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Leyendo al poeta polaco Adam Zagajewski, y en especial Otra belleza, un libro que convoca varios géneros, Susan Sontag obtiene una verdad que nos ilumina y conmueve: todavía es posible aspirar a lo noble y sublime en el arte.

Adam Zagajewski en 2017. Fotografía de Udoweier bajo licencia de Creative Commons.

Este libro sabio e iridiscente del escritor polaco Adam Zagajewski (Otra belleza. Traducción de Clare Cavanagh. Farrar, Straus & Giroux) incursiona en muchos géneros y los alterna: una memoria de la mayoría de edad, un libro de lugares comunes, meditaciones aforísticas, viñetas y retratos, una defensa de la poesía es decir, una defensa de la idea de la grandeza literaria. Con seguridad hay algo equívoco en llamar a Zagajewski un escritor: un poeta que además escribe una prosa indispensable no abandona, por lo mismo, su distintivo principal.

Siendo la prosa esa abundancia de palabras que es, en Zagajewski ha llenado bastantes más páginas que sus poemas. Pero en el canon bipartidista del sistema literario la poesía siempre vence a la prosa. En literatura, la poesía se mantiene como lo más serio, lo más perfecto, lo más intenso, lo más deseado. “El autor y el lector sueñan siempre con un gran poema, escribirlo, leerlo, vivirlo”. Vivir el poema: ser elevado por él, profundizado y, por un momento, salvado.

De un gran escritor polaco esperamos intensidades eslavas. (El matiz polaco en particular puede requerir algo de aplicación.) La literatura como alimento del alma ha sido una especialidad eslava durante los últimos 150 años. Resulta apenas sorprendente que Zagajewski, con toda la serenidad y delicadeza de su voz poética, sostenga una idea de la poesía más afín a la de Shelley que a la de Ashbery. Sucede que la realidad de la trascendencia personal tiene aun menos credibilidad para los poetas polacos más jóvenes (como atestigua la edición actual de Chicago Review, dedicada a la nueva escritura polaca) que para aquellos que escriben en inglés. Y en Zagajewski, el traslado de los anhelos religiosos, vivir, mediante la poesía, en un “plano más elevado” nunca se expresa sin la gracia de una nota de suave humildad.

Su más reciente colección de poemas se tituló, con sobriedad encantadora, Mysticism for Beginners (Misticismo para principiantes). El mundo (de sentimiento lírico, de introspección extática) que la poesía vuelve accesible a los poetas y sus lectores, es aquel que la defectuosa naturaleza humana nos impide habitar, salvo de modo efímero. Los poemas “no perduran”, señala Zagajewski con un sesgo, “en especial los poemas líricos breves que prevalecen hoy en día”. Todo lo que son capaces de ofrecer es “un momento de experiencia intensa”. La prosa es más robusta, así sea sólo porque leerla requiere más tiempo.

Otra belleza es su tercer libro en prosa publicado en inglés. Los primeros dos constan de artículos, algunos ensayísticos, otros memoriosos, todos ellos con títulos. En contraste, el nuevo libro es un flujo sin títulos (y sin numeración) de tomas breves y no tan breves, tan breves como un enunciado, tan largas como varias páginas. Su mezcla de relatos, observaciones, retratos, meditaciones y reminiscencias confiere a Otra belleza una variación muy veloz de estados de ánimo y puntos de partida que asociamos más con un volumen de poemas, poemas líricos, en todo caso, que es una sucesión de intensidades discontinuas, en diferentes grados de interés.

¿Qué tipo de intensidades? (O sea, ¿qué tipo de prosa?) Reflexiva, precisa, rapsódica, desconsolada, amable, proclive al asombro. Entonces y ahora, aquí y allá: el libro entero oscila y vibra en los contrastes. (Esto es como esto, pero aquello es como aquello. O bien: esperábamos esto, pero obtuvimos aquello.) Y todo emana diferencia, gusto, mensaje, metáfora. Hasta el clima:

Las depresiones meteorológicas de París tienen un sentimiento oceánico; el Atlántico las envía con dirección al continente. El viento sopla, las nubes oscuras huyen a través de la ciudad como autos de carreras. La lluvia cae en un declive maligno. En ocasiones el rostro del cielo aparece; un pedazo de azul. Y luego otra vez la oscuridad, el Sena se convierte en un pavimento negro. Las tierras bajas de París hierven con energía oceánica, los rayos revientan como corchos de champaña. Mientras tanto, una depresión centroeuropea típica —situada en algún lugar sobre los Cárpatos sigue una conducta distinta por completo: sumisa y melancólica, uno podría decir que filosófica. Las nubes se mueven apenas. Sus formas son diferentes; como un enorme dirigible que se inclina sobre el antiguo mercado de Cracovia. La luz cambia de modo gradual, el resplandor violeta se desvanece y abre paso a luces amarillas. El sol se disimula en algún lugar más allá de las nubes sedosas, iluminando las más variadas capas de tierra y cielo. Algunas nubes semejan peces del mar profundo que han ascendido hasta la superficie y nadan con toda la boca abierta, como asombrados por el sabor del aire. Este tipo de clima puede durar varios días, el clima dócil de Europa Central. Y si al cabo de prolongadas deliberaciones cae una tormenta de rayos, se comporta como un tartamudeo. En vez de un golpe contundente y decisivo, emite una serie de sonidos dilatados, pa, pa, pa, pa, un eco en vez de un estallido. Rayos en abonos.

En la visión de Zagajewski, la naturaleza se descubre impregnada imaginativamente por el sentimentalismo de las historias nacionales, con el clima tonificante y pendenciero de París desdeñando la buena fortuna inagotable de Francia, y el fatigado, melancólico clima de Cracovia como la síntesis de innumerables derrotas y otras calamidades polacas. El poeta no puede escapar de la historia y sólo puede algunas veces, por motivos de descripción y desafío, transmutarla en una geografía mágica.

Ojalá vivas tiempos interesantes, dicta la antigua (o al menos proverbial) sentencia china. Actualizada para nuestra época hiper-interesante podría decir: ojalá vivas en un lugar interesante.

Lo que Czeslaw Milosz llama con mordacidad “el privilegio de venir de tierras extrañas, donde es difícil escapar de la historia”, pensemos en Polonia, Irlanda, Israel, Bosnia, punza y aguijonea, exalta y agota a un escritor como Zagajewski, cuyos modelos corresponden a la literatura mundial. La historia significa lucha. La historia significa un atolladero trágico y tus amigos en la cárcel o asesinados. La historia significa desafíos perpetuos al derecho mismo a existir de la nación. Por supuesto, Polonia resistió dos siglos de asfixia histórica, desde la Primera División en 1772 que en unos cuantos años liquidó un estado autónomo (sólo se restauró después de la Primera Guerra Mundial), hasta el colapso, en 1989, del régimen al estilo soviético.

Esos países, esas historias, hicieron difícil que alguna vez sus escritores se apartaran del todo de la angustia colectiva. He aquí el testimonio de otro gran escritor que vive en un país más incipiente y condenado a un horror interminable, A. B. Yehoshua (citado por Saúl Bellow en una entrevista):

Uno es convocado con insistencia a la solidaridad, convocado desde el interior de uno mismo, más que por una compulsión externa, porque uno vive de un nuevo episodio a otro y la convierte en una solidaridad que es técnica, automática desde el punto de vista de su reacción emocional, pues para entonces uno se ha desarrollado en plenitud para reaccionar de esa manera y vivir en tensión. Sus reacciones emocionales ante cualquier noticia sobre una desgracia en Israel, o un avión derribado, están determinadas de antemano. De ahí la falta de soledad, la incapacidad de estar solos en el sentido espiritual y de alcanzar una vida de creatividad intelectual.

Los términos de Yehoshua son idénticos a los de Zagajewski, cuyo primer libro en prosa traducido al inglés, una colección de seis artículos publicada a principios de los ochentas, se titula Solidaridad, soledad. La soledad erosiona la solidaridad; la solidaridad corrompe a la soledad.

La soledad de un escritor polaco se halla siempre modulada por una idea de comunidad constituida por la literatura misma. Milosz, en su propia y grandiosa defensa de la poesía, el discurso que pronunció en la Universidad Jagelonia en 1989, titulado “Con la poesía polaca contra el mundo”, rinde homenaje a la poesía polaca por haberlo protegido “de la desesperación estéril de la emigración”, recuerda que “en una soledad demasiado difícil y penosa para recomendarla a quien sea” siempre se mantuvo “la idea del deber hacia mis predecesores y sucesores”. Según Milosz, nacido en 1911, es posible que un escritor polaco no escape nunca de su responsabilidad hacia los otros. Con esta regla, el ejemplo contrario y superlativo de Witold Gombrowicz en su ficción, en la leyenda de su egocéntrico y truculento Diario, en su polémica afrentosa “Contra la poesía”, ofrece evidencia, evidencia convulsiva, de la autoridad del idealismo en la literatura polaca. La historia se halla presente aun si es por ausencia, señala Milosz en El ABC de Milosz, su más reciente libro en prosa; y el culto del altruismo y la nobleza florecen con perversidad en el rechazo de Gombrowicz a cualquier responsabilidad más allá del clamor anárquico individual, sus ingeniosos alegatos en favor de lo mezquino, lo inmaduro, lo ruin.

Bien condensada, cada vida puede concebirse como una encarnación de experiencias ejemplares y sucesos de trascendencia histórica. Ni siquiera Gombrowicz logró evadir la visión de su vida como ejemplar al convertir en algo didáctico, un reproche a sus orígenes, su infancia acomodada, su precoz notoriedad literaria, su ominosa, irrevocable emigración. Y un escritor cuyo amor por la literatura aún entrañaba, sin resentimientos, tal devoción hacia los viejos maestros, tal ansiedad por nutrirse de las magníficas tradiciones disponibles del pasado, apenas podía evitar la visión de su vida, o por lo menos de sus circunstancias originarias, como una especie de destino manifiesto.

Poco después del nacimiento de Zagajewski en octubre de 1945, en la ciudad medieval polaca de Lwów (hoy Lviv), su familia fue desterrada por los vastos desplazamientos (y rectificación de mapas) que sucedieron a los acuerdos de los Tres Ancianos en Yalta que pusieron a Lwow en manos de la Unión Soviética. El poeta creció en el pueblo de Gliwice, antes alemán, ahora polaco, a treinta millas de Auschwitz. En Dos ciudades, su segundo libro en prosa traducido al inglés, Zagajewski escribe: “Pasé mi infancia en una fea ciudad industrial; me llevaron ahí cuando apenas tenía cuatro meses de edad y luego, durante muchos años posteriores, me contaron sobre la ciudad de extraordinaria belleza que mi familia debió abandonar”. La mitología familiar de una expulsión del paraíso, afirma, pudo hacerlo sentir desamparado para siempre.

También parece, ante la evidencia de su escritura, haber convertido a Zagajewski en un amante experto de las ciudades, “hermosa, cautivadora Cracovia” antes que ninguna, por las cuales él abandonó la irremediable Gliwice para asistir a la universidad, y en las que permaneció hasta cumplir 37 años. En Otra belleza los datos son escasos y el acomodo de relatos de una vida no es cronológico. Pero siempre está, aun de manera implícita, un dónde con el cual dialogan el corazón y los sentidos del poeta. No es el viajero ni tampoco el emigrado, la mayoría de los grandes poetas polacos partieron hacia Occidente y Zagajewski no es una de las excepciones, quien se perfila aquí, sino el habitante citadino estimulado sin cesar.

En el libro de Zagajewski hay pocas salas, ninguna recámara y más que unas cuantas plazas públicas, bibliotecas y trenes. Una vez transcurridos sus años de estudiante, desaparece el ocasional “nosotros” y sólo queda un “yo”. En ocasiones él mencionará dónde está escribiendo: Zagajewski vive en París y es profesor durante un periodo de cada año en la Universidad de Houston. “Estoy vagando por París”, comienza uno de los pasajes. “Y en este preciso momento estoy escuchando la Séptima Sinfonía en Houston”, apunta en otro. Hay siempre dos ciudades: Lwów y Gliwice, Gliwice y Cracovia, París y Houston.

Este libro se halla instilado por oposiciones más punzantes: el ser y los otros, la juventud y la edad. Hay evocaciones vibrantes de familiares difíciles en edad avanzada y profesores excéntricos: este retrato del poeta como un hombre joven asombra por su ternura hacia los viejos. Y el recuento de los ardores pertinentes, literarios y políticos de sus años estudiantiles, hace a este libro muy disonante con los propósitos narcisistas y los contenidos de obvia indiscreción en la mayor parte de la escritura autobiográfica actual. Para Zagajewski la autobiografía es una oportunidad de purgarse a sí mismo de vanidad mientras avanza el proyecto de comprensión personal, digamos el proyecto de la sabiduría que jamás termina, por larga que sea la vida.

Describirse a sí mismo como joven es aceptar que uno ha dejado de ser joven. Y el reconocimiento medular de que las debilidades de la edad se acercan, con la muerte en su curso, es una de las muchas observaciones que acaban de improviso con un relato del pasado de Zagajewski. Narrar las historias en forma discontinua, como vislumbramientos, asegura varios resultados buenos. Mantiene a la prosa densa y ágil. Invita a narrar sólo aquellas historias que conducen a alguna especie de inteligencia o a la Epifanía. Hay una lección más vasta en el estilo en sí de narrar, una lección de tinte moral: cómo hablar acerca de uno mismo sin complacencia. La vida, si no una escuela del descorazonamiento, es una enseñanza de la compasión. El conjunto de relatos nos recuerda que en una vida de cierta amplitud y seriedad espiritual, cambiar, no para empeorar, algunas veces es tan real en sí como la muerte.

Toda escritura es una especie de remembranza. Si hay algo triunfalista en Otra belleza es que en sus remembranzas no se advierte el esfuerzo. Imaginar, es decir, traer el pasado a la vida de la mente, está ahí, como es necesario; jamás flaquea; es, por definición, un éxito. Recuperar la memoria, desde luego, es una exigencia ética: la exigencia de persistir en el esfuerzo de comprender la verdad. Esto parece menos notorio en Estados Unidos, donde la función de la memoria se ha identificado de modo exuberante con la creación de ficciones útiles o terapéuticas, más que con un escritor procedente del rincón lacerado del mundo de Zagajewski.

Recuperar una memoria, asegurar una verdad, es una piedra de toque de valor supremo en este libro. “No fui testigo del exterminio de los judíos”, escribe Zagajewski,

Nací demasiado tarde. Fui testigo, sin embargo, del proceso gradual mediante el que Europa recobró su memoria. Esta memoria se movió con lentitud, más como un río perezoso de las tierras bajas que como un caudal de la montaña, pero en último término condenó sin ambigüedades el mal del Holocausto y los nazis. así como el mal de la civilización soviética (aunque en esto fue menos exitosa, como renuente a admitir que ambas monstruosidades pudieran existir al mismo tiempo).

El hecho de que las memorias sean recobradas, que las verdades ocultas vuelvan a surgir, es la base para cualquier esperanza que uno pueda tener en la justicia y una módica ración de sensatez en la vida diaria de las comunidades.

No obstante. una vez recobrada, incluso la verdad puede volverse complaciente y presuntuosa. Así, más que ofrecernos otra denuncia de la iniquidad y la opresión del régimen cancelado en 1989, Zagajewski opta por enfatizar los beneficios de la lucha contra el mal que influyó a los jóvenes idealistas. en el retrato de los comienzos fisurados de su vocación de “poeta político”, y sus actividades en círculos estudiantiles y literarios disidentes en la Cracovia de finales de los sesenta y los setenta. (En 1968, Zagajewski tenía 23 años de edad.) En aquellos días impetuosos, poesía y activismo rimaban. Una y otro se elevaban y aumentaban; el compromiso por una causa justa, como el servicio a la poesía, hacía que uno se sintiera más grande.

Que cada generación tema, comprenda mal a su sucesora y condescienda con ella, esto también es una función de la equivalencia entre historia y memoria (siendo la historia aquello sobre lo que hay un acuerdo colectivo para recordarlo). Cada generación tiene memorias singulares y el decurso del tiempo, que trae consigo una acumulación de pérdidas constante, confiere a esas memorias una calidad normativa que no puede ser venerada por los jóvenes, quienes están ocupados en reunir sus propias memorias, sus propios hitos. Uno de los retratos más conmovedores de gente de edad avanzada en Zagajewski es el de Stefan Szuman, elemento ilustre de la inteligencia polaca de la entreguerra (conoció a Stanislaw Witkiewicz y Bruno Schulz) y ahora un profesor retirado de la universidad que vive en el aislamiento y la penuria. El punto radica en la ejecución de Zagajewski, al recordar que él y sus amigos literarios pudieron parecer sólo como unos tontos y salvajes, “formados por una educación de posguerra, por escuelas nuevas, periódicos nuevos, radio nueva, televisión nueva”, frente a los derrotados, hogareños, amargados Szuman y su esposa. La regla parece ser que cada generación considera a la generación sucesora como bárbara.

Zagajewski, quien ha dejado de ser joven y es ahora un profesor de alumnos estadunidenses, se halla comprometido, a su vez, con no reproducir esa especie de desesperanza e incomprensión. Tampoco le satisface dar por perdida a una generación completa de intelectuales y artistas polacos que lo antecedieron, los “enemigos” de su generación —los creyentes verdaderos y aquellos que sólo se vendieron— por vileza y cobardía: no eran demonios, así como él y sus amigos tampoco eran ángeles. En cuanto a “los que comenzaron sirviendo a la civilización de Stalin” y después cambiaron, Zagajewski escribe: “No los condeno por su intoxicación temprana, juvenil. Me inclino más a maravillarme ante la generosidad de la naturaleza humana que ofrece una segunda oportunidad a la gente joven y talentosa, la oportunidad de un regreso moral”.

En la esencia de su valoración está la sabiduría del novelista, un profesional de la empatía, más que la de un poeta lírico. (Zagajewski ha escrito cuatro novelas, ninguna de ellas traducida aún al inglés.) En Dos ciudades, el monólogo dramático “Traición” comienza:

¿Por qué lo hice? ¿Por qué hice qué? ¿Por qué era yo quien era? ¿Y quién era yo? Ya comienzo a lamentar que acepté concederte esta entrevista. Durante años me negué; debiste habérmela pedido en un momento de debilidad o en un momento de ansiedad… ¿A qué se parecía ese mundo? Al que llegaste demasiado tarde para conocerlo. El mismo que éste. Completamente distinto.

Que todo es siempre distinto y lo mismo: una sabiduría de poeta. De hecho, una sabiduría tout court.

Por supuesto que la historia nunca debería pensarse con H mayúscula. La idea dominante de la función de la memoria en Zagajewski es su conciencia de haber vivido a través de diversos periodos históricos, en cuyo devenir las cosas, en última instancia, mejoraron. De manera modesta, imperfecta, no utópica, mejoraron. El joven Zagajewski y sus camaradas de disidencia asumieron que el comunismo perduraría otros cien o doscientos años, cuando de hecho le quedaban menos de dos décadas de permanencia. Lección: el mal no es inamovible. Lo cierto es que cada quien sobrevive a un ser anterior, con frecuencia más de uno, en el curso de una vida lo bastante larga.

El libro de Zagajewski es en parte una meditación para aliviar las tenazas de la historia: liberar al ser de “los caprichos y muecas de la historia”. Eso no debería ser tan difícil en la maligna y menos patente vida pública que se ha desarrollado en Polonia desde 1989. Pero las instituciones pueden ser liquidadas con más facilidad que un temperamento. El temperamento de Zagajewski (es decir, el diálogo que mantiene consigo mismo) se arraiga en una época en que el heroísmo era por lo menos una opción, y el rigor ético era todavía algo admirado y consagrado por el genio de varias literaturas nacionales. Cómo negociar un aterrizaje suave en la nueva tierra baja de expectativas morales disminuidas y modelos artísticos en harapos es el problema de todos los escritores centroeuropeos que forjaron su tenacidad en los viejos malos tiempos. La madurez que narra Zagajewski puede ser descrita como la relajación de su temperamento: el hallazgo de la sinceridad exacta, la calma exacta, la introspección exacta. (El afirma que sólo puede escribir cuando se siente feliz, tranquilo).

La exaltación, ¿y quién puede contradecir este juicio de un integrante de la generación de 1968?, es vista con ojo escéptico. La intensidad hiperenfática no sostiene su encanto. El final del espectro religioso en Zagajewski no incluye ninguna idea de lo sagrado, que figura de manera central en la obra tardía de Jerzy Grotowski y en el centro teatral de Gardzienice, conducido por Wlodzimierz Staniewski.

Mientras la tradición sagrada-extática sigue viva en el teatro polaco, aunque el teatro, y en especial esta clase de teatro, es obligadamente colectiva, en la literatura polaca contemporánea no ocupa ningún lugar. En Otra belleza, la humildad de un anhelo espiritual que cancela el frenesí se halla diseminada y no contempla grandes actos de sacrificio. Como Zagajewski anota: “La semana no se hace sólo con domingos”.

Algunas de sus páginas más sutiles son descripciones de la felicidad, la felicidad cotidiana de un conocedor de los deleites solitarios: pasear, leer, escuchar a Beethoven o Schumann. El “yo” de Otra belleza es escrupuloso, vulnerable, serio, sin pizca alguna de ironía o defensa propia. Y ni Zagajewski ni su lector lo desearían de otra forma. La ironía tendría como precio todo ese placer. “En el mundo del arte, es raro que el éxtasis y la ironía se encuentren”, observa Zagajewski. “Por lo común, cuando lo hacen es por motivos de sabotaje mutuo; luchan por disminuir su poder respectivo”. Y él se inclina de modo inconfundible del lado del éxtasis.

Estas descripciones son tributos a lo que produce felicidad, en vez de las celebraciones de un ser receptivo. Zagajewski puede describir con simpleza algo que ama o citar un poema favorito: el libro es un muestrario de valoraciones y compasiones. Hay bocetos penetrantes de amigos admirados como Adam Michnik, un faro de la resistencia a la dictadura (quien durante su estancia en la cárcel escribió sobre el poeta Zbigniew Herbert, entre otros, en un libro que tituló De la historia del honor en Polonia); hay un saludo reverente al antiguo decano de los emigrados polacos en París, el pintor, escritor y ex interno heroico de los campos de concentración soviéticos, Jozef Czapski. L’ enfer, c’est les autres. (El infierno son los otros). No, los otros son quienes nos salvan, declara Zagajewski en el poema que da título al libro y sirve como su epitafio.

He aquí “Otra belleza”, en la nueva versión de la traductora del libro, Clare Cavanagh:

Sólo encontramos el alivio en otra belleza, en la música de otros, en la poesía de otros. La salvación se halla en los otros, aunque la soledad puede saber a opio. Los otros no son el infierno, si los vislumbras al amanecer, cuando tienen sus frentes limpias, lavadas por los sueños. Es por esto que me detengo: qué palabra usar, tú o él. Cada él traiciona a un cierto tú, aunque una conversación serena aguarda su oportunidad en los poemas de otros.

Y he aquí el poema tal como apareció en 1985 en Tremor. Poemas selectos, el primer poemario de Zagajewski en inglés, traducido por Renata Gorczynski, donde fue titulado “En la belleza creada por otros”:

Sólo en la belleza creada por otros hay consuelo, en la música y los poemas de otros. Sólo nos salvan los otros, aun si la soledad tiene el sabor del opio. Los otros no son el infierno si los ves temprano, con sus frentes puras, lavadas por los sueños. Es por eso que me pregunto cuál palabra debería ser usada, “él” o “tú”. Cada “él” es la traición a un cierto “tú”. pero en cambio, el poema de alguien más ofrece la fidelidad de un diálogo sensato.

Una defensa de la poesía y una defensa de la virtud o, con más precisión, de la bondad.

Nada podría llevar al lector en un sentido más opuesto al culto actual de los arrebatos individuales que seguir a Zagajewski cuando despliega su seductor elogio de la serenidad, la compasión, la paciencia en “la calma y el coraje de una vida ordinaria”. Declarar “¡Creo en la verdad!” y, en otro pasaje, “¡La bondad existe!” (¡esos signos de admiración!) parece, si no panglossiano, un reseñista en Estados Unidos detectó un toque de elevamiento panglossiano en el libro, al menos quijotesco. Esta cultura ofrece pocos modelos contemporáneos de la ternura masculina y aquellos con los que ya contamos en la literatura del pasado se asocian con la ingenuidad, la inocencia social de la infancia: Joe Gargery en Grandes esperanzas, Aliosha en Los hermanos Karamazov. La persona de Zagajewski en Otra belleza es todo menos inocente en ese sentido. Y él tiene un talento especial para conjurar estados de inocencia compleja, la inocencia del genio, como en su desolador poema-retrato “Franz Schubert, una conferencia de prensa”.

El título del libro puede prestarse a confusión. Otra belleza hace evidente en cada rasgo que, como adorador que es de la grandeza en la poesía y otras artes, Zagajewski no es un esteta. La poesía debe ser juzgada con modelos todavía más exigentes: “Desdichado el escritor que valora a la belleza por encima de la verdad”. La poesía debe estar protegida ante las tentaciones de arrogancia inherentes a sus propios estados de exaltación.

Desde luego, tanto la belleza como la verdad parecen señales frágiles que dejó un pasado más inocente. En la delicada negociación con el presente que Zagajewski conduce en favor de las verdades en peligro, la nostalgia sería como una deficiencia argumental. Pese a ello, aun en ausencia de las viejas certidumbres y licencia para perorar, él se empeña en defender la idea del logro “sublime” o “noble” en literatura asumiendo, como lo hace, que todavía necesitamos las cualidades artísticas celebradas por esas palabras que hoy son de hecho impronunciables. De ahí su conferencia, publicada en las páginas de The New Republic hace casi dos años, sobre “Lo harapiento y lo sublime”, donde Zagajewski planteaba la pregunta, al parecer ingenua: ¿es todavía posible la grandeza literaria?

Creer en la grandeza literaria implica que la capacidad de admiración aún sigue intacta. Cuando la admiración se corrompe, es decir, cuando se vuelve cínica, la pregunta sobre la posibilidad de la grandeza literaria sencillamente se desvanece. El nihilismo y la admiración compiten entre sí, se sabotean, luchan por disminuir su poder respectivo. (Como la ironía y el éxtasis.)

Descorazonado como puede estarlo por “la mutación en declive de la literatura europea”, Zagajewski se niega a especular sobre lo que ha dado la ventaja al subjetivismo y la revuelta contra la “grandeza”. Tal vez quienes crecieron con la feroz mediocridad bajo administración estatal encuentran difícil sentirse tan indignados como pueden estarlo respecto a la magnitud con que los valores mercantilistas (haciendo alarde, con frecuencia, de la máscara de los valores “democráticos” o populistas) han debilitado los cimientos de lo sublime. La civilización soviética, conocida también como el comunismo, fue una gran fuerza conservadora. Las políticas culturales de los regímenes comunistas embalsamaron las antiguas nociones jerárquicas de realización. buscando asignar un pedigrí de nobleza a banalidades propagandísticas. Por contraste, el capitalismo mantiene una relación genuina y radical con la cultura al desmantelar la idea misma de la grandeza en las artes, que se halla desdeñada en la actualidad, con todo éxito, por el filis- teísmo ecuménico, lo mismo por parte de los progresistas que de los reaccionarios culturales, como una insolencia “elitista”.

La protesta de Zagajewski contra el colapso de los modelos no contiene en sí nada analítico. No obstante, sin duda él entiende la insignificancia (y la indignidad) de una simple denuncia del colapso. Hay ocasiones en que las piedades huérfanas se calientan demasiado: “Sin poesía, apenas seríamos mejores que los mamíferos”. Y muchos pasajes establecen un desencanto familiar, en especial cuando él sucumbe a la tentación de ver en nuestra época una degradación sin par. ¿Qué, se pregunta con sentido retórico, habrían hecho “los grandes, inocentes artistas del pasado, Giotto o Van Eyck, Proust o Apollinaire, si algún demonio resentido los hubiera situado en nuestro mundo fisurado y vulgar”? No sé respecto a Giotto o Van Eyck, pero Proust (muerto en 1922) y Apollinaire (muerto en 1918), ¿inocentes? Yo habría pensado que la Europa en donde tuvo lugar esa matanza colosal e insensata llamada Primera Guerra mundial era, si alguna cosa, mucho peor que “fisurada y vulgar”.

La idea del arte como el vehículo de los valores espirituales acosados por una era secular no debería quedar sin examen. Aun así, la ausencia total de rencor y ánimo vindicativo en Zagajewski, su generosidad de espíritu. su conciencia de la vulgaridad de la queja incesante y la aceptación farisaica de la superioridad cultural propia, aparta su actitud de la tribu usual de deudos profesionales de la Muerte de la Alta Cultura, desde la banda del New Criterion hasta el siempre portentoso George Steiner. (De vez en cuando, Zagajewski cede a piedades simples en torno a la superioridad del pasado sobre el presente, pero inclusive así nunca es pomposo ni se exalta a sí mismo: digamos que un steinerismo de rostro humano).

Con una preceptiva incorregible, a veces sentenciosa, Zagajewski es demasiado sagaz, demasiado respetuoso ante la sabiduría común u ordinaria para no ver los límites de cada una de las posiciones que rodean y dan sentido a sus pasiones permanentes. Uno puede ser elevado, profundizado, mejorado por las obras de arte. Aunque la imaginación, advierte Zagajewski, puede convertirse en uno de sus propios enemigos “si pierde de vista el mundo sólido que no puede disolverse en el arte”.

Ya que este libro consta de apuntes yuxtapuestos, es posible para Zagajewski sostener valoraciones contradictorias por completo. Lo estimable es cuán dividido se encuentra Zagajewski, como él mismo lo reconoce. Los reflejos y relatos de Otra belleza nos muestran una mente sutil, valiosa, dividida entre el mundo público y los reclamos del arte; entre solidaridad y soledad; entre las “dos ciudades” originales, la Ciudad Humana y la Ciudad de Dios.

Dividido, no destruido. Hay angustia, pero enseguida la serenidad continúa su avance. Hay desolación y asimismo están los muchos placeres enriquecedores provistos por el genio de los otros. Hay menosprecio, hasta que la caritas interviene. Hay desesperanza pero está, también inexorable, el consuelo. n

 

Susan Sontag

Traducción de Roberto Diego Ortega