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La catástrofe criminal desatada sobre Nueva York y Washington puede, como el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg, considerarse desde tantos puntos de vista como observadores la observen.

Hay, por principio de cuentas, el hecho mismo, el crimen, la muerte de miles de inocentes. Nada nuevo en la historia, cuerpo de cicatrices que sólo en los últimos cien años, se llaman Verdún y el Mame, Guernica y Caventry, Auschwitz y el Gulag, Hiroshima y Shabrila, el ESMA y la DINA, Tlatelolco y el Río Mozote.

La diferencia es que antes las masacres resultaban de enfrenamientos entre ejércitos nacionales identificables o eran atribuibles a crímenes de Estados perfectamente identificables también. Incluso, se vio a terroristas de antaño convertirse en respetados hombres de Estado, como Menachem Beguin. activista del grupo de terror israelí Irgun Zvai Leumi.

Y también fueron llamados terroristas héroes de la independencia nacional como George Washington por Inglaterra, Miguel Hidalgo por España y, mucho más cerca, Nelson Mandela por el actual vicepresidente de los Estados Unidos, Richard Cheney, quien en su momento apoyó el encarcelamiento del líder sudafricano y le atribuyó actos de terror comparables a los que hoy lamentamos todos.

Pero la diferencia persiste: el terrorista actual no tiene rostro, no tiene nombre. Es un fantasma que un día se entrena como mecánico, aprende a manejar un Boeing, sube con un cortapapeles a un vuelo comercial y cambia la historia del mundo.

De la guerra fría entre dos superpotencias, piadosamente celebrada en Berlín al caer el muro en 1989, hemos pasado a la paz caliente. El nuevo alineamiento de fuerzas no fue el que con optimismo, se previo entonces: un mundo “multipolar” en el que todos, norteamericanos, europeos, asiáticos, africanos y hasta latinoamericanos, contribuiríamos, liberados de cincuenta años de maniqueísmo, a construir lo que Bush padre llamó entonces “el nuevo orden internacional”.

Hoy, en la era de Bush junior, ese sueño se ha desvanecido. Vivimos en un mundo unipolar, dominado por un solo poder, los Estados Unidos de América, un país que goza de legítimos apoyos por su orden democrático, su potencia económica, su creatividad científica y cultural. Pero, también, un país que carga con la cauda de una memoria histórica que, por algo, ellos desean olvidar, pero otros no. El mundo, como el personaje de Borges, desempeña el papel de Funes el Memorioso. Ningún acto de arbitrariedad y fuerza de los Estados Unidos de América es olvidado por nuestro Funes colectivo. Guatemala. Chile. El Salvador. Honduras, Nicaragua, Panamá. Granada, la Operación Condor. la Operación Irán- Contras, sólo para limitarnos a la América Latina y al pasado medio siglo. Nosotros. Funes latosos, tábanos del recuerdo. Ellos, los Estados Unidos de Amnesia.

Ninguna memoria justifica la terrible violencia del 11 de septiembre. Pero la razón misma nos dice que no será la represalia el camino para evitar futuros onces de septiembre. Es explicable el inmenso dolor y la rabia profunda que embarga. no sólo a los norteamericanos, sino a todo ciudadano del mundo que execra de la violencia. La muerte de los inocentes. El dolor de los sobrevivientes… Pero añadir represalia a la represalia (pues los kamikazes actuaron contra lo que ellos consideran agravios norteamericanos) es caer en la primitiva Ley de Hammurabi: ojo por ojo. diente por diente. Pueden pagar justos por pecadores, en este caso, el miserable, encajonado pueblo de Afganistán, santuario de Osama bin Laden desde que los Estados Unidos armaron y alentaron a quien hoy es presentado como el villano de la película. Se trataba, entonces, de apoyar a Bin Laden en su guerrilla contra la ocupación soviética de Afganistán. El presidente Ronald Reagan llegó a comparar al criminal de hoy con los padres fundadores de los Estados Unidos” y a sus guerrilleros los denominó “luchadores por la libertad”. Así se voltean los hechos contra la ceguera maniquea de los poderosos.

¿Poderosos los Estados Unidos de América? .Poderoso un país que puede ser asaltado por veinte kamikazes sin rostro?

¿Inteligente un país cuya Agencia Central de Inteligencia no pudo prever o detectar una amenaza que apareció tan clara como la mañana de septiembre? ¿Investigativa una Oficina Federal de Investigaciones que no fue capaz de investigar un proyecto fraguado, por lo visto, desde hace mucho tiempo, con toda minucia y apoyos indispensables? Lo preocupante de una política de guerra como la anunciada por el presidente Bush es que persiste en el error, prosigue por un camino que sólo le granjea enemigos a los Estados Unidos y le pone piedras al otro camino posible, el que la Administración Bush ciegamente, ha abandonado.

En nueve meses, el gobierno de Bush ha acumulado agravio sobre agravio, error sobre error. Ha ofendido a la comunidad internacional denunciando el Tratado de Kyoto contra la emisión de gases, sin ofrecer nada en cambio. Ha ofendido a su propia opinión interna abriendo reservas naturales, sobre todo en Alaska a la explotación ecocida. Ha ofendido, de vuelta, a la comunidad internacional rechazando el Tribunal de Roma y los pasos encaminados a crear un orden penal contra criminales de guerra y violadores de los derechos humanos. Y, delirantemente, ha apostado todas sus fichas de defensa a un escudo antimisiles que, como lo vimos el 11 de septiembre, le vale, en términos mexicanos, “una pura chingada” a veinte terroristas dispuestos a volar bajo y matar alto.

Esta lista de errores y agravios ——de ninguna manera exhaustiva—— indica el camino que los Estados Unidos de América deberían retomar si quieren asegurar una era de paz y eliminar, en su raíz, al terrorismo. Es el camino de la cooperación económica internacional para sacar de la miseria a la mitad ——cuando menos—— del género humano que vive con noventa dólares o menos al mes. Es prestarle el apoyo máximo a los programas mundiales de salud, educación, comunicaciones. Es apoyar los procesos de paz en los puntos calientes del globo. Pilatos Bush. al lavarse las manos de la crisis en el Medio Oriente, le ha dado luz verde a Ariel Sharon para extinguir lo que queda de la nación palestina y a Yasir Arafat lo ha desnudado en toda su impotencia. Es sumarse al esfuerzo jurídico por la codificación de los derechos humanos, los crímenes de guerra y la protección del medio ambiente.

Es abandonar una política de cinismo transparente, cuyos intereses ya resultan inocultables. El vicepresidente Richard Cheney, presidente de facto, es el antiguo ejecutivo en jefe de la más poderosa empresa de refacción petrolera del mundo, la Haliburton. No hay que ser Galileo para entender alrededor de cuál sol giran sus intereses y los de otros funcionarios íntimamente ligados a grandes corporaciones. Y si el ex gobernador Bush fue el más celoso clérigo de la pena de muerte en su estado nativo, Texas, por nada del mundo quiere que la legislación penal internacional se extienda a criminales de guerra norteamericanos, responsables de delitos contra la humanidad en Vietnam, Chile, Uruguay, Argentina, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Irak y los Balcanes.

Esta es la lección y la elección de la tragedia del 11 de septiembre, un día que llenó de luto a la humanidad. Los Estados Unidos de América, su enorme poder, su imaginación política, sus reservas democráticas, deben dirigirse, para acabar con el terrorismo, a acabar con el hambre, la enfermedad, la ignorancia y la injusticia en ese mundo que ellos se han arrogado como superpotencia.

Una mañana luminosa de la agonía veraniega del año 2001, los Estados Unidos asistieron a la muerte de un sueño de poder ilimitado e irresponsable. Ahora les toca asumir las responsabilidades de un mundo limitado y responsable. Como es poco probable que Bush y Compañía entiendan esto, habrá que esperar a las elecciones legislativas dentro de dos años y a las presidenciales en 2004 para saber si el elector del norte sabe proponer y elegir a sus mejores hombres y mujeres y no a los peores.

¿Dónde estás, Bill Clinton, cuando más falta haces? n