Una soga en la celda

El día de agosto de 1966 en que Sayyid Qotb apareció ahorcado en la celda de una de las cárceles del Egipto de Nasser, el mundo musulmán cambió para siempre. La soga en el cuello de Quotb era un extremo de la misma cuerda con que el Islam apretaría el equilibrio político del planeta. Quien decidió la muerte de Quotb en la sombra de la prisión, había desatado una tempestad de consecuencias incalculables. Los agentes nasserianos no sólo habían asesinado al representante mayor del Islam moderno; el crimen, apenas registrado por la prensa internacional, había liberado las fuerzas políticas incontrolables de los diversos nacionalismos islámicos. Desde entonces, la compleja red política y religiosa del islamismo atraparía en su tejido a los últimos treinta convulsos años del siglo XX. Una celda, una soga y un hombre sabio, como en un cuento de las Mil y una noches, liberaron los poderes islámicos de la nueva utopía movilizadora de los años setenta del siglo XX. Desde entonces, el mundo occidental viviría como una amenaza el fuego milenario de tres palabras sagradas: Alá, Mahoma y El Corán.

La teoría del estado isalámico de Qotb se unía esencialmente con la del paquistaní Mawdudi (1903-1979) y con la del iraní Jomeini (1902-1989). Los dos primeros de gran influencia en el mundo sunita y el segundo fundamental entre el Islam chiíta. Los tres perseguían la creación de un Estado islámico. Los tres, también, atrajeron a la juventud escolarizada y a amplios sectores populares, pero sólo Jomeini supo imantar a los intelectuales radicales y a la elite religiosa. Sólo en Irán ocurrió la revolución islámica.

Si es verdad que la historia no avanza en línea recta, sino muchas veces en raras elipsis o rayos tangenciales, la mañana del martes 11 de septiembre, esta trama política cumplió trágica y criminalmente una parte de su pasado en los atentados de Nueva York y Washington. En una entrevista concedida al periódico francés Le Figaro, André Glucksmann expresó:

Hay que pensar el horror del 11 de septiembre en la larga duración secular de la guerra moderna. El ataque contra civiles es una fuerte tendencia —80% de los muertos de la Gran Guerra fueron soldados, 50% en la Segunda Guerra Mundial, y desde 1945, el 90% de las víctimas de los conflictos bélicos son civiles, es decir, niños, mujeres y hombres desarmados—. Paralelamente, la demolición de objetivos simbólicos, excepcional en el pasado (la catedral de Reims en 1914) se ha vuelto una regla (el ejército de Milocevic desde 1991 tenía como objetivo las tres cruces: hospitales iglesias y cementerios). Pensemos en la biblioteca de Sarajevo incendiada a cañonazos y en los Budas dinamitados. Toda la suciedad del siglo XX cae sobre Manhattan para inaugurar el siglo XXI.

La sorpresa islámica

El vasto y profundo estudio de Gilles Kepel, La Yijad, ha resumido así veinticinco años de ascenso y declive islámicos:

La era islamista se inició después de la guerra árabe-israelí de 1973, con la victoria de Arabia Saudí y de los demás estados exportadores de petróleo, cuyo precio dio un salto de proporciones inusitadas. La primera fase, de oscilación, se selló con la revolución islámica de 1979. De la misma manera que el Irán de Jomeini iba a encarnar el polo radical, galvanizando a las masas y movilizando a los desheredados contra un orden injusto, la dinastía saudí, guardiana de los Santos Lugares de la Meca y Medina, puso su fabulosa riqueza al servicio de una concepción conservadora de las relaciones sociales. Exaltó el rigor moral y financió en su nombre la difusión mundial de todos los grupos o partidos que iban a adherirse a ella. De entrada, pues, el movimiento islamista es doble, y en ese punto reside la dificultad de su interpretación. En él encontramos a la juventud urbana pobre, seguida de la explosión demográfica del Tercer Mundo, del éxodo rural masivo y que, por primera vez en su historia, tiene acceso a la alfabetización. También forman parte de este grupo la burguesía y las clases medias piadosas. En ellas había médicos, ingenieros, y hombres de negocios que fueron a trabajar a los países petroleros conservadores. Rápidamente enriquecidos, se les mantuvo apartados de la esfera pública. Todos estos grupos sociales, separados de sus ambiciones y con una visión del mundo diferente, en el espacio de una generación encontraron en el lenguaje político islamista la expresión común de sus frustraciones diversas y la proyección trascendente de distintas expectativas. El discurso estuvo en boca de jóvenes intelectuales, recién salidos en su mayoría de facultades científicas y técnicas, inspirados por los ideólogos de los años sesenta.

En el año de 1971. durante una fastuosa celebración occidental en un paraje del Medio Oriente, Persépolis, a la que asistió el jetset del mundo entero, se decidió el futuro inmediato del Islam. El sha de Irán, Mohamed Reza Palevi celebraba, ante la aristocracia internacional, los dos mil quinientos años de la monarquía iraní. Nadie imaginaba que en ese momento culminate de la historia de Irán, un anciano con turbante, exiliado en la ciudad santa chiíta de Nadjaf, había decidido iniciar una revolución. Ocho años más tarde, Jomeini tomaría el poder a sangre y fuego. Sus aliados estratégicos habían sido los clérigos que el sha de Irán había segregado de su gobierno. En el año de 1979, el ayatola había cambiado radicalmente el rostro del islamismo. En los años ochenta, el mundo, asombrado, asistía a una nueva revolución.

Desde entonces la escena del Medio Oriente se caracterizó por la lucha encarnizada entre la monarquía saudi y el nuevo, utópico, agresivo Irán de Jomeini. La historia de estos años islámicos podría concentrarse en una de las leyes de la política: en los aliados del presente hay que buscar a los adversarios del futuro. En 1980, Sadam Hussein, impulsado por las monarquías del Golfo y la conveniencia de Occidente, inició una guerra en contra de Jomeini. Jefe de un partido laico, Hussein despojó a Jomeini de la utopía. La religión fue un arma política letal en la escalada guerrera que se desarrollaba desde Bagdad. A través del Hezbolá (Partido de Dios) libanés, Teherán recurrió al terrorismo, al secuestro de rehenes occidentales. Pero el principal terreno de este conflicto, explica Kepel, fue Afganistán.

Una antigua deuda

Las Torres Gemelas del World Trade Center se derrumbaban entre el humo y las llamas a las diez y cinco de la mañana del 11 de septiembre del año 2001, veinte minutos después del primero de los dos impactos de dos aviones de pasajeros de American y United Airlines sobre el World Trade Center de Manhattan, en Nueva York. Uno envolvió en llamas los últimos treinta pisos de la torre, el otro destruyó la pane alta del edificio, desde el piso sesenta hasta el ciento cuatro. Los impactos de los aviones rompieron la estructura de la fachada y, probablemente, parte del núcleo.

El fuego y las altas temperaturas vencieron la resistencia de la estructura que permanecía aún en pie. La parte dañada del edificio no soportó el peso de los pisos superiores y la enorme construcción se derrumbó como el fuelle de un acordeón del horror. La vida en el mundo se hundió en la conmoción y la ira. Estados Unidos había sufrido el peor ataque de la historia. En Washington, el Pentágono ardía bajo el fuego ocasionado por un tercer avión de la línea American Airlines proyectado sobre el centro neurálgico del sistema de defensa de los Estados Unidos, a bordo del avión viajaban 64 pasajeros y 7 tripulantes.

Al día siguiente de la tragedia, entre el asombro y el estupor, el departamento de Estado norteamericano, el FBI y la CIA señalaron a Osama Bin Laden como el sospechoso número uno de los atentados terroristas. Agentes norteamericanos dispuestos en Medio Oriente aseguraron que días atrás había circulado un videocaset en diversos países. En la cinta aparece Bin Laden comunicándole a sus seguidores este mensaje: “A todos los Mujah: sus hermanos en Palestina esperan por ustedes. Es hora de penetrar en Estados Unidos e Israel y pegarles donde más les duele”.

Cinco días después del ataque, la revista Time informó que en la misma cinta, Bin Laden terminaba con esta plegaria: “Las piezas de los cuerpos infieles volaron como partículas en el polvo. Si las han visto con sus propios ojos, su corazón se habrá llenado de alegría”. El video mostraba a cientos de seguidores de Bin Laden enmascarados, ondeando banderas y entonando canciones árabes.

El servicio de inteligencia norteamericano sabía de lo que hablaba. El millonario saudi Bin Laden se había refugiado en Afganistán desde 1996, perseguido y acusado de diversos actos terroristas como el de las Torres Gemelas de 1993. Osama había vuelto al corazón negro que lo vio surgir como líder de la yijad. El objetivo de la Guerra Santa afgana, financiada por los poderosos países petroleros y la CIA, era derrotar a la Unión Soviética que había invadido Kabul en diciembre de 1979 y, al mismo tiempo, alejar a los militantes radicales de todo el mundo de la lucha contra el Gran Satán norteamericano a la que incitaba Jomeini.

La primera guerra del tercer milenio ha puesto frente a frente dos viejos conocidos y antiguos socios pero, sobre todo, a dos extremos civilizatorios: los altiplanos desérticos de Asia, la extrema pobreza afgana donde el agua corriente y la electricidad suelen ser un milagro, y el esplendor de Manhattan, la prosperidad norteamericana, la modernidad de las Torres Gemelas como emblema del poder financiero.

Explica Kepel: “Los responsables norteamericanos y los regímenes aliados creyeron que podrían hacer de los partidarios de la yijad un simple instrumento de su política y desembarazarse de ellos después de usarlos, subestimando el proceso que ya estaba en marcha en los camos de Peshawar durante los diez años que duró la guerra contra la URSS. Este ambiente aislado, alimentado por una violencia extrema, arrastrado al terrorismo antirruso bajo supervisión norteamericana, se había persuadido tranquilamente de que la derrota de la superpotencia soviética se debía a la yijad, y que podría reproducir esa experiencia en el futuro contra todos los demás regímenes impíos’ del planeta”.

Al final de los tiempos

Cientos de miles de afganos avanzan hacia la nada. Abandonan sus pueblos y casas ante la amenaza de la guerra. Antes de los atentados contra Nueva York y Washington, un millón de afganos desplazados deambulaba sin rumbo por su propio país. Son los más afortunados, la mayoría no tiene ni la fuerza ni los recursos para abandonar Afganistán. La idea de una frontera significa para ellos una lejana posibilidad de salvación. Los gobiernos de Irán y Pakistán se han declarado incapaces de recibir esa avalancha de la desesperación.

En su editorial del 18 de septiembre, el diario alemán Frankfurter Allgemeine llamó la atención sobre una figura central en esta historia, Mohamed Omar:

Resulta sorprendente lo poco que sabemos del hombre que al frente de sus talibanes, controla más del 90 por ciento del territorio de Afganistán: Mohamed Omar, el “Comandante Supremo de los Creyentes”, como lo llaman sus seguidores, es un hombre tuerto cuya aura divina nadie pone en duda. En abril de 1996, Omar descubrió en la Ciudad de Kandahar, una túnica que tenía siglos abandonada en un viejo armario: sus seguidores afirman que se trata de la túnica del profeta Mahoma. El vertiginoso ascenso de Omar sólo puede explicarse desde la perspectiva de la guerra civil que durante decenios ha devastado a su país. Omar nació en 1958, en el seno de una familia pobre, cerca de Singesar, un pueblo del sur de Afganistán. Se formó en las madrasas, las escuelas que enseñan las ciencias religiosas y jurídicas del Islam. Después de la invasión soviética en su país, Mohamed Omar luchó en las filas de los mujaidines, los combatientes de la yijad. la guerra santa. Resultó varias veces herido de los combates contra las tropas soviéticas, perdió un ojo en una explosión. Cuando los mujaidines, divididos por sus conflictos políticos, secuestraban y violaban mujeres, Omar y sus seguidores intervinieron poniendo orden y castigo contra el caos y la violencia. En poco tiempo, Omar se coinvirtió en un héroe. Desde entonces su grupo se autonombró los Talibán, plural en persa de taleb. que designa a los estudiantes de una escuela religiosa, en particular jóvenes afganos procedentes de las madrasas deobandis. las escuelas de ulemas del subcontinente hindú. Osama Bin Laden comparte con ellos el fervor islámico. Se dice que Bin Laden casó con una hija de Mohamed Omar.

Como si hubiera sido tocado por una maldición de El Corán, los últimos veinticinco años de Afganistán cuentan la historia de la destrucción. La población afgana, la tercera más pobre del planeta, ha sufrido los bombardeos, la muerte y el hambre durante la guerra invasora de la Unión Soviética; más tarde, los afganos han sido víctimas de los excesos de sus propios guerrilleros mujaidines y del fanatismo devastador Talibán que los gobierna. Ahora huyen de una coalición internacional que persigue a un monstruo sublevado en su territorio. Afganistán ha sido un laboratorio en el que se ha ensayado con éxito la destrucción de todo un país, la guerra como forma de vida. Glucskmann recordó esto en Le Figaro:

Aquel que vive días apacibles, si no felices, vive el pensamiento de la no-guerra. Cada quien se construye un loft mental prohibiéndose pensar en las amenazas verdaderas: la desdicha es ajena, la enfermedad es para otros. Tanto el europeo como el estadunidense parecen salir de la escena chejoviana de El Jardín de los cerezos: se habla, se ama, se detesta entre nosotros, se lleva una vida “refinada”, mientras afuera las hachas asestan sus pesados golpes. Desde hace una década critiqué las teorías de la guerra sin muertos y del fin de la historia, que también hicieron estragos en la comunidad europea. Al salir de la Guerra Fría reivindiqué un décimoprimer mandamiento: no cerrar jamás los ojos ante la inhumanidad violenta del siglo. Ella golpea ubicua, tanto en Nueva York como en Kigali.

La órbita de Bin Laden

La vida de Bin Laden ha cumplido una elipsis constante en el Medio Oriente: universitario destacado, empresario exitoso, fiel a los poderes proféticos de Mahoma, seguidor ortodoxo de los cinco pilares del Islam, protector de los santos lugares, convencido de los poderes de la Guerra Santa y enemigo a muerte del Gran Satán norteamericano. La órbita de esa elipsis se desvió en el año de 1980.

En plena guerra contra el Ejército Rojo, Bin Laden viajó a Peshawar. En ese año se entrevistó con los líderes islamistas y su vida cambió para siempre. Hasta 1982 recogió fondos para la yijad afgana y se convirtió en un militante activo en Arabia Saudita. Bin Laden acompañó a su antiguo profesor Abdalah Azzam en la creación de la Oficina de Servicios con quien se dedicó a atraer y organizar a los miles de voluntarios que llegaron a Afganistán. Envuelto en su leyenda de millonario y combatiente feroz, hombre generoso y sencillo, Osama Bin Laden estableció sus propios campos en el año de 1986. Dos años después creó una base de datos de los yijadistas y otros voluntarios que pasaban por sus campos de entrenamiento. Este es el origen de la estructura de su ejército. una red informativa conocida como Al Qaida (la Base de datos).

Diez años más tarde, el Departamento de Estado norteamericano consideraría esa lista computarizada como una red secreta de terroristas. Efectivamente lo era. Una años después. en 1994, Arabia Saudita le retiró el pasaporte. Durante la Guerra del Golfo, Bin Laden rompió con el sistema saudi y se instaló en Sudán, que recibió a miles de yijadistas de Afganistán. Entre tanto, el empresario Bin Laden favoreció a miles de yijadistas para que salieran de Pakistán, les pagó los boletos para viajar, las estancias en distintos países y los empleó en sus empresas.

La próxima estación fue Yemen y el primer frente contra Estados Unidos, Somalia. Después de la guerra civil que dividió a este país, una coalición internacional, Restore Hope, capitaneada por Estados Unidos, irrumpió en Somalia. Antiguos yijadistas afganos participaron en los combates. En octubre de 1993 murieron 18 soldados norteamericanos y el departamento de estado le imputó los muertos a la organización de Bin Laden. En el verano de 1996. Osama Ben Laden regresó a Afganistán y en junio de ese año se le acusó del atentado al campo militar estadunidense de Al Khobar, en Arabia Saudita, en el que murieron 19 efectivos de la armada norteamericana. Bin Laden no lo reivindicó, pero tres meses después difundió un mensaje de la yijad: “Expulsen a los politeístas de la península arábiga”. En las páginas de ese manifiesto desaparecía el financiero inteligente y el luchador implacable para mostrar al Bin Laden ideólogo. A partir de ese momento, su misión era “reconquistar, como el Profeta refugiado en Medina en el año cero de la Hégira antes de regresar a La Meca, y liberar la Tierra del Islam de la ocupación”. El refugio afgano aisló su movimiento. La última puerta hacia liberación era entonces la internacionalización de la yijad.

En febrero de 1998 Bin Laden creó el Frente Islámico Internacional contra los Judíos y los Cruzados. La yijad se transformaba al emitir una fatwa ordenando que “todo musulmán que esté en condiciones de hacerlo tiene el deber personal de matar a los americanos y sus aliados, civiles o militares, en cualquier país donde sea posible”. En agosto de aquel año, dos explosiones simultáneas devastaron las embajadas de Estados Unidos en Nairobi, Kenia, y en Dar es-Salaam, Tanzania. La primera causó 213 muertos y más de 4,500 heridos: la segunda, once muertos y 85 heridos. Separada de su base social, aislada y perseguida, la corriente islamista ultra se movía hacia el terrorismo apoyado en justificaciones religiosas. La nueva guerra había comenzado.

La sombra de Dios

Rara celebridad del nuevo milenio, Bin Laden logró uno de sus proyectos: la fama mundial. Pocos hombres en la historia de la humanidad podrían sentirse orgullosos de haber burlado la seguridad de los más sofisticados sistemas de la inteligencia militar norteamericana, que gasta al respecto 30 mil millones de dólares al año. El nombre de Osama Bin Laden se volvió noticia en el mundo cuando la revista Time le dio su portada, lo llamó “padre del terrorismo internacional” y el gobierno norteamericano ofreció cinco millones de dólares por su cabeza. Por lo demás, un insulto para un hombre de trescientos millones dólares y un ejército de miles de filipinos, sirios, jordanos y afganos dispuestos a dar la vida por su guía. Nadie ha podido cobrar la recompensa. En dos ocasiones Bin Laden se enfrentó a agentes internacionales. En la refriega murieron ocho agentes y dos hombres de su escolta mientras el guerrillero millonario se evadía en la penumbra.

Robert Fisk, reportero de la fuente árabe del diario inglés The Independent, lo entrevistó en varias ocasiones, la última de ellas en el año de 1997, una noche glacial afgana, en la oscuridad de un campo guerrillero. Fisk recuerda lo que le dijo el guerrillero aquella noche en las montañas afganas:

Creemos que Dios se sirvió de nuestra Guerra Santa en Afganistán para destruir a la armada rusa de la Unión Soviética. Lo hicimos desde las cimas de la montaña en la que está usted sentado. Ahora le pedimos a Dios que se sirva de nosotros una vez más para hacer lo mismo con América, para convertirla en la sombra de sí misma. Creemos que el combate con América es mucho más simple que la guerra contra la Unión Soviética. Algunos de nuestros mujaidines que combatieron aquí en Afganistán participaron en la operaciones de Somalia. Aquellos combates nos convencieron de que América es un tigre de papel.

A Fisk no le impresionó la trillada figura del tigre de papel, sino la idea fija, obsesiva, de convertir a los Estados Unidos en una sombra, la sombra de su presente en el mundo. En el recuento de sus entrevistas con Osama, Robert Fisk recupera la estampa de un hombre tocado por Alá: “Durante un ataque contra una base ofensiva rusa cercana a Ismabalad, una bala de mortero cayó a mis pies. Durante unos segundos sentí una gran calma, una serenidad que sólo pude atribuirle a Dios”. Por desgracia para Estados Unidos, el obús no explotó. “En la zona montañosa donde pasé la noche”, cuenta Fisk, “a mis espaldas se elevaba un grueso refugio antiaéreo de ocho metros de alto por ocho de largo. Se extendía treinta metros al fondo y se perdía en la oscuridad. El material de construcción provenía de las empresas de Bin Laden. A la mañana siguiente los hombres de Osama partían a numerosos campos de entrenamiento construidos originalmente por la CIA. Se trataba de campos creados por los Estados Unidos”.

La civilización atacada

En su edición del 12 de septiembre, el periódico El País publicó un editorial profundo y mesurado. El País recogía en esas líneas un asunto que se difundía rápidamente en el mundo entero, una condena que impregnaba el aire enrarecido por los atentados: el choque de civilizaciones:

Se trata del mayor ataque nunca padecido por Estados Unidos en territorio propio, pero por encima de todo es una agresión integral contra su sistema político, contra la democracia y la libertad de mercado. En definitiva, contra todos los que compartimos unos mismos principios democráticos que tanto costó conseguir en nuestro país (…) Incluso si el ataque viniese del mundo islamista, no cabe demonizarlo como un todo por el acto violento de unos pocos. Es preciso desterrar la idea de que estamos ante una prueba brutal del choque de civilizaciones que pronosticaba Huntington, cuando la sociedad estadunidense, pese a todos sus problemas esencialmente pluralista y multicultural. Alejar esa tentación es parte de la complejidad de una sociedad avanzada y plural, una característica con la que no hay que limitarse a convivir, sino de la que cabe sacar fuerza”.

El 13 de septiembre, el periódico alemán Suddeutsche reflexionaba así sobre el futuro inmediato:

Nunca antes habíamos vivido una guerra minimalista: un mínimo de armas, un máximo de logística: un mínimo de hardware, un máximo de software. Y nunca antes el Dios de la guerra se había hecho tan pequeño como para meterse en los resquicios de la vida civil y desplegar una destrucción tan grande.

En el fondo, el diario alemán nos recordaba que las civilizaciones, los Estados, los gobiernos, las sociedades y la guerra misma, están integradas por personas. Algo de este sentido común quiso recuperar el escritor inglés Ian McEwan en su crónica de los atentados publicada al día siguiente por el diario The Guardian:

Un esposo duerme en San Francisco mientras su mujer le llama desde el World Trade Center. La torre estaba en llamas, no había escapatoria y ella le llamó desde su teléfono celular. Dejó su último mensaje para él en la máquina contestadora. Un canal de televisión transmitió el mensaje para nosotros. Escuchamos a la esposa decirle entre sollozos que no había salida. El edificio estaba envuelto en fuego y en humo, no había forma de alcanzar las escaleras. Hablaba para despedirse. Sólo había algo más que decir, esas dos palabras que ni todo el arte terrible, ni las peores canciones y películas, ni las más seductoras mentiras pueden abaratar: te amo.

Fuentes:

André Glucksmann: “Golpear fuerte. Dar en el blanco corrrecto”. Le Figaro, 14 de septiembre, 2001.

Gilles Kepel: La yijad. Expansión y declive del islamismo. Península, Atalaya, 2001.

“El peor ataque de la historia”. El País, 12 de septiembre, 2001.

“La inteligencia norteamericana apunta a las redes de Bin Laden”. The Washington Post, 12 de septiembre, 2001.

“El hombre más buscado del mundo”. Time, 16 de septiembre, 2001.

“Señales de humo”. The New Republic, 17 de septiembre, 2001.

“Osama Bin Laden”. Le Monde, 18 de septiembre 2001.

Gilles Kepel. “La trampa de la yihad afgana”. El País, 18 de septiembre, 2001.

“Cientos de miles de afganos huyen de Kabul”. El País, 19 de septiembre, 2001.

“Líder Religioso”. Frankfurter Allgemeine, 18 de septiembre, 2001.

“Ataque a nuestra civilización”. El País, 12 de septiembre, 2001.

“Editorial”. Suddeutsche Zeitung, 13 de septiembre, 2001.

Ian McEwan: “Amor fue lo único que antepusieron a la muerte”, The Guardian, 15 de septiembre, 2001. n

Los capítulos “El luto y la ira”, “La cuenta del imperio”, “Terror y civilización”, “Fantasía y fuga de la seguridad”, “Posdata: Es la guerra” son el resultado de la investigación y el trabajo de consulta de Luis Miguel Aguilar. Héctor Aguilar Camín, Rafael Pérez Gay, Andrés Hofmann, Roberto Pliego.