Detener el cambio político no es el remedio… Nunca podremos regresar a la supuesta inocencia y belleza de la sociedad cerrada. Nuestro sueño del cielo no puede realizarse en la tierra. En cuanto empezamos a depender de nuestra razón y a usar nuestros poderes críticos, en cuanto sentimos el llamado de las responsabilidades personales y, con ellas, la responsabilidad de ayudar al avance del conocimiento, no podemos volver al estado de sometimiento implícito de la magia tribal. Para los que han comido del árbol del conocimiento, el paraíso está perdido.

Karl Popper

Ese día falló el sofisticado sistema de seguridad estadunidense. También saltó por los aires la idea que lo sustentaba. El sistema y la idea no pudieron proteger la vida de los miles de ciudadanos que ese martes por la mañana hacían sus vidas de siempre.

Ningún general pudo haber dado la orden de abatir un jet lleno de civiles debido a que la intención de quienes los secuestraron no se conoció sino cuando ya era muy tarde.

¿Cómo puede defender un país a sus ciudadanos de asesinos inadvertidos, anónimos, sin rostro, sin domicilio ni actividad fija, que carecen de objetivos manifiestos pero que están dispuestos a morir y matar en aviones comerciales transformados en bombas mortales?

El director de la CIA, George Tenet, y Robert Mueller, flamante director del FBI —que asumió el cargo una semana antes del atentado— deberán informar a los estadunidenses, algún día, por qué falló el sistema de seguridad antiterrorista, que le cuesta al país entre 10 y 12,000 millones de dólares (30,000 millones al año dedica Estados Unidos a todo sus sistema de inteligencia nacional) y qué harán para garantizar que no vuelva a fallar.

En 1995 el presidente Clinton firmó una orden secreta autorizando a la CIA a realizar operaciones encubiertas contra Osama Bin Laden. Desde entonces, se han analizado todas sus palabras y sus movimientos han sido rastreados con la esperanza, vana hasta el fatídico martes once, de capturarlo. Tampoco funcionó la recompensa de 5 millones de dólares para la persona que lo entregue, vivo o muerto, oferta que se difundió en millones de cajas de cerillos en las que aparecía la foto de Osama.

La CIA no es del todo incompetente. En 1995 por ejemplo, detuvo una conspiración que pretendía hacer estallar una docena de aviones comerciales en Asia. Cinco terroristas de origen islámico fueron capturados. También impidieron la realización de un plan, atribuido a Bin Laden y su gente, de atentar con bombas contra los festejos del milenio en la ciudad de Nueva York. Lo cierto, dice The Economist, es que

los espías del mundo libre cargan con una desventaja fundamental. Están obligados a impedir todas las conspiraciones terroristas. A los terroristas en cambio, les basta con dar un solo golpe para diseminar el miedo en millones de corazones.

Desde mayo pasado, el vicepresidente de Estados Unidos. Dick Cheney. encabeza una comisión para reformar completamente el sistema de seguridad del país, que cuenta con más de cincuenta instituciones, entre federales, estatales y locales, encargadas de prevenir ataques terroristas. Su propósito es centralizar estas operaciones, hacer acopio de más y mejor información, conseguir más financiamiento, y otorgarle a la CIA un papel más relevante.

Un sistema integral de seguridad no depende únicamente de los servicios de inteligencia. Por ejemplo, es preciso estar preparados para el súbito estallido de enfermedades contagiosas, para tratar a miles de víctimas de ataques con armas químicas o biológicas, para hacer transfusiones masivas de sangre, para desalojar ciudades con rapidez o instalar poderosos equipos de comunicación alternativa. En 1998 Bill Clinton ordenó realizar planes de contingencia contra posibles asaltos en ciento veinte grandes ciudades americanas. Fue Nueva York la que más minuciosamente se preparó para estos eventuales desastres. La horrible ironía es que la oficina de emergencia desde donde se dirigirían estos planes estaba en las Torres Gemelas.

Tanto los aparatos de inteligencia, como los civiles, esperaban ataques terroristas con armas químicas o biológicas. Jamás se consideró la posibilidad de que los agresores utilizarían objetos cotidianos como armas letales. Todo lo adelantado en materia de seguridad antiterrorista deberá modificarse a la luz de lo ocurrido.

El dedo de los estadunidenses apunta, irremediablemente, hacia las instituciones encargadas de la seguridad nacional cuya misión central es defender la vida, ya no se diga la libertad o la democracia, de los ciudadanos. El secretario de Estado, Colin Powell. dijo a CNN:

Estamos investigando todo: cómo hace su trabajo la CIA. cómo hacen su trabajo el FBI y el Departamento de Justicia, si hay leyes que deban ser cambiadas, y si hay nuevas leyes que deban ser aprobadas para mejorar nuestra capacidad para tratar con este tipo de amenazas. [. . ].1 Todo está bajo revisión.

Un sistema con oscuras fantasías

Permiso para matar

Uno de los asuntos que se revisan es la orden que expidió el presidente Gerald Ford en 1976 y que prohibe a funcionarios gubernamentales involucrarse directamente o conspirar en asesinatos políticos. El mandato resultó de una serie de comparecencias públicas que demostraron la participación de personas que trabajaban para el gobierno de Estados Unidos, en este tipo de asesinatos. Para muchos expertos en inteligencia y contraterrorismo, esta prohibición es insensata en tiempos de terrorismo. Dice Graham:

Si tratar con terroristas significa que debernos contar con autorización para asesinar gente antes de que ellos nos asesinen a nosotros, entonces sí debemos liberar esa restricción.

El Presidente Bush puede modificar esta orden en cualquier momento, sin la intervención del poder legislativo.

Permiso para contratar al submundo

Otra falla que se atribuye a la CIA es no haber advertido de los atentados. Según sus críticos, la Agencia se confió en la información proporcionada por sus embajadas y círculos diplomáticos. y no en la de sus agentes locales encubiertos. Esto se debe en parte, a que en 1995 se impuso una normatividad que impide reclutar agentes sin antes revisar sus antecedentes para asegurarse de que jamás atentó contra los derechos humanos de terceros. Una vez hecho este trámite, la institución otorga el permiso correspondiente a los “case-officers”, los agentes que operan en terreno, para que procedan a reclutar al nuevo agente. Esta regla fue impuesta después de conocerse que la CIA había reclutado a guatemaltecos vinculados a torturas y asesinatos. El presidente Bush criticó esta restricción pocos días después del atentado: “Debemos liberar el sistema de inteligencia de algunas de sus restricciones”. dijo. El espionaje, agregó, “es un negocio sucio, y uno debe tratar con un montón de gente infame”.

Cheney secundó al presidente en el programa Meet the Press. Dijo:

Si se va a trabajar únicamente con tipos certificadamente buenos y oficialmente aprobados, no será posible descubrir qué están haciendo los tipos malos. […] El negocio allá afuera es ruin, horrible, peligroso y sucio, y esa es la arena donde debemos operar.

Permiso para quitar libertades

Horas después de la catástrofe, encarnó en la población la idea de que los terroristas cometieron el atentado gracias a que Estados Unidos era una nación libre y abierta al mundo. El argumento conducía a la urgencia de restringir ciertas libertades individuales en aras de una mayor seguridad.

Quienes abogan por estas restricciones son los que criticaron al FBI. la CIA y a la National Security Agency —los tres pilares institucionales del antiterrorismo— por no haber infiltrado a la comunidad islámica dentro de Estados Unidos con suficientes informantes. No lo hicieron por temor a violar las libertades individuales de esos ciudadanos. La NSA por ejemplo, editorializa The New York Times,

se encuentra impedida por ley y por un decreto presidencial para monitorear las comunicaciones dentro de Estados Unidos. Para poder hacerlo necesita una autorización que sólo puede entregar una Corte Federal especial, ante la cual debe probar que el sospechoso es agente de un poder extranjero, y que está involucrado en actividades terroristas, de espionaje o sabotaje.

El director del Departamento de Justicia tiene preparada una propuesta de ley que permitiría a las agencias de seguridad intervenir líneas telefónicas de sospechosos sin autorización previa del poder judicial. El Secretario de Transportes dijo que los viajeros deberán prepararse para un incremento exponencial de la seguridad en terminales terrestres, aéreas y marítimas, y que habrá retrasos de todo tipo debido a revisiones muy cuidadosas. Un ex Director del FBI deliraba invocado cando a Burke y su concepto de “orderly liberty”. Los medios de comunicación desataron debates en torno a las libertades, los excesos, las censuras y autocensuras del periodismo en tiempos de guerra.

Virginia Sloan directora ejecutiva de una empresa de abogados en Washington, se percató de que los terroristas habían cumplido su objetivo cuando dos días después del atentado entregó su coche al valet parking frente al restaurante donde iba a cenar: “Revisaron la cajuela, el motor y el interior de mi choche. ¿Como americanos podemos tolerar esta situación? No lo creo”.

Un día después de los ataques, el Senado de Estados Unidos aprobó un mandato para ampliar las circunstancias bajo las cuales las procuradurías de justicia pueden intervenir a empresas que proveen servicios de internet para tomar información de todos los usuarios de correo electrónico. También hay planes para instalar un carnet nacional de identidad con fotografía y huellas digitales que pueda ser leído por scanners instalados en cualquier parte de las ciudades. Cualquiera podría ser detenido por la policía para demostrar que no puede seguir caminando tranquilamente por la calle, dice una activista de derechos civiles. “Los pobres y las personas de color serán los más afectados por esta medida”.

Después del atentado en Oklahoma se autorizó la creación de una nueva corte judicial que le permite al Servicio de Inmigración y Naturalización del Estado deportar a sospechosos de terrorismo sin informarle al acusado de las pruebas que hay en su contra. Según la revista Time se estaría considerando la posibilidad de establecer tribunales militares. Los sospechosos de terrorismo podrían ser juzgados sin las restricciones legales, propias de la justicia en ese país.

El diario El País reportó la existencia de iniciativas para restringir o condicionar las transacciones bancarias a partir de un proyecto de ley denominado “Conozca a su cliente”. En caso de aprobarse, este proyecto “obligaría a los bancos a confeccionar un perfil de cada uno de sus clientes (basándose en la nacionalidad, procedencia y regularidad de los ingresos, gastos y demás) y a controlar todas las transacciones”. Finalmente, hay temores fundados por parte de quienes promueven las libertades ciudadanas, de que los tribunales someterán sus criterios y sus sentencias a las consignas del poder ejecutivo y militar, como ha ocurrido siempre en momentos críticos para Estados Unidos.

En los meses que siguen, es muy posible que se aprueben leyes y se emitan decretos que disminuyan las restricciones de las dependencias dedicadas a la procuración de justicia, y a limitar ciertas libertades ciudadanas. Todo bajo el supuesto de que estas medidas permitirán corregir las fallas del sistema nacional de seguridad.

Los libertarios contraatacan

Varios periódicos, intelectuales y ONG’s de corte liberal y conservador advirtieron a la Casa Blanca de los peligros que significa disminuir las restricciones que limitan la penetración gubernamental en el ámbito de la vida privada de los ciudadanos. “No habrá un buen servicio a la nación si en Washington se descartan estas restricciones, cuidadosamente colocadas para proteger el carácter y los principios de la democracia americana”, concluye el New York Times.

Jeffrey Rosen, uno de los editores de The New Republic admite que “si la pérdida de alguna de nuestras libertades nos volviera más seguros, entonces estos argumentos exigirían una consideración muy seria”. Pero no cree en ese predicamento porque “la triste experiencia en Europa y en Estados Unidos sugiere que este no es el caso: al galvanizar los actos terroristas, se incrementa de manera avasalladora la vigilancia doméstica, modificando el carácter de la vida cívica, sin impedir futuros ataques terroristas”. Rosen aboga por enfocar las energías del país en acciones contra los culpables, en vez de transformar la vida de los inocentes: “el apoyo popular al incremento de la vigilancia doméstica hará que los inocentes paguen por los crímenes de los culpables”. Rosen concluye:

Nuestras libertades constitucionales enfrentan la prueba más seria en varias generaciones. No nos podemos defender de bombas suicidas rindiendo nuestras libertades. Hacerlo significaría asegurar la victoria del fanatismo.

David Cole, un abogado de la universidad de Georgetown afirma: “no hay evidencia alguna de que las restricciones que tienen el FBI, la CIA u otras instituciones federales ayudaron a los secuestradores a evadir su detección”. Wayne LaPierre, jefe ejecutivo de la influyente, poderosísima, y muy conservadora Asociación Nacional del Rifle dijo no creer “que se pueda hacer más fuerte al país haciendo a la gente menos libre”.

Hay algo, estructural tal vez, que no está funcionando en Estados Unidos. Ese algo tiene que ver con algunas ideas que sostienen su sistema de seguridad interior. Hay fugas en su sistema de principios y valores democráticos. Es fantasía pura pretender corregir los errores del sistema de seguridad, si no se atienden las ideas que inspiran su concepción de la misma.

Un sistema con fugas evitables

Satélites espías contra Comala

Otra explicación posible de las fallas del sistema de seguridad norteamericano es que tanto la Casa Blanca como el Congreso subestimaron la necesidad de contar con informantes confiables en el extranjero y privilegiaron su confianza en sistemas técnicos de acopio de información que son extremadamente caros, como los satélites espías. Un editorial del New York Times señala:

Estas tecnologías, que pueden interceptar millones de llamadas telefónicas intercontinentales y que pueden mostrar las placas de un automóvil desde más de 200 millas en el espacio, han ayudado al país, sin duda. Pero no pueden informarle al Presidente qué le dijo Osama Bin Laden ayer a sus camaradas en una destartalada casa de barro instalada en las montañas de Afganistán.

El fracaso de la imaginación

Todo sistema de seguridad se construye sobre dos preguntas: ¿qué es lo que se quiere asegurar? y ¿cuáles son las amenazas, reales y potenciales, de lo que se quiere proteger?

Estados Unidos sabe, desde hace años, que una de sus principales amenazas es el terrorismo, cuyo propósito ha sido atacar con una alta carga simbólica y con gran cantidad de muertos. Los planes de seguridad estadunidenses fueron víctimas de la imaginación de sus planificadores que supusieron ataques terroristas en su contra de un modo simétrico a la defensa que ya tenían o planeaban tener. Prueba de ello es la ingenua defensa del sistema de seguridad estadunidense que hizo Douglas Faith, un alto funcionario del Pentágono. Según Faith es injusto criticar la defensa con misiles porque no fueron diseñados para prevenir los avionazos contra las Torres Gemelas.

De acuerdo con William Pfaff la comunidad de instituciones militares, civiles y políticas de seguridad, levantó complejos sistemas de defensa en base a supuestos escenarios de ataque que no corresponden a la realidad. Esto fue así porque quienes planearon la defensa, lo hicieron desde el estigma cultural estadunidense: el ethos ingenieril (engineering ethos) de esa sociedad, y las orejeras mentales del Pentágono, incapaz de mirar más allá, o acá, de la tecnología de punta.

Se concentraron en crear mecanismos de defensa para repeler ataques con armas de destrucción masiva. La discusión se centró casi exclusivamente en ataques con misiles, armas nucleares artesanales y en agentes químicos y biológicos. Nadie pensó que los utensilios de la vida cotidiana pueden ser también armas. En este caso, cuatro aviones comerciales. Mañana podrían ser los sistemas de tuberías o el cableado eléctrico que recorre las ciudades.

Contra toda defensa

La conclusión es estremecedora: los ataques seguirán ocurriendo, irremediablemente, mientras sigan volando aviones comerciales y existan trenes, metros, sistemas de drenaje, gasoductos, presas y demás instalaciones útiles, indispensables para la sociedad moderna. La amenaza del terrorismo seguirá mientras la gente asista a su trabajo y los negocios y los mercados continúen funcionando.

Estados Unidos necesita defenderse de una manera más elaborada; hay mucho que corregir. Pero si el Pentágono, la CIA, el FBI, el NSA y el resto del aparato de seguridad nacional fue incapaz de prevenir el ataque aquel martes negro, serán igualmente incapaces de prevenir que se repita bajo alguna otra versión.

Hay medidas de seguridad comunes y corrientes que se deben adoptar o mejorar, pero la naturaleza del ataque perpetrado desde las funciones más ordinarias de la sociedad, significa que no existe ningún sistema de defensa definitivo. La historia del terrorismo en el siglo XIX y XX así lo demuestra.

La seguridad y el mercado

Otro ejemplo de la dramática falla conceptual a la que nos referimos es el que ofreció Paul Krugman, del New York Times. Los aeropuertos de Estados Unidos, dijo Krugman. dependen de personal de seguridad que recibe alrededor de 6 dólares la hora, menos de lo que le pagarían trabajando en un expendio de comida chatarra. “Estos guardianes de nuestras vidas sólo reciben unas cuantas horas de capacitación, y más del 90 por ciento de los que revisan nuestros maletas permanecen en ese trabajo menos de seis meses. En Europa, el personal que revisa el equipaje de mano de los pasajeros, recibe alrededor de 15 dólares la hora, más beneficios, aparte de una larga y permanente capacitación”.

¿Raíz de la diferencia? La seguridad en los aeropuertos europeos es financiada por el gobierno o el propio aeropuerto. En Estados Unidos, la seguridad de los aeropuertos corre por cuenta de las líneas aéreas: no es de sorprender que gasten lo menos posible en estos asuntos. Concluye Krugman:

No culpemos a las líneas aéreas. La culpa es nuestra por depender de compañías privadas para que hagan un trabajo que corresponde al dominio público. Y es que hay algunas cosas, que no involucran a los soldados, en las que el gobierno debe gastar dinero. Nada garantiza que el gobierno sea mejor guardián de los aeropuertos que las líneas aéreas. Lo que sí resulta claro, en todo caso, es que una de las principales misiones de un gobierno es salvaguardar la vida de sus gobernados. Es el gobierno el que cuenta con la experiencia y los instrumentos para realizar esta labor.

El ejemplo de Krugman evidencia que la filosofía política que domina a Estados Unidos induce distorsiones muy graves en materia de seguridad. La desconfianza diríase constitucional de los estadunidenses frente al gobierno, los ha llevado a confiar excesivamente en la empresa privada: su concepto de libertad raya con lo extremo, al grado de que ésta es identificada casi exclusivamente con el libre mercado.

Cuando Colin Powel dice “todo está bajo revisión” entendemos que todo significa el aparato de seguridad nacional. Lo que falta es someter al escrutinio público aquellos valores que han hecho grande a esa nación, pero que no garantizan su grandeza a perpetuidad, porque fueron esos valores los que construyeron el sistema de seguridad que colapso el martes 11 de septiembre.

Hacia una seguridad para las personas

Todo lo anterior por lo que toca a la seguridad nacional estadunidense. Los ataques del 11 de septiembre fueron también una llamada de atención sobre la seguridad del mundo. Los cimientos que sacudieron los atentados no son de cemento ni de metal. Lo que realmente se estremeció fueron los supuestos, las prácticas y las políticas sobre las que descansa el sistema internacional de seguridad: fronteras inviolables, soberanía nacional, defensa del Estado-Nación, y conceptos como la libertad, la democracia, la civilización. El ex presidente español Felipe González trazó un par de coordenadas al respecto:

El orden internacional post muro de Berlín, en términos de seguridad (…) no está definido —mucho menos articulado— porque ni siquiera están identificadas las verdaderas amenazas. […] Imagino el 89 como el final del siglo XX. pero este salvaje atentado nos pone ante los desafíos del siglo XXI. En el periodo intermedio hay que reconocer que hemos sido poco conscientes de los cambios que se estaban produciendo y de sus implicaciones.

Tal vez llegó la hora de identificar la amenaza central contra la cual las naciones deberán levantar nuevos sistemas de seguridad. El “periodo intermedio” al que se refiere Felipe González dio a luz una misión que hasta ahora deambulaba por el mundo sin rumbo fijo: “defender la vida de los ciudadanos comunes y corrientes”. El ex canciller canadiense Lloyd Axworthy escribió:

La seguridad, que alguna vez fue medida por el tamaño del ejército de un país, se transforma ahora en la necesidad de proteger a las personas de los riesgos que significa vivir en una comunidad global, donde nadie es inmune. Las amenazas a esta seguridad provienen cada vez menos de las fuerzas armadas y cada vez más del crimen internacional, el tráfico de drogas, el extremismo político, los traficantes de armas, los caciques de la guerra, o los pequeños tiranos… Son peligros comunes ante los cuales ningún país ha construido sistemas de seguridad y defensa confiables. Estas personas utilizan herramientas modernas de organización, de recolección de información y saben cómo explotar la tecnología de información global. Están bien financiadas, a veces con más recursos que las fuerzas con las que se deben enfrentar. Son hábiles para el sabotaje y la infiltración. Y sus blancos son personas comunes y corrientes. Son el submundo, el lado oscuro de la globalización

Algunos de estos grupos, incluso dentro de Estados Unidos, como lo demostró el atentado en Oklahoma, se consideran en guerra con ese país. Son pocos, es cierto, y sus guaridas también. Pero, como apunta Martin Walcott. cuentan en su haber con una

mortal combinación de audacia suicida, reclutamiento de jóvenes alienados, medios modernos de destrucción y la desatención de gobiernos incapaces de controlar a terroristas o que fingen ignorarlos por razones políticas. A ello se agrega la cobertura ofrecida por las diásporas que circulan de manera anónima v sin dejar rastros en Estados Unidos y Europa.

La existencia de ese tipo de terrorismo no es una novedad. Ha estado en la agenda internacional desde hace varios años, pero la actitud prevaleciente en los países ha sido administrar las amenazas con medidas de seguridad interior, como el control de pasos fronterizos, o con respuestas militares convencionales, mediante “bombardeos quirúrgicos”. El multilateralismo efectivo no ha sido hasta hoy prioridad de nadie.

Ganancias en la pesadilla

En medio de la pesadilla es posible rescatar algunas consecuencias prometedoras. 1. No deja de ser un principio de solución futura el reconocimiento universal de que los sistemas de seguridad no funcionan, y que hay que reformarlos a fondo. 2. El impacto mediático produjo un rechazo masivo al terrorismo. 3. Puede atisbarse ya en el horizonte la creación de una coalición de naciones para combatir el terrorismo: una oportunidad para dar respuestas colectivas a problemas globales. La coalición tendrá la oportunidad real de construir un sistema planetario de inteligencia, coordinación policial, control de pasaportes, supervisión de viajes. Se podrían unir esfuerzos para interrumpir los circuitos financieros y de tráfico de armas de grupos terroristas y narcotraficantes, rastrearlos y perseguirlos a través de las fronteras nacionales, detenerlos y llevarlos a juicio ante cortes internacionales, y castigar con efectivas medidas multilaterales a los países que les dan cobijo.

La mejor defensa: la política

La conclusión inmediata que casi todos sacaron de estos atentados, es que provienen del conflicto palestino-israelí. Es razonable pensar que así es, aunque falten las evidencias. Por más de treinta años, Estados Unidos se ha negado a hacer un esfuerzo genuinamente imparcial para encontrar una solución al conflicto. Opina Martin Walcott:

La mejor defensa de Estados Unidos contra el terrorismo es la existencia de gobiernos y sociedades más o menos satisfechas con una política imparcial de este país en temas que les son importantes. Esto es especialmente cierto para el mundo musulmán, no sólo por la política estadunidense en el conflicto árabe- israelí, sino también porque muchos musulmanes perciben el peso de Estados Unidos y de Occidente como una afrenta contra sí mismos. La rabia es un capital que personas como Bin Laden saben explotar. ¿Podría acaso un arreglo entre palestinos e israelíes acabar con el terrorismo musulmán? Tal vez no, pero no cabe duda de que sería un gran paso en esa dirección.

Añade William Pfaff:

La lección final y más profunda de los eventos vividos en septiembre es la más difícil de aceptar para el gobierno —para este gobierno en particular—. Y es que la única defensa real contra los ataques externos es un esfuerzo serio, continuo y valiente, para encontrar soluciones políticas para los conflictos nacionales e ideológicos en los que está involucrado Estados Unidos.

Los riesgos inherentes

Dicho todo esto, hay algo que agregar sobre los riesgos inherentes a la seguridad en toda sociedad democrática, que garantiza las libertades de sus ciudadanos, y abre sus puertas a nacionalidades, culturas, religiones de todo el mundo. No es posible cerrarla, cancelar sus fundamentos para perseguir una seguridad total, de cualquier manera inalcanzable. Entre los escombros de las Torres Gemelas, hay que esforzarse por escuchar las palabras de Karl Popper sobre los riesgos de una sociedad abierta:

Si empezamos suprimiendo la razón y la verdad, terminaremos en la más brutal y violenta destrucción de todo lo humano. No hay vuelta a un armonioso estado de naturaleza. Si volvemos atrás, debemos recorrer todo el camino: debemos regresar a las bestias… Pero si queremos seguir siendo humanos, entonces sólo hay un camino, el camino de la sociedad abierta. Debemos ir hacia lo desconocido, lo incierto y lo inseguro, usando la razón a nuestro alcance para planear lo mejor que podamos la seguridad y la libertad.

Fuentes:

Lloyd Axworthy: “Make sense, not war”. The Globe an Mail, 17 de septiembre, 2001.

Felipe González: “Globalización del terror”. El País, 15 de septiembre, 2001.

William Pfaff: “Attacks show that political courage is the only real defense”. Herald Tribune, 12 de septiembre, 2001.

Martin Woollacott: “The best defence is justice”. Guardian Unlimited Special Report, 12 de septiembre, 2001.

John Diamond and Neftali Bendavis: “U. S. intelligence unprepared for attack scenario”. Chicago Tribune, 12 de septiembre, 2001.

Peter Slevin: “For the FBI, a chance for redemption”. The Washington Post, 17 de septiembre, 2001.

David Held: “Violencia y justicia en una era mundial”. El País, 19 de septiembre, 2001.

Erik González: “Grupos estadunidenses alzan la voz contra el poder excesivo que tendrán las guerras de espionaje”. El País, 19 de septiembre, 2001.

Jeffrey Rosen: “Terrorism and freedom, then and now. Law and order”. The New Republic, 13 de septiembre, 2001.

Paul Krugman: “Paying the price”. The New York Times, 16 de septiembre, 2001.

J. F. O. McAllister: “Why the spooks screwed up”. Time.

Walter Pincus and Dan Eggen: “New powers for surveillance”. The Washington Post, 17 de septiembre, 2001.

Richard Lacayo: “Terrorizing ourselves”. Time, 16 de septiembre, 2001.

“Intelligence and terrorism”. The New York Times, 17 de septiembre, 2001.

“Global insecurity”. The Economist, 12 de septiembre, 2001.

“Intelligence and Terrorism”. The New York Times, 17 de septiembre, 2001. n

Los capítulos “El luto y la ira”, “La cuenta del imperio”, “Terror y civilización”, “Fantasía y fuga de la seguridad”, “Posdata: Es la guerra” son el resultado de la investigación y el trabajo de consulta de Luis Miguel Aguilar. Héctor Aguilar Camín, Rafael Pérez Gay, Andrés Hofmann, Roberto Pliego.