Autor de algunos libros clave en las investigaciones neurocientíficas y psicológicas de las últimas décadas, Oliver Sacks hace aquí una apología de la alegre ingravidez del nadador.


Todos fuimos bebés de agua, los cuatro. Mi padre, quien fue campeón de natación -en tres años seguidos ganó la carrera de 15 millas de la Isla de Wight- y adoraba nadar más que cualquier otra cosa, nos puso a todos en contacto con el agua antes de cumplir una semana. La natación es instintiva a esa temprana edad, así que, para bien o para mal, nunca “aprendimos” a nadar.

Me acordé de esto muy recientemente, en una visita que hice a las Islas Carolina, en la Micronesia, en donde vi niños, que apenas gateaban, zambulléndose en las lagunas y nadando casi siempre “de perrito”. Allá todo mundo nada, nadie es “incapaz” de nadar y las habilidades de los nativos en este sentido son sorprendentes. Magallanes y otros navegantes que llegaron a la Micronesia en el siglo XVI se mostraron asombrados ante estas habilidades, y viendo a los nativos nadar y zambullirse de ola en ola, no pudieron sino compararlos con delfines. Los niños, en particular, se sentían tan en su medio en el agua que parecían, en palabras de un explorador, “mucho más peces que seres humanos”. (Fue precisamente de las islas del Pacífico que, apenas en este siglo, los occidentales aprendimos el nado de crol, un hermoso y poderoso estilo de braceo que los habitantes de esas islas ya habían perfeccionado -un estilo mucho mejor adaptado a la forma humana que el estilo de rana que se practicaba hasta entonces.)

Por lo que a mí se refiere, no me acuerdo que me enseñaran a nadar; yo creo que aprendí nadando con mi padre —aunque sus lentas, medidas y poderosas brazadas (era un hombre muy robusto que pesaba casi 250 libras) no eran precisamente aptas para un niño de mi edad—. Pero yo podía ver cómo mi viejo, enorme y torpe en la tierra, se transformaba —gracioso como una marsopa— tan pronto se sumergía en el agua. Y yo, demasiado consciente, nervioso y también algo torpe, muy pronto descubrí esa misma placentera transformación: un nuevo ser, una nueva manera de ser en el agua. Tengo un muy vivo recuerdo de mí en unas vacaciones que pasamos a la orilla del mar en Inglaterra, un mes después de mi quinto cumpleaños. Voy corriendo a la recámara de mis padres y me tiro sobre la enorme figura de mi padre. “Vamos, papá”, le digo. “Vamos a nadar”. El se voltea con lentitud, abre un ojo y me dice: “¿Cómo te atreves a levantar a un hombre de 43 años a las seis de la mañana?”. Ahora que mi padre está muerto y yo soy un hombre de 63 años, este recuerdo de hace mucho tiempo me asalta y me dan ganas de reir y de llorar al mismo tiempo.

La adolescencia fue una época mala. Desarrollé una extraña enfermedad de la piel: Erythema annulare centrifugum, dijo un especialista; Erythema gyratum perstans, dijo otro —palabras finas, vibrantes, pomposas, pero ninguno de los dos pudo hacer nada, y yo sufría, cubierto como estaba por una multitud de heridas exudantes—. Me veía, o por lo menos me sentía, como leproso y no me atrevía a pasearme con el cuerpo al aire por una playa o una alberca, y sólo a veces, si corría con suerte, me encontraba con algún remoto lago.

En Oxford, la piel se me aclaró y la sensación de alivio fue tan intensa que quería nadar desnudo, sentir el agua tocando cada parte de mi cuerpo sin molestia alguna. En ocasiones iba a nadar al amanecer a Parsons’ Pleasure, un recodo del Cherwell que había funcionado como reserva para nudistas desde finales del siglo XVII o antes y que frecuentaban los fantasmas de Swinburne y Clough. En las tardes de verano me iba a remar por el río, buscaba un lugar apartado para atracar y nadaba perezosamente el resto del día. En ocasiones me iba por las noches a correr por los caminos de sirga del Isis, más allá de Iffley Lock, lejos de los límites de la ciudad. Me zambullía y nadaba en el río hasta fluir con él, convertidos en uno solo.

Nadar se volvió una pasión dominante en Oxford y después de esto no hubo vuelta atrás. Cuando regresé a Nueva York, a mediados de los sesentas, empecé a nadar en la Playa Orchard, en el Bronx, y en ocasiones hacía el circuito de la Isla de la Ciudad -un trayecto que me tomaba varias horas-. De hecho fue así como me topé con la casa en la que ahora vivo. Me había parado a la mitad del trayecto en un encantador mirador a la orilla del agua. Me salí y me dirigí a la calle. Vi una pequeña casa roja en venta, que me mostraron, todavía escurriendo agua, sus confundidos dueños. Caminé hasta la oficina de bienes raíces y convencí a la agente de mi interés (no estaba acostumbrada a tratar con clientes en traje de baño). Me volví a meter al agua por el otro lado de la isla y nadé de regreso a Orchard después de haber adquirido una casa a la mitad de una excursión a nado.

Una de las cosas que más disfrutaba era nadar en los lagos, y en ocasiones rentaba un cuarto en un viejo y dilapidado hotel en el Lago Jefferson, al norte de Nueva York -un lago pequeño (cinco acres) y no muy profundo en donde nadie esquiaba ni usaba botes de motor, y en donde podía nadar sin ningún peligro, en un reino sin fronteras o tiempo-. Muchos de mis fines de semana más felices los pasé nadando en este pequeño lago -también muchos de mis fines de semana más productivos, porque hay algo en estar en el agua y nadar que altera mi humor y pone en funcionamiento mis pensamientos como ninguna otra cosa-. Mientras nadaba de un lado a otro o alrededor del Lago Jefferson se construían teorías e historias. Oraciones y párrafos enteros se escribían en mi mente, y en ocasiones tenía que salir a tierra a descargarlos. La mayor parte de Una pierna para pararse fue escrita de esta manera, los párrafos formándose durante largas sesiones de nado en el Jefferson y descargados cada media hora más o menos, goteando agua sobre el papel: -mi editor se mostraba perplejo ante las manchas de agua y la tinta corrida de los manuscritos, e insistía en que los pasara a máquina.

De abril a noviembre acostumbraba nadar a la intemperie -era más osado entonces-, pero en el invierno nadaba en la “Y”. En 1976-77 fui “El Mejor Nadador de Distancia” de la “Y” de Mount Vernon, en Westchester. Nadé quinientos largos, seis millas, y hubiera podido seguir, pero los jueces se dieron por vencidos: “¡Suficiente! Váyase a casa”. Uno podría pensar que nadar quinientos largos resulta monótono, aburrido, pero nunca me lo pareció. Nadar me producía un gozo enorme, una sensación de bienestar tan extrema que en ocasiones se convertía en una especie de éxtasis. Había un compromiso total con el acto de nadar, con cada brazada, y al mismo tiempo la mente podía flotar libremente, fascinarse en un tipo de trance. Nunca conocí algo tan poderoso, tan sanamente estimulante -y estaba enviciado, todavía lo estoy, y me irrito cuando no puedo nadar.

Duns Scoto, en el siglo XIII, habló del condelectari sibi, la voluntad que encuentra deleite en su propio ejercicio. Mihaly Csikszent-mihalyi, en nuestro tiempo, habla del “flujo”. Hay cierta corrección esencial en el nadar, así como en todas las actividades que fluyen y de carácter musical. Y está además el asombro de la flotación, estar suspendido en ese medio espeso y transparente que nos soporta y nos abraza. Uno puede moverse en el agua y jugar con ella de una manera que no tiene analogía en el aire. Uno puede explorar su dinámica, su flujo, mover las manos como hélices o dirigirlas como pequeños pedales, convertirse en un pequeño hidroplano o en un submarino, o investigar la física del flujo en el cuerpo.

Y más allá de esto está el simbolismo de la natación -sus resonancias imaginativas, sus potenciales míticos.

Mi padre llamaba a la natación “el elíxir de la vida”. Era un hecho que para él lo era: nadó todos los días hasta los 94 años, bajando un poco el ritmo con la edad. Yo espero poder hacer lo mismo y nadar hasta morir.

 

Oliver Sacks.
Científico. Es autor de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y Despertares.

Traducción de Octavio Gómez Dantés