Las historias y los mitos patrios nos dan, y requieren, una pausa en la inteligencia, una que permita vivir lo ideal como real. Pensar historia de común es nadar con la corriente sin preguntarse qué la mueve. Las rutinas mentales, de distintas maneras e intenciones, obtienen cauce en mitos e historias gracias a la dirección que se les da a los hábitos de pensamiento que raramente son puestos en duda.

Yesterday brought to today so lightly!
(A yesterday I find almost impossible to lift).

Elizabeth Bishop

Que como México no haya dos, ya va bien —¿qué haríamos con más?—; que son impolutos los héroes que nos dieron patria, más faltaba, ¿qué nación cuenta con héroes malos y cobardes?; que México es una determinación del destino o de la divinidad y que de la Independencia a la Reforma y a la Revolución se va en el camino natural de la historia prometida, es un artilugio indispensable para contar con la mera conjetura “México”. Pero que cada mito nacional podría ser desmantelado, empírica y lógicamente, con manotazos de historiador mala leche, de eso no hay la menor duda. Pero, ¿para qué desmantelarlos si no bien acaba uno la faena de este lado, del otro empiezan a formarse nuevos mitos de igual sustancia y tamaño? Una cosa prueban doscientos años de escribir patria: que las historias y los mitos nacionales son cabeza de hidra.

No son de asombrar los mitos, que ya en la carrera por hacer nación y Estado no había otra opción que la reescritura del pasado nacional con sus consecuentes mitos. Ahora bien, hay de mitos a mitos y a las naciones por sus mitos las conoceréis. No es lo mismo venir del grito de Dolores —alarido de venganza, de fervor religioso— que del de Ipiranga, el grito de don Pedro que con un “Jico” declaró iniciada y terminada la independencia, el nacer del imperio brasileño —un grito de Realpolitik y de orden estatista—. No son lo mismo las heroicas víctimas de Chapultepec que entregaron su infancia por la bandera, que los niños héroes que siguieron a Theodore Roosevelt en el ejército de los Rough Riders para vencer en Cuba al raquítico y antidemocrático imperio español. La diferencia no está en lo mítico sino en la naturaleza de lo que se mitifica (la honrosa debilidad e inocencia vs. la inocente rudeza y valentía). Un héroe de la dignidad de San Martín debe ser mito más cómodo de habitar, que el mito de un héroe tan práctico y autoritario como el doctor Francia. En fin, que cada quien se coma con su pan los mitos que le corresponden.

Lo que pasma son las rutinas mentales que rigen la construcción de historias y mitos nacionales. Rutinas que son más que la mitificación nacionalista; son los sedimentos agarrotados que van dejando los, digamos, doscientos años de pensar la historia de México a coro con el mundo. Y son, más: son la pereza de pensar. Lo que las historias y los mitos patrios nos dan, y requieren, es una pausa en la inteligencia, una que permita vivir lo ideal como real. Pensar historia de común es nadar con la corriente sin preguntarse qué la mueve. Las rutinas mentales, de distintas maneras e intenciones, obtienen cauce en mitos e historias gracias a la dirección que dan a hábitos de pensamiento que raramente son puestos en duda. Hoy, creo, estas rutinas funcionan como el agitado rabo que ha perdido su lagartija.

Estas rutinas no son un mito u otro, son la energía que ha estado atrás de casi dos siglos de historia patria. Pongo nombre a cuatro de estas rutinas, aunque sea una arbitrariedad capturarlas así, al aire, como si fuera posible ver la historia fuera de la historia. Y son: la rutina no occidental-occidental, la de la mezcolanza, la de lo tradicional y lo moderno, y la rutina que surge de la moral de los vencidos.

Occidente

La rutina de pensar historias y mitos en México en el entrecruce de este vs. oeste, o no-occidente vs. occidente, es, en breve, la perenne convicción de que México es pero no es lo que se reconoce como occidental; vamos, que México es especial porque no es como Estados Unidos, una simple Europa trasplantada, es algo más o menos debido al pasado y presente indígena, al mestizaje, a la “latinidad” o al clima. Me atrevo a afirmar que esta rutina rige lo mismo en Francisco Xavier Clavijero que en la última tesis doctoral sobre historia mexicana, a veces para afirmar lo occidental, otras para alabar lo contrario y a ratos para regodearse de la mezcla (rutina, ésta, de la mezcolanza). El porqué de esta rutina ha de encontrarse, seguro, en la fascinación, desprecio y esperanza que en Europa provocaba la presencia indígena en Mesoamérica; también en el hecho de que la conquista del territorio que hoy ocupa México fue llevada a cabo por España, una parte de Europa que no ha mucho volvió a ser considerada, sin empacho, occidental (siempre lo fue: forjadora y actora de lo moderno y occidental). También es causa de esta rutina el exotismo que levantaba lo tropical de los escenarios americanos.

Esta rutina de pensamiento está bien enraizada, y cuando aplicada a México produce dos despropósitos hermanados: uno es la ligereza de decir que México es un occidente menor o incompleto, y el otro despropósito es aún más absurdo: México es un no-occidente de segunda, porque no es China, ni Japón, ni la India, que si bien habitan en el exotismo moderno, moran cual reyes de la curiosidad y el respeto occidentales.

Esta rutina se mantiene porque ha servido para dar forma y cauce a preocupaciones esenciales que definen lo que entendemos como occidente —y así vale la pena seguir funcionando con esta rutina, si el mantenerla con tanto ahínco y por tanto tiempo prueba que la historia y los mitos de México no son otra cosa que occidentales—. Pienso en preocupaciones como la necesidad de criterios universales, ora morales ora científicos, pero también en la porfía ineludible de la autenticidad y la singularidad a toda costa. Es decir, el occidente es un conjunto de localismos históricos metamorfoseados en universales absolutos, uno de ellos la necesidad de tener identidad auténtica y de ser únicos e insuperables. Al marcar y remarcar lo no occidental de México, se construyó la universalidad y la singularidad de occidente, y a la vez la universalidad y singularidad de México. Gracias a esta rutina se ha encontrado en México la barbarie contra la que hay que luchar en la batalla por la civilización occidental; a través de esta rutina también se ha hallado en México la esperanza y alternativa ante la “decadencia de occidente”.

Estados Unidos o Francia, como mitos nacionales, están hechos de lo mismo. Pero claro, nadie encuentra en ello un choque entre lo occidental y su contrario. Simple: si Benjamín Franklin piensa, mister Franklin tiene una idea. Si Justo Sierra piensa, don Justo no tiene, copia una idea, porque es un miembro de la élite afrancesada que no ve la verdadera naturaleza —presumiblemente no francesa, no occidental— de su país. Un campesino de habla occitana o vasca en Francia, digamos en 1920, es un ciudadano de la cristiandad moderna, que sucede que es pobre y rústico; el campesino, visto a trasluz de París, produce problemas de modernización, de resistencia, de clase, de lo que sea menos del encuentro supremo entre el occidente y el no occidente. Un campesino mexicano de habla náhuatl en 1920, que se ha acomodado a los arreglos revolucionarios después de la muerte de Emiliano Zapata, puede también ser visto, en mi ralo mirar, como un habitante más de la cristiandad moderna, posee iguales valores y reza a los mismos santos que el resto de la cristiandad. Pero su adaptación a los arreglos revolucionarios y a la transformación económica posrevolucionaria es vista como el supremo encuentro de lo no occidental con lo occidental.

El campesino occitano o vasco es parte intrínseca, aunque pobre y marginal, de occidente; el campesino zapatista, además de pobre y marginal, es colocado por la rutina mental de occidente-no occidente en el mismo tren en que van personajes de las Mil y una noches o del Mahabarata, pero viaja con pasaje de tercera. Ser auténticos y modernos es un mandato “occidental”, pero es en lo “no-occidental” que México ha hallado su autenticidad.

Tan pronto como a fines de la década de 1920, Borges se reía de esta rutina mental con la que aún hoy funcionamos: encontró en Gibbon la afirmación de que en el Alcorán de Mahoma no se mencionaba un solo camello, lo cual, decía Borges, no lo hacía un texto menos árabe: “un falsario, un turista, un nacionalista árabe, lo primero que hubiera hecho es prodigar camellos en cada página; pero Mahoma, como árabe, estaba tranquilo: sabía que podía ser árabe sin camellos”.

Esta rutina ya muestra sus achaques, se revela cada vez más como una pereza mental antes que como una consciente síntesis de lo pensado. La historia mexicana, con todas sus singularidades, es la historia de una nación occidental moderna que surge del colapso de los imperios europeos —es parte intrínseca de la formación del concepto y la realidad del Estado-nación moderno—; una región que nace de la debacle demográfica de poblaciones autóctonas, de casi cuatro siglos de cristianización y de ya doscientos años de formación de Estado-nación, como Estados Unidos, aunque un poco después, como Italia y Alemania, pero mucho antes. Los mitos nacionales mexicanos son profundamente occidentales y el afán, de extranjeros y mexicanos, de mitificar la historia de México a partir de la fascinación por lo no occidental de México es lo más moderno y occidental que tiene México. Observar las historias y mitos nacionales fuera de esta rutina no minaría la fortaleza simbólica de la idea “México”, pero sí disminuiría su sex appeal nacional y extranjero. Para mí que ya estuvo bueno de esta rutina.

Mezcolanza

La rutina de la mezcolanza es esencial para la historia y los mitos mexicanos; se trata de la manía de meterlo todo a través del tamiz “México mestizo”, México híbrido (¿quién o qué no es eso, híbrido, mestizo?). La rutina atiende a una cierta auto-conciencia de inconclusión y de impureza. Es decir, la mezcolanza se convierte en vicio y oficio porque de ninguna manera México puede ser considerado apersonamiento de algo puro y universal (no fue ni es totalmente indio, puramente europeo, realmente moderno, prístinamente tradicional, ni un fracaso absoluto, ni un éxito innegable).

La rutina de la mezcolanza siempre ha producido la seguridad de que México es único. Son más que obvias las razones históricas de esta rutina, pero la lógica a que invita es mucho más intrincada de señalar. Porque ante todo se trata de una metáfora sexual alargada a varios terrenos para lograr distintos objetivos, según el momento, aunque la rutina revele nobles objetivos de convivencia pacífica. La rutina es acerca del coito de razas, civilizaciones, personas, sistemas… y de ahí un sinnúmero de conclusiones que incluyen el deseo de traer más blancos o el indigenismo posrevolucionario o, en cierta medida, el multiculturalismo reciente o la idea de la economía “mixta” o de “la raza cósmica”.

La rutina de pensar que unos elementos (genes, culturas, ethos, etc.) claramente diferenciados se mezclaron con otros igualmente únicos dando lugar a una nueva e inédita lógica es una perogrullada que no sé por qué ha durado tanto. Y no hay mayor problema con esta rutina cuando se le da una dirección: un principio de igualdad social basado en la mezcolanza histórica, como lo fue la ideología mestizofílica posrevolucionaria. Claro que la igualdad era inexistente en la sociedad, pero haber utilizado la rutina de la mezcolanza para proponer un principio “ideal” de igualdad racial y social que permitiera el levantamiento de un Estado de bienestar para toda la sociedad no me parece un mal uso de la rutina de la mezcolanza. Lo mismo pasa con el mito de la democracia racial en Brasil: no existe, el racismo pervive, pero no es un mal mito como principio de unidad nacional. Pero en términos de verdad histórica y de real igualdad, eso de ser orgullosamente mestizos es poca cosa, y es absurdo eso de creer que la mezcla continúa pasando siempre con los elementos primigenios intocados. Si la lógica de la historia es la mezcla, ¿cómo es posible que la mezcla siempre sea de elementos puros? y si ya no hay elementos puros, ¿qué importancia tiene hablar de mezclas cuando no podemos saber qué se mezcla con qué? Si hoy en Estados Unidos anuncian el crecimiento de los latinos y la mestización del país, es porque se cree en la pureza del término “latino” o “negro” o “blanco”. Si la rutina de la mezcla es históricamente cierta, hace tiempo que dejó de tener sentido hablar de ella —en términos raciales, culturales, temporales, nacionales—.

Además, sin un contenido político y social claro, hacer funcionar la rutina de la mezcolanza como la épica de la historia de México es ejemplo prototípico de “y luego tú”.

Tradición-Modernidad

La rutina de la tradición-modernidad es, no hay duda, la más importante lógica de pensamiento histórico con la que contamos. Es casi imposible no pensar de acuerdo a la lógica que la fórmula tradición-modernidad implica, y los mitos y las historias nacionales están pegados con argumentos que discurren entre tradición y modernidad. En el caso de México, esta rutina está detrás de las otras (occidental-no occidental, mezcolanza) y da cauce a una historia donde lo tradicional —a veces obstáculo, a veces paraíso— está siempre en lucha con lo moderno que, curioso, siempre es visto como que viene de fuera. Tradición siempre implica pureza y pobreza, y por ello si el país es pobre es porque aún no es moderno, o aún no se decide la batalla entre tradición y modernidad, pero todavía el país es puro. Los héroes nacionales siempre son un homenaje a uno u otro bando de la ecuación, o al balance de la lucha entre los polos (así Cuauhtémoc o Juárez o Lázaro Cárdenas).

Lo malo de esta rutina es que los actores históricos en su momento no son conscientes de su papel de tradicionales o modernos, por consecuencia actúan indistinta y pragmáticamente de acuerdo a circunstancias específicas. En el drama de la historia, en Francia, México, Estados Unidos o Perú, podemos ver la razón y la pasión humanas actuando de acuerdo a tradiciones centenarias o de maneras profundamente modernas e innovadoras y a veces podemos ver eso en un mismo personaje. El atraso económico y las “tradiciones de antaño” son, no se me malinterprete, una realidad comprobable empíricamente, pero no constituyen ni una realidad atávica ni un hecho estático. Por tanto, la rutina tradición-modernidad funciona como una especie de gran luz fija para encontrar un objeto que se mueve, indistinta y caóticamente, entre la luz y la penumbra.

Por otro lado, la rutina permanece no sólo porque es la idea que rige la mera razón de existencia de la historia como disciplina moderna —tradición-modernidad es la historia misma—, sino porque permite mantener valores y creencias esenciales de nuestra era: autenticidad, progreso, mejoramiento. Gracias a esta rutina la historia nacional puede lo mismo renovar la posibilidad de que esta vez sí seremos modernos, como la idea de que aún contamos con una tradición “auténtica” y verdadera, dos mitos nacionales indispensables.

Víctimas

Por último, la rutina de la moral de los vencidos ha regido los destinos de las historias y los mitos mexicanos porque no existen muchas victorias bélicas que cacarear y porque en realidad la historia, en tanto género narrativo moderno, establece como lugares privilegiados tanto la victoria valiente y digna como la bondad impoluta de quien no ha hecho el mal aunque haya sido víctima del oprobio. Curioso, la historia se volvió ciencia pero no dejó de ser doctrina cristiana, y la de México, como moderna y occidental que es, no podría ser menos. Por tanto, los mitos e historias nacionales siempre tienden a regirse por la rutina de la nobleza de ser víctimas de las circunstancias, de los países poderosos… de algo o alguien. Así, México no ha cometido jamás infamia, aunque quien tiene historia tiene cola que le pisen. La historiografía estadunidense o alemana del siglo XX con frecuencia menciona mea culpas históricas, pero lo mismo es rarísimo en la historia mexicana, y hay harto en la historia y mitos nacionales para mea culpas (el exterminio de grupos indígenas en el norte del país a todo lo largo del siglo XIX y principios del XX, el trato a inmigrantes chinos en México en el siglo XX, la xenofobia, racismo y persecución de españoles en México, la esclavitud negra en México, la historia de las relaciones de México con Guatemala y las repúblicas centroamericanas, la desvergüenza de la matazón entre mexicanos antes que la defensa del país ante la invasión norteamericana, etc., etc). Claro, cuando algo malo resulta innegable, se trata de un mal gobierno del cual el país no es responsable sino víctima. Edmundo O’Gorman escribió todo un tratado sobre esta rutina y su funcionamiento a lo largo del siglo XIX (México, el trauma de su historia). No puedo ni quiero añadir más posible salirse de estas rutinas mentales? Difícil. Lo que sí se puede es darles una dirección distinta, sin repetirlas por la simple inercia de pensar la historia como la hemos pensado; lo que se puede es repensar el pacto social que es la historia: a qué estamos dispuestos a someternos, como sociedad, qué reglas de juego aceptamos cumplir, qué futuro se vale imaginar, y de acuerdo a esto ver si sirven para algo las rutinas mentales aquí expuestas. De ahí, quizá, lo que salga es la primera historia, el primer mito nacional, que asume al país tan occidental y moderno como se puede ser a principios del siglo XXI, cuyo orgullo no es ser mestizos sino asumir, al menos como principio, la inutilidad de hablar de diferencias étnicas, raciales, culturales y que no es víctima de nada más que de su propia incapacidad de crear y redistribuir bienestar.

 

Mauricio Tenorio