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I. El fantasma del choque de las civilizaciones

La guerra, la guerra, la guerra…, a fuerza de hablar de ella, uno termina por hacerla. Con el temor de que el lirismo de las promesas conduzca a una conducta irresponsable, numerosas personalidades estadunidenses y europeas acaban de adoptar una posición clara: rechazan considerar los atentados del 11 de septiembre contra Estados Unidos como el adelanto de una primera guerra del tercer milenio que enfrentaría al Islam con Occidente. Los gobiernos de la mayor parte de los países árabes y musulmanes y las principales autoridades religiosas del Islam, por su parte, han confirmado el rechazo —el l mismo de Henry Kissinger y Colin Powell en Estados Unidos, de Hubert Védrine y Alain Richard en Francia— a referirse a un eventual “choque de civilizaciones”.

Este rechazo no es inocente. Tampoco lo es esta frase que se repite tanto por estos días. El fantasma de ese choque de civilizaciones asedia el comienzo del siglo XXI. La frase proviene del título del libro de un universitario estadunidense, Samuel P. Huntington. El autor se reclamó heredero de grandes antropólogos como Oswald Spengler y Arnold J. Toynbee, de los cuales no tiene ni por asomo la misma autoridad. No obstante, sus tesis alimentan regularmente las reflexiones de los geopolíticos y las especulaciones de algunos estrategas en Washington. Recordemos: Huntington sostiene que luego de las convulsiones nacionalistas provocadas por el fin de los imperios, convulsiones que corresponden a la tradición de los conflictos de soberanía y vecindad del siglo XIX, de aquí en adelante seremos testigos de un gigantesco enfrentamiento entre las seis grandes civilizaciones que se reparten el planeta. Occidente se convertiría así en el blanco común y privilegiado, como consecuencia de su comportamiento hegemónico, del refinamiento materialista de su desarrollo y de su tentación, colonialista en el pasado y en la actualidad humanitaria, de intervenir en los asuntos de otras culturas y corromperlas. ¿Resurrección de la lucha de clases a escala internacional? ¿Revuelta de un Tercer Mundo pobre contra un Occidente rico? De ninguna manera. El choque de las civilizaciones sucedería sólo en razón de la incompatibilidad de sus respectivos valores. Si se le objeta, como yo lo hice, que el gran desafío del siglo XXI, por el hecho mismo de la globalización, es conciliar la universalidad de los valores con la diversidad de las culturas, Huntington replica: “No hay valores universales”. Según él, las naciones o sociedades del globo no tienen la misma concepción del nacimiento, de la educación, del amor, del sufrimiento, del matrimonio y de la muerte. Las razones para vivir no son las mismas. Conclusión: hay que abstenerse de pretender imponer a los otros nuestros valores, los de la democracia, los derechos del hombre o la liberación de la mujer. Ahora lo urgente es construir una solidaridad occidental capaz de disuadir agresiones inevitables. De tal forma, el gesto de los pilotos que lanzaron sus aviones contra las torres del World Trade Center y contra el Pentágono, provocando más de cinco mil civiles muertos e hiriendo el orgullo norteamericano, formaría parte de una estrategia antioccidental. Los inspiradores del terrorismo islamista no pueden estar sorprendidos por una tesis que los expresa con tanta comprensión. Después de todo, la gran mayoría de los musulmanes ha condenado, sin lugar a duda, los atentados contra los civiles, pero los soldados de las guerras santas combaten siempre en nombre de una incompatibilidad de las civilizaciones.

II. Por qué estas tesis tan seductoras son peligrosas

Sin duda puede decirse que el ascenso de los extremismos religiosos es la característica más destacada de estos últimos veinte años. El fracaso de las grandes ideologías laicas que prometían el progreso material y la liberación moral procuró al extremismo lo que se puede llamar una audiencia de contragolpe: una alternativa espiritualista a los materialismos del capitalismo y del marxismo ateo. Dicho esto, hay que añadir contra Huntington las tres objeciones esenciales siguientes:

1) Jamás los conflictos entre fieles de una misma religión —luego entonces de una misma civilización— han sido tan numerosos y mortíferos. La guerra entre Irak e Irán (1980- 1988), que enfrentó a musulmanes entre sí, provocó entre 500.000 y 750.000 muertos, de acuerdo con el Instituto Estratégico de Londres. Ha sido, por lo tanto, uno de los más grandes conflictos de la segunda mitad del siglo XX, entre la guerra de Corea y la de Ruanda. Ahora bien, en cada bando los imanes bendecían a los adolescentes que se despachaban con destino a esa carnicería.

2) Por lo que atañe al Islam, hay que distinguir entre el fundamentalismo que invita, como lo han hecho todos los profetas y los fundadores de órdenes, al despertar religioso por un retorno ascético a las fuentes originales, y el integrismo, que instrumentaliza este despertar y se apoya sobre interpretaciones intolerantes de los textos sagrados para imponer con violencia una concepción rigorista de la vida cotidiana y los derechos de la mujer.

3) Se puede decir en consecuencia que las primeras víctimas, las más numerosas, del terrorismo islamista son los propios musulmanes: cien mil muertos en Argelia, diez veces más de lo que el terrorismo integrista le ha causado a Occidente. Desde comienzos de septiembre ha habido doscientos muertos en Argelia, muchos más de los que ha habido en Israel-Palestina desde el arranque de la Intifada. También hay que decir que todo intento de meter automáticamente en un mismo saco a terroristas, fundamentalistas y la multitud de musulmanes, no sólo es una generalización neorracista sino también un absurdo sociológico. Sí hay algunos valores universales que permiten a los hombres del planeta vivir juntos. Las diferencias de concepción, por ejemplo, sobre la rapidez de la emancipación femenina, recorren las sociedades musulmanas mucho más de lo que las oponen de manera colectiva a Occidente. De todas formas es cierto que los militantes de la universalidad del Islam deben lograr en cada oportunidad estar por arriba de los terroristas de la singularidad islamista. En esto consiste, por lo demás, la apuesta de una tragedia que los argelinos ya conocían antes que los estadunidenses.

III. ¿Cómo apoyar el antiintegrismo de las sociedades musulmanas?

De lo anterior resulta que si Huntington se perdió completamente en el análisis, sin embargo puede tener razón en sus consecuencias. Nosotros debemos ayudar a los musulmanes, a cualquier precio, a combatir a sus terroristas integristas. Pero hay que saber a quién se ayuda. Aún se recuerda que Estados Unidos se apoyó en los elementos más corruptos de Arabia Saudita, Pakistán, Afganistán y de ciertas sociedades musulmanas de África —omo en Kenya y en Angola durante la Guerra Fría— con el pretexto de que toda alianza que pudiera hacer fracasar al expansionismo soviético era buena. Nadie, ni siquiera en Washington, puede negarlo. Algunos justifican esa conducta recordando la prioridad de la amenaza soviética sobre cualquier otra consideración, prioridad de aquellos mismos que en la actualidad critican a Estados Unidos.

Sea lo que sea. se trata de uno de los errores más perniciosos de la democracia. Error cometido por los imperios coloniales que han desacreditado los valores de Occidente al tomar como aliados a gobiernos o movimientos que deshonraban su propia civilización. Estados Unidos y el resto de Occidente, cualesquiera que sean sus intereses petroleros o de otro tipo, están obligados, de aquí en adelante, a revisar amplia y severamente sus alianzas. Es necesario, sobre todo, que se abstengan de considerar que son la encarnación del Bien en lucha contra enemigos que representarían, sin más el Mal.

IV. ¿Cuál es el vínculo con Israel y el Medio Oriente?

La violencia del enjuiciamiento que los distintos integrismos emplazan contra lo que ellos llaman Occidente apareció mucho antes del nacimiento del Estado hebreo. Existen todas las posibilidades para que sobreviva a la constitución de un Estado palestino viable y soberano. Tanto más que el Islam se encuentra en plena expansión en el Medio Oriente árabe, cada vez más abandonado por cristianos en constante emigración. Esto no quiere decir que una paz en Medio Oriente no haría desaparecer, o en todo caso disminuiría, la indignación permanente que provoca entre los árabes y los musulmanes el apoyo que consideran incondicional de Estados Unidos para con el Estado hebreo.

Lo que hay que llamar la ocupación israelita se remonta al año de 1967, cuando Israel se rehusó a obedecer las resoluciones de la ONU al ocupar o anexarse ciertos territorios conquistados. Nació entonces una resistencia entre las filas de los palestinos que por primera vez veían una posibilidad de tomar en las manos los destinos de su país, luego de haber sido ocupados por los turcos, los británicos y los jordanos. La resistencia palestina tuvo durante cierto tiempo una dimensión internacionalista y occidental-izquierdista. Desde Líbano, sometidos tanto a sus leyes como a las de los sirios, varios líderes palestinos de origen cristiano y de obediencia marxista quisieron instaurar un guevarismo árabe y provocar, según la expresión del Che, “diez o veinte Vietnam” en el mundo árabe-musulmán. Por aquel entonces, la ideología palestina no era en absoluto antioccidental. La resistencia se transformó después de la caída del muro de Berlín, el retorno del despertar religioso y los acuerdos de Oslo. Todos los ultrarreligiosos se coaligaron contra esos acuerdos y no se puede olvidar que el asesino de Ytzhak Rabin fue un judío ultraortodoxo.

V. Colin Powell contra los suyos

Por otra parte, el secretario de Estado estadunidense ha recalcado que la lucha contra el terrorismo sólo hacía más urgente un encuentro entre Shimon Peres y Yasir Arafat, así como negociaciones políticas que permitieran el fin de un enfrentamiento que le hace el juego a todos los terroristas antioccidentales. Si Sharon continuaba oponiéndose, él excluiría a Israel de la coalición antiterrorista. Colin Powell tiene con qué comprender que la lucha contra el terrorismo pasa por una justicia igual para todos, por un rechazo de ofrecer una coartada a todos aquellos que, lo mismo en Argelia que en Chechenia o Israel, creen tener las manos libres luego de la indignación suscitada por los atentados de Nueva York y Washington. Así que Powell ha dado a entender con claridad que Sharon se equivocaba al tratar a Arafat de “Bin Laden” (aun si el primer ministro israelí debe su elección a la pusilanimidad de Arafat). Colin Powell tiene buenos motivos para entender porque hizo con el padre del actual presidente estadunidense la guerra del Golfo, y ambos, junto con el secretario de Estado James Baker, obligaron a los israelitas a abstenerse de todo acto de guerra contra Irak. Dicho lo anterior, Estados Unidos ha conservado en Medio Oriente su función de árbitro. La competencia que se desarrolló entre el presidente de la República de Israel y el presidente de la Autoridad Palestina para donar sangre en beneficio de las víctimas de los atentados contra las torres del World Trade Center y el Pentágono, destacó la necesidad que los dos enemigos del Medio Oriente tenían del Gran Satán occidental.

¿Por qué? La respuesta viene tanto de los israelitas como de los palestinos, al decir, después de los bárbaros desastres del terrorismo: “¡Por fin saben los estadunidenses de qué se trata!”.

VI. La imagen de Estados Unidos

Estados Unidos obtuvo el aislamiento total de Afganistán. Esta es ya una gran victoria. Por deseoso que esté de abandonar su estrategia de la “guerra sin muertos” y su negativa de emplear tropas de tierra, en el momento en que escribo esto parece rehusarse a un ataque masivo y ciego que no tendría por objetivo más que satisfacer la necesidad de represalias de la opinión pública. Pero de todas maneras necesita cortar algunas cabezas, destruir algunos grupos, obtener información bastante precisa sobre reductos territoriales en los que se concentrarían enemigos fáciles de eliminar. ¿En qué condiciones sale la gran nación norteamericana de esta prueba? En primer lugar ha despertado solidaridades que, a pesar de que en algunos casos son interesadas y están alimentadas por el miedo, no por ello dejan de ser impresionantes. Victoria por doble partida. Pues si la potencia americana puede intimidar a algunos, el terrorismo islamista parece inquietar a todo el mundo. George W. Bush se ganó de manera inesperada el mismo apoyo unánime con que las Naciones Unidas beneficiaron a su padre durante la guerra del Golfo en 1991. Por otro lado, y sobre todo, en esta patria del capitalismo en la que los valores de la competencia parecían triunfar definitivamente sobre los valores de la solidaridad, el pueblo estadunidense dio prueba de una dignidad, de un sentido cívico y, para decirlo de una vez, de un patriotismo de una rara calidad que hacen que uno se interrogue sobre el supuesto materialismo de la civilización estadunidense.

En Nueva York, esa ciudad cosmopolita en la cual se yuxtaponen, con frecuencia sin mezclarse, tantas comunidades distintas, un célebre ensayista estadunidense se preguntaba: “¿Qué puede impulsarnos a querer vivir juntos?”. La respuesta está dada. En Estados Unidos existe ese “patriotismo constitucional” que el filósofo alemán Habermas desea con todas sus fuerzas para su propio país. Es decir, un respeto devoto y unificador por la única cosa que tienen en común: su constitución. Por dura, cruel, implacable que sea la lucha por la vida, para los pobres, los excluidos, las minorías, los estadunidenses parecen estar orgullosos de su democracia. Esto no disminuye en nada la crítica justa que uno enfila sin pausa a la idea arrogante que ellos mismos se hacen de su potencia, pero corrige singularmente la mirada que uno posa sobre los estadunidenses, la mirada que uno continuará posando si las represalias que están obligados a infligir, caen bajo los golpes de los reproches que el mundo entero ha hecho a los terroristas. n

Traducción de Alberto Román