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Los acontecimientos del martes 11 sólo tienen precedente en la imaginería reciente de películas como El día de la independencia o Impacto profundo, o en las profecías remotas de Nostradamus que anuncian a dos hermanos gemelos, desgarrados por el caos en la ciudad de York, en el noveno mes del nuevo siglo. En el caso de las películas, los grandes emblemas arquitectónicos del imperio norteamericano son arrasados por una ola gigante o las armas incontrarrestables de un invasor del espacio. En el caso de las profecías, por una fuerza celestial, a saber, el “gran rey del terror llegado desde el cielo”. Se ve que la imaginería había reservado a fuerzas no humanas la voluntad y capacidad de meterse en el corazón del gran poder sobre la tierra (el financiero y el político-militar), tomarlo por asalto y tocarlo en su icono más sagrado o su defensa más íntima.

Esta imaginería se hizo carne con una sola diferencia: los autores son seres humanos. Tramaron cuidadosamente una operación altamente sofisticada, burlaron los controles de la mayor inteligencia militar del mundo, no escatimaron sacrificios propios y ajenos, ni fueron disuadidos por el esperable repudio mundial, las eventuales represalias militares, los efectos devastadores sobre su propio pueblo en el corto y mediano plazo, ni las consecuencias más diversas que podría provocar la operación prevista. Más aún, tales consecuencias debieron ser parte del objetivo buscado.

¿Qué rasgos, valores y visiones de mundo hacen que algunas personas sacrifiquen sus vidas en una acción que arrasa además con varios miles de vidas inocentes y provoca un escenario mundial tan incierto como temible? Personas que al parecer comparten un mundo soñado, un ideal de justicia y, sobre todo, una absoluta vocación de servicio ante un líder y un profeta, cuyos designios interpretan del tal modo que da por resultado este tipo de acciones.

Pienso, por tanto, si la acción terrorista del martes se nutre, en última instancia, del discurso salvacionista en las religiones milenaristas o de ciertas formas perversas de entender los caminos que prometen esa redención total. Y dada la magnitud de esa promesa: ¿estarían dispuestos a destapar sus frascos de bacterias en Los Angeles, Chicago o Filadelfia con tal de pavimentar el camino a la bienaventuranza eterna y el reino del profeta en la tierra?

Con esto no pretendo negar el valor positivo de las religiones, ni tampoco plantear que la idea de paraíso o bienaventuranza eterna conduce necesariamente a este tipo de disposiciones. El riesgo está más bien en el trecho que va de la creencia a los creyentes, o del texto sagrado a su interpretación contingente. Y ese trecho está plagado de incertidumbres. Ninguna garantía respecto de sus consecuencias, que bien pueden columpiarse entre la redención y el horror Tampoco quiero soslayar otras tantas razones que podrían concurrir en tomar los acontecimientos del martes como consecuencia histórica: consecuencia de una política externa norteamericana que ha violado sin arrugarse la soberanía e integridad de otros pueblos: del sometimiento prolongado de naciones enteras a la hegemonía política, militar y financiera del norte: de conflictos religiosos postergados o soslayados y de grupos que claman por mayor visibilidad en el diálogo global: de la unilateralidad en la construcción del mundo por parte de los grandes medios informativos; y de un estilo de globalización que agudiza contrastes sociales y divide el globo entre conectados y excluidos. Todo lo cual puede ayudar a entender lo que ocurrió el martes. Pero nunca a justificarlo. n