algo más que su nombre y su lugar. Hablan del espíritu de la urbe que nos habita con su desasosiego monumental, su espíritu loco de cambio, su grandeza efímera, su anonimato liberador.

La ciudad es el campo de batalla del espíritu de los tiempos, y tiene tantos trofeos de victorias recientes como atinas de tiempos vencidos. Los muchachos soñaban perspectivas y escaleras, decía el poeta en Nueva York, hace ochenta años. Aquí están los puentes y las minas de aquellos sueños realizados.

La ciudad, como tal, es la avanzada de la modernidad, su recipiente y su laboratorio, su escaparate y su hervidero. Hay una serena modernidad en estas escenas urbanas: una canción entre ruinas.

La mirada de Mónica Roibal canta las ruinas cumplidas de la ciudad antigua, que se van quedando atrás, y las ruinas en marcha de la ciudad futura, sus puentes nuevos, sus edificios triunfales, sus luces insomnes, cuya vejez inminente ya prepara, sin embargo, el demonio renovador, infatigable, de la urbe.

La mente, dijo Freud, es como la ciudad de Roma. Conviven en ella todas las edades. Junto al más antiguo resto primitivo, la más moderna  construcción; junto a los vestigios de piedra y mármol del pasado clásico, los desacatos de vidrio y acero del presente. Todos los hijos de la urbe somos Roma o, para el caso, la Ciudad de México. Nuestras distintas edades nos miran desde ellas, como desde los cuadros de Mónica Roibal.

Ciudad de México, julio de 2003 n