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ABORTO: EN PRIMERA PERSONA

SEIS TESTIMONIOS

ENTREVISTAS REALIZADAS POR MARÍA DEL CARMEN DE LARA

«Si de algo no me arrepiento, es de haber tomado esa decisión, más allá de prejuicios sociales, morales, religiosos. Estoy de acuerdo en que el Derecho no va a la par de las transformaciones sociales y tecnológicas, y que le es urgente, más que controlar, atender a las necesidades que demandamos como sociedad. Sin embargo, el Derecho no puede atender los intereses de cada mujer».

Laura

Tengo 35 años. Soy niñera y manejo un negocito con la plata. Tenía 24 años cuando decidí hacerlo. Empezaron los síntomas, se interrumpió mi ciclo menstrual. Padezco diabetes desde los ocho años. Sentí un cambio radical en mi organismo, en mi metabolismo. No tenía una pareja estable. Lo conocí en mi adolescencia; tuvimos relaciones sin ser pareja y en cuanto él se enteró no quiso saber nada, huyó.

Lo enfrenté sola. Vengo de una familia conservadora, mis padres son mayores; tuve un tipo de educación muy a la antigua. Así que no podía decir nada, ni siquiera a mis hermanos, sólo podía contar con mi hermana Rosy pero ella vive fuera del país. ¿Cómo tomé la decisión? Por la diabetes sabía que no era tan fácil embarazarme, de hecho los médicos me informaron que si yo quería embarazarme tenía que someterme a un tratamiento muy riguroso, tres meses antes de la decisión de embarazo. Entonces, en cuanto me embaracé, dejé de tomar medicamentos. Lo consulté con mi médico endocrinólogo, que me sometió a una serie de estudios y determinó que no lo podía tener, dadas mis condiciones. Me dijo:

«necesitas interrumpir tu embarazo». Además sabía que un embarazo es muy riesgoso para una persona diabética. Y dado que yo no tenía una pareja estable, no me podía arriesgar a tener un hijo a la deriva.

No estaba con ningún método anticonceptivo, siempre fui de menstruaciones irregulares, por la cuestión hormonal. y tenía los estrógenos bajos. El riesgo de quedar embarazada era mínimo, así que nunca utilicé un método anticonceptivo.

El médico me dio una hoja de traslado a la Ginecobstetricia número 4, en San Angel. La primera respuesta fue «no podemos interrumpir tu embarazo porque no vienes en condiciones críticas, aunque vengas con una orden y con una prescripción de tu médico endocrinòlogo diciendo que no es conveniente seguir con el embarazo». Luego me dijeron: «aquí estamos para preservar, no para cumplir deseos de la gente irresponsable».

Yo trabajaba y no ganaba como para mantener a un hijo. Mis gastos en salud son muchísimos. Aunque tengo seguro social, y me atienden en una institución de tercer nivel, no recibo la atención adecuada, y necesito médicos particulares. Cuando tuve desprendimiento de retina por la diabetes, el Seguro Social no pudo hacer la operación, no alcanzaba la calidad. Todos mis gastos van para atender mi salud y no podía encargarme de un hijo.

En cuanto me negaron la atención en la Gineco 4, regresé con mi médico endocrinòlogo. Me dijo: «yo no puedo hacer nada, está fuera de mi ética, pero voy a recomendarte a un ginecólogo para que a la vez él pueda dirigirte con alguien». No le hice caso, busqué por mi cuenta, con una amiga que ya se había practicado un legrado. Ella me recomendó al médico. Fui, me entrevisté, tuve muy buena atención, a pesar de lo clandestino. Me sometieron a un interrogatorio impresionante, me pusieron muy nerviosa: «¿a qué vienes?, ¿por qué?, ¿para qué?, ¿quién te dijo?, ¿cómo?, ¿estás segura?, ¿quién eres?, ¿de dónde vienes? Iba sola. En cuanto le informé al doctor que era diabética él me dijo: «hay que interrumpirlo. Vamos a ver tu hemoglobina glucosilada». La hemoglobina glucosilada es el resultado que te da la cifra de glucosa de tres meses atrás. Me dijo: «no es posible, debes de estar en 7 de hemoglobina glucosilada»; yo llevaba 8.5, Aseguró que debía hacerme el legrado, que no se arriesgaría a mandarme a mi casa y a que tuviera complicaciones. «Tengo que practicarlo de inmediato, ¿cuánto llevas de embarazo?». Le contesté que mes y medio. Yo no tenía un solo centavo. Pero gracias a amistades, a las amigas, reuní la cantidad, mil quinientos pesos. Me preguntó si quería hospitalización o algo rápido. ¿Cuál era la diferencia? Que con la hospitalización salía en siete mil pesos. Elegí la atención rápida a pesar de conocer el riesgo; las condiciones no eran óptimas para lo que mi salud exigía. «Te doy 24 horas para que consigas el dinero y mañana nos vemos aquí». No fue al día siguiente porque yo no conseguía el dinero. No dormía. Debido al embarazo tuve una hipoglucemia, un shock diabético, convulsiones. Mi familia estuvo al pendiente, como siempre lo ha estado, sobre todo mis papás. No les iba a decir que estaba embarazada, ¿verdad? Así que manejé que mi estado se debía quizás al cambio de insulina, pues días antes cambié de medicamento y me informaron que tendría un tipo de rechazo o simplemente hipoglucemia.

En tres días no dormí, ni siquiera diez minutos. Pasaba las noches en blanco. Todo eso provocó un desgaste de energía tan fuerte que caí en shock diabético. Por fortuna me dieron el tratamiento adecuado.

Conseguí el dinero y le pedí a una prima que me acompañara. Ella me entendió, me comprendió, pero no la dejaron entrar. «Tomas tu coche, te vas a dar una vuelta, a desayunar, y aquí la dejas, no queremos ni siquiera que se vean, para que no haya arrepentimiento», le dijeron. Me metieron a un cuarto pequeño y me hicieron un tacto. «Ya estás en condiciones para poder abortar, dos días más y no me arriesgo», dijo el doctor. «Vas a tomarte estas dos pastillas. No preguntes nada, de ahora en adelante no puedes hablar». Servían como dilatador, para facilitar el legrado. La enfermera me tomó del brazo, me llevó a otro consultorio y me dijo «págame»; faltaban treinta pesos, lo recuerdo. «Tiene que ser todo, a ver qué me dejas, pero tiene que ser todo o si no vas por tus treinta pesos y regresas». Le respondí que debía esperar a que llegara mi prima y le pedí hablar con el doctor. «El ya no te puede atender, sólo en el momento en que te haga el trabajo», dijo, y agregó: «ve a la sala de espera, no hables con nadie, tranquilízate en lo que las pastillitas te hacen efecto, vendrá una enfermera por ti y te llevará enfrente. Te dijimos que si querías aquí en el hospital te salía en siete mil pesos, te dijimos que si querías que fuera en privado te iba a salir en menos y el privado es allá enfrente». Un edificio habitacional, en la calle Sevilla, cerca de avenida Chapultepec. Era un departamento común y corriente, con sillones, una mesa de comedor, cuadros ceniceros. Había cinco chicas más esperando, muy calladas. Todas las preguntas que se le podían ocurrir a uno se me vinieron a la cabeza, fue algo de mucha tensión feo.

Veía cómo pasaba cada una de las chicas y salía después de media hora. Esperé dos horas y entonces entré. Me fijé en las habitaciones: cama, cama, cama, cama, cama, cama, cama, había cinco chicas dormidas. Yo me preguntaba: «¿qué les pasa, me va a suceder a mí, en qué condiciones están?». Me he movido en ambientes hospitalarios y no veía nada que pudiera tranquilizarme.

Llegué hasta una habitación con una plancha y una lámpara de quirófano; había instrumental. «Vamos a ponerte un poco de anestesia general», dijo la enfermera. Yo me había sometido a unas siete operaciones de la vista, una apendicitis. Dije: «no uso cualquier tipo de anestésico, necesito algo especial». «Aquí se les pone a todas por igual», respondió la enfermera.

Me encomendé a Dios. Ya me había hecho a la idea de que ahí estaba y que tenía que suceder, y sobre todo que no estaba haciendo nada malo, porque yo sabía, primero, que no podía seguir mi embarazo, y segundo, que no lo deseaba. Yo decía, «por respeto a mí misma no puedo tener un embarazo dadas mis condiciones de salud, y no puedo ser tan egoísta al seguir un embarazo que puede perjudicar a mi hijo». Así que no me sentía culpable, me sentía temerosa por lo que pudiera suceder. Pensaba en mi familia: «¿qué van a pensar, ¿qué van a decir si se enteran?». ¿Por qué no podía hablarlo abiertamente con mi familia, con la sociedad? Era necesario decirlo, por mí y por todas las personas que se han visto en mi situación. Cada quien está en su derecho de decidir, porque me suena egoísta que chicas sanas, que quedan embarazadas, tengan hijos que serán abandonados con la abuela, o simplemente niños sin una base, sin una educación firme, niños que harán lo mismo, abandonar, dejar. Soy niñera, me dedico a cuidar niños, y no los tengo porque estoy consciente del respeto que merecen.

Me ponen anestesia general, en una mínima cantidad. El doctor se vio profesional y me explicó: «sé lo que te sucede, vamos a checarte la glucosa, vamos a estar muy pendientes de tu sistema inmunológico, sabemos que la diabetes afecta todo eso. Aquí está el anestesista, aunque nos veas clandestinos sabemos lo que estamos haciendo». Eso me dio mucha tranquilidad. Me pusieron una mínima cantidad de anestesia y desperté a media cirugía. «¿Ya?», dije, y me volví a dormir, pero pude ver casi todo, vi mucha sangre. En ningún momento sentí remordimiento, más bien aprensión.

No había dolor, había sentimientos encontrados, de tristeza, soledad, confusión, y cuando pasó todo hubo descanso. tranquilidad por mi familia, por mi salud y ya. Cuando me incorporé, vi a mí alrededor, parecía que nada hubiera pasado, todo estaba limpio, en su lugar, los médicos vestidos de civil. Habían pasado 45 minutos. Me sentía somnolienta y le pregunté a la enfermera si en verdad me habían practicado el aborto. «Sí. y ya vete, estás bien, ya vete. Tu prima está afuera. Tuvimos que dejarla entrar porque estaba más histérica que tú». Salí, bajamos las escaleras y sentí que las piernas me temblaban. Caminamos tres cuadras hasta mi coche; tenía la boca seca. Ella estaba nerviosa. Había preguntado por mí y amenazó con armar un escándalo. Le tuvieron que decir, dada su insistencia, dónde estaba. Entró, tocó, armó un alboroto, salieron los vecinos. y la dejaron entrar. Le dijeron: «o te calmas o de aquí no salen ni tu prima ni tú».

No tengo pareja, me ha sido difícil entablar una relación con alguien, y no por el legrado, no por mi manera de pensar y de actuar después del legrado. He tenido algunas parejas y de antemano sé que si me vuelvo a embarazar me sometería a otro aborto.

Adriana

Tengo 23 años y estudio la universidad. Me ocurrió a los 18 años. De hecho, tomaba pastillas pero tuve un problema hormonal. Mi pareja y yo fuimos a ver a la doctora del CCH. Me hizo la prueba de embarazo y salió positiva. Nos preguntó si estábamos seguros de tener al niño, y le respondimos que teníamos problemas con la familia. «Les doy un teléfono, no digan que se trata de mí y van con esta doctora», dijo. Mi pareja llevaba un año de relación conmigo y siempre estuvo a mi lado.

Hablamos por teléfono e hicimos una cita. Ya en el consultorio, llenamos una forma en la que dimos nombre, dirección, teléfono. Entré con la doctora y preguntó si queríamos tener ese hijo, estábamos muy jóvenes, y qué pasaría con los estudios. Dijimos que no. Ya lo habíamos platicado. Para mí representaba un problema y para él todavía más; así que fue de común acuerdo. La doctora dijo que podía hacerme el legrado, que llamaría a un anestesista y que cobraría mil quinientos pesos. Salimos de consulta. ¿Cómo conseguiríamos el dinero? Tuvimos que recurrir a la mamá de mi novio, que incluso me ofreció su casa por si necesitaba reposo. Al día siguiente me practicaron un estudio. Tenía menos de un mes de embarazo. Tres días más tarde me harían el legrado.

La doctora nos ofreció dos opciones: el raspado y una aspiración. Optamos por la aspiración, porque con el raspado podría rajarse una parte de la matriz. La aspiración se realizaba con un aparato, algo así como una aspiradora. El consultorio era de lo mejor. Era una casa: la doctora vivía con su familia en la parte de arriba; abajo encontrabas una sala, con escritorio y lockers que guardaban los expedientes médicos. El lugar estaba totalmente limpio.

Llegué por la mañana, y no había nadie más que la doctora, el anestesista y la asistente. Me dieron una bata, pidieron que me desvistiera y me mostraron el baño. Luego me acostaron sobre el diván y comenzó la anestesia. Yo estaba con los nervios a flor de piel. Me dijeron que contara de 100 hacia atrás y al 98 ya no supe nada. Me quedé dormida. Reaccioné como media hora después y me dijeron: «estás bien, no hay problema». Me vestí y la doctora me ordenó reposo, por lo menos un día, lo menos que pudiera caminar, y me dio una cita para dos o tres días después, para ver si había hemorragia. Ese día descansé en la casa de mi novio y al siguiente como si nada; todo había ocurrido en cinco días.

Regresé dos días después. No había ningún problema y la doctora me aseguró que a los cinco días tendría mi sangrado normal. Me recetó pastillas anticonceptivas, tomando en cuenta mi peso y que yo sufría de presión baja.

No lo platiqué con nadie, era algo entre mi novio, su mamá y yo: y, de hecho, rara vez se tocaba el tema. Eso fue en septiembre. En noviembre le pusimos su altar de muertos, su veladora; lo veíamos como si hubiera sido un niño. Después de un año se lo conté a una amiga, nunca lloré, nunca me sentí mal, no fue algo que me doliera, que me hiciera pensar que soy una asesina, ni nada parecido, simplemente era algo que tenía que hacer. No tuve depresiones. Mi novio y yo lo supimos afrontar y nunca se me ocurrió pensar, como muchas piensan, que había asesinado a mi hijo. Eso sí, cada 2 de noviembre pongo mi veladora. Al fin y al cabo era parte de mí. Soy católica por la familia. Creo en Dios, en alguien que nos rige, que está siempre con nosotros. Las veladoras se ponen para las almas de las personas a las que ‘quisiste; de cualquier modo, fue parte de mí.

La sociedad nos ha hecho pensar que en ocasiones es mejor no tener al niño y más si estás estudiando. Y dices: no tengo el suficiente dinero como para tenerlo; el embarazo, el parto y los cuidados cuestan mucho. Y encima que le salgas a tu familia con que estás embarazada… eres la desgracia, la oveja negra. Eso te lo inculcan desde muy temprano: las niñas no deben tener relaciones, las niñas siempre vírgenes hasta que se casen. Pero las hormonas hacen lo suyo. Aunque sí me cuidé, las pastillas no me funcionaron bien. Ahora bien, yo corrí con la suerte de encontrar a una doctora que sabía lo que estaba haciendo: hay gente que no lo sabe y gente que se arriesga y no sabe con quién va. Puedes morirte.

Hay muchas cuestiones por las que una puede llegar a abortar. En mi caso, la familia y la escuela. La iglesia señala que abortar está mal; no lo creo. Es algo que tiene que pasar, es algo de lo que tú estás consciente. No estoy de acuerdo con la Iglesia: ya en la Biblia encuentras muchas contradicciones, en el catolicismo mismo y en los sacerdotes mismos. Hay cosas que no van en concordancia con la religión, entonces dices: «qué señalan si ellos han cometido errores»: además, somos humanos. El hecho de que el aborto sea ilegal lo vuelve un problema. Hay muchas mujeres que lo hacen en lugares insalubres. Si no fuera ilícito, si hubiera una ley que lo permitiera, no habría tal cosa. Es muy grave porque muchas mujeres han muerto en esas condiciones.

Cambié de pareja. Mi novio y yo tuvimos problemas después de cuatro años, se desgastó la relación y ahora estoy con otra persona. Luego de lo que me pasó, me cuido mucho. La doctora me dijo que dejara un poco las pastillas, que tuviera un descanso y que después volviera a continuar con ellas, y así lo hago. Cuando dejo de tomarlas no tengo relaciones o pido condón. Ahora cuido más mi cuerpo. Después de un aborto, tienes la certeza de que no te gustaría repetir esa experiencia. Sabes a lo que le tiras en una relación sexual.

Yo sabía que estaba haciendo algo ilícito, que no debía hacerlo, pero yo necesitaba hacerlo en el momento. No era muy grato para mí llegar a tener un hijo, no era lo mejor para mí ni para el niño. Ahora bien, yo no sabía nada del asunto, ni siquiera sabía que habían diferentes formas de hacer el legrado. Tiempo después me puse a investigar, pero en ese momento no pensé en lo grave que podía ser. Ahora me siento más madura, siento que puedo ofrecerle algo a un hijo mío. Ya tengo una carrera. Con el apoyo o sin el apoyo de mi pareja yo no volvería a abortar.

Paola

Tengo 31 años, soy trabajadora social en una clínica de especialidades del ISSSTE. Hace unas semanas que interrumpí mi embarazo. Llevaba tres años de relación con mi pareja pero él fue muy incoherente. Cuando le comenté que quizás estaba embarazada me dijo que estaba bien, que todo estaría en orden. Pero cuando tuve el resultado del ultrasonido pasó todo lo contrario: hubo rechazo, dijo que aún no era tiempo, que él no estaba en el momento emocional ni económico para traer un nuevo bebé al mundo.

Por mi condición de divorciada, con una hija, pensé que no era el momento. Sentí cómo todo el mundo —mi familia, mis amigos, el trabajo— se me venía encima. Y no estaba para enfrentar nuevamente sola un embarazo. A lo mejor mi decisión no fue bien pensada, a lo mejor me movió el coraje de saber que mi pareja no estaba apoyándome. El es médico, especializado en cirugía general. Fue a dejarme a la estación de autobuses, y marché a Veracruz. Allá tengo una prima, que conoce a un médico que maneja precios accesibles. En México un legrado te sale en cuatro mil, cinco mil pesos; en Veracruz fue de mil setecientos cincuenta.

El me dijo que podría hacerme el legrado pero que no tenía el valor suficiente, entre comillas, para quitarle la vida a alguien suyo. Lo hubiera hecho con otra mujer, pero no conmigo. Es decir, «vívelo tú, pero yo no me meto».

Me faltaba una semana para cumplir dos meses. Es cuando el cerebro y una parte de la columna empiezan a formarse. El hecho de que puedas verlo en un ultrasonido, que veas cómo se mueve, cómo late, que veas que está vivo, que es independiente de ti, eso es una carga enorme.

Me casé a los 21 años. Pensaba esperar tres o cuatro años para embarazarme, pero mi esposo quería un bebé. Me embaracé a los tres meses de matrimonio. No era un bebé que yo quisiera, se trataba de cumplir con mi marido. A los 45 días que nació mi hija empecé con el Diu, jamás usé otro método. Siempre fui constante, iba y me lo cambiaba y hacía que me lo pusieran en el mismo día. Yo quería tener un hijo que verdaderamente deseara.

Conocí a esta persona después de tres años de divorciada y con él viví cosas que no viví en mi matrimonio. Me enamoré de él, al grado de que valía la pena tener un hijo suyo. No me importaba mi familia tradicionalista. Creía que podía sacar a mi hijo adelante, como lo he hecho con mi hija. Lo que me dolió fue su reacción. No era tanto la gente, ni desvelarme, ni cambiar pañales, sino la decepción que me produjo. Me pintó muchas cosas y luego no tuve ningún apoyo, ni emocional ni económico, porque la verdad yo pagué mi legrado. Se lavó las manos diciendo: «¿sabes qué?, yo ni te mandé a que te embarazaras, ni te mandé a que te hicieras el legrado». Era demasiado.

Fui sola a Veracruz. Pero antes de ir, hablé con una amiga que vive también allá y que había pasado por una experiencia similar. Le pedí que me contactara con el médico que se lo había hecho. Ella me dijo que el costo andaba por los cinco mil pesos. Era una suma que no tenía pero no quería dejar pasar más tiempo, por lo que esto significaba para mí y para el producto. Entonces le hablé a mi prima, que me recomendó a un médico que cobraba poco, una cantidad de la que disponía, y un poco más para los pasajes y para quedarme. Me fui un viernes, me lo hicieron el sábado por la mañana y regresé el domingo por la tarde.

El lugar parecía una casa, no muy limpia. Pasé a un cuarto con el médico; después de que éste me aseguró que todo saldría bien, me trasladaron a otra parte de la casa. Caminé a través de un pasillo oscuro antes del cual había dos cuartos más, con mujeres que ya habían pasado por lo mismo que yo pasaría. Llegué hasta una mesa tradicional de médico, con una cama al lado y material quirúrgico que no parecía nuevo y bueno; imagino que el suero había sido utilizado en otras mujeres. El doctor me pidió que subiera las piernas y me anestesió. Cuando desperté, estaba en la misma cama, llena de sangre, mi prima al lado. Recuerdo que el doctor me dijo que todo iría bien, que no debía sentirme mal puesto que se trataba de un embarazo que no habría durado mucho tiempo. Le pagué y fue todo. Me levanté, fui al baño, un baño sucio, me lavé y mi prima me llevó al hotel.

Había dejado a mi hija con una sobrina que vive conmigo. Eso fue otro rollo pues mi hija sabía que estaba embarazada, yo le había comentado que tendría un hermanito y que seríamos una familia muy feliz. Dos semanas después le dije que el bebé no había querido estar con nosotros, que había decidido no quedarse.

El médico me recetó un antibiótico y otro medicamento cuyo nombre ya olvidé. De regreso a México, le mostré la receta a mi pareja. Me dijo que no debería tomar ese medicamento porque me cerraría el cuello de la matriz: debería tomar algo para mantenerlo abierto, para sacar todos los restos que aún quedaban. Ya no lo veo. Para mí acabó la imagen de buen médico, de gran persona.

Siempre pensé que está al alcance de nosotros evitar un embarazo. Tenemos métodos anticonceptivos. Antes de mi experiencia yo sentía que el aborto era un asesinato pero mi opinión cambió a raíz de lo que me pasó. Quienes lo llevamos a cabo tenemos razones respetables. Sólo una misma sabe por qué lo hace.

México es un país machista y muy tradicional. La carga viene de tu propia familia. Mi mamá decía que alguien que se hacía un legrado era una persona que tendría mala suerte por mucho tiempo. Eso me ha pesado. No sé qué hubiera hecho si ella siguiera conmigo, a lo mejor lo habría tenido y enfrentado muchas cosas. Si supieran que me hice un aborto, mi papá, algunas amistades, tampoco me lo perdonarían. Quizá por esta razón es que no he podido contárselo a nadie, el hecho se ha vuelto enteramente mío. No es lo mismo decir «¿sabe?, me fui de vacaciones», a «¿sabe?, me fui y me hice un aborto».

A México le falta mucho. Los hombres te hacen creer que no les importa la virginidad, «no es más que una telita». Dicen, Pero, puestos en serio, sí les importa, sobre todo cuando quieren casarse. Quieren a una mujer de casa, a una niña bien portada que no haya tenido ninguna experiencia sexual.

Al inicio de nuestra relación, mi pareja anterior decía que me entendía, que estaba de acuerdo en que la mujer tuviera libertades. Con el tiempo descubrí que pensaba lo contrario. No podía tener amistades, no podía salir con nadie más que él, hasta que llegó un momento en el que me encerró en un círculo en el que mi vida dependía prácticamente de él. Tuve mejores propuestas de trabajo y él insistió en que no tenía necesidad de ganar más dinero, en que nada me hacía falta.

Algunas amigas coinciden en que las mujeres divorciadas se vuelven más dependientes. No entiendo, pero así es. Hay tanta necesidad de cariño, de afecto, de tener un compañero y no perderlo, que permites cosas que no permitiste en tu matrimonio.

Antes de que terminara nuestra relación, mi pareja me dijo: «tienes que superarlo, vamos, estás muy joven, tienes muchos años de fertilidad para volver a embarazarte». Yo ni siquiera aceptaba que me tocara. No. Ya no era la misma. Mi cuerpo había sufrido una invasión; me sentí utilizada.

Nadia

Tengo 23 años. Hace poco terminé la carrera y no tengo trabajo. Fue a mediados de octubre, más o menos. Mi regla es muy precisa. Me hice la prueba de embarazo y salió positiva. No cabía la posibilidad de tener un niño. La pareja con la que tuve relaciones no es una pareja estable: de hecho, sólo lo hicimos una vez. Es un vecino con el que salí hace un año, pero las cosas no funcionaron. Yo estaba muy deprimida, sigo deprimida, me sentía sola y la situación se dio de modo casual. De hecho, no usamos preservativo.

Cuando le informé de los resultados de mi análisis de sangre me dijo que no estaba de acuerdo con el aborto. Sin embargo, era mi decisión. El no cuidaría al niño, obviamente, y yo no tenía nada que ofrecerle. Jamás me pidió que formalizáramos la relación: de hecho, sabía que yo no quería formalizarla. Tampoco me pidió que juntos nos hiciéramos cargo de los gastos. Yo tuve que solventar el costo del legrado.

Este año me ha ido tan mal que me sentía muy sola. Hace años que no tengo pareja. Hacía tiempo que nadie me decía que me quería. Más que la pasión fue la necesidad de contacto afectivo. Después dije: «¿qué me pasa, me acosté con un tipo del que no sé nada». Tomé el anticonceptivo de las 24 horas. A las doce me tomé las cuatro primeras pastillas, ocho horas después las otras cuatro. No hicieron efecto. Conocí la pastilla hace cinco años, cuando tenía una pareja estable. Se supone que me era fiel, se supone que yo era fiel. Llevábamos tres años de salir, dos años de tener relaciones sexuales, y a veces, cuando prescindíamos del preservativo, me tomaba las pastillas; era un método de emergencia.

Todas las mujeres que he conocido, aun las de mi familia, han tenido abortos. En mi reducido círculo, la única que no ha practicado un aborto es mi hermana menor. Casi todas mis amigas han pasado por esa experiencia… hasta mi propia madre. Ella no sabe que yo sé.

Una amiga de la universidad, con la que hice mi tesis, me recomendó el lugar. Ella pertenece a una ONG. Católicas por el derecho a decidir, y ahí le recomendaron un lugar seguro.

La atención de la doctora fue maravillosa, no me lo esperaba. Había escuchado historias tétricas de mujeres que se desangraban y que luego eran abandonadas en lotes baldíos.

Me acompañó una de mis hermanas. En realidad, ninguna de ellas me apoyó. Estoy consciente del SIDA, y estoy consciente de la gonorrea y de muchas enfermedades, pero no pedí preservativo.

No trabajo. Hace como ocho meses que mis papas no me dan dinero. De dónde sacarlo, es un gran problema, de hecho, todavía debo algún dinero a mis amigos de la vocacional que me prestaron. Cuando fui con la doctora le expliqué la situación. Me preguntó cuánto podía pagar, yo le dije que dos mil quinientos pesos, y ella aceptó.

Llegué a la consulta. La doctora me hizo el tacto y un ultrasonido. Previamente había tomado otras pastillas que me habían recomendado y que se suponían muy buenas. Tampoco hicieron efecto, aunque tuve una amenaza de aborto. Ella pensaba que con un poco de reposo el embarazo continuaría por buen camino. Ahora, si quería el aborto podría hacerlo en ese mismo momento. Yo no llevaba el dinero, no sé qué fecha se atravesó, el caso es que cambié mi cita para una semana después.

Cuando llegó el día me hicieron pasar con una psicóloga, muy amable; platicamos sobre lo que había pasado y me explicó el procedimiento, con esquemas y todo.

Soy católica, aunque en los últimos años mi fe en Dios ha disminuido bastante. Pero no pude evitar preguntarme: ¿qué va a pasar ahora que atentó contra una vida? Pensé en que Dios existe y en que es vengativo, horrendo, mezquino y que mira lo que hace mi pobre persona. Pero era peor traer a un niño cuando sabía que no iba a poder quererlo. Voy al psiquiatra y sé que no soy emocionalmente estable como para traer a un niño. Me siento culpable porque soy universitaria, conozco perfectamente los anticonceptivos y las enfermedades sexuales. Ahora estoy revisando mis textos universitarios y la posibilidad de participar en una ONG que se ocupe de asuntos de género… no sé si para sublimar.

Fue espantoso. Uno sabe que si la familia se entera, le irá bastante mal, pues vendrán las recriminaciones, los insultos. Luego te tachan de mujer fácil. Son cosas que uno tiene que guardarse para siempre. No sé cómo las mujeres que abortaron pueden arreglárselas sin una terapia. No me imagino cómo pueden llevar algo así adentro, sin que se desesperen.

Yo tuve el apoyo de mis hermanas, aunque a medias, pues no dejaban de recriminarme. Mi hermana mediana tomó alguna vez las pastillas abortivas y le funcionaron perfectamente. Me decía: «¿por qué te pasó a ti?, ¿por qué tuviste que llegar hasta el médico?». Como si el atentado consistiera en ir precisamente con el médico. Y luego estaban mis deudas, y encima de todo no tenía trabajo. «Tú no puedes fallar», me decía.

El punto es que no he sabido elegir a mis parejas. Me pasa desde que tengo memoria. Por eso me pregunto: ¿por qué no me cuido, por qué no me hago responsable de mí? Hay que pensar que la pareja no tiene por qué estar cuidándonos. Uno debe ser consciente de que si no se cuida a sí misma, nadie lo hará.

Lo tenía racionalizado: «tengo que hacerlo porque es mi decisión». No he podido evitar pensar en eso pero sí trato de evitar a esa persona, que me ha buscado. No quiero verlo, de plano. Hace unas semanas le contesté la llamada. Le dije:

«costó tanto, ¿vas a ayudarme?». No quise suplicar, ni rogar. El comentó: «¿cómo estuvo el asunto?». Le expliqué que había tomado las pastillas abortivas. Dijo; «es que no quería irse». No estoy en disposición de escuchar reproches de nadie.

En mi familia las cosas están muy tensas. Casi no hablo con nadie. He llorado mucho en este último mes. Mi familia prefiere evitarme, pues resulto molesta. Y eso también me lo tengo que tragar.

Sé que el aborto está penalizado. Pero defiendo el derecho que tiene la mujer sobre su propio cuerpo. Estoy a favor de que se legalice el aborto como un procedimiento que la mujer puede elegir. Y además están los embarazos no deseados. Eso es más profundo que un video sobre anticonceptivos o que nos regalen condones en las universidades. Nadie debería pasar por una angustia como la mía.

Blanca

Iba a cumplir 21 años y estaba iniciando una relación de pareja con Alberto. Me embaracé cuando tuvimos nuestra primera relación sexual, lo que de entrada trajo mucha presión. Lo hicimos con condón, pero éste se rompió y yo estaba en mis días fértiles, era el día 13. Era tanta la euforia. Me di cuenta cuando se rompió porque me sentí muy mojada. «Sí», dijo, «y ya me vine». Fui al baño y me bañé con vinagre, porque tenía miedo de quedar embarazada. Me asusté mucho. Cuando no me bajó la regla mis sospechas comenzaron a confirmarse.

Al mismo tiempo que me embaracé, se embarazó una amiga mía. Liliana, y las dos decidimos abortar. Sabía, por amigas, que en el mercado de Sonora vendían un té abortivo y que les había funcionado. Teníamos que tomarlo durante todo el día, en a ayunas. Liliana se fue a la escuela y yo me quedé en casa. Ya en la noche, me dio un ataque de diarrea y vómito, pero no me bajaba nada. El té no me hizo efecto. Tenía temperatura. Entonces supe que estaba embarazada.

Al día siguiente Liliana llegó feliz y dijo que ya le había bajado: le habían dado cólicos y diarrea, pero al final le había bajado.

Yo acababa de entrar a tercer año de música y estaba realizando un sueño que tenía desde tiempo atrás. Sabía que si en ese momento desistía, ese sueño se iba a escapar. A la vez, tocaba con un grupo y nos iba bien. Teníamos muchas tocadas y mi vida era alegre, la verdad. Tenía amigos y libertad para realizarme. Mis papas por fin habían decidido apoyarme en mi carrera y, después de tantos pleitos, ¿cómo iba yo a salir con que estaba embarazada? A mi mamá se le iba a caer el cielo encima. Lo que más me dolía era tener que salirme de la escuela.

Alberto ya había pasado por lo mismo con otra chava, pero ella sí tuvo al bebé. Fue muy grueso, muy duro para él, porque ni podía ver al bebé. De hecho, tardó tiempo en volver a tener pareja. Fui su primer pareja después de un lapso grande de tiempo, y le vuelve a pasar lo mismo.

Platiqué con otra amiga de la escuela, una percusionista. La oí decir que tendría que ir a Tepoztlán para irse a checar. Yo no sabía de qué hablaba, pero me acerqué a ella y me solté llorando. Le dije: «estoy embarazada». Ella me miró sorprendida y me dijo:

— ¿Acaso oíste algo de lo que dije?

—Sí, pero no sabía de qué se trataba, no sé por qué me acerqué.

—Tuve un aborto la semana pasada y este fin de semana tengo que checarme. Puedo llevarte con la doctora para que te revise y platiques con ella —me dijo— pero está en Tepoztlán.

Lo platiqué con Alberto y él me dijo: «Te apoyo. No quiero ser padre. Tenlo si quieres tenerlo. Si no. yo te apoyo en lo que se necesite».

Pasaron días y fui con mi amiga a visitar a la doctora en Tepoztlán. Llegamos y no había nadie en la salita de espera. de estilo rústico. Era un lugar precioso, en una zona residencial. La casa tenía un jardín y un acceso especial al consultorio. El consultorio contaba con todos los aparatos. Había también una habitación semejante a un cuarto de hotel, para que reposaran las pacientes. Todo estaba muy limpio, excesivamente limpio.

Hablé con la doctora. Me hizo el tacto y me dijo que tenía menos del mes y que estaba en excelente tiempo para abortar. Me preguntó por qué había llegado a tal decisión. Le expliqué lo que me pasaba realmente: que estudiaba y que no quería abandonar la escuela. Me contestó que iba a ayudarme y que después del aborto hablaríamos acerca de cómo cuidarme, aparte del preservativo. Habló del tipo de aborto que practicaba: por succión. Me pondría una inyección en el cuello del útero, para anestesiar, una inyección ligera. Sabría lo que estaba pasando, pero casi sin dolor. Era uno de los mejores métodos porque no dañaba la matriz, menos agresivo que el raspado. Sentí confianza.

Me dijo que regresara una semana después, que comiera algo muy ligero, yogurt o fruta, y que llevara una prueba con mi tipo de sangre. Le pregunté cuánto iba a cobrarme. Como realizaba labores de apoyo a mujeres, lo dejó en mil quinientos pesos. Eso fue hace cinco años y medio.

Le conté a mi hermano. Fue el único familiar que se enteró. No me juzgó y me ofreció ayuda económica. Me prestó quinientos pesos; Alberto puso ochocientos. No era suficiente pero la doctora me advirtió que fuera aunque no tuviera el dinero completo.

A pesar de que me sentía muy bien con los demás, muy apoyada, me sentía triste conmigo misma, porque la verdad dudaba. También tenía la idea de conservar al niño, de seguir el embarazo, pero pensaba en mi familia y en mi carrera, en el trabajo que me había costado llegar hasta donde estaba, y en que no podía tomar una decisión así. Eso me hacía sentir triste.

Así que juntamos mil trescientos pesos, y el día señalado salimos temprano de la terminal. La doctora me había citado a las nueve de la mañana. Llegamos un cuarto de hora antes y ya nos estaba esperando. Pasé a su consultorio a las nueve en punto. Le doctora me mandó a orinar y me puso una bata. La acompañaba una asistente que me tomaba de la mano y me acariciaba el cabello. Porque sí me dolió. Sentí un calambre que corría como un hilito por el centro de la matriz. La doctora explicaba todo lo que hacía: «ya tienes el pato adentro, ya estoy viendo la matriz y dónde está el producto. Voy a inyectarte». Puso música oriental y me sugirió que pensara en ella y que le comunicara la sensación que me producía. Me costaba trabajo pensar. Entonces el dolor fue mucho menor. Me pidió que tratara de abrir la garganta, y que sacara un sonido parecido a éste: «jjj». Cuando lo hiciera se facilitarían las cosas. Lo hice y dejé de gritar, aunque no pude evitar los lamentos. A lo mucho pasaron diez minutos que a mí se me hicieron eternos. De repente, después de lo eterno que me pareció, la doctora dijo «ya».

La doctora me preguntó si quería ver a Alberto. Yo sentí un rechazo, no quería verlo, como si hubiera sido culpa suya que yo estuviera ahí. Pensaba que a él nunca le pasaría eso, nunca sabría qué era eso. Por mucho que estuviera conmigo, no iba a tener el más mínimo dolor físico y mental.

La doctora me ayudó a levantarme, me llevó al cuarto y me dio un té de anís de estrella. Sentí un alivio. Podría continuar con lo que a mí me gustaba. Pero a la vez era presa del dolor. Tenía la sospecha de que lo iba a pagar muy caro. A la vez, me di cuenta que había liberado a Alberto de un dolor. Entendí su dolor, el de haber sido padre a la fuerza. Estaba más bien que mal, pero la pequeña parte de mí que se sentía mal, me hacía sentir muy baja, creía que no valía como mujer. Siempre te dicen que estar embarazada es bellísimo, que tener un ser dentro de ti es algo hermoso y mágico. Todo el rollo de la vida que te dan. Eso pasaba por mi cabeza, y pensaba: «¿cómo puede ser posible que la maternidad no haya tocado mis sentimientos como para decidir continuar con el embarazo?».

La doctora volvió a la media hora y me explicó que el té servía para los cólicos. Me recetó unas gotas homeopáticas, pues no manejaba la medicina alópata. Volvió a preguntar cómo me sentía y le contesté que aún no tenía ganas de ver a Alberto. Me dijo:

—Te entiendo porque una se siente agredida, pero tienes que verlo porque vinieron juntos, él debe estar aquí y darte su apoyo. Lo más razonable es que sepa cómo estás, porque está muy preocupado allá afuera. Al mismo tiempo que estoy de tu lado, también estoy del suyo porque aquí está. Alberto pasó a la habitación. Me abrazó y me sentí muy bien porque no estaba sola. Conmigo estaba realmente la persona que debía estar conmigo. No mi mamá, ni mi hermano.

La doctora me pidió que caminara un poco. Salí al jardín. Era un jardín lleno de flores, que me liberó. Pensé: «ya salí de todo, ya estoy bien. Estoy entera, estoy viva». Fue como darle gracias a la vida por las personas que entienden el aborto. La doctora me recetó gotas para que no tuviera cólicos y para que la matriz cauterizara correctamente. Sangraría un poco ese día. Si algo anormal sucedía, debía hablarle de inmediato. Me dio su número de celular y del teléfono de su consultorio. Debía volver a la siguiente semana para una revisión.

Me apené al pagarle porque no llevaba el dinero completo. Pero ella dijo: «No te preocupes. Yo dije que si no tenías el dinero completo no habría ningún problema. No traigas nada la semana que entra. Ven, te voy a revisar y a decirte cómo vas a cuidarte».

Cuando salimos de ahí Alberto comenzó a llorar. Le dolía no asumirse como padre. Me conmovió porque quería decir que de alguna manera compartía mis sentimientos, él tampoco se veía suficientemente hombre. Pero, por otro lado, él tampoco quería dejar sus metas.

Fuimos a comer. Pasamos la tarde en Tepoztlán platicando sobre lo que había pasado, y sobre lo que íbamos a hacer: si continuaríamos como pareja o nos separaríamos. Regresé a la casa como a las seis de la tarde. No estaba cansada, sólo tenía un poco de sueño porque me había parado muy temprano. Tomé las gotas durante una semana.

Alberto me acompañó también a mi cita de revisión. La doctora bromeó con nosotros y me prescribió unas pastillas, las menos dañinas del mercado y especiales para mujeres jóvenes: no cambiarían mi metabolismo ni traerían problemas hormonales. Debería tomarlas hasta el primer día de mi regla.

Alberto y yo continuamos la relación durante años. Con el tiempo logré superar los sentimientos negativos que me produjo abortar, y no dejé de ir a la escuela. Estar en la Big Band, ser parte importante de mi grupo, en el salón de clases, no me permitió sentirme mal. al contrario. Empezamos a prepararnos para ir al festival de jazz en Puerto Vallarta. Fue justo después de que aborté cuando nos dieron la noticia de que íbamos a ir a Puerto Vallarta y que teníamos que estudiar todos los días. Por ese lado me vi realizada como mujer. Las mujeres que tocaron en el festival se daban a notar mucho, porque había mayoría de músicos. Nuestra banda estaba formada por 4 mujeres y 16 hombres.

Ahora sé que no tomé una mala decisión. No tengo malos ingresos aunque tampoco son lo más deseable. Además, no abandoné mi instrumento. Estaría frustrada. Cuidaría a mi bebé, pero no podría darle todo lo que necesitara.

Rebeca

Alguna vez mi padre me dijo: «¿Qué es preferible: matar a un niño una vez, o matarlo diariamente de hambre?». A lo cual respondí: «Yo no estoy a favor de una medida tan drástica. Si me veo en una situación así, mi hijo será una razón para salir adelante. Yo no abortaría». Solía condenar a todo aquel que estuviera a favor de esta postura. Años más tarde, recordaría estas palabras y las tragaría una por una.

A los 16 años, con sólo el quinto año de preparatoria como escudo, y con una familia que pone las esperanzas en ti, un embarazo es lo último que aceptarías en tu vida. En ese momento mis planes se detuvieron y pensé: «No tienes dinero ni siquiera para mantenerte, decepcionarías a tu  madre y lo que tu padre esperaba de ti. ¿Qué clase de vida le darías a tu hijo? ¿Qué vas a hacer?

Existe en México un remedio práctico, en cierto modo «confiable», económico, de fácil acceso y. sobre todo, que evita a una adolescente tener que recurrir a un quirófano. Su nombre: Cytotec. No recuerdo la fórmula pero sus efectos son idénticos a los de la píldora RU486. Su precio varía entre los trescientos y quinientos pesos.

Fue así como pasé a formar parte del 95% de abortos exitosos por este medio. Qué pena la falta de información respecto a otros métodos anticonceptivos, el tabú en el uso del condón. Tal vez los factores que me llevaron a mí a tomar esta decisión distan mucho de los factores que consideran muchas otras mujeres de menores recursos, así como mujeres que cuentan con los medios económicos para ofrecer a su hijo una calidad de vida cómoda, por llamarla de algún modo.

Platicar mi experiencia provocó que varias amigas —y no amigas— se acercaran a mí en busca de la misma salida. Al margen de los motivos que las llevaron a tomar tal decisión, aprendí a respetar la decisión (no me atrevo a llamarlo derecho con el afán de evitar discusiones axiológicas y los conflictos entre derecho y moral) de otras sobre lo que desean hacer con su cuerpo y con su vida.

El proceso es simple: primero se les instruye sobre su uso, sobre sus posibles efectos (náuseas, diarrea, cólicos), y siempre se les recomienda realizar una inspección posterior para verificar que el producto haya sido expulsado exitosamente. Asimismo, y después de un curso intensivo sobre métodos anticonceptivos al que me sometí, trato de recomendarles sobre todo el «método de emergencia», como lo llaman los ginecólogos: tres pastillas anticonceptivas dentro de las «2 horas siguientes a la relación sexual.

Si de algo no me arrepiento, es de haber tomado esa decisión, más allá de prejuicios sociales, morales, religiosos. Estoy de acuerdo en que el Derecho no va a la par de las transformaciones sociales y tecnológicas, y que le es urgente, más que controlar, atender a las necesidades que demandamos como sociedad. Sin embargo, el Derecho no puede atender los intereses particulares de cada mujer o de cada hombre, y llegar a un consenso sobre el tema me resulta utópico. Apoyo la moción sobre la garantía de acceso a buenos servicios de aborto y, agregaría, a medios de información eficientes que prevengan la necesidad del aborto, ya que no es algo que alegre a toda mujer que decide practicarlo.

Hasta qué punto estamos dispuestos a apoyar a un embrión con un bandicap tremendo. Estamos acostumbrados a hablar de la sociedad como un ente que juzga, aprueba, legitima y condena, pero no somos parte de ella. Si queremos lograr un cambio de habitat hay que comenzar por identificarnos con él, como parte de la sociedad. n