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1. Las normas de la diplomacia europea no eran tan elevadas. Los diplomáticos de los siglos XVI y XVII daban pie a la suspicacia. Sobornaban a los cortesanos; fomentaban y financiaban rebeliones; alentaban a los partidos de oposición; intervenían en los asuntos internos de los países donde estaban acreditados en la forma más subversiva; mentían, espiaban y robaban. Un embajador se consideraba a sí mismo, en esos tiempos, “un honorable espía”. Estaba sinceramente convencido de que la moralidad privada era algo distinto de la moralidad pública. Muchos de ellos se imaginaban que la “mentira oficial” sólo guardaba un parentesco muy ligero con la mendacidad personal […] Fue un embajador británico, Sir Henry Wotton, quien expresó la opinión de que “un embajador es un hombre honrado a quien se envía al extranjero a mentir por el bien de su país”. Suele citarse esa frase en contra de la diplomacia inglesa. Lo que no se dice es que Sir Henry garrapateó esa observación, por broma, en un álbum, en Augsburgo. La nota en cuestión fue descubierta por uno de sus enemigos que dio cuenta de ella a Jacobo I. El monarca se ofendió mucho por el cinismo de su enviado; Wotton alegó en vano que había escrito ese apotegma sencillamente “para divertirse”. El rey Jacobo se negó a utilizar de nuevo sus servicios.

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2. El barón de Sonnino, ministro de Relaciones Exteriores de Italia en 1918, hizo grabar en la repisa de la chimenea de su despacho el lema: Aliis licet: tibi non licet, es decir: “a otros les es lícito: a ti no”. Todos los diplomáticos deberían llevar en el pensamiento ese lema.

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3. Ottaviano Maggi (cuya obra De Legato se publicó en 1596) defendió la tesis de que un embajador debía ser un consumado teólogo, bien versado en Aristóteles y Platón, y capaz de resolver, sobre la marcha, los problemas más abstrusos en correcta forma dialéctica; también había de ser perito en matemáticas, arquitectura, música, física y derecho civil y canónico. Debía hablar y escribir latín con fluidez y ser también versado en griego, español, francés, alemán y turco. Aparte de ser un erudito avezado en materias clásicas, historiador, geógrafo y perito en ciencia militar, tener un gusto refinado por la poesía. Y por encima de todo, ser de excelente familia, rico y dotado de una presencia física hermosa. A veces se pedían cualidades más específicas: la princesa de Zerbst, madre de la emperatriz Catalina de Rusia, al escribir a Federico el Grande le aconsejaba que eligiese como embajador en San Petersburgo a un joven guapo y de buen cutis, en tanto que se consideraba esencial para todo enviado cerca de las cortes de Holanda o Alemania, una gran capacidad para ingerir, sin peligro ni trastorno, vastas cantidades de licores embriagantes.

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4. Incluso Lord Malmesbury, ejemplo de la vieja diplomacia, aprendió por experiencia propia que la doblez no recompensa. En 1813 le escribió a Lord Camden, que le había pedido su opinión sobre la conducta diplomática: “Casi innecesario es decir que no hay ninguna ocasión, ni provocación, ni anhelo por rechazar una acusación injusta, ni idea —por muy tentadora que fuera— de alentar el objeto que uno se propone, que haga necesaria y mucho menos que justifique una mentira. El éxito conseguido merced a una falsedad es precario y carece de base. Su revelación no sólo daría al traste, para siempre, con vuestra propia reputación, sino que heriría profundamente el honor de vuestra Corte. Si, como acontece con frecuencia, un ministro astuto os formula de pronto una pregunta indiscreta que requiere al parecer de una respuesta precisa, acudid a la parada tratándola como una pregunta indiscreta o libraos de ella con una mirada grave y seria, pero bajo ningún pretexto contradigáis la afirmación, lisa y llanamente, si es verdadera o la admitáis como cierta si es falsa y de tendencia peligrosa”.

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5. Las ocasiones en que los diplomáticos han perdido los estribos se recuerdan con horror por generaciones enteras. Napoleón perdió la calma con Metternich en el Palacio Marcolini de Dresde el 26 de junio de 1813 y arrojó su sombrero sobre la alfombra con los resultados más deplorables. Sir Charles Euan Smith tuvo un arranque de mal humor con el sultán de Marruecos y rasgó un tratado en presencia de S. M. Imperial. El conde de Tattenbach perdió los estribos en la conferencia de Algeciras y expuso a su país a una grave humillación diplomática. Herr Stines tuvo un rato de mal humor en Spa.

 

Fuente: Harold Nicolson, La diplomacia (trad. de Adolfo Álvarez Buylla), México, 1948, tercera reimpresión 2010.