De un tiempo para acá es común empezar conversaciones o reuniones sobre América Latina apelando a la épica pregunta de zavalita: ¿Cuándo se jodió el Perú? (esto es, América Latina). Pero ahora el mejor epígrafe no será de Vargas Llosa, sino de Cortázar: “América Latina: …modelo para armar”. Hay que empezar a buscar las claves del momento y entender al todo a partir de cada una de sus piezas, no hay otra manera de armar el rompecabezas y entender lo que sucede en la América Latina de hoy.

01-america-01

Ilustraciones: Patricio Betteo

Este 2016 se va como el año del mayor desencanto latinoamericano en décadas. No se trata sólo del segundo año consecutivo de recesión económica sino de muy señalados cambios de rumbo político, no vistos en mucho tiempo. Las economías latinoamericanas en conjunto decrecerán casi en un punto porcentual en 2016, y habían caído ya en 0.5% en 2015. La región entera enfrenta un incierto y restrictivo entorno internacional. De ahí el profundo pesimismo, tras el gran auge de la década del 2000, América Latina pareciera haber perdido de nuevo el rumbo.

Pero si miramos con detalle, veremos que la crisis en realidad dista de ser uniforme: es severa en algunos países, moderada en casi todos, e incluso en otros no hay tal. En realidad, el problema es más sudamericano que del resto. En Centroamérica, México y las grandes Antillas la crisis es mucho más tenue y algunas economías están creciendo vigorosamente, como en República Dominicana, Panamá y Costa Rica. México, con su ya proverbial letargo, crece al fin, poco más de 2%. Aun en la misma Sudamérica países como Paraguay, Bolivia y Perú se expanden a tasas más que aceptables, cercanas a 4%.

Se trata pues de un mapa complejo, donde emergen dos datos muy nítidamente: ante la caída económica más que reprobar a la izquierda, en la gran mayoría de los casos, lo que se repudia es la corrupción y al populismo, entendido éste como una forma de gobernar que apela a hombres providenciales, a caudillos que se ponen por encima de las instituciones, de la ley y, sobre todo, de las restricciones de las finanzas públicas.

Es cierto que hacia mediados de los años 2000 se vivió en América del Sur y, en menor medida en el resto de Latinoamérica, un auge económico extraordinario. Por otra parte, por lo menos ocho de los diez países iberoamericanos1 del sur tuvieron en algún momento gobiernos que pudieran calificarse, en distinto grado y manera, como de izquierda. En el resto de la región por lo menos otros tres podrían ser considerados así. De modo simultáneo a ese cambio de orientación política arranca un gran auge económico, impulsado en alta medida por la demanda China de materias primas de la región. Se experimenta una mejora dramática de los términos de intercambio (el coeficiente entre los precios de las exportaciones y de las importaciones) y se crece a tasas muy elevadas.

Había dinero, lo que faltaba era una narrativa distinta para explicar la nueva situación, una épica renovada del sorprendente auge, y pronto surge lo que podemos llamar la economía política de la “sudamericanización”: en la bonanza y con gobiernos de nuevo cuño se construye una narrativa optimista que celebraba una nueva inserción sudamericana en la globalización, con exportaciones masivas de materias primas, principalmente a China. Nadie lo decía, pero en realidad se estaba reeditando el viejo problema del centro y periferia, sólo que ahora el centro ya no era el tan denostado imperio, los Estados Unidos, sino China, un país nominalmente socialista, enorme y lejano, con ingresos medios semejantes al promedio latinoamericano. En todo esto Brasil llevaba la batuta y su carismático presidente, Luiz Inacio Lula da Silva fue su gran director de orquesta. Los exitosos programas como “Hambre Cero” y “Bolsa Familia” abatieron la pobreza sensiblemente y combinados con estímulo al consumo (y el correlativo endeudamiento de las familias) se hizo crecer a las clases medias. En Argentina los dos gobiernos “K”, el de Néstor Kirchner y el de su esposa (y luego viuda), Cristina Fernández, encajaban bien en esta lógica: políticas correctas en materia de derechos humanos y recuperación de la dolorosa memoria histórica de la brutal dictadura, con programas sociales populistas y subsidios generosos al extremo, al amparo de los dólares dulces que traían las enormes ventas de soya a China. En Bolivia Evo Morales accede al poder en 2006 e impone, al igual que su colega ecuatoriano Rafael Correa, una fórmula aprendida de la Venezuela chavista, empezar nada menos que por “refundar” a sus países, dotándolos de sendas constituciones progresistas, denostar al “imperio” e iniciar amplias políticas sociales. Venezuela fue mucho más lejos, con un caudillo carismático e inmensos recursos petroleros, intentó un confuso “socialismo del siglo XXI” que jamás ha podido entenderse del todo: nacionalizaciones de todo tipo y masivas transferencias de recursos a las clases populares a través de programas sociales llamados “misiones”. Lula era el único capaz de moderar a Hugo Chávez, a veces extremo y disonante en sus arrebatos retóricos, sobre todo de condena al imperialismo norteamericano, del cual recibía puntualmente masivos recursos por la venta de su petróleo. Pero a Brasil le servía bien tener a la izquierda un socio menor al cual de vez en cuando contener y limitar. Es el papel del líder.

El momento estelar llegaría en la Cumbre del Mar del Plata de 2005 donde se derrota al dragón del imperio, el demonizado ALCA (Acuerdo de Libre Comercio de las Américas). El comandante Chávez lo proclama como un momento épico, una especie de Bahía de Cochinos económica. En esa ocasión México se queda prácticamente solo en su defensa del libre comercio y los Estados Unidos, en realidad indiferentes y obsesionados con el Medio Oriente, toman distancia de América Latina.

Así, en medio del auge y con un gran triunfalismo, poco a poco el concepto de Sudamérica va sustituyendo al de Latinoamérica en los discursos, los documentos y los encuentros. Brasil inventa e impone la Unión de Naciones de América del Sur (UNASUR) para tener un foro político exclusivo, a modo. Se consumaba, aparentemente, la sudamericanización latinoamericana. Con una señal clara: México, fuera. Ya la Patria Grande de Manuel Ugarte perdía sentido y bien podía olvidarse. Por fin el sueño geopolítico del general Mario Travassos parecía cumplirse con la proyección continental de Brasil. Se consumaba una nueva y peculiar edición del destino manifiesto, ahora en el sur del continente. Para entonces China ya era el primer o el segundo socio comercial y el gran inversionista en la región. Más que bienvenida, en el boom todo es posible, toda vez que ahora el centro no son más los Estados Unidos, sino China. El Ariel de Rodó no habla mandarín.

Pero alrededor de 2012 China se empieza a desacelerar rápidamente y el “superciclo de las commodities” se agota —las carreteras, presas y aeropuertos ya están construidos, la demanda por soya llegó a un muy alto nivel y de ahí no puede seguir creciendo de modo exponencial—. Por otro lado, tras enfrentar agresivamente a la Gran Recesión los Estados Unidos empiezan a retirar liquidez del mercado internacional, presionando al alza las tasas de interés. Viene la inevitable caída y al reventarse la burbuja se hizo evidente que las reformas no habían sido de profundidad, y que muchos programas sociales ya no podían financiarse como años atrás. Se hicieron pocas inversiones a largo plazo, capaces de una transformación a fondo. Peor aún, se indujo una clara desindustrialización, al contraerse la famosa “enfermedad holandesa” al influjo masivo de dólares, por las exportaciones de bienes primarios.

Cada quien tenga la definición de izquierda que quiera, pero es difícil pensar que lo que se derrumbó fue la izquierda socialista latinoamericana. Esa izquierda, más autoproclamada que otra cosa, fue en realidad una colección variopinta de gobiernos con retórica progresista, que en realidad administraban programas sociales de diverso alcance y ambición, sin que ninguno, incluido Venezuela, eliminara la propiedad privada o sustituyera el funcionamiento de los mercados por la planificación central. Lo que se agotó no fue la izquierda sino un modelo sustentado, una vez más, en la exportación de materias primas y en gobiernos que toleraron excesivo dispendio y corrupción. Fincar el desarrollo, en pleno siglo XXI, en la venta bienes primarios fue en realidad cambiar un viejo esquema de dependencia por otro. Una tardía reedición del modelo de Centro-Periferia, vaya apuesta.

01-america-02

Brasil, por su enorme tamaño, es en sí mismo una de las causas del derrumbe económico sudamericano, pues la contracción de su mercado afecta a todos, principalmente a sus socios del Mercosur. La economía brasileña está en su peor recesión en por lo menos 80 años y tristemente se han perdido millones de empleos y, por lo menos en parte, muchas de las ganancias sociales de la era Lula. Después de casi 10 años de incentivos insostenibles al consumo de una clase media endeuda en exceso, sobregiros fiscales y laxitud macroeconómica, a Brasil le aguarda un ajuste muy doloroso y deberá, en circunstancias globales adversas, reconstruir también su perdida competitividad industrial. Pero su problema dista de ser sólo económico. Existe, como en el resto de la región, un repudio, un hartazgo enorme contra la corrupción. Nada menos que dos terceras partes de los miembros del Congreso están bajo acusación penal. Es cierto que hay una sorda lucha por el poder, que se expresa detrás de los grandes operativos anticorrupción, como el del “Mensalao” y el del “Lava-jato”. Pero eso no conculca la gran corrupción de los años de bonanza. Desde luego, en este caso hay claros excesos y abusos por parte de jueces politizados, como es el caso de Sergio Moro, que no esconde su admiración por el caso del célebre proceso italiano de mani pulite que arrasó no sólo con la “tangentópoli” sino con toda la clase política. El tema es importante y doloroso porque ya le costó a Brasil la injusta y lamentable destitución de la presidenta Dilma Rouseff (sin que tuviera cargos formales por corrupción) y ahora van nada menos que por Lula y su partido el PT, que parece derrumbarse, como lo muestran las elecciones municipales, donde ganan un empresario y un pastor evangélico las alcaldías de Sao Paulo y Río de Janeiro. El Brasil del gobierno impopular y débil de Temer será, inevitablemente, el de una transición truncada. Sólo hasta 2019 se podrá entrever cuál será el derrotero de ese país, tal vez ahora la balanza se incline por Aecio Néves, delfín de Fernando Henrique Cardoso en el PSDB, de moderada orientación socialdemócrata.

En Venezuela Hugo Chávez, que durante un tiempo repartió la riqueza y tuvo aciertos en sus programas sociales, derivó en autoritarismo y un estatismo caótico. Venezuela hoy en día se ha convertido en una autocracia petrolera en quiebra con un presidente notablemente incapaz y sin el carisma y los enormes recursos petroleros de Chávez. Las cosas han llegado demasiado lejos y el país sigue en caída libre, deteriorándose a ojos vistas. La economía este año decrecerá de nuevo en un 8% y a pesar del ligero repunte del petróleo se espera caiga de nuevo en el próximo. La empobrecedora inflación, que supera ya el 500% en el año, se sigue acelerando, la economía parece un pozo sin fondo. A finales de 2015 el gobierno de Maduro tuvo un muy serio revés al perder, de manera abrumadora en las elecciones legislativas, la nueva Asamblea Nacional, ahora dominada por la oposición, donde enfrenta el secuestro de otras instituciones del Estado venezolano por parte del gobierno.

Hoy por hoy lo que está claro es que el gobierno no tiene ni los recursos ni la competencia técnica para enfrentar la enorme carestía, pero quizá tampoco la voluntad de emprender un muy doloroso ajuste económico, de proporciones no vistas en América Latina. Maduro no piensa mucho, escucha pajaritos y actúa con impulsividad. Crispando más la situación, el ejecutivo canceló el proceso de referéndum revocatorio para removerlo del poder. El encono está llegando al extremo, la oposición se atrinchera en la Asamblea y en la errática Mesa de Unidad Democrática (MUD), mientras que el gobierno y su partido, el PSUV, dan rienda suelta a “colectivos revolucionarios” grupos de choque de civiles violentos, que les apoyan. Por el momento es sólo posible esperar que el ejército se mantenga en los cuarteles y el diálogo auspiciado por el Vaticano por lo menos que evite la violencia fratricida.

En Argentina el triunfo de Mauricio Macri a fines de 2015, ni radical ni peronista, sino un administrador pragmático sin ideología definida, marca un profundo cambio de rumbo en un país grande y de notable influencia en la región. El ajuste no se está haciendo esperar, pero se da en medio de una recesión derivada también del fin del auge exportador de soya. La oposición peronista-kirchnerista, como era de esperarse, ha tomado las calles, sobre todo ahora que la ex presidenta ha sido acusada formalmente de corrupción. El duro viraje de la Argentina de Macri, sin embargo, mantiene un buen grado de aceptación, sobre todo porque la inflación empieza a ceder y se ve luz al final del túnel. En todo caso, queda en evidencia el fracaso de un modelo de confrontación y aislamiento internacional. Se ha hecho evidente también una vasta red de corrupción. También en este caso se aplicaron generosas políticas sociales, qué duda cabe, pero con el de auge vino también el despilfarro, la crispación continua y maniqueísmo ideológico. Argentina mantuvo un modelo cerrado, de corte setentero, que no podía sostenerse y menos a costa de los países cercanos, a los que aplicó la conocida receta de empobrecer al vecino (beggar thy neighbour): quería venderles todo y no comprarles nada. Es este otro caso de rechazo, no a la izquierda o a las políticas sociales, sino al populismo caudillista y la corrupción.

En Chile, el país estrella de la región, ahora reina el desencanto. El crecimiento prácticamente se ha evaporado y la crispación social está en las calles, toda vez que la proverbial desigualdad de la sociedad chilena se hace más visible en épocas de vacas flacas. El malestar ha llevado al desacertado segundo gobierno de Michel Bachelet a tasas de aprobación de menos de 20%. La corrupción —cercana a la familia presidencial— ha sido un factor decisivo. Chile padece el síndrome del rey desnudo: se hizo evidente que, terminado el superciclo de commodities, la economía se desploma pues no se ha diversificado. No sirve de mucho hacer TLC con quien fuere, si no se tiene mucho más que ofrecer además de cobre, pescado, fruta, vino, madera y papel. Aún así, Chile tiene amplias fortalezas institucionales, holguras macroeconómicas y a pesar de sus tropiezos, es hoy el país líder la región en materia de ingreso per cápita y seguridad. El gobierno, de centro izquierda y volcado a la Alianza del Pacífico, no ha sucumbido al populismo y mantiene su proverbial orden y disciplina fiscal. Los chilenos protestan contra la incompetencia y buscan reformas educativas y sociales, pero lo que en verdad no perdonan es la corrupción.

En el corazón andino de América del Sur las cosas son diferentes: ni en Perú ni en Bolivia hay crisis económica, sólo una desaceleración. Si bien ambos países tienen diferentes inclinaciones políticas, su región por primera vez es líder en crecimiento. Perú es —con Panamá— el país de mayor crecimiento en los últimos 15 años. Como en los casos anteriores, sus exportaciones, sobre todo de un amplio portafolio de materias primas, ha caído, pero se mantiene creciendo alrededor de 4%. Perú se ha transformado en los últimos 15 años, mejorando todos sus indicadores económicos y sociales, si bien la pobreza, sobre todo en los Andes, sigue siendo muy elevada. Ninguno de los últimos tres presidentes ha formado parte del grupo de presidentes de la izquierda populista sudamericana, más bien han sido socios entusiastas de la Alianza del Pacífico, muy cercanos a Colombia y Chile (y México). Los peruanos eligieron hace poco a Pedro Pablo Kuczynski, un banquero anciano de centro derecha, derrotando en Keiko Fujimori al fantasma del populismo de derecha (y el recuerdo de la inaudita corrupción) del gobierno de su padre.

Bolivia también se ha transformado en estos últimos 10 o 12 años. Evo Morales ha gobernado su país por más tiempo que nadie. Su tercer mandato terminará en enero de 2020 y habrán sido 15 años ininterrumpidos en el poder, pero por ley ya no podrá reelegirse al perder en las urnas esa posibilidad. Pero también ha presidido la más larga etapa de expansión económica de Bolivia. Evo, el primer presidente indígena (aymara), es también el más exitoso. Ha gobernado con un discurso radical, muy chavista hacia el exterior y con un claro, prudente y negociador pragmatismo hacia adentro. El sector privado ha prosperado en un clima de paz interna y estabilidad macroeconómica, más allá de la pretendida resurrección del Tiwanaku. Al volátil, irascible pero competente presidente ecuatoriano, Rafael Correa, se le acabaron los dólares con el desplome petrolero y otras materias primas. Tras “refundar” a su país a la imagen de Venezuela encabezó un gobierno de claroscuros. Ha sido pragmático y, acertadamente, dio más voz a los indígenas ecuatorianos. Con casi 10 años en el poder y dos reelecciones, su desgaste es evidente y, para su fortuna, decidió no buscar una nueva reelección. Es cierto que Ecuador verá a su economía descender este año, pero no padece de una crisis desbordada ni mucho menos.

Colombia es caso aparte: ahí la economía ha padecido el desplome de los mercados externos, pero su crecimiento, por débil que sea (2.3%), sigue siendo positivo y su gobierno, firmemente volcado a la Alianza del Pacífico, dista de ser populista. La corrupción no es un tema de primera plana y el presidente Santos, hoy Premio Nobel, hombre sereno y responsable, afronta una baja popularidad, por razón del rechazo que su plan de paz despierta en muchos colombianos que desconfían del mismo y no gustan de la gran indulgencia mostrada hacia las FARC. Por eso el triunfo del “NO” en Colombia, revirtiendo para todo efecto práctico cuatro años de negociaciones con la guerrilla, pone al gobierno en una difícil tesitura. Hay que renegociar cuesta arriba. Las FARC, que formalmente dejó de ser un grupo insurgente armado y ha respetado el alto al fuego, pero si se siente arrinconada y sin incentivos para seguir con el proceso puede revertir a la violencia. Todo va a depender de lo que suceda en las nuevas rondas de renegociación, donde el tema de las penas y los alcances de la justica transicional serán decisivas.

Uruguay, también con un gobierno de izquierda, muy cercana a la socialdemocracia, aprovechó bien el decenio del auge y se ha ajustado razonablemente a las restricciones de los nuevos tiempos. Su crecimiento es ya otra vez escaso, pero mantiene un razonable equilibrio: el segundo gobierno de Tabaré Vázquez no tiene el ímpetu de su primer mandato y menos el carisma bullicioso de su predecesor inmediato, Mujica. Pero difícilmente se puede decir que Uruguay está en crisis y que haya tenido algún cambio dramático de signo político. Uruguay, con mínima corrupción y un manejo macroeconómico responsable, es el mejor ejemplo: no es la izquierda, es el populismo y la corrupción lo que la gente está rechazando. El caso paraguayo es diferente, pero tampoco de crisis, por lo menos económica, el país mantiene un crecimiento de alrededor de 4%. El gobierno de Cartes, después del interludio del ex obispo populista Fernando Lugo, destituido por incompetente, la vida volvió al sopor conservador, dominado por los colorados.

En el norte de América Latina, Centroamérica, México y también las grandes Antillas soplan otros vientos y las cosas han sido muy distintas: no había demasiadas commodites que venderle China y existe una amplia red de tratado de libre comercio. La región ha capeado mejor que el sur el temporal económico, manteniendo un crecimiento modesto pero razonable.

América Central sigue avanzando en su integración con más pragmatismo y menos retórica, pero sin alterar tampoco la desigualdad que sigue siendo extraordinariamente alta. Existe una intolerable violencia, sobre todo en el Triángulo del Norte: Guatemala, Honduras y El Salvador, en estos últimos dos países la violencia es la más alta del mundo. Aquí también, como en México, hay un clamor contra la corrupción y al avance del crimen organizado. Por ejemplo, en el caso de Guatemala, inéditas manifestaciones en la calle le costaron a Pérez Molina no sólo la presidencia sino el ingreso a la cárcel. En Panamá y hasta en Honduras sucede algo similar. Nicaragua es un caso especial y preocupante, por la deriva autoritaria de Daniel Ortega quien ahora, con su mujer como vicepresidente, casi seguramente será reelecto, cumpliendo 24 años en el poder, podrá formar una peculiar autocracia conyugal con posibilidades de perpetuarse en el poder.

01-america-03

Latinoamérica depende excesivamente de las materias primas, promediando más alrededor de 70% de sus exportaciones; tiene poco que ofrecer a los mercados globales, dominados por cadenas de oferta en manufacturas crecientemente integradas e intensivas en tecnología. México es la excepción, pues sólo 15% de sus ventas al exterior son materias primas, el resto manufacturas, pero no ha diversificado su comercio, ni su expansión manufacturera tiene encadenamientos hacia el interior de su mercado interno. Como a los demás países de la región le convendría un mayor comercio e integración. En promedio América Latina no comercia entre sí ni 20% de su comercio exterior. Esto a pesar de décadas de discursear sobre la integración.

Parece que no queremos darnos cuenta de que América Latina es una realidad desdoblada. La América Latina que piadosamente se quiere “integrar” ya no existe. Existe la otra, la más profunda e invariable, la que nos regaló la geografía, la lengua y la historia común, convulsa y difícil. La que muestra una sombrosa semejanza lingüística y cultural desde Tijuana hasta Ushuaia. La que Bolívar con poderosa visión definió como una “Nación de Repúblicas”.

Pero la “integración” latinoamericana en su vertiente económica, que arranca con los estudios cepalinos de fines de los años cincuenta, o quizá más atrás, tras seis décadas de fracasos continuos y repetidos, nos sigue eludiendo. Se sigue invocando como un mantra por políticos y académicos, pero ya no existe una sola “voz latinoamericana”. No se ha dado, ni se dará, la integración mientras que Brasil y México graviten en órbitas distintas y no muestren real interés en dialogar y buscar acuerdos verdaderos y de fondo. México y Brasil son el obstáculo principal, ambos, por razones distintas. Pero no puede soslayarse el hecho de que su población conjunta representa más de la tercera parte de la región y su economía poco más de 60% del PIB regional. México, por su parte, desde el TLCAN no ha logrado construir una nueva narrativa latinoamericana, más allá de la Alianza del Pacífico. Su elites y su gobierno miran con indiferencia hacia al sur. Brasil y México se miran con desconfianza. La clave está en buscar de nuevo una voz común, un diálogo franco y empezar por acuerdo entre Brasil y México que de manera lógica se extienda a los demás países: así, la integración sería mutuamente provechosa y la convergencia entre el sur y el norte de la región sería posible.

Es así que el paisaje después de la tormenta puede ser gris, pero no del todo desolador, con la dolorosa excepción de Venezuela. A pesar de todo el quebranto económico hay que celebrar el creciente rechazo al populismo y la corrupción. Claramente, no han sido estos tiempos de regreso de la vieja derecha golpista y, mal que bien, las imperfectas democracias se sostienen. América Latina no debe buscar hombres providenciales ni caudillos que se perpetúen en el poder, antes que otra cosa debe enfrentar sus demonios de siempre: la corrupción endémica, la falta de apego a la ley, las instituciones débiles capturadas por intereses particulares, la precaria cultura de rendición de cuentas y el calamitoso estado de la educación. Latinoamérica es, con mucho, el continente más desigual y violento del mundo; el narco y el crimen organizado parecen estar ganando y no perdiendo territorios. Éstas son las fracturas más serias que debe enfrentar, no con más violencia y represión, sino consolidando el Estado de derecho, con reformas sociales y crecimiento económico. Juntos lo haremos mejor: este es el modelo para armar.

 

Cassio Luiselli Fernández
Economista y diplomático. Doctor en geografía y medio ambiente.

 

Un comentario en “América Latina: Modelo para armar

  1. Aun si los males sociales como la delincuencia organizada, la corrupción,la prevaricación de los políticos fuera erradicada, queda un enorme hueco por llenar: los estudiosos de la sociedad no han demostrado la capacidad de utilizar los conocimientos generados en el estudio del capitalismo, Marx y Weber. Más allá de los conceptos de la orientación política espacial, izquierda o derecha, no han realizado lecturas de la realidad capitalista de los países del sur de América (incluidos México y el istmo centroamericano). La interpretación de los sucesos económicos y políticos de esta región,pasa por la elaboración de una representación fundada en la comprensión de la manera en que tiene lugar el desarrollo capitalista. Pero no solamente desde el punto de vista de la base económica, sino de la manera en que funciona la superestructura cultural respecto de aquella base económica del capitalismo. Thomas Piketty habla de un fenomeno que es la vida cotidiana de los países sudamericanos, la desigualdad económica por la concentración del ingreso, pero ese relato si representa una denuncia de lo que está sucediendo en el primer mundo, no constituye una explicación de los problemas del “tipo de capitalismo” que caracteriza a “nuestros países” en la América hispánica. El “ruido” en las esferas de la política y los intereses creados, impiden la construcción de representaciones de nuestro capitalismo, que muestren sus fallas estructurales, pero no en el sentido del liberalismo, no en el sentido de una visión puramente economicista de la cuestión, sino en el sentido de una economía política no liberal ni en el sentido de una cosmovisión–diría Weber–. No necesitamos un Thomas Piketty hispanico,lo que necesitamos son ingenieros sociales que diseñen la construcción de una capitalismo funcional y eficaz, porque al interior de las economías de la América hispánica, hay espacio de sobra para el desarrollo de un capitalismo que, a pesar de las acechanza del capitalismo parasitario de las transnacionales y los trumpismos, genere procesos de desarrollo en nuestras economias. Por supuesto que hay que vernos lejos de las utopías de dotar de vehículos automotores y lejos del consumismo irracional fundado en nada más que el concepto de sociedades hedonistas y nihilistas que se han generado en nuestros países de América. El discurso es por supuesto más largo y tienen fondo, pero aquí el espacio es corto. Saludos a los editores de Nexos.