“Lector, ¿has visto una pelea? Si no lo has hecho, hay un placer que te espera”. Es William Hazlitt escribiendo en 1822 la crónica de una pelea de box entre Thomas The Gasman Hickman y Bill Neate. Box antes de que los peleadores cubrieran sus puños con guantes. Box al aire libre y sin límite de tiempo. El ensayo de Hazlitt, considerado por muchos como la primera gran crónica deportiva, es una de sus piezas maestras. Tom Paulin lo lee como un poema en prosa disfrazado de reportaje.

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Ilustración: Adrián Pérez

El ensayista replica, con el ritmo y el acento de sus palabras, la intensidad de los puñetazos. El escritor no está cerca de la pelea: pelea también. Vale intentar una traducción:

Neate parecía como un bulto inerte de músculos y huesos sobre el que disparaban los golpes de Gasman con la rapidez de la electricidad o el trueno y sólo podía uno imaginar que pudiera levantarse para ser noqueado una vez más. Era como si Hickman empuñara una espada o una flama en la mano derecha y la esgrimiera contra un cuerpo desarmado. Se encontraron nuevamente y Neate parecía, no acobardado pero sin duda cauteloso. Vi cómo se tensaron sus dientes y cómo se fundió su frente con el sol. Mantuvo, como dos martillos, sus brazos rectamente hacia delante, levantando apenas el izquierdo una o dos pulgadas. Gasman no podía traspasar esa muralla. Se golpearon mutuamente y cayeron al piso, sin ventaja para nadie.

William Hazlitt, uno de los más admirables ensayistas británicos, aprendió del box tanto como del teatro y la pintura. Sus textos aparecen en cualquier antología del ensayo inglés. Siguen publicándose sus reflexiones sobre los personajes de Shakespeare. Su crítica de arte es memorable: pintor él mismo, describió como nadie los placeres del pincel. También pueden leerse con gusto sus ensayos personales sobre el paseo, la sensación de inmortalidad de los jóvenes o la lectura de los libros viejos. Pero en sus ensayos políticos, en sus piezas de combate aparece el pugilista que boxea con nudillos desnudos. Desde su defensa del odio como motor del mundo alcanzó una de las cumbres del ensayo polémico. La naturaleza, escribe ahí, “parece constituida por antipatías”. El tedio es muerte, el antagonismo es la hélice vital. Le tundió a la monarquía y a los conservadores, a los intelectuales serviles, a las supersticiones religiosas, a Malthus y a todos los pedantes. Hazlitt fue un boxeador feroz, severísimo, inclemente pero justo.

Si regresamos a aquel ensayo sobre el box nos percataremos que la oposición de los peleadores es un antagonismo de atributos, de símbolos. El apodo de Hickman es revelador: Gasman, hombre gaseoso. Hazlitt lo dibuja ligero, animoso, elástico: una pantera. Bill Neate es lo opuesto: un oso fornido, grasoso, tosco, imponente. La pelea entre ellos es un debate: en los puños se afirma la ventaja y se localiza el defecto. También se reconoce lo contrario: la debilidad propia y la fuerza del contrario. Fuera del ring o antes del combate el boxeador puede ser un fanfarrón. Suele serlo: amenaza y anticipa que noqueará al otro en el primer round. Cuando la campana suena, el boxeador ha de entender al enemigo. Un lujo que el combatiente no puede darse es desconocer a quien tiene enfrente. Lo callan sus palabras pero el cuerpo del boxeador reconoce mejor que nadie el genio de su enemigo. En el box se escenifica la admiración de los contrarios.

Los movimientos del boxeador esculpen el mejor retrato de su oponente. Eso puede encontrarse en los admirables claroscuros literarios, artísticos y políticos de William Hazlitt. Nunca la caricatura que reduce toda la complejidad a un rasgo. Siempre el contraste del acierto y la mancha, el brillo y las sombras.

Cuando Hazlitt dijo que el verdadero jacobino, el verdadero patriota, debía de ser un buen odiador pedía que se odiara lo que merece ser odiado, pedía que se odiara bien y para el bien. Y para bien aborrecer, hay que conocer. No sabe odiar quien se niega a comprender, quien es incapaz de advertir mérito en el otro. Como los reflejos rinden homenaje a la velocidad del enemigo, el crítico ha de detenerse en la virtud de su antagonista. Por eso Hazlitt, periodista que boxea, no duda en admirar a sus adversarios. El caso más interesante es su pelea con Burke. Hazlitt, un entusiasta de la revolución francesa, confronta al crítico más brillante del radicalismo. Al tiempo que desarma sus argumentos, celebra su estilo. Que le repelan las ideas del conservador no lo ciega a su profundidad, a su elocuencia, a la elegancia de sus razonamientos y al poder de su escritura. “El más poético de nuestros prosistas”, lo llama. Un poeta que, sin embargo, no cae nunca en la afectación porque pone la belleza al servicio de su batalla. En Burke, Hazlitt reconocía a un adversario digno de sus puños porque, al igual que él, escribía para combatir. “Cada palabra debe ser un golpe”, escribió Hazlitt (pensando en Burke).

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

2 comentarios en “Cada palabra, un golpe

  1. Creo yo que, en la soberbia del pugilista, también puede argüirse la egolatría que se construye en la práctica de este deporte: producto de la abstemia muscular que se cobra por las horas del entrenamiento; de condenar al cuerpo exhaustivamente para maquinarse como una catapulta de golpes; también producto de dosificar el carácter del deportista y destilarlo finalmente en forma de un ataque con estrategia. En la escencia del combate, al estudiar al oponente dentro del ring sucede también admiración en la soltura, en la solidez y en persistencia del que te va a pegar; elementos que devienen de un muy articulado entrenamiento que moldea al cuerpo y distribuye este aprendimiento físico en una labor mental. Arriba de la tarima estás limitado a ensayar cadenas de combinaciones -a veces muy largas- durante un rango tres minutos para debilitar a un oponente que también entrenó cómo recibir a tus puños, cómo evitarlos, y cómo hacerte pagar de cada uno su factura. La labor del boxeador es pendonear el trabajo físico y estratégico para después sintetizar aquel incalculable esfuerzo dentro de un muy corto límite de tiempo.

  2. Ya lo decía Robert Louis Stevenson con una pátina narcisista que se le disculpa por lo que dijo de William Hazlitt: “Todos nosotros somos personas admirables, pero no escribimos como Hazlitt”.