“Donald Trump oyó las voces que nadie más escuchó”, dijo Paul Ryan, el speaker de la Cámara de Representantes, el miércoles en la mañana. Ni las encuestas, ni los analistas, ni el resto del mundo lo hicieron. Quizás aquellos que se preguntaron qué sucedió con Brexit o con el No en Colombia. Pero nadie escuchó a los estadunidenses. Sólo Donald Trump.
Por segunda vez en 16 años, Estados Unidos tiene un presidente que ganó la elección sin ganar el voto popular. A pesar de que más gente votó por Hillary Clinton, el complejo sistema electoral estadunidense, junto con la distribución de población, aseguraron que el presidente fuera elegido sin obtener una mayoría de votos.

Esto importa, pero no tanto. Aunque Clinton hubiera ganado los 270 votos necesarios para llevarse el Colegio Electoral y convertirse en la primera mujer presidente en la historia de su país, la mitad de la gente que votó —alrededor del 55% del padrón, punto y medio menos que en 2012 y cinco puntos menos que en 2008— lo hizo por alguien que prometía un regreso al aislacionismo. Por alguien que prometió vetar la migración musulmana. Por alguien que niega el cambio climático. Por alguien que prometió instaurar la tortura como política oficial. Por alguien que quiere obligar a México a construir un muro y pagar por él.
Mucho se dice en estos días que la democracia falla, que lo que sucede es culpa de darle el voto a todas las personas. Lo segundo es cierto: Donald Trump es lo que muchos estadunidenses quieren. Nos escandaliza y nos aterra, pero es lo que los estadunidenses quieren. Si algo muestra esta elección no es que la democracia sea un problema: lo que nos enseña es que hay una parte importante de Estados Unidos y del mundo que todavía nos resulta desconocida.
Las encuestas mostraron hasta el final una victoria de Clinton por casi cuatro puntos porcentuales. Variaron un poco en septiembre, alrededor del resurgimiento de Trump –pasada su visita a México–. El consenso al terminar los debates presidenciales es que Clinton había barrido el suelo con Trump. Que lo poco preparado del millonario republicano quedaba demostrado, y que con eso era suficiente para que no fuera electo. Pero a la gente no le importó. El mensaje de Trump resonó con ellos, fuera falso e incluso imposible. Le habló a los más pobres, a aquellos que nadie quiso escuchar. Les prometió una solución. Le habló a quienes tienen miedo del cambio. A quienes le tienen miedo al otro. A los ricos que estaban hartos de ser gobernados por un afroamericano. A aquellos cuyo machismo les imposibilitaba pensar ser gobernados por una mujer.
Muchos de ellos, los suficientes para voltear las encuestas, lo escucharon en silencio. Cuando se les preguntó por quién votarían, mintieron o no contestaron. A pesar de que el mensaje de Trump durante toda la campaña fue que la corrección política debería morir, que uno debería decir lo que realmente piensa, no lo hicieron. Tenían miedo de expresar su opinión por saber la vergüenza pública que causaría, por lo incorrecta que era. Porque apoyan a un racista, a un xenófobo, a un misógino. Es lo que creían pero no podían decir.
A partir de hoy ya es posible. Pueden salir a la calle y decir que odian a los mexicanos, que los afroamericanos les parecen seres inferiores. El presidente electo les ha dado permiso.
Esta elección también fue un repudio a las élites, en particular a las políticas. Los estadunidenses están cansados de las dinastías –si Clinton hubiera triunfado, cuatro de los últimos cinco presidentes hubieran sido Bush o Clinton– y de los políticos de Washington, de quienes se sienten separados por un abismo. Podrán desconfiar de Trump, pero la deshonestidad de Clinton les pareció superior. Su odio hacia una candidata, y hacia lo que representa, fue mayor que su apoyo por el otro.
Aunque Trump también sea parte de esa élite, logró presentarse como alguien que está fuera de ella. Un millonario que se ha beneficiado de los hoyos en las leyes, que ha usado ingeniería fiscal para no pagar impuestos. Que se codea con los políticos. Pero que hasta ayer, en ojos de sus votantes, no era uno de ellos. Se sienten representados por un hombre que, a pesar de ser parte del sistema que detestan, piensan que se parece más a ellos.
¿Qué sigue? Si algo ha demostrado este año es que los analistas, los politólogos, los científicos sociales, no podemos predecir el futuro. Podemos, como dice el chiste sobre los economistas, explicar por qué lo que suponíamos que iba a suceder no fue así.
Mucho pasará en estos días, y los análisis —de los cuales es posible se desconfíe más después de lo erróneos que han resultado— serán prolijos. Mientras tanto, lo único que queda es voltear adelante, e intentar lidiar con una realidad que poco entendemos.
Esteban Illades
Periodista y editor.