Al pasar revista a los acontecimientos de 1968 destaca la ausencia de voces disidentes dentro del aparato o el sistema, dentro de la familia política mexicana. La unanimidad sospechosa se acentúa por la disonancia de unas cuantas voces, muy pocas, que rompieron con una norma establecida, con una ley consolidada por el silencio monolítico de varias generaciones. Entre las voces disonantes sobresale, señera, la del rector Barros Sierra. Nadie le había dicho en público al presidente que eran suyas las voces menores que lo difamaban y atacaban, a lo que en un sistema presidencialista sólo se podía responder con la renuncia. Otra renuncia más tardía, la del embajador Octavio Paz, se sumó a la disonancia después del 2 de octubre.
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