En su compañía tuve siempre la sensación de que habitábamos entonces la atmósfera en que ambulaban sus personajes, por más que la mayor parte de las veces platicáramos en un departamento hacia el sur de la Ciudad de México donde visitaba yo a los Rulfo en los primeros años de los setenta, gracias a mi amistad con Pablo, mi compañero en la preparatoria y que comenzaba a ser el excelente pintor que conoceríamos luego.

Aquel departamento era muy iluminado y reinaba en él un silencio que tejía con delicadeza y las palabras dichas en el tono justo cada uno de sus moradores (Juan, el padre, Clara, la madre, y Juanelo, Claudia y Juan Carlos, además de Juan Pablo, los hijos). Una tarde llegó Juan el padre cargando un bulto delgado cuyo envoltorio dejaba leer “El Ágora”; puso el paquete sobre la mesita de la sala, rompió el papel y comenzó a espigar disco tras disco. Miraba la contratapa de cada uno, mientras yo observaba, sentado junto, con curiosidad y callado. ¿Qué busca?, pensé que podría ayudarlo. Eran discos de Elton John, tres o cuatro. El otro día oí una canción muy bonita y quiero encontrarla, me dijo. Quedé más que sorprendido cuando Juan comenzó a tararear; no me sorprendió menos darme cuenta de que asociaba yo esa melodía suave con una canción que ahora reconocía y que me gustaba también. Déjeme ver, solicité mientras me moví tantito hasta alcanzar las cartulinas. Hallé lo que buscábamos, saqué el elepé y se lo di en las manos a su comprador para que lo pusiera en la consola.

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Ilustración: David Peón

Otra vez nos encontramos en el pasillo estrecho del departamento. Yo caminaba con un libro en la mano que de inmediato atrajo la mirada de Juan, quien quiso saber qué estaba leyendo. En aquel tiempo además de haber caído en la moda de Hermann Hesse me había dado por leer poesía mexicana y aquella tarde llevaba la edición en Las Dos Orillas de Joaquín Mortiz de Terceto de Tomás Segovia, de quien acababa de leer con gusto El sol y su eco. Aquella mirada de Juan súbitamente dejó la tapa del libro que volteé hacia ella y buscó la mía, desconcertada un poco. Y por qué está leyendo eso, quiso saber. Mi respuesta lo obligó a prevenirme. El breve diálogo concluyó con una pregunta mía que contestó Juan con rapidez y toda seguridad: Efraín Huerta. Ahora tengo claro que entonces coincidí con él absolutamente.

Otra tarde Juan estaba al borde del amplio ventanal del departamento. Cargaba un walkie-talkie en su mano derecha, se esforzaba por oír una voz procedente del otro lado y susurraba un diálogo con el personaje invisible. ¿Con quién habla tu papá? Pablo me contó entonces que en un edificio vecino, ya sobre la avenida Manuel M. Ponce, vivía Fernando Benítez y que así se comunicaban su padre y aquel amigo suyo. ¿Por qué no un teléfono? Toda la familia coincidía con Juan: había que evitar a toda costa la lata de los periodistas y de los escritores, hasta de los políticos.

Un día apareció ante mis ojos un pastor alemán cuyo nombre se me escapa, también latoso pero juguetón y bien intencionado. Lo llevarían al huerto, en Ozumba, por Amecameca, donde los Rulfo construían una pequeña casa y disponían una variada siembra. Y ahí algunas veces vi al perro feliz, ya en un papel de celoso cancerbero. Un día viajamos juntos Juan y yo solamente en su Rambler American amarillo. Enfilamos al comienzo de la jornada por la avenida Revolución hacia el sur. Detenidos en una esquina por la luz roja, Juan sujetó bien el volante y miró de frente moviendo la cabeza. ¿Verdad que esta es la avenida más fea del mundo? En Ozumba Juan leía e, imagino, escribía. Leía mucho, libros que elegía muy bien, muy razonadamente. En aquellas fechas se concentraba en la historia de México. Oiga —me dijo una mañana—, ¿por qué no le dice a Salvador que le cambio su biblioteca? Él tiene muchas cosas buenas de historia y yo de literatura. Dígale que los dos ganamos. Mi padre sonrió cuando seriamente le expuse el ofrecimiento en la noche mientras cenábamos. Qué le digo. Dile que a mí también ahora me interesa más la historia.

 

Juan José Reyes
Ensayista. Prepara ahora un libro de Imágenes de Emilio Uranga. Desde hace trece años dirige la revista Cultura Urbana, que fundó en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.