NO MATARÁS (APLICAN RESTRICCIONES)

POR CINNA LOMNITZ

“No matarás”, dice textualmente la Biblia hebrea, pero luego pasa este pronunciamiento por cedazo. Cuando se trata del enemigo, aplican restricciones

Los guisados y desaguisados políticos difunden su aroma por la atmósfera de este verano mexicano de 2002. que más parece primavera. Desfilan personajes pintorescos como Rosario Robles, Fox, Madrazo y otros, seres de gran originalidad que aquí tenemos de sobra. Los argentinos, con la amabilidad que les caracteriza, nos permiten atisbar el futuro que nos espera.

Es el momento de hacer nuestra reflexión anual sobre la ciencia en México. Desde las altas guaridas del CONACYT, allá por Lomas de Constituyentes, se reúne el consejo de los ancianos de la tribu científica para ensayar su próxima ofensiva bajo las órdenes de su director técnico, Jaime Parada. Esta batalla puede ser decisiva: se trata de la supervivencia de la ciencia mexicana. El presupuesto para ciencia y tecnología tendrá que subir al menos en un 50% para que no nos pase lo de Argentina, que dejó de innovar allá por 1930 y que desde entonces se dedica a exportar bifes. La lección es clara: bifes o mano de obra, el resultado es el mismo. La ciencia es lo que funciona.

El problema es que no basta echarle dólares al rezago tecnológico. Hay que tener un plan. Y actualmente no se ve de dónde pueda salir. “Hagamos de todo”. Se dice fácil: superconductores ferromagnéticos, fusión nuclear de altas presiones, vacunas contra el SIDA, comunicaciones de múltiple entrada y salida… No se puede entrarle a todo. Necesitamos una estrategia a mediano y largo plazo.

Pero antes habrá que pensar en los primeros auxilios que deben prestarse a la maltrecha comunidad científica mexicana. Esta comunidad posee una plana mayor de mucho colmillo, pero ¿dónde está la tropa? Sin valores no se puede ganar —pregúntenle al seleccionado alemán de futbol—. El CONACYT está creando un Sistema Nacional de Evaluación. Muy bien. Pero ¿de dónde saldrán los valores?

Lo ideal, claro está, sería crear una nueva universidad de investigación pero eso es una utopía. Todo mundo está harto de las universidades públicas, y las privadas no hacen investigación porque no reditúa. Los estudiantes buscan un título en administración de empresas; no quieren saber de ciencia y tecnología. ¿Qué hacer?

Para el año 2015 la zona metropolitana de la ciudad de México llegará a los 20.4 millones de habitantes, poquito menos que Sao Paulo y casi el doble de Buenos Aires o Río de Janeiro. Varias ciudades asiáticas nos van a rebasar: Tokio, Mumbai, Dhaka y Nueva Delhi; en cambio, ciudades de Estados Unidos como Los Angeles o Nueva York se quedan atrás. Les ganarán Calcuta, Jakarta, Karachi y Lagos. Con la posible excepción de Tokio, todas estas ciudades estarán rodeadas por enormes cinturones de miseria.

Lo que México puede hacer es crear un Instituto de Estudios Aplicados (IDEA) de alto vuelo internacional. sobre el modelo del Centro Abdus Salam de Trieste. Italia. Ese centro cuenta con un personal total de 130 entre científicos, técnicos y personal administrativo. Es totalmente autónomo y su administración es controlada por la UNESCO, que además le otorga medio millón de dólares anuales para gastos de operación. El gobierno de Italia da 16 millones de dólares anuales: es una fracción de lo que gasta el CONACYT en becas al extranjero y que podría ahorrarse con los programas de postgrado de IDEA. Y el Servicio Internacional de Energía Atómica de la ONU le otorga 2 millones anuales. Para nosotros eso es un proyecto enteramente factible.

El Centro Abdus Salam incluye al Centro Internacional de Física Teórica de la UNESCO y maneja la Academia de Ciencias del Tercer Mundo. Nosotros podríamos desempeñar un papel similar para las Américas. IDEA tendría cuatro departamentos: salud, comunicaciones, energía y desarrollo social. Un instituto de investigación y postgrado de este tipo permitiría a México captar personal científico de punta en toda la región, para desarrollar un programa agresivo de investigación. Por ejemplo: enfermedades tropicales y sociales, petróleo y energías alternativas, telefonía inalámbrica urbana, tecnologías agrícolas y de infraestructura urbana, protección contra los desastres naturales y sociales, y combate a la pobreza a través de nuevas tecnologías.

La producción de doctorados de la UNAM es apenas de unos 180 por año. IDEA podría fácilmente duplicar esta cifra. Seguiremos informando.

El suicidio como arma

El suicidio como arma moderna tuvo su inicio en la Segunda Guerra mundial. Los aviadores japoneses se estrellaban al grito de “banzai” contra los acorazados americanos. No funcionó. Hay también antecedentes más antiguos y más venerables. Los santos cristianos se inmolaban en el circo romano demostrando de esta manera la superioridad de su religión sobre la fe pagana. La sangre de los mártires apenas salpicaba las pulcras togas de los romanos pero su sacrificio se impuso. El Imperio se convirtió al cristianismo, y los cristianos se hicieron emperadores.

Hubo fanáticos de la auto-inmolación como san Mamés, “que fue martirizado en su niñez, en su juventud y en su vejez” según el Calendario del Más Antiguo Galván para el Año 2002. ¿Por qué, entonces, nos va a dar pena mencionar a nuestros Niños Héroes? ¿Nada más porque nunca existieron? Pero si así fuera, yo diría “a mucha honra”. No, Mamés, no hay que seguir enseñando a los niños que es bonito aventarse desde lo alto envuelto en la bandera nacional. Más bien, vamos a prepararnos para derrotar al equipo estadunidense en la próxima Copa del Mundo.

El mundo es un diseño. Osama bin Laden parece un personaje salido de La guerra de las galaxias. No importa que nunca llegue a ser presidente de Estados Unidos. Nuestras ficciones crean la realidad de mañana. Ser alemán era antes ser Fausto, dispuesto a vender su alma al diablo a cambio de ser una potencia —aunque fuera del futbol—. Ser inglés era ser Hamlet, y ser español era ser don Quijote. Fuimos todos productos de la fantasía de unos pocos creadores como Goethe. Shakespeare o Cervantes. Hoy lo somos de George Lucas.

Dos caballeros armados de pies a cabeza combaten en el claro de un bosque. Uno de ellos le ha cortado a su contrincante el brazo derecho, luego el izquierdo y finalmente ambas piernas. El muñón humano increpa a su contrincante:

—¡En guardia, sir Galahad! ¡Os he de matar como a vil perro!

—¡Aún me desafiáis! ¿Qué me podéis hacer?

—Puedo sangrarte encima..

Este diálogo proviene de una vieja película de Monty Python pero no importa: posee actualidad. Los países subdesarrollados le sangran encima a Estados Unidos y Palestina a Israel. Así ha de ser indefinidamente.

Los rascacielos son imágenes de lo inalcanzable y por eso son imanes que atraen al suicida. ¿Qué castigo puede imponérsele? ¿Amenazarlo de muerte? Pero si eso es lo que quiere: morir. Las Torres Gemelas no le habían hecho nada a Mohamed Atta. ¿Cómo convencerlo de que se abstenga de volarse en pedazos o de secuestrar un avión y estrellarse contra un edificio?

El 11 de septiembre cambió al mundo, pero las religiones no se dan por enteradas. Les preocupa más la venta de anticonceptivos en las farmacias. Sin embargo, son las únicas capaces de lidiar con el problema.

“No matarás”, dice textualmente la Biblia hebrea, pero luego pasa este pronunciamiento por cedazo. Cuando se trata del enemigo, aplican restricciones. Matarse uno mismo, ¿se vale? Quién sabe. Caín mató a Abel, que era su propio hermano y el único que trabajaba en la familia. Era otra forma de suicidarse. El árbitro le sacó una tarjeta roja. ¿Ya para qué? Si no había más jugadores en la cancha.

Para qué sirve la cultura

Ser subdesarrollado en el siglo XXI significa estar entre la espada de la violencia y la pared de la sumisión. México exporta su población a Estados Unidos y en cambio le carga impuestos a su literatura, como si fuera un lujo su- perfluo. Surgen voces que nos reclaman porque aparentemente hacemos una cultura irrelevante y una ciencia que no es convertible en dólares.

La leche de las nodrizas chinas contiene un ingrediente muy especial.

Se llama cultura. Lo sé porque en 1981 visité el panteón de una hacienda decrépita en las heladas montañas de Sechuán. Sobre una antigua lápida se veía la imagen grabada de un anciano en el acto de ser amamantado por una joven criada de hermosos pechos. Como no sé leer el chino, pregunté por el significado de tan extraño monumento y mi acompañante, que era comunista, me explicó que así se usaba en la antigua China. Era una de tantas formas en que los terratenientes explotaban al pueblo, comentó.

Fidel no lo hubiera dicho mejor, pero no hubiera podido reprimir un guiño malicioso. China era un país pobre y más atrasado que Cuba en esa época. Pero los chinos no hacen guiños. Toman su cultura muy en serio. Veinte años más tarde. China era una potencia industrial y una nación competitiva y moderna. Hoy puede darse el lujo de aplaudir a quienes le ganan en la Copa del Mundo, mientras Cuba sigue sumida en el atraso y la pobreza.

¿En qué consiste la diferencia? En China hubo necesidad de milenios de evolución cultural para reconocer los beneficios de la leche humana en la alimentación de las criaturas… y de los ancianos. Los chinos lo saben bien y respetan su propia cultura. Para ellos el mundo es un signo, una especie de ideograma chino gigantesco y complicado que sus científicos e intelectuales tratan de descifrar. Dudo que todavía existan nodrizas para adultos; sin embargo, el trato que hoy se da a los ancianos en la familia china es evidencia de continuidad cultural. Tiene mucho que ver con esa lápida encontrada en Sechuán.

Ese país supo mantener su cultura y el derecho del pueblo a disfrutarla. Supo mantener y fortalecer su ciencia. Ese es un privilegio que sólo pueden disfrutar los países fuertes. China se hizo fuerte por respeto a su cultura.

Enrico Fermi, acaso el científico más completo y más creativo del siglo XX, tenía abundante fe en sus aptitudes intelectuales. Sin embargo, nunca parecía saber qué iba a encontrar en sus cálculos y experimentos. Opinaba que la ciencia no es verdad absoluta sino una interpretación provisional del gran signo de interrogación que es el mundo. “La ciencia no tiene por qué ser verdad”, dijo recientemente Mano Singham, un físico americano. Es lo que funciona, y con eso basta.                        n