El premio Nobel de Literatura al cantante Bob Dylan (1941) fue una sorpresa para el mundo de la alta cultura. Quizá a algunos, que no lograrán reponerse nunca de la corrupción pupulachera del Olimpo donde habitan las momias de lo clásico, les cruzará por la mente una broma macabra: “¡Caramba!, de no haberse muerto Juan Gabriel, a lo mejor también le habría tocado ganarse un premio Nobel”. Las canciones de Dylan son irregulares, hay unas que parecen (y seguramente fueron) escritas minutos antes de entrar al estudio de grabación. Nada hay más alejado del lirismo inspirado del canadiense Leonard Cohen (tan solo por poner como ejemplo a uno de sus colegas bardos que, por cierto, es siete años mayor). La voz de Dylan no es agradable, oscila entre dos diagnósticos: o es gangoso o tiene una severa obstrucción nasal. Incluso en compañía de grandes músicos, lo que se impone es una guitarrita, una armónica y esa voz plana que parece repetir una letanía ininteligible. Sin embargo, esa es precisamente la grandeza de Bob Dylan: contra viento y marea, su voz se impone, y lo que dice resuena, de generación en generación.

Fotografía de Stoned59. Bajo licencia de Creative Commons.
No Direction Home, el largo documental sobre Bob Dylan que hizo Martin Scorsese en 2005, concluye con una escena tomada de un concierto en Manchester que para los organizadores fue un rotundo fracaso y para el artista el inicio de su búsqueda creativa. Esa gira estaba enfocada en afianzar en Inglaterra el éxito del cantautor americano de principios de los sesenta, cuando el mundo entonaba baladas de protesta contra la guerra y pensaba en el amor libre. Los empresarios no contaban con que Bob Dylan no era ya el muchacho medio hippie y medio country que cantó “Only a Pawn in the Game”, tema sobre un trabajador algodonero muerto, en el Lincoln Memorial en 1963, junto a Martin Luther King. Bob Dylan no se había encasillado en esa lucrativa imagen y, por el contrario, buscaba su voz mientras caminaba al ritmo de la historia. Esa tarde de 1966 en el Royal Albert Hall, a medio concierto dejó a un lado la guitarra acústica y tomó una guitarra eléctrica. La gente se sintió defraudada porque su ídolo folk había sido corrompido por el rock, y lo abucheó sin parar. Cuando un fan le grito: “¡Judas!”, Dylan se acercó al micrófono y dijo: “No lo puedo creer”, y luego volteó la espalda al público e indicó a sus músicos (Levon Helm y Robbie Robertson): “Play it fucking loud”, y los acordes de “Like a Rolling Stone” comenzaron a sonar progresivamente más alto, hasta la distorsión total.
Terminó el siglo XX entonando canciones como “Blowin in the Wind”, y cuando el nuevo milenio despertó, Bob Dylan seguía ahí. Nunca paró. Quizá dando la espalda a ese público que no acaba de comprender lo que hace, pero que lo corea, Bob Dylan continúa de gira, subiendo el volumen, buscando lo que hay más allá de su voz nasal. Grabó con Ralph Stanley, la leyenda del bluesgrass, hizo una canción con frases en italiano para la serie televisiva Los Soprano, experimentó con blueseros como Big Joe Williams, Jonnie Johnson y John Lee Hooker. A través de canciones clásicas que se repiten sin cesar, y más de 30 discos de estudio, Dylan lleva medio siglo presente en el soundtrack vital de la gente. Quizá es ahí donde deben buscarse las razones de los jurados para distinguirlo con premios de la categoría del Príncipe de Asturias, el Pulitzer o el Nobel.
Se dice que su obra devolvió la poesía a la gente, que la sacó de los empolvados libros y se la arrojó en la cara, como ocurría antes, cuando los trovadores iban develando el mundo a las personas comunes, que enfrascadas en la ardua tarea de sobrevivir, no se enteraban del mundo que estaba frente a ellos. “Por haber creado una nueva expresión poética en la gran tradición americana de la canción”, afirma el veredicto de la Academia Sueca. Es un premio polémico, de eso no hay duda, sobre todo con respecto a esa guerra innecesaria entre la alta literatura y lo popular. En esta ocasión, bien avanzado ya el nuevo milenio, habrá que buscar a la literatura en la rebeldía creativa de Bob Dylan.
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Su debut folk de 1962: Self-portrait. La trilogía de su experimentación eléctrica con The Band, 1965-66: Bringing it All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde to Blonde. Su despedida del siglo XX: Blood on the Tracks, de 1975, y Time out of Mind, de 1997. Y sin duda el mejor de todos, con un sonido depurado y mucho blues: Love and Theft, de 2001, con el que celebró sus 60 años. Cuando lo presentó, Dylan declaró: “Sigo siendo la misma persona. La música que escucho también es la misma: una larga lista de gente que ya no está con nosotros, ¿entiendes? Esta gente que llegó primero, que fue la clave de todo. Fue una larga odisea interior llegar hasta ahí”.
Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Autor de El libro de las ballenas y coordinador del libro Hoteles de paso: secretos, amores prohibidos, caricias de seda de amantes clandestinos.