Mientras voy leyendo las entradas al hashtag #MiPrimerAcoso, oigo el Agnus Dei de Jenkins. Cantar quita el miedo, pero no consigue quitarme la tristeza. Todo esto que leo sigue pasando, como un aire ruin, a nuestro alrededor. Aquí tan cerca, entre mujeres que tienen Twitter y teléfonos inteligentes.

Con frecuencia tendemos a creer que el mal está en otra parte, entonces alguien lo nombra a nuestra vera, tan abrumador como parece transparente.

Hay hombres que están mal hechos por dentro, incluso si salieron de mujeres que también pueden haber sufrido acoso o mucho peor, violación, violencia, maltrato a sus hijos, espanto diario. Pero también cuando al parecer han vivido en familias estables y sin violencia.

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Ilustración: Gonzalo Tassier

Yo había olvidado por completo lo que podría considerar como mi primer acoso, no me marcó como el peor agravio, pero buscándolo recuerdo que cuando Brasil ganó el Mundial en 1970, un periodista entrado en años, si yo tenía diecinueve él pudo tener cincuenta, me pescó a besos en la boca sin que yo quisiera y por sorpresa. A mí, lo digo con cierta ironía, porque ya no era niña, nunca me habían besado en la boca, y jamás, en ninguna parte, con tal fuerza. No pude, ni supe cómo alegar defensa, salí corriendo. Pensé que esos besos no estaban entre mis quimeras, me turbaron. Un disgusto me persiguió esa noche. Recorrí muchas veces los bordes de mis labios, imaginando algo mejor. Con la lengua, con los dedos: algo más benévolo. Todo eso tenía que ser distinto, deseado, casi sobrenatural.

Lo cuento en la mesa del desayuno diciendo que no fue nada grave y que al poco tiempo la vida ya me había compensado el disgusto. Entonces miro los ojos de mis hijos censurando mi ligereza. Y lo repienso. A todas nos ha pasado algo así, sucede a diario, y claro que importa. Vivir en una sociedad en que esto parece trivial, que no sólo sucede una vez, sino muchas veces, todos los días, como si fuera inevitable, no es lógico, es indigno. Hay que rebelarse y revelarlo.

Porque no está dicho una y otra vez, porque se esconde o se minimiza, es que la sociedad termina por aceptarlo como una insolencia menor, a veces hasta como una travesura casual, generalizada pero sin mayores riesgos, ni consecuencias importantes.

De que no se castiguen, ni siquiera con la censura, la mayoría de estas impertinencias, de que casi se consideren parte del cortejo, consustanciales a la virilidad, a que muchos hombres se sientan con el derecho de maltratar, violentar, abusar, golpear, violar y hasta matar a sus parejas parece que hay un abismo, pero no lo sabemos. En esos acosos de apariencia menor está el borde de un acantilado que muchos hombres bajan sin culpa alguna.

He podido ver de cerca este horror del que hubiera querido mantenerme lejos. Sin buscarlas, pero aceptando, he debido saber historias que lastiman y violentan, conmueven y asustan de sólo escucharlas. Me tocó saber de ellas cuando, Margarita Guillé, hace unos años directora de la Red Nacional de Refugios, me pidió que la ayudara siendo la vocera de tan excepcional alianza de organizaciones civiles e instancias públicas. Oí entonces verdaderas historias de terror, y conocí mujeres valientes y sabias que consiguieron sobrevivir y, como si eso fuera poco, aprendieron a contar su experiencia, a comunicar su pena para ayudar a otras y salir de sí mismas. Yo no sé cómo, ni de dónde sacaron fuerzas, pero lo consiguieron.

De todo cuanto oí quizás lo peor fue la historia de una niña cuyo papá empezó a violarla desde que era muy chiquita. Desde que el hombre la amenazaba con el mismo machete con el que obligaba a los hermanos a irse lejos, al campo, a trabajar en el sol al que ella hubiera querido huir. ¿Por qué no le tocó ser hombre?, pensaba. No soy capaz, ni quiero repetir los detalles de ese horror. Sólo diré que lo sabían la mamá y los hermanos. Y que la mamá lo consentía. Tras años de sufrirlo, la jovencita tuvo un hijo de tal monstruo y huyó con él. Llegó desde el campo hasta Aguascalientes, en donde encontró el primer refugio de una red que se fue construyendo poco a poco. Hace veinte años era sólo el deseo de unas cuantas. Hoy ha crecido y es necesario hablar y saber de su existencia. No han de faltar, aquí, quienes sepan de alguien que necesite de tal ayuda.

Las mujeres llegan a los refugios, muchas veces con sus hijos también lastimados. En algunos casos sólo hasta que la violencia llega a ellos es que las mamás huyen, y denuncian.

Acercarse a alguno de los refugios de la red cambia sus vidas.

Cito y me parece crucial saber que: “La Red Nacional de Refugios (RNR) es un organismo civil sin fines de lucro, que nació en 1999 y se constituyó legalmente en noviembre de 2004 con la finalidad de agrupar a los refugios que brindan seguridad, protección y atención especializada para mujeres y sus hijos e hijas que viven en situación de riesgo por violencia familiar, de género, sexual y trata. Los refugios agrupados por la RNR son públicos y privados, se encuentran en las 32 entidades de la República Mexicana y la ciudad de México. Su objetivo es coordinar, unificar y representar los intereses de los refugios del país impulsando y fortaleciendo su labor de prevención, atención e interrupción del ciclo de violencia, promoviendo con ello la equidad de género y la defensa de los derechos de las mujeres y sus hijas e hijos”.

“Han buscado constituirse como un organismo sólido, confiable y profesional que asesore, capacite, colabore y represente los intereses de todos los refugios del país, que impacte con una labor coordinada a través de un modelo de atención consensuado que opere, dé resultados exitosos, provoque acciones que incidan en políticas públicas y genere cambios sociales”.

 Y vamos a lo más importante:

“Un refugio es el espacio físico donde se brinda protección y atención especializada a mujeres, sus hijas e hijos en situación de violencia familiar, sexual o trata”.

“El refugio previene y protege temporalmente a las víctimas de crímenes mayores así como de las consecuencias de la violencia, como pueden ser la discapacidad, la mutilación, la pérdida irremediable de la salud mental, lesiones y padecimientos mal atendidos, suicidios e incluso homicidios”.

Por supuesto brinda atención médica, psicológica, orientación y acompañamiento legal.

Desde la perspectiva de género y la defensa de los derechos humanos, un refugio brinda herramientas que fortalecen la seguridad personal. Contribuye al desarrollo de habilidades y destrezas para que las mujeres tomen decisiones asertivas en el proceso personal y familiar de construir una vida sin violencia.

Un refugio tiene como uno de sus principales objetivos que las víctimas actúen y procedan en lo que les corresponde para interrumpir el ciclo de violencia en el que se encuentran inmersas.

Los refugios asociados a la Red Nacional de Refugios operan con gran discreción. Por seguridad de las víctimas de la violencia y de quienes las atienden, la ubicación y el personal que en ellos trabaja, son absolutamente confidenciales.

El sitio de la red tiene un mensaje de fácil comprensión y cercanía que todos tendríamos que saber decir:

Si tu pareja, tu padre o cualquier familiar te ha golpeado y/o agredido, te amenaza de muerte, te controla el dinero, las amistades, las salidas, el trabajo y los gustos; maltrata a tus hijos e hijas, los pone en tu contra y te amenaza con quitártelos; te niega el gasto o la pensión alimenticia aun cuando puede pagarla; te ha obligado a tener relaciones sexuales que te desagradan; no te deja participar en las decisiones familiares, se enoja por cualquier cosa y te deja de hablar por mucho tiempo, ¡es muy importante que busques ayuda. ¡Tu vida puede correr peligro!

Si necesitas orientación, ser escuchada o estás en riesgo, comunícate, estamos para atenderte:

Red Nacional de Refugios A.C.
Tel (55) 56749695 y  (55) 52436432
Lada Nacional Gratuita: 018008224460
Atención las 24 horas los 365 días del año
E-mail: renarac@rednacionalderefugios.org.mx

No recuerdo cuándo empecé a cantar para ir acompañando la vida. Sé que auxilia, salvaguarda, quita el miedo. Por eso invité a Guadalupe Pineda a uno de los encuentros de quienes trabajan en los refugios. Cantó para ellas. Desde el fondo de aquella estancia salió la voz de una pequeña figura joven. Caminó despacio hasta llegar al estrado. Ahí contó una parte de la historia que después leí completa, la de la niña lastimada de quien les hablé antes. Ya trabajaba en un refugio, ya era en sí misma un refugio.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

7 comentarios en “Un refugio

  1. ¿Y qué podemos hacer por las mujeres de Arabia Saudita, quienes acaban de ser ‘promocionadas’ a mamíferos?

  2. Es importante que la mayoría de las mujeres que hemos sido violentadas en alguna de sus diversas formas, por minias que parezcan, como el ignorar ,ridiculizar y minimizar en público, sobre todo delante de otras mujeres, busquemos ayuda. La violencia se da en todas las clases sociales y perfiles culturales.Las que hemos escapado, tenemos que ser solidarias con estos refugios y con las mujeres violentadas.Muchos hombres son incongruentes con su moral pública y con la privada. Todas las mujeres podemos contar historias, que quedan como cicatrices para que la violencia contra las mujeres, no se acepte como algo natural.

  3. Aun hoy día es difícil aceptar que hemos sido violentadas. Y aún más que somos quién violentamos por no obtener la vida que realmente queremos tener. Es necesario, es urgente aprender a amarnos y respetarnos para asi recibir lo que tanto queremos sentir y vivir : La LIBERTAD .

  4. Qué hermoso y sentido has contado una realidad tan desgarradora, y que razón tienes en todo lo que comentas. Todas y yo diría de 10 -10 hemos sido agredidas de una u otra forma y es una mezcla de ira, asco, dolor…tantas cosas….Que importante tu vos en esto querida Ángeles. Los refugios o unidades son y llevan un gran esfuerzo y un grupo interdisciplinario, porque las heridas y daños son como las de un poli traumatizado, desde el cuerpo,corazón,pensamiento y espíritu.

  5. Muchas gracias, queridas comentadoras, cercanas, querido lectores, también cercanos. Siempre es bueno saberlos cerca.