A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Algunos impresos de México han dado a conocer este texto de Sontag de una manera parcial y espuria o adulterada por las agencias noticiosas. Nexos publica aquí, en exclusiva, la única versión autorizada de Susan Sontag para México. La misma autora nos ha pedido titular el texto tal y como aparece aquí.


Para esta arredrada, triste estadunidense, y neoyorquina, al parecer Estados Unidos no ha estado nunca tan lejos de reconocer la realidad como ante la monstruosa dosis de realidad del martes 11 de septiembre. La desconexión entre lo que ocurrió y la manera en que podría entenderse, y las moralinas sandias y las engañifas descaradas que buscaron vendernos como merolicos prácticamente todos nuestros personajes públicos (una excepción: el alcalde Giuliani) y los comentaristas de televisión (una excepción: Peter Jennings) es algo sobrecogedor, deprimente. Las voces autorizadas para seguir un evento así al parecer se habían unido en una campaña para atontar aún más al público.

¿Dónde se reconoce que éste no fue un ataque “cobarde” contra la “civilización” o la “libertad” o el “humanismo” o “el mundo libre”, sino un ataque contra Estados Unidos, la único y autoproclamada superpotencia en el mundo, y un ataque que se llevó a cabo a consecuencia de las políticas y los intereses y las acciones dirigidos por Estados Unidos? ¿Cuántos norteamericanos son conscientes de los bombardeos en curso contra Irak? Y si la palabra “cobarde” se va a usar, sería más apto aplicarla a aquellos que matan a cuenta del desquite, y desde lo alto del cielo, que a aquellos dispuestos a morirse ellos mismos para matar a otros. En materia de valor (la única virtud moralmente neutral): puede decirse cualquier cosa de los perpetradores de la carnicería del martes, pero no que eran cobardes.

Nuestros líderes se inclinan a convencernos de que todo está bien. Que Estados Unidos no tiene miedo. Que nuestro espíritu es inquebrantable. “Ellos” serán encontrados y tendrán su castigo (quienesquiera que sean “ellos”). Tenemos a un presidente robótico que nos asegura que el país aún está erguido. Un amplio espectro de personajes públicos que se oponen decididamente a las políticas que la administración Bush sigue en el extranjero, al parecer se sienten en libertad de no decir otra cosa sino que ellos están, junto con todo el pueblo norteamericano, unidos y sin temor detrás del presidente Bush. Los comentaristas nos informan que los centros de aflicción están operando. Por supuesto, no se nos muestra ninguna de las imágenes horrendas de lo que le ocurrió a la gente que trabajaba en el World Trade Center y en el Pentágono. Eso podría desalentarnos. No fue sino hasta el jueves que los funcionarios públicos (de nuevo, con la excepción del alcalde Giuliani) se atrevieron a dar algunos cálculos de las vidas que se perdieron.

Se nos ha dicho que todo está, o estará, bien, aunque este fue un día que vivirá en la infamia y que Estados Unidos ya se encuentra en guerra. Pero no todo está bien. Y esto no fue Pearl Harbor. Se necesita pensar mucho, y quizás es algo que se está haciendo en Washington y en otras partes, sobre el fracaso colosal de la inteligencia y la contra-inteligencia estadunidenses, sobre el futuro de la política estadunidense, más que nada en el Medio Oriente, y sobre lo que debe constituir un programa sensato de defensa militar en este país. Pero es claro que nuestros líderes ——aquellos en cargos públicos, aquellos que aspiran a cargos públicos, aquellos que alguna vez tuvieron cargos públicos——, con la complicidad voluntaria de los principales medios, han decidido que al público no debe pedírsele que soporte mucho de la carga de la realidad. Nos parecían despreciables las perognilladas autocelebratorias, con aplauso unánime, de los congresos del Partido Soviético. La unanimidad de la retórica mojigata, de la retórica oculta-realidades lanzada a chorros por casi todos los funcionarios estadunidenses y los comentaristas de los medios en estos últimos días es algo indigno de una democracia madura.

Nuestros líderes nos han hecho saber que ellos consideran que su tarea es manipulativa: construcción de confianza y manejo de la aflicción. La política, la política de una democracia ——que causa desacuerdos, que promueve la franqueza—— ha sido reemplazada por la psicoterapia. Lamentémonos conjuntamente, sin duda alguna. Pero no nos atontemos conjuntamente. Unos cuantos restos de conciencia histórica pueden ayudarnos a entender lo que ha ocurrido, y lo que puede seguir ocurriendo. “Nuestro país es fuerte”, se nos dice una y otra vez. Yo soy alguien que no encuentra esto del todo consolador. ¿Quién puede dudar que Estados Unidos es fuerte? Pero no es todo lo que Estados Unidos debe ser. n

Traducción de Luis Miguel Aguilar

©Susan Sontag 2001