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EDITH WHARTON: UNA PASIÓN ASOMBRADA

POR ANGELES MASTRETTA

Cuando conocí a Edith Wharton supe que había encontrado una amiga de índole intensa y vocación insaciable, como es insaciable el afán de absoluto. Por eso me alegró tanto conocerla. A Edith Wharton me la presentó, con su generosidad de siempre, Antonio Hass. Yo no la conocía antes de 1986. Mi descubrimiento de la más reciente escritura en español me entretuvo buena parte de la primera juventud. Pero esto último no debería decirlo ahora si quiero aprender alguna vez a seguir uno de los muchos buenos consejos que he recibido de Edith Wharton, lo cito de memoria: uno puede hacer en la vida lo que quiera, siempre y cuando no intente justificarlo. Entonces diré sólo que lamento haber tardado en conocer a esta amiga extraordinaria y ahora cercanísima a pesar de que nació en el remoto 1862, en Nueva York, y murió en 1938 doce años antes de que yo naciera.

Nunca pude abrazarla y sin embargo ella me abraza a cada tanto. A veces de repente, en mitad de una calle cualquiera, mientras ando perdida entre las casas del viejo Nueva York o me entretengo mirando cómo se mueven las dóciles hojas de un árbol que señorea en Central Park, como debió señorear la abuela Mingott en su inmesa y extravagante mansión en mitad del ningún lado que era entonces aquel rumbo. Edith Wharton también me abraza cuando se lo pido. Y se lo pido con frecuencia. Siempre que enfrento de cerca o de lejos la pesadumbre de un amor imposible, la terquedad de unas costumbres aún necias, mi urgencia de ironizar al verlas, la esperanza y la curiosidad por un mundo que siempre nos da sorpresas y mil veces nos deslumbra con lo inesperado.

Amores imposibles. Los de Edith Wharton: todos. El de Ethan Frome por la mujer encendida y jubilosa que irrumpió en su vivir de tedio, el de Charity Royal por un hombre elegante y olvidadizo que representaba y le dio por unos meses, para luego quitárselo de pronto, todo lo que ella no podría tener y todo lo que le hubiera gustado ser; el de Susana Lansing por un sueño, el de la hermosa y ávida joven que vivió su primera vida en La casa de los mirtos, en medio de unas parientes al final idiotas y crueles como era previsible que lo fueran, y murió ambicionando que el mundo resultara menos estrecho y que ella pudiera ser más apta, libre y rica o menos equívoca y más valiente de lo que pudo ser. No se diga la pasión entre el conservador y temeroso, bien casado y trémulo Newland Archer y el aplomo, la belleza, la inteligencia estremecida y bravia de Ellen, condesa Olenska, para su casi perfecta desdicha. Siempre los personajes principales de la Wharton aman el mundo y sus delicias, a veces por encima y a veces en contra de sí mismos. Son siempre desolados y admirables en su infinita ambición de absoluto. No sólo los de sus novelas, sino también los de sus cuentos, los de la preciosa colección guardada en Historias de Nueva York, un libro que perdí en un viaje y cuyo recuerdo, incluso por eso, resulta mágico y revelador. Y no sólo los personajes de sus novelas o los de sus cuentos están cautivos de un amor imposible y liberados por una ambición de absoluto que cultivan en su gusto por la vida, ella misma y su relación con Morton Fullerton, el hombre a quien conoció una tarde en París, y que la hizo escribir en su diario íntimo, una mañana de mayo, a los cuarenta y seis años: “¡Es el amanecer!”. Ella, que era una dama discreta, que se había hecho al ánimo de que su vida emocional fuera como un letargo, acostumbrada desde siempre a solucionar con la cabeza los problemas del corazón, vino a descubrir, así de tarde, aunque nunca sea tarde: el azaroso amor, el peso, las alegrías y la pena de quien encuentra como un tesoro que no existía sino en los cuentos, una pasión, un lujo interior, que deberá esconder.

Sus mejores personajes nacen entonces, los personajes con quienes uno se identifica desde el principio porque de un modo muy claro ella los ama y privilegia, porque ella contó la historia para darles a ellos vida. Sus mejores personajes aman y buscan, de distintos modos, lo mismo: “una sola hora que baste para irradiar una existencia entera”. Por eso sufren siempre. Algunos temen y huyen, otros enfrentan su deseo con un valor al parecer inusitado y sin embargo presente desde la primera vez que irrumpen entre las páginas del libro que motivan. Porque nunca hay detrás de un libro de la Wharton la falta de valor de su personaje más entrañable, y aunque a veces los derrote la desolación provocada por la hostilidad del medio en que viven, siempre, incluso a pesar de la tragedia, hay un profundo sentido de lo ético y de la lealtad a sí mismos, en sus personajes más queridos.

Hay quienes han calificado a Edith Wharton de conservadora, para condenarla, por supuesto. Yo creo que es una mujer que describió a su mundo con lo mejor y lo peor que cabía en él, que supo criticarlo, satirizarlo con maestría y crear personajes no sólo creíbles sino inolvidables, con una fidelidad y un ímpetu propios sólo de quienes lo habían padecido y enfrentado con audacia.

Era, desde muy niña, una lectora insaciable. Y en cuanto empezó a escribir. no sólo una escritora cuyo gusto por las palabras la hacía decir cosas inteligentes y bellas, sino una profesional disciplinada, prolija y ávida hasta el fin de sus días.

Lo que no era Edith Wharton, a pesar incluso de la pena que podía dejar en sus personajes, es un ser triste, derrotado, falto de curiosidad y de imaginación. Todo lo contrario, era una mujer vehemente, aunque educada en la contención y los buenos modales, irrevocablemente marcada por tal educación, capaz de ironizar sobre la frivolidad o la mentira innata en mucho de ella. Era una viajera más audaz que quienes ahora toman uno y otro avión en los aereopuertos de Estados Unidos.

Casada con un hombre al que la unía, escrito por ella, “su buen humor, su gusto por los viajes y los perros”, empeñó alguna vez el dinero de su anualidad de rica para gastarlo en seis meses comprando un velero en el que recorrer las islas griegas. Dado que ahí no iba nadie en esos años más que en su propio velero y corriendo sus propios riesgos, que no fueron pocos. Debo recomendar ahora, además de su ficción, su libro Una mirada atrás, autobiografía en la que escondió su pasión por Fullerton, como no lo hizo en sus novelas, ni en sus cartas, ni en su diario íntimo, pero un libro de muchos modos enriquecedor y lleno de sabiduría. Bastará citar sus palabras previas: “El hábito es necesario, es el hábito de tener hábitos, de convertir una vereda en camino trillado, lo que una debe combatir incesantemente si quiere continuar viva. Pese a la enfermedad, a despecho incluso del enemigo principal que es la pena, una puede continuar viva mucho más allá de la fecha habitual de devastación, si no le teme al cambio, si su curiosidad intelectual es insaciable, si se interesa por las grandes cosas y es feliz con las pequeñas”.

Gran escritora Edith Wharton, recuerdo pocos capaces de crear tal tensión en un diálogo de sólo unas palabras. Compañía generosa, hay en mí ratos de silencio memorables gracias a sus libros, a sus cartas, a su descripción del tiempo como un ensueño capaz de convertir el letargo en pasiones. Además de ingeniosa, rápida, ligera, en el sentido en que lo propone Italo Calvino, Edith Wharton resulta brillante en todos los sentidos. Es de verdad un placer haberla conocido, tener el privilegio de quererla y tratarla con frecuencia. Aun ahora, casi setenta años después de que ella escribió en el principio de sus memorias, a sus setenta años: “La vejez no existe, sólo existe la pena”.    n