Suelo mantener distancia del trato con los escritores para que sus obras lleguen a mis manos intactas, lejos de los sesgos que impone la frecuencia, los intereses comunes y hasta la amistad. Jamás crucé palabra con Ignacio Padilla (1968-2016), aunque atestigüé intervenciones suyas en diferentes eventos en los que se expresó con mesura y respeto por la audiencia, virtudes cada vez menos frecuentes en un medio literario que no pierde oportunidad para el desaire. La crítica debería mantener el temple en momentos de estrés, pero esta no es la ocasión para hacerlo. En breve: su muerte impone un día negro para las letras mexicanas, para el arte del país, para la reconfiguración permanente de su identidad, para su día a día. Una lengua pierde a uno de sus orfebres aventajados, baste decir.

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No hay duda de que Padilla logró una aportación de peso a la literatura nacional e hispanoamericana. Tampoco de su entrega al oficio literario. Basta asomarse a sus libros para comprobarlo. Su lectura cervantina ya es motivo de festejo, además de su filiación casi obsesiva con la obra de Carlos Fuentes, al que todos reconocen como un autor excepcional y al que sólo algunas almas heroicas regresan. México pierde a uno de sus notables más legítimos y esto es motivo de pesar. Novelas como Amphytrion (2000) o La gruta del toscano (2006) son suficientes para aquilatar su capacidad para plastificar la materia narrada, en su posibilidad extensa, aquella que exige involucramiento y no sólo actos de prestidigitación o malabarismos. Las piezas que integran Los anacrónicos y otros cuentos (2010), por ejemplo, aunque especialmente “El carcinoma de Siam”, confirman su solidez en el registro breve, cerebral y libérrimo, además de un arrojo que abreva de los argentinos.

Ahora bien, para quienes no sean escritores y, por lo mismo, pudieran sugerir que su muerte no es una tragedia, es necesario recordarles que una tradición literaria tarda en gestar a sus escritores. No brotan después de la lluvia. Son parte del patrimonio de un país, a pesar de que su contribución sea generalmente minimizada por el analfabetismo generalizado de la sociedad, o porque la agenda pública impone otras prioridades. El proceso de gestación de un escritor inicia en la adolescencia y culmina en una madurez en la que se escriben obras con el acumulado de la experiencia. Las más de las veces se escribe en condiciones precarias, en el aislamiento o en medio de la más pura entrega al oficio sin esperar apenas nada a cambio. Padilla era un escritor logrado con la decantación de rigor y su camino por andar aún era largo.

Su aporte a la literatura de imaginación es significativo, por lo demás. Será olvidado el “crack” como pretendido movimiento literario, si bien quedará parte de la obra de algunos de sus feligreses, entre ellos, la de Padilla, como parte de la literatura nacional, la cual no habría necesitado de aquella soldadura para la soportar la prueba del tiempo. En “Elogio de la impureza”, texto leído en la ceremonia de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, Padilla hace un recorrido de sus hallazgos cervantinos. Encuentro esta línea clave: “Cervantes nos enseña cuánto necesita el canon reconocer la ambigüedad y la impureza”. A partir ese concepto de “impureza”, que no es sino una forma de hibridación, en su sentido más humano, es posible acercarse a su obra literaria, lograda con la suma de contrastes e insolencias, todas de aliento clásico.

Desde la muerte de Jorge Ibargüengoitia, las letras mexicanas no habían padecido una tragedia de estas proporciones. Se extingue una posibilidad, no obstante, una parte de la obra de Padilla ya existe para todos y se vuelve necesario regresar a ella. No como un homenaje ni como una forma de reparación del daño —imposible ante situaciones semejantes—, sino como una comprobación de su mérito como autor en un país que se agita para quedar libre de amarras. El gran bofetón para la comunidad de escritores que representa esta muerte, hace pensar en las recientes polémicas literarias: ¿qué dejan el rencor, la maledicencia, los disparos a quemarropa? ¿Qué se logró de la condena, el señalamiento, la impertinencia? Las obras subsisten, buenas o malas, a diferencia de los desplantes y los gestos tristes de la vida literaria.

 

Luis Bugarini
Escritor y crítico literario. Es autor de Estación Varsovia.

 

4 comentarios en “Ignacio Padilla, orfebre aventajado de la lengua

  1. Lamentable su muerte, sí, sin duda. Pero en cuanto a su peso como escritor, siempre me han quedado muchas dudas. Creo que él, y su grupito del Crack se sobrevaloraron. Se sintieron los salvadores de las Letras Latinoamericanas y denostaron (sin decir nombres) a muchos de sus antecesores. Lamentable su muerte, como la de cualquier ser humano, sí, pero no creo que la literatura nacional pierda mucho.

  2. Me pregunto si alguien que dice respecto a la muerte de Padilla “no creo que la literatura nacional pierda mucho” ha leído la obra de este escritor, si entiende el significado de ser titular de una cátedra internacional en una universidad importante en el extranjero, si comprende el tipo de escritor que debe ser alguien para ser miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, y para que su obra sea traducida a más de 15 idiomas. Me pregunto, de hecho, si alguien que hace fría y vanamente un comentario así, no es uno de los escritores supuestamente sobrevalorados (previos o posteriores) al grupo del Crack. Incluso me pregunto si no se trata de Fadanelli o algún otro escritor que ha pasado de la ironía y la crítica inteligente a la vacua agresión, al desdén y a la denostación como arma literaria.

  3. Desafortunadamente no he leido el trabajo de este importante escritor, pero me adhiero al importante comentario de Mariana, por el primer comentario tan burdo que sostiene. No se vale sostener opiniones tan ligeras sobre corrientes literarias, donde hay muchos elementos de cambio, que sacan razguños fuertes para gentes del stuatu quo, que pr cierto abundan en nuestra literatura. Para mi es mas que suficiente, el antecedente de Carlos Fuentes, un autor que he leido bastante y que me aporto la mayor parte de mi conocimiento sobre la literatura nacional, junto con Octavio Paz. De tal manera que el escritor Ignacio Padilla, no creo que sea la persona que se percibe en el primer comentario. De hecho, buscare sus trabajos y agradezco la reseña del articulista.

  4. Ignacio Padilla es sin duda uno de los grandes de las letras contemporáneas mexicanas. Se suele atacar la literatura reciente bajo pretexto de que no llena el canon literario rígido y excluyente con que muchos lectores nos formamos en nuestros inicios , pero es importante notar la transición del cambio hacia la nueva literatura mexicana, la de producción reciente. Ignacio Padilla, aunque se le critique por su pertenencia al grupo del crack bajo efecto propagandístico, se supo defender desde su escritura como cuentistas, novelista y ensayista. Sus estructura formales, la variedad de tópicos que confluyen en su literatura, no sólo de la cultura mexicana sino de la literatura universal, y su postura por abogar hacia las nuevas formas de escribir que no tuvieran un estigma oprimente de las formas del pasado; son sin duda algunas pruebas de su calidad como escritor.
    Concuerdo que el comentario de Edmundo Martinez no tiene nada de claro respecto a la literatura de Padilla, sólo es un simple comentario de ocasión que no tiene valía más que como opinión sin peso.