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Los libros más recientes de Sergio Pitol, José María Pérez Gay y Jorge Volpi están animados por un mismo impulso: el de captar los excesos del poder y los horrores producidos por el siglo XX europeo. Sus registros literarios no tienen semejanzas y, sin embargo, se tocan en un punto: el de la Historia.


Hemos nacido para el nuevo siglo lejos de los campesinos rulfianos agobiados por la sed de justicia y redención. Por los cerros pelados en donde no crece más que el olvido no volverá a detenerse la pluma del poeta, del narrador. Esta actitud responde a la idea de que la novela debe ser cosmopolita y universal en el siglo de la globalización buscar fuera de casa sus historias, su poética y su estrella. He aquí tres nombres que responden a este “modelo” narrativo: Jorge Volpi y su celebrada novela En busca de Klingsor, José María Pérez Gay y Tu nombre en el silencio; y Sergio Pitol en un relato de viaje, El viaje.

Cómo deletrear la esperanza

En La difícil costumbre de estar lejos (1985) Pérez Gay había entrelazado la historia de un cónsul de México en Alemania de amores certeros pero frustrantes; ahora hizo el mismo recorrido pero con mayor intensidad y vocación filosófica y poética. Tu nombre en el silencio se gestó en 1985, si damos crédito a las palabras del autor, después de la lectura de Las tres vidas de Rudi Dutschke. Pensó escribir una biografía de un líder estudiantil (Dutschke) que había conocido en el Berlín de los años sesenta, una semblanza generacional, porque el “proyecto de una novela me pareció entonces imposible”. Pero al fin la tentación fue irresistible y escribió Tu nombre en el silencio. En 1964 Pérez Gay, a los 21 años, terminó la carrera de Ciencias de la Información en la Universidad Iberoamericana; interesado en proseguir sus pesquisas intelectuales, aceptó una beca para estudiar en la Universidad Libre de Berlín Occidental, centro de discusión ideológica influido por la Escuela de Frankfurt. Sus ojos empezaron a descubrir el marxismo, a escritores como Kafka, Mann, Musil, Broch, y entusiasmado con la historia de Alemania conoció el genocidio de los nazis y lo que el Holocausto significaba para una sociedad herida todavía por aquel pasado inmediato.

Más que una historia, la novela de Pérez Gay es un compendio de historias familiares, estudiantiles, de fraternidad entre amigos, y sobre todo una puesta en escena de la filosofía de la destrucción que ensombreció el rostro del siglo XX. Es algo más que el triunfo de una trama, parece la confirmación de que es posible creer en el destino que junta en Berlín al mexicano Ernesto Cardona, al brasileño Nuno Abrantes, y al colombiano Alonso Vélez. Son tres miradas sobre la Guerra Fría, los años de la guerra en Vietnam, la contracultura protagonizada por Herbert Marcuse, el riesgo de la guerra nuclear. Tres latinoamericanos que el tiempo dispersó, pero que en 1965 se afianzaron al porvenir, que apostaron al reino de su juventud y sólo obtuvieron la nostalgia por el país natal.

Agotados en sus fines y en la ideología que alguna vez los levantó de cara a la Esperanza y les anunció la llegada del Hombre Nuevo, después de su juventud ven pasar las cenizas de su proyecto. Pero queda la ilusión de volver a comenzar, lo que Vico llamaría el ciclo reencarnado de la Historia: “Es bueno comenzar la vida por segunda vez —le dijo Cardona con su manera peculiar de siempre.”

Muchas cosas llaman la atención del lector en esta novela pero una que me parece sustantiva es la prosa fluida y precisa, aparte de las borracheras verbales sobre la ideología, el nazismo, la guerrilla, las dictaduras militares que ensombrecieron la vida política y social en América Latina. Quiero decir, esos momentos en que el autor hace un close-up a sus personajes. Como el del encuentro, en las últimas páginas, de Cardona y el colombiano Alonso Vélez en Managua, la ciudad que atropella la “contra” en plena efervescencia sandinista. Han discutido mucho sobre el futuro del socialismo, recordando sus años en la Universidad Libre de Berlín. Al fin hartos de su propio discurso tautológico, sin salidas, les llega de algún sitio el silencio.

La noche fue quedándose con el patio y sus ruidos lejanos, la única luz que se filtraba era la de la cocina. Permanecieron en silencio un largo rato, respirando la fragancia de los almendros y escuchando el zumbido de las libélulas. Cardona vio la figura rechoncha de Alonso tumbado en la mecedora y sintió por primera vez el peso de los años, los estragos del tiempo y su paso tan devastador: su propia cabeza encanecida, la obesidad de Alonso y su calvicie, las pruebas irrefutables del fin de su juventud.

Historia de amores desdichados pero de pasiones inconfesables, reunión de hombres y mujeres en la encrucijada de sus vidas, esta novela no respeta el canon del género. Es novela pero también crónica de la historia social y política del siglo XX; libro de discursos filosóficos extensos y polémicos, plataforma de discusión estudiantil; es memoria de lo que no pudo ser el mundo de la Guerra Fría y una galería del terror. Recuento de las ideas que han gobernado las ilusiones de los hombres, es una asamblea de voces radicales, a veces preñadas de anarquía o de escepticismo, voces de maestros y alumnos que discuten desde el pensamiento platónico hasta las sentencias demoledoras de Nietzsche. Hay un narrador ilustrado que maneja las fuentes del discurso filosófico, y lo desliza con gran intrepidez por la narración y lo pone en labios de sus héroes.

Estamos ante una novela de 600 páginas que se extienden por un periodo más o menos largo: el que abarca el último tercio del siglo XX. Entre 1964 y 1990, es decir, de las luchas de la liberación femenina, la guerra de Vietnam, el apogeo del movimiento estudiantil que dirigió sus baterías hacia la Familia, el Estado, la Iglesia, a la caída del muro de Berlín. Del sueño a la pesadilla; de la utopía a los paraísos terrenales; de la esperanza a la desesperanza; de la ingenuidad a la desconfianza resuelta. Fueron aquellos años una inmersión en el ancho e inexplicable mundo de los sueños. Como dice Cardona: “Los sueños en que aprendimos a deletrear la esperanza, pero también los que nos volvieron inmunes a los hechos incómodos, los sueños que nos convirtieron en ideólogos de la esperanza. La realidad, Alonso, tiene lo que encuentras, no recoges sino lo que te pertenece”. Él, como nadie, sabe que en este laberinto más parecido a un manicomio que a un bosque oscuro donde reina siempre e inevitablemente la violencia, no hay redención posible, tampoco la revelación que busca en el campus universitario de Berlín. No encuentra sino hojas secas del invierno restregadas en la nieve. Y escombros. Y de esas ruinas cree hallar su propio pasado y el de sus amigos como un signo premonitorio de que para el hombre no hay más porvenir que el de sus sueños, ni más revolución que la de su juventud.

La Alemania de Pérez Gay es un país que sale de las entrañas del escritor, de su experiencia de estudiante, de los primeros amores y fracasos en un país distinto al suyo. Es una Alemania en la que se discute el presente y el futuro del mundo, el estado de la violencia. El maestro Kojéve tal vez da la clave del problema cuando afirma que la violencia ha existido en todas las épocas y en todas las sociedades. La política, por tanto, ha sido “el mal menor” pero no ha descubierto “el secreto para evitar la violencia. Pero la violencia se hace cada vez más inhumana cuando se pone al servicio de una verdad a la vez histórica y absoluta”. Como respuesta de sus estudiantes el profesor Kojéve obtiene esta sentencia: “Usted es un liberal de mierda —gritó un compañero de la Federación de Estudiantes Alemanes Socialistas—”. El profesor alegó en su defensa que tal vez lo fuera, pero que la última palabra “nunca está dicha y siguió adelante en estos términos: “no hay que juzgar a los adversarios como si nuestra causa se confundiera con la verdad última. Todos los grandes proyectos históricos —construir una sociedad justa, cambiar el mundo, instalar la fraternidad universal— no son otra cosa que la herencia de las grandes religiones universales”.

Sin exaltarse el profesor responde con energía e inteligencia a sus jóvenes adversarios que lo ven como el profeta del liberalismo falso y traidor. El se inclina a favor del diálogo en el que ve la única posibilidad de entendimiento, donde se alcanzan los consensos y se llega a la verdad. “Toda filosofía es, por tanto, dialéctica. Porque todo enunciado, incluso aquel, y precisamente aquel que enuncie la esencia interior de las cosas, la mutua relación de las ideas, contiene la contradicción de lo uno y lo múltiple”. Es evidente que una obra que va de 1964 a 1990, con retrospecciones a la Alemania nazi, los campos de concentración y la persecución a las libertades, toca asuntos de gran actualidad y que suscitan polémica.

En ella el lector recorre un sinuoso y profundo camino que lo lleva a una encrucijada: la del hombre y su destino. Sólo el aliento de la poesía, el poder de la palabra y de la memoria hacen posible sobrevivir a las minas de un pasado que sangra por sus cuatro costados. Tu nombre en el silencio traza una línea escéptica en la pizarra de nuestra vida, y sólo el poder de la prosa poética y encabronadamente nostálgica de Pérez Gay nos devuelve el aliento perdido durante su lectura. De todas esas esperanzas que el Poder sepultó, de toda esa vitalidad juvenil que la represión disolvió, del tiempo perdido en discusiones para restaurar en el mundo la Razón, la Libertad, la Fraternidad, sólo es posible oponer la palabra que los nombra. Tu nombre en el silencio: variedad de formas y conductas. de reacciones y de ideologías, encuentro de países que se entrecruzan en la memoria y en la historia recordada del relato. Novela de pasiones desbordadas en que el amor no triunfa jamás, eleva el fracaso a la triste verdad de la vida diaria.

Después de haber iniciado en Berlín su vida de estudiante en la Universidad Libre de Berlín, Cardona siente que el mundo que disfrutó y palpó se le fue de las manos. Veinte años después intenta rescatar la imagen de Ida Peveling. una mujer (su suegra más concretamente) que le hace falta. Helándose en pleno mes de marzo, visita el cementerio de St. Annen. Deposita una rosa en la tumba de Dutschke, y unos claveles en la de Ida Paveling. Ahí creyó entender la ”profecía de la memoria: supo que todos dejamos nuestro nombre en el silencio. y que Nuno y Dutschke ya no podían envejecer, el peso de los años ya no caería sobre ellos como caía sobre él estaban detenidos en el Berlín de su vida y de sus sueños, y tendrían para siempre veintiocho años”.

El fracaso de la Historia

Salido de la universidad y de la clase media de México, Jorge Volpi buscó en su interior y no encontró tema literario, entonces acudió a la historia y tropezó con los años previos al Tercer Reich. Puso la pluma en los renglones de la Alemania nazi, su carrera atómica, sus emblemas científicos. Volpi echó la vista hacia atrás y descubrió la historia, la de Europa y su Gran Guerra de 1914 a 1945, como la llama Steiner. Hurgando de alguna manera en la memoria documental del Holocausto, la tragedia que desnuda el siglo XX, sobre la que han crecido ya tres generaciones, empezó a definirla, describiendo sus tentáculos. En vez de detenerse en las torturas y los crímenes masivos, fue a la ciencia, la física, como un detonador que engendró esa acción.

Volpi es un maestro de la composición literaria. Sus personajes pertenecen a esa historia desastrada: Hitler, Goebells, y los físicos Einstein, Heisenberg, y ciudades reales: Gotinga, Berlín, Princeton. Con marcada habilidad elaboró un gran relato en el que el protagonista es la aventura de la ciencia. Klingsor no es un personaje, tampoco un narrador. Klingsor es una idea, la del hombre que entrega su conocimiento a una causa diabólica, el científico que usa su poder para la destrucción. Volpi lo toma como un motivo que une y articula el relato, y aunque jamás aparece con claridad es obvio que Heinsenberg responde a las características de ese hombre que vende su alma a las fuerzas oscuras del Mal, el ser que busca la destrucción total para que de las cenizas del mundo que ha destruido impere solamente su poder, su “bondad”. Según las épocas y las culturas, la tradición ha tenido un nombre para esa fuerza: Luzbel, Belcebú, el Ángel Rebelde.

El otro protagonista de esta novela es el teniente Francis Bacon cuya definición la ofrece el narrador Gustav Links en estos términos: “Era físico y también miembro de las fuerzas norteamericanas que liberaron a Alemania del yugo nazi. Y, por una de esas extrañas coincidencias del destino, me necesitaba para que yo lo condujese hacia Klingsor. Su nombre era Bacon”. El teniente “Tocino” crea a su propio Klingsor y lo entrega a la policía que juzga a los implicados en el desarrollo y la aplicación de la ciencia a los criminales nazis. Entrega a Links. “Bacon me traicionó por culpa de una mujer. Me envió, conscientemente, a la tortura y al destierro, a la prisión y quizá también a la muerte, desprovisto de un juicio justo”, dice Links, cuarenta años después, recordando el pasado.

Novela de combinaciones que crean un laberinto. En busca de Klingsor cuenta varias historias; algunas funcionan con absoluta autonomía, y otras se cruzan en el desarrollo del relato que abarca desde los años cuarenta hasta la caída del Muro de Berlín. Tanto las que tienen que ver con los nazis como las de amor son estructuras narrativas que se tocan y abren preguntas. La novela es de suspenso y de intriga. Es singular la del teniente Bacon con Vivien, una amante negra que conoce en el puesto donde cada mañana va por el periódico. Sobre todo revela el estado emocional de un estudiante de física frente a la sexualidad. “Para escabullirse de estos inconvenientes, hacía tiempo que Bacon se había convencido de que el único campo en el cual la teoría —convertida en mera fantasía privada— no sólo era infructuosa, sino perversa, era en el relacionado con el sexo”.

En estos tramos del relato se nota con claridad el talento narrativo de Volpi y su destreza para resolver conflictos así como para explorar el mundo de sus personajes. “Lenta y sudorosa, Vivien hacía el amor como si bailase un blues en vez de una violenta y sensual danza africana”. En silencios y gestos, la negra le dice que lo ama por sobre todas las cosas, a pesar de que Bacon tenga una novia rubia, Elizabeth, a pesar de su compromiso “social” con ella. Vivien parece un destino, pues desde el inicio de su relación con Bacon parece predestinada a perderlo todo en nombre de su color, de las convenciones perfumadas de la época.

Ante la devastadora mirada sobre la Alemania nazi, aparece la certeza del amor como posibilidad de redención en un ambiente desolado donde la muerte se ha convertido en lugar común. Amor enfermo y demencial, el que practican Natalia, Marianne y Gustav, es al mismo tiempo una comunión y un vicio. “No pecábamos, no podíamos pecar: por el contrario, estábamos poseídos por la gracia y éramos, por una vez en la vida, tan inocentes como niños”. Novela de amor a la deriva, de amores que chocan y despedazan a los amantes, de amor enlatado para consumo de los pobres mortales que tanto necesitan de él, de amor vengativo que hiere a otros en su ascenso. Hay muchas definiciones del amor, según el personaje que lo recibe o lo ofrece; el de Bacon hacia Irene era así: “el amor es una maldición que no sólo nubla el entendimiento, sino que destruye el alma”.

A esta novela no le falta nada para ser un libro de lectura obligada. Tiene el condimento agridulce del nazismo, la sal y la pimienta de los amores feroces cuyo destino es la destrucción en vez de la edificación de algo nuevo y saludable. También tiene crimen y suspenso como lo demuestra la espía rusa Irene, que se rebela contra la idea de que la ciencia haya servido a la ideología durante el Tercer Reich. “¿Qué hacer para evitar las dudas y el arrepentimiento que conlleva cada acción?”.

El punto de partida de la trama que desarrolla esta novela es la relación que se establece “entre el científico que observa la realidad y la propia realidad observada”. Piaget decía que basta enunciar algo para que el mundo empiece a ser modificado. La física clásica establecía una división precisa entre dos mundos; por un lado el mundo con sus misterios, y por otro el físico que trata de desvelarlos. La misión que tuvo fue medir, calcular, predecir y remediar. En 1925 esto empezó a desplomarse. “En vez de que el físico se limitase a admirar el mundo subatómico, se descubrió que su medición transformaba lo medido. En otras palabras, cuando un científico exploraba la realidad, ésta se modificaba, de modo que era muy distinta después de haber sido medida. ¡Horror de horrores! El científico había dejado de ser inocente: su visión bastaba para alterar el orden del universo”.

Narrada en primera persona por Links, uno de los científicos alemanes que participaron en la Alemania nazi, la novela demuestra la habilidad del autor para trenzar varias historias y combinarlas de tal manera que resulta una trama perfecta y sobre todo enérgica, atractiva, que asedia al lector y no le permite dejar la lectura jamás. Volpi acudió a varias fuentes documentales que inclusive cita al final en una clara muestra de honradez intelectual. En este sentido, el trabajo de investigación bibliográfica se asemeja al que emprendió Fernando del Paso para escribir sus Noticias del Imperio, Carlos Fuentes en su Terra Nostra. Y se relaciona también con la inmersión de Pérez Gay en la vida de Alemania en el periodo escogido.

Del amor a la lucha ideológica, de la pasión por la física y las matemáticas a la era del horror, En busca de Klingsor es una obra de contrastes, en la que las preguntas planteadas no se cierran sino siguen actuando en la narración. Dice su narrador: “Justo cuando el mundo estaba a punto de transformarse, cuando la física cuántica alteraba nuestra idea de la realidad. cuando Europa se preparaba para encarar el fascismo, cuando el arte, la música y la literatura se alzaban a alturas inimaginables, mi mayor preocupación era besar el tierno vientre de mi esposa, realizar mis tareas en el departamento de matemáticas de la Universidad y prepararme para mi futura Habilitationschrift”.

Aquí pasa la historia como un ave de rapiña y su fecha clave: el 27 de febrero de 1933. en que el Reichstag fue incendiado. Como se sabe. Hitler vio en el atentado una amenaza vigorosa de los comunistas y se dispuso a destruirla; se le concedieron poderes extraordinarios y la constitución parecía suspendida. En esa fecha y a partir de ella se quebraba el mundo conocido; y principalmente el individuo. La prueba fehaciente aparece en la novela cuando Heinrich anuncia en la cena con Gustav Links y Marianne, su esposa, que se incorpora a la Wehrmacht. Un filósofo, “un hombre civilizado”, de pronto se convierte en soldado, en miembro de un ejército que controlan los nazis.

Novela que intenta ser un resumen de la guerra del átomo en un mundo amenazado por el nazismo, una apuesta con la idea de que la ciencia jamás es pura y su desarrollo se ajusta a la política y la ideología de un estado, En busca de Klingsor es también la personificación del fracaso de la historia. “¿De verdad me será concedido contemplar el final de un siglo que ha terminado exactamente igual a como empezó?”, dice el físico Gustav Links, narrador testigo de la novela. ¿Cómo había comenzado el siglo XX y de qué manera se supone que terminó? No hay una respuesta. Volpi pone en labios de su personaje la idea de que en cada punta del siglo se halla la violencia, la guerra como una forma de convivencia. En ambas crece y se expande como una enfermedad la injusticia cotidiana, el triunfo del engaño, el desamor en sus terribles confusiones. De toda esta bestialidad puesta en boca de los hombres surge como una bomba atómica el mundo contemporáneo.

Un huérfano universal

Otra vez nos sorprende el camino que ha escogido el escritor veracruzano Sergio Pitol para ir del relato al ensayo, de la crónica personal a la memoria, de la autobiografía al libro de viajes; para ir al encuentro con su destino literario y su vocación íntima. Un camino por cierto rodeado de diversas huellas del mundo, de recuerdos tocados por la nostalgia, de poesía. Parece que la narrativa de Pitol siempre estuvo buscando su centro, y al fin lo encontró en El arte de la fuga (1996), un collage de géneros, una apuesta por escritura al “aire libre”. Él mismo confiesa que tenía una deuda consigo mismo y sus lectores: contar su experiencia en la URSS, reunir sus apuntes en un texto de viaje. Y he aquí El viaje, un cuaderno del viajero que ha sido Pitol casi toda su vida y que explora el abismo comunista de la URSS y sus países “satélites” como pesadilla de la historia del siglo XX.

Aquel libro era la primera letra de la escritura que vemos en El viaje, la puesta en escena de su interés narrativo: el arte de contar su propia experiencia recubriéndola de artificios. Pitol nos entrega el testimonio de un siglo a través de la escritura de viaje, de los libros leídos en el camino, de los autores descubiertos en una esquina de las ciudades visitadas. Su vocación por rescatar del olvido a los amigos, a seres desconocidos hallados ocasionalmente en los trenes, en los hoteles, en los cafés. En su intento por ir al encuentro de los otros, Pitol pudo rescatarse a sí mismo y el resultado ha sido singular: la certeza, a pesar de que la literatura niega casi todas las certezas, de que armar piezas de la realidad es también desmontar esa realidad.

Confesión a fondo de un estado emocional y de una mirada de un mundo que parece cargado de estupidez y terror. El viaje es una lección de honradez profesional en la que el autor reconoce aquellos momentos decisivos en su contacto con el mundo, nombrando los días lejanos que convirtió en evidente excentricidad. Lo que en una novela no hubiera expresado de manera directa, en el libro de viaje, en esta bitácora de la soledad, devela la realidad en frío pero sin abandonar el estilo que ya es constante en Pitol. Como literatura el viaje ha movido la pluma de muchos escritores, ahora hay que verlo bajo la luz que le infunde Pitol como testimonio. El viajero camina por las orillas de la ciudad de Praga o de Leningrado y Moscú, estableciendo relaciones con escritores y con la historia de esas ciudades, visitando museos en los que es sorprendido por extrañas obras de arte, comprobando que la burocracia estalinista aún permanecía estancada en 1989 en la Unión Soviética.

La vocación del viaje en Pitol permite recordar la de Graham Greene, Malcolm Lowry, D. H. Lawrence, esa generación de escritores ingleses que hicieron del viaje a otras geografías el itinerario de su intimidad. Falta la correspondencia de Pitol desde Praga, Moscú, Roma, Barcelona, y otras ciudades que visitó en un viaje que duró casi veinticinco años, que sería el complemento de su libro de viaje.

En esa escritura de viaje, Pitol revela sus obsesiones y su idea sobre un mundo deformado por su propia naturaleza. Sin proponérselo se convirtió en el cronista anónimo de calles, plazas, artistas, poetas, escritores, de ciudades que lo deslumbran como Praga, Leningrado, Moscú. Ser errante que huye de casa, camina a solas. En esas ocasiones, Pitol parecía ir armado solamente con su pluma y sus cuadernos de notas para registrar el movimiento de la vida. La escritura en este caso le servía de interlocutor, el compañero de viaje ausente.

Leyendo estos testimonios de un mundo en crisis, el lector no puede sino preguntarse qué hubiera sido de Pitol sin el servicio diplomático de México, que lo hizo vararse tantos años en países de Europa. Los puestos que atendió y asumió eran más que una “chamba”: una profesión que le permitió recorrer ciudades, conocer escritores, políticos, señores notables. acercarse al arte, la cultura, pulsar el alma popular de los pueblos, involucrarse en ella, recreándola. Obtuvo por tanto un material que de por sí parece hecho para la ficción, que decidió entregarnos a sus lectores en El viaje.

Discusión consigo mismo y con las paradojas ideológicas que desfiguraron el sentido de la política y la sociedad rusas del siglo XX. Pitol ha inaugurado en su prosa un estilo que atiende varios géneros y se detiene en uno solo: el diario autobiográfico al que añade ensayo literario, anécdotas de la vida cotidiana, memoria y reportaje. La realidad, parece decirnos, es inaprehensible, de ella sólo conocemos sus expresiones fenomenológicas, jamás su esencia. Hay que dejarla en libertad para luego atraparla en lascas mediante la palabra escrita, el vehículo con el cual la transporta la mano del artista de un estado de crisis a un momento de plenitud, de la bajeza a la serenidad del cielo, del hombre herido en su moral al hombre que renace con ella.

El puñado de escritores que va mostrando el autor en estas páginas y de manera breve es un grupo perseguido, en tensión, una muestra palpable de las atrocidades del comunismo de la Unión Soviética. Los que no optaron por el suicidio fueron perseguidos, a veces condenados a trabajos forzados, o simplemente los condenó a muerte la mano omnipotente de Stalin. Nada tan conmovedor como la vida de Marina Svietaieva que Pitol analiza en sus momentos de gloria y en los de duelo, en el exilio de París y en el regreso a Rusia, donde casi todos le dan la espalda y la condenan.

En su afán por ser biógrafo, crítico literario, analista político, observador de la historia, Pitol traza varias líneas de ascenso a su visión desesperada de Rusia en el momento en que se inició la perestroika. En este juego Pitol le habla a su alter ego. El libro es el testimonio de la crisis a que fue sometido el escritor europeo, y el americano, durante la Guerra Fría. Si es cierto que un libro es un viaje de la imaginación hacia una zona desconocida en el que van apareciendo espectros, cosas reales, sueños, figuraciones, El viaje se ajusta a esa definición.

Escritura que se reescribe, la de este texto surge de apuntes, de anotaciones al margen. “Al leer esas notas recordé los momentos de irritación pero también los de emoción purísima constantemente entreverados en las dos semanas transcurridas en el seno de aquel Imperio formado a través de varios siglos, del que ni yo ni nadie podía sospechar cuán cerca estaba del derrumbe final. Se me ocurrió trabajar esos apuntes. dejar los textos del diario y mencionar levemente, a manera de antecedente algunas situaciones sobre mi experiencia en el periodo en que trabajé como consejero cultural en Moscú”.

Así tenemos de sus notas del diario la evidencia de la crónica pero no la evidencia de que sea un género periodístico; la crónica, digamos, que trabaja Pitol es un límite entre la escritura de ficción y la testimonial, entre la poesía y la narración. El lector tiene en sus manos un “diario” que abarca dos semanas. del 19 de mayo al 3 de junio de 1988 fecha en que regresa Pitol a Praga, su sede de trabajo, a su casa. Justo en el comienzo del derrumbe del aparato comunista soviético y del muro de- Berlín. Fue un testigo directo de lo que luego el mundo llamó “el fin de las ideologías”, el fin de una era oscura y esclavizante y el inicio de otro tiempo, el de la libertad y la democracia para los países del Este que sólo habían conocido persecuciones incesantes, espionaje ideológico y policiaco, incertidumbre política, la cárcel y la muerte.

Pero como todo escritor que conoce su oficio, Pitol hace “trampas”. Introduce en su relato de viaje sueños, pensamientos, escenas del pasado, recuerdos, y entonces la prosa sufre alteraciones obvias. En la primera fecha que aparece, vuela de Praga a Moscú y lo sorprende un sueño. “Yo estaba en la Posada de San Angel a punto de salir, despidiéndome de algunos amigos”.

Hay varias cosas nuevas en este nuevo texto de Pitol y otras que repiten su escritura, es decir, la continúan: las nuevas que yo veo son las que se refieren a lo escatológico como la escena del borracho checo que no puede levantarse y cae una y otra vez en sus propios excrementos que ha soltado en una callejuela mal empedrada. Pero sobre todo las que aluden a la magia, la alquimia, el poder de lo oculto, el mundo más allá de la realidad, que la prosa ágil y hermosa de Pitol coloca a veces en forma de sueños. En un avión sueña con su amigo de la facultad de leyes. Serrano, y lo ve en la muerte. Cuando despierta, el cronista se pregunta: “¿Habría sido Serrano un mensajero del otro mundo? ¿Me habría transmitido su mensaje en forma tan hermética que yo, por distracción, por sólo pensar en cómo deshacerme de él, no logré captar?”. Pero todo se disuelve en la magia de la ficción que se trenza con una realidad en forma de salamandra que cambia con la luz.

En 1935, a su regreso a la Unión Soviética, después de una estancia ingrata y casi podría decirse abortada en París, la poeta Marina Tsvietáieva se suicida. Aprehendida sin causa justificada, en Moscú asume una vida fantasmal, “sombra de otras sombras”. Por su “culpa” detuvieron también a una parte de su familia. Su biógrafo Mur parece implacable: “La acusa de ser culpable de las desdichas de la familia, de la prisión de su padre y su hermana, de la carencia de destino que le está construyendo. Después llegó la guerra, y ella se suicidó”. El viaje a la literatura es también de ida y vuelta. Pitol así lo entiende en su ejercicio crítico. Cuando habla de Marina, y lo hace en varios fragmentos a lo largo de los once días que dura “su viaje” a la Rusia ya convulsionada por la perestroika de Mijail Gorbachov, exalta el sufrimiento a que la sometieron los hombres y el tiempo en que vivió.

Subraya la necesidad de escribir que experimentó una mujer que llegó a vivir en los años del exilio, en París, casi en la inmundicia, deteniéndose en los hechos que la fueron destrozando: el estalinismo activo de los años treinta, la cacería de brujas, el espionaje, la sospecha y finalmente la cárcel. Stalin contra la conciencia crítica, la libertad y la escritura. Fueron años terribles en los que los escritores y artistas rusos libraron una guerra a muerte contra el poder de quien sólo recibieron consignas, persecución, cárcel cuando desobedecieron a este “padre” bendito y homicida, que sembró la semilla de la traición en el alma colectiva de un país: Stalin.

1983. Praga. Moscú. El viajero va desempolvando recuerdos, revisando apuntes hechos sobre el terreno. El último día de su estancia en la URSS registra el movimiento intenso de la gente. Cargado de medicinas para sus males reales o sólo artificios de escritor, y de libros que complementan su equipaje, se dispone para el regreso. La confesión es sorpresiva: “Me encantan los encuentros ocasionales, sentarme en la banca de un bulevar o de una plaza, iniciar conversaciones con viejas parlanchinas a las que apenas logro comprender, con jóvenes, fumar con ellos un cigarrillo, y listo, levantarme, dejarlos estupefactos por haber conocido por primera vez a un mexicano”. De los enredos de la intimidad pasa a las figuras intelectuales que le emocionan, los nombres de Ryszard Kapuszinski, “el más culto, inteligente y penetrante cronista del mundo soviético”, y K. S. Karol. Enseguida cita autores de su preferencia como Gogol, Cioran, Stravinski, hombres de la talla de Brezhnev, y además el comunismo de la URSS, el problema del alma rusa, la sociedad “compleja, irreal, gogoliana, kafkiana y dostoievskiana como era la moscovita a finales de Brezhnev”. De la mezcla brota la historia que el viajero desea contar: en pedazos, hecha de cultura y de vida cotidiana, de textos literarios en el escenario de un gran país.

Me parece que a Pitol le tocó vivir aquellos años en que Europa, solamente la vieja Europa, podía ofrecer una respuesta al hombre del siglo XX. La cultura mexicana de los años sesenta fue esnobista, y quería encontrar afuera la respuesta a la escasez artística, a un medio cultural aún ranchero. Es el momento de la despedida, un tema muy decimonónico, y Pitol se siente “huérfano universal, un perro perdido en un mundo hostil, como el de Bulgákov en Corazón de perro, pero también con una felicidad inmensa”.

En el mapa de nuestras letras cabe mucho. El que han trazado los libros que comentamos refleja una escritura que parece surgir de un deseo compartido: el de abarcar el mismo signo del horror que golpeó al hombre tanto en su costado izquierdo como en el derecho. Envueltos en una misma vocación artística, Pérez Gay, Volpi y Pitol han querido apuntar desde sus respectivas escrituras el horizonte de la novela mexicana actual. Alzaron la voz, y la pluma, no sólo para esgrimir sus dudas sobre la perversidad del Poder, también buscando arrancarle al pasado sus costras terribles, y al presente, su fugacidad. Su encuentro en la escritura es coincidencia y al mismo tiempo pasión por escuchar los latidos de la historia a través del paso lento y rítmico de las palabras. La escritura los identifica y el viaje les ha ofrecido una línea de sombra a sus proyectos de vida. Dice Pitol: “¡Viajar y escribir! Actividades ambas marcadas por el azar; el viajero, el escritor, sólo tendrán certeza de la partida”. Ignora lo que hallará en el trayecto, y tampoco sabe lo que hallará al final del viaje, al volver a su Ítaca personal.

 

Álvaro Ruíz Abreu
Escritor. Entre sus libros, La ceiba en llamas.

José María Pérez Gay, Tu nombre en el silencio, Cal y arena, México, 2000.

Jorge Volpi, En busca de Klingsor, Seix Barral, Barcelona, 1999.

Sergio Pitol, El viaje, ERA, México, 2000.