Aliados, amantes y espías

El abad Charles Etienne de Brasseur era un hombre culto, audaz y refinado, que hasta el momento de recibir las órdenes había sido autor de novelas escritas por encargo, con el pseudónimo de Ravensburg. Nacido en Bourbourg, al norte de Francia, llegó a México por primera vez a fines de los cuarenta, como capellán de la legación de su país, con el objetivo de conocer también los países de Centroamérica. Su interés en la civilización de los mayas, adquirido en Guatemala, cristalizó con los años en un conjunto de hallazgos —el Popol Vuh y el Rabinal Achi— que culminarían más tarde con el descubrimiento de la Relación de las cosas de Yucatán, la obra de fray Diego de Landa. Brasseur encontró el manuscrito de casualidad, empolvado, perdido entre los anaqueles de la Biblioteca de la Real Academia de Historia, en Madrid. Leyó sus páginas con avidez y con asombro, y fue por un momento feliz. Porque en ellas conoció el nombre que daban los mayas a los días y los meses de su calendario, así como también los glifos con que los representaban en sus códices y sus inscripciones, y entonces intuyó que la Relación estaba destinada a ser —como lo fue— la clave para descifrar la escritura de los mayas: el equivalente de la Piedra de Rosetta.

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En el verano de 1859, Brasseur viajaba de nuevo por el sureste de México, con el apoyo del Ministerio de la Educación de Francia. Había ya leído y traducido el Popol Vuh y el Rabinal Achi, pero no había hecho todavía el hallazgo de la Relación de las cosas de Yucatán. Aquel viaje sería el argumento de su libro Voyage sur l’isthme de Tehuantepec, que habría de publicar a su regreso a Europa. Zarpó de Nueva Orleans en un vapor de la Compañía Louisiana de Tehuantepec con destino a Minatitlán, donde tuvo la oportunidad de conocer a Robert MacLane, el ministro de la legación de Estados Unidos en México. Remontó el río Coatzacoalcos hasta El Súchil, para seguir a caballo a Lachivela, donde pasó la noche en un cuarto que puso a su disposición William H. Sidell, el jefe de los ingenieros de la Compañía. El 6 de junio de 1859, seguido por un mozo de camino, cruzó los huertos y las sementeras de los barrios, entre palmeras y bananeros, y entró a caballo al atardecer por las calles de arena de Tehuantepec, hasta llegar a la plaza donde estaba el Hotel Oriental. El abad Brasseur, agobiado por el calor, sin poder dormir en toda la noche, buscó al amanecer a la persona para quien tenía una carta de presentación, la cual acababa de regresar de tomar un baño en el río Grande. Era don Juan Avendaño, quien luego de leer aquella carta lo invitó de inmediato a su casa, ubicada cerca del Hotel Oriental.

Don Juan era hermano de Josefa Avendaño, la madre de Matías Romero. Vivía en una de las casas más grandes de la ciudad, frente a la plaza del mercado, sobre la calle del Comercio. Era originario de Oaxaca, pero radicaba desde hacía tiempo en Tehuantepec. “Es un hombre bajo, entre treinta y cuarenta años, sencillo y de modales espontáneos y corteses”, observó el abad Brasseur. “Se le consideraba como uno de los más poderosos apoyos del partido liberal y de los extranjeros. Era banquero y proveedor general de los norteamericanos, quienes lo apreciaban mucho”.1 Avendaño vivía solo en su domicilio, pues había mandado a su esposa y a su hija a la casa de sus suegros en Chiapas, con el fin de protegerlas de los disturbios de la guerra y, al parecer, también de las costumbres más ligeras de las mujeres de Tehuantepec.

Una vez instalado en su casa, Avendaño salió con Brasseur para visitar al prior de Santo Domingo, fray Mauricio López, quien residía cerca de ahí, a un lado del convento, sobre la plaza de Tehuantepec. Brasseur simpatizó de inmediato con él. Era muy oscuro de piel, notó, algo que hacía resaltar el hábito que vestía. “Posee una instrucción superior a la de la mayoría de los sacerdotes que he conocido en estos lugares de México”.2 Fray Mauricio, de hecho, había sido el director de uno de los institutos de enseñanza creados fuera de la capital del estado —el de Tehuantepec— por iniciativa de Benito Juárez. Tenía con él una relación antigua y estrecha. “Mucho le pido a Dios”, le escribió, “que te dé el acierto debido para que hagas la felicidad de la Patria, te conserve la vida y a mí se me cumpla el deseo de que seas el hombre de la Nación”.3 Sufrió el destierro al triunfar el Plan del Hospicio y fue, más tarde, uno de los sacerdotes que apoyaron la Constitución, contra la postura que adoptó la Iglesia. “La religión católica no está realmente en juego en esta partida sangrienta, sino más bien los restos de la influencia española”, reflexionó Brasseur sobre la guerra de Reforma. “En el estado de Oaxaca, incluso los sacerdotes han tomado las armas y luchan, los unos por una causa, los demás por la otra, según el color más o menos obscuro de su piel. En Tehuantepec mismo, el prior del convento de Santo Domingo, fray Mauricio López, el único dominico que su orden decrépita pudo enviar de Oaxaca, es uno de los jefes más activos del partido liberal”.4 Su caso no era excepcional. Varios sacerdotes del estado llegaron al extremo de renunciar a la Iglesia para secundar a Juárez al ser jurada la Constitución, entre ellos el fraile Bernardino Carbajal, el diácono Manuel Mendoza y los presbíteros Eligio Vigil y Manuel Gracida. Todos ellos militaban con los liberales.

Brasseur platicó un momento con fray Mauricio, en presencia de Juan Avendaño. Ambos le sugirieron visitar al jefe político de Tehuantepec. Le dijeron que vivía también cerca de ahí, así que los siguió a la calle, bajo el sol del mediodía. El comandante Porfirio Díaz estaba entonces más solo que nunca en el Istmo. Ya no tenía el apoyo del gobierno del estado, pues el coronel Díaz Ordaz, su primo, había sido destituido por la legislatura de Oaxaca. Sus relaciones con su sucesor eran bastante menos estrechas. Ahí mismo, en su distrito, estaba completamente aislado. Juan Avendaño y Mauricio López eran, habría de confesar, “mis únicos amigos en la ciudad de Tehuantepec”.5 Tenía otros más, como el administrador de correos, Juan Calvo, y el supervisor de alcabalas, José María Ortega. Pero no muchos: eran todos. “Sin estas amistades a quienes debí servicios muy oportunos y distinguidos, y sin una policía secreta que establecí”, diría Porfirio, “hubiera ignorado absolutamente cuanto pasaba en Tehuantepec, porque todos me eran enemigos, y por lo mismo mi situación habría sido insostenible”.6

Introducido por quienes eran sus aliados más cercanos, Brasseur conoció ese día de junio de 1859 a Porfirio Díaz, el comandante de Tehuantepec. “Su aspecto y su porte me impresionaron vivamente”, recordó más tarde, no sin solemnidad, en su libro de viaje por el Istmo. “Ofrecía el tipo indígena más hermoso que hasta ahora he visto en todos mis viajes: creí que era la aparición de Cocijopij, joven, o de Guatimozín, tal como me lo había imaginado a menudo. Alto, bien hecho, de una notable distinción; su rostro de una gran nobleza, agradablemente bronceado, me parecía revelar los rasgos más perfectos de la antigua aristocracia mexicana”.7 Brasseur lo volvería a ver, pues Porfirio comía todos los días en casa de Avendaño, con dos o tres oficiales de la guarnición de Tehuantepec. “Pude así estudiar perfectamente su carácter y su persona”, dijo el abad, para añadir una frase que sería con los años citada en todos los libros de historia de México. “Sin tocar para nada las ideas políticas, puedo decir que las cualidades que mostraba en la intimidad no hacían sino justificar la buena opinión que tuve de él, a primera vista, y que sería de desear que las provincias de México fueran administradas por hombres de su carácter”.8

Juan Avendaño tenía una tienda en la esquina de su casa, que daba al mercado de la plaza. “Junto a la tienda había una cantina y, en el gran salón contiguo, se encontraba un billar”, escribió el abad Brasseur. “El billar reunía cada noche, en casa de Avendaño, a los notables de la ciudad, incluidos el gobernador y el prior de Santo Domingo”.9 Eran puros hombres, pero había también una mujer que frecuentaba ese billar, uno de los tres que existían en la ciudad. “Se mezclaba con los hombres sin la menor turbación”, notó Brasseur, “desafiándolos audazmente al billar y jugando con una destreza y un tacto incomparables. Era una india zapoteca, con la piel bronceada, joven, esbelta, elegante y tan bella que encantaba los corazones de los blancos, como en otro tiempo la amante de Cortés. No he encontrado su nombre en mis notas, ya sea que lo he olvidado, o que nunca lo haya oído; pero me acuerdo que algunos, por broma, delante de mí la llamaban la Didjazá, es decir, la Zapoteca”.10 Charles Etienne de Brasseur quedó impresionado con ella la noche que la conoció. “Llevaba una falda de una tela a rayas, color verde agua, simplemente enrollada al cuerpo, envuelto entre sus pliegues desde la cadera hasta un poco más arriba del tobillo”, recordó. “Una especie de camisola con mangas cortas caía desde la espalda velando su busto, sobre el cual se extendía un gran collar formado con monedas de oro”.11 Aquella mujer le inspiró una mezcla de fascinación y deseo —deseo combinado, también, con algo de desprecio. “No me extenderé acerca de su reputación: estaba al nivel del de la mayor parte de las señoras de Tehuantepec”.12

¿Quién era la Didjazá? Brasseur atribuye en su obra reacciones muy diversas a los hombres que tenían relación con ella. Unos, dice, “la respetaban como a una reina”, otros “la consideraban loca”, algunos más “la temían teniéndola por bruja”.13 ¿Quién era? ¿Una mujer de verdad o un arquetipo de la imaginación? Reunía todos los atributos del ideal de la tehuana: bella, seductora, audaz, sensual, liviana, provocativa, rica, misteriosa… Todo indica, así, que era un arquetipo, un retrato compuesto por el abad a partir de varias de las mujeres que conoció en Tehuantepec. ¿Quiénes eran, pues, esas mujeres que inspiraron la figura de la Didjazá? Una de ellas, sin duda, era la muchacha que vendía cigarros y puros a los soldados de la guarnición, en la plaza del convento de Santo Domingo. Era pobre, así que no pudo haber lucido un collar de monedas de oro en el pecho, pero era también, en cambio, diestra para el billar, que jugaba en efecto en la casa de Avendaño, según el testimonio de quienes la conocieron, entre ellos el cronista de la época Gustavo Toledo Morales. Esa mujer, entonces muy joven, estaba destinada a ser una de las leyendas más poderosas y más perdurables del Istmo de Tehuantepec.

Juana Catarina Romero tenía veintiún años en aquel verano. Había sido bautizada como “niña ladina” (o sea, mestiza) de “padres desconocidos”, según el acta de bautismo, que indica que nació en el barrio de Jalisco, aunque no menciona que era la hija no legítima de María Clara Josefa Romero.14 Aprendió a hablar español y zapoteco de niña, pero nunca fue a la escuela, por lo que tuvo que aprender a leer y escribir ya grande, con la fuerza de su voluntad. Para sobrevivir, desde muy joven, torcía puros y vendía cigarros con hoja de maíz en la plaza del mercado, a veces también entre las tropas que habitaban el convento de Santo Domingo. Algunos dicen que llegaba a jugar a las cartas con los soldados. Es posible que sí. Estaba relacionada con los liberales de la ciudad, como Juan Avendaño, por lo que conocía desde hacía ya tiempo, más de un año, al comandante de Tehuantepec. Porfirio Díaz no la menciona en sus memorias, donde habla sin embargo de una policía secreta. Juana Cata era parte de esa policía secreta. Desde la ribera del río Grande, según los escritos de Toledo Morales, su contemporáneo, hacía señales de fuego a Porfirio, acampado con sus tropas en el cerro de Guiengola, varios kilómetros arriba del río, en observación de los patricios que merodeaban por Tehuantepec. Así lo confirman otras fuentes que son también en principio confiables, aunque posteriores a los hechos. “Durante la guerra”, dice una de ellas, “prestó algunos servicios al señor general Díaz”.15 Por lo demás, ella habría de ser por el resto de su vida —en las cartas en clave que le escribía desde el Istmo, que sobreviven— su informante minuciosa y constante de Tehuantepec.

Las tehuanas eran celebradas por su belleza a lo largo de la República. Todos los autores que viajaron por la región las evocan en sus libros. El americano John McLeod Murphy, accionista de la Compañía Louisiana de Tehuantepec, escribió en 1859, el año de su viaje, que las tehuanas eran “delicadas, ligeras, voluptuosas y llenas de vivacidad”.16 El francés Désiré Charnay, fotógrafo de las ruinas de Oaxaca, afirmó por esas mismas fechas que le parecían “muy seductoras”, para concluir así: “gozan de rostros llenos de carácter, firmeza de carnes y contornos admirables”.17 Más tarde, el austriaco Teobert Maler, capitán de voluntarios de Maximiliano, escribiría también sobre las “bellas tehuanas”.18 ¿Cómo era Juana Cata, la espía del comandante Díaz? Existe una fotografía que la muestra de joven, más o menos por esos años: lleva enaguas de enredo ajustadas a la cadera, aparece delgada, bajita, seria, vivaz, muy derecha. Existe también otra fotografía más, un poco posterior, en la que está vestida de tehuana. ¿Era bonita, como la Didjazá? No del todo, de acuerdo con las fotografías. Así lo confirma, igualmente, la impresión de un hombre que la conoció de grande, para describirla con estas palabras: “cuerpo bajo, ojos pequeños y mirar de lince, sin llegar a la belleza”.19

¿Era Juana Cata, la espía, también la amante de Porfirio Díaz? Brasseur, que los observó de cerca, no dice que lo fueran. Tampoco hay cartas de amor entre los dos: Juana Cata no sabía escribir cuando conoció a Porfirio, algo que aprendería más tarde, durante la guerra de Intervención. Pero ella tenía veintiún años, él tenía veintiocho años: convivían en el billar y colaboraban en la guerra, y pudieron ser amantes. Los rumores son antiguos. En un informe que sería redactado varias décadas más adelante, en el año en que murió Porfirio, un partidario de la Revolución en Tehuantepec diría lo siguiente respecto a Juana Cata: “fue cuartelera y concubina del general Díaz en tiempos de la Santa Guerra de Reforma”.20 Quizá los revolucionarios, que luchaban por destruir su cacicazgo en el Istmo, gigantesco todavía, la convirtieron antes en la amante del Dictador. O quizá, nada más, hacían eco de un rumor que persistía en esa región. Juana Cata no tenía miramientos para vincular su vida con los hombres que detentaban el poder, como lo haría después con Remigio Toledo, el prefecto de Maximiliano en Tehuantepec. Estaba acostumbrada al trato de cerca con los hombres, que no le daban miedo. Frecuentaba incluso a los soldados de la guarnición, a los que les vendía tabaco. “Con su voz ronca que artificiosamente dulcificaba”, escribió un hombre que la conoció, pero que también la detestó, “con habilidad atraía a sus presas en sus años mozos de placer”.21 Así que es probable que Juana Cata hiciera sugerencias al comandante de Tehuantepec. ¿Cuál pudo ser, entonces, la reacción de Porfirio? ¿Aceptó su insinuación? ¿O prefirió tenerla al margen, utilizarla sólo como espía? “El amor no ha intervenido en su vida más que como un apetito regulado, a menudo subyugado”, afirmó con franqueza (y con acierto) un hombre que lo conoció de cerca, para de inmediato añadir lo siguiente: “En Tehuantepec, el joven jefe tuvo que encerrarse a ese respecto en estricta temperancia, porque abundaban las hembras que servían al enemigo de anzuelo”.22 No es posible saber con certeza si fueron o no fueron amantes. Pero no importa, no demasiado. Porque Juana Cata trascendió en su vida como aliada y como espía, no como amante.

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Las lluvias estaban retrasadas en aquel verano. El sol ardía en el cielo. Brasseur visitaba por las mañanas el mercado y frecuentaba, por las noches, el billar de la casa de Avendaño, donde coincidía a menudo con el jefe político de Tehuantepec. Ahí escuchó el rumor de que una banda de patricios amenazaba la ciudad. “El gobernador”, escribió, “se puso él mismo en marcha con sus soldados, con la intención de ir a desalojar al enemigo del camino de Oaxaca”.23 Brasseur evocaba lo que sería la acción de la Mixtequilla, en la que Porfirio dispersó a los patricios, que persiguió después hasta el rancho Los Amates, el 17 de junio de 1859. La acción le valió el grado de teniente coronel de infantería de la guardia nacional, con facultades para nombrar oficiales —“que entiendo se debió más bien al deseo que tenía el gobierno de Oaxaca de ascenderme, que al resultado práctico de la acción”, afirmaría el propio Díaz.24 Era cierto: había el deseo de ascenderlo. Su posición estaba fortalecida luego de su encuentro con Degollado, en el contexto de la negociación de Ocampo con MacLane en torno al tránsito en el Istmo. Con la noticia del ascenso, de hecho, el jefe político de Tehuantepec recibió también, deleitado, una notificación que le envió el gobierno de Oaxaca. “Quedo enterado de que el excelentísimo señor gobernador del estado ha tenido la bondad de facultarme extraordinariamente en los ramos de guerra y hacienda, con la misma amplitud que tiene esa superioridad y sin otra limitación que la que ella misma reconoce, para que en el caso de que se verifique la invasión que amenaza el estado pueda yo aumentar mis fuerzas y proporcionarme los recursos necesarios para sostenerlas”, manifestó. “Su excelencia puede estar seguro de que sus patrióticos deseos serán obsequiados, o mi cadáver acreditará que no he omitido esfuerzos para conseguirlo. La misma resolución hay en todos mis subordinados”.25

Díaz obtuvo aquel mes, por último, algo insólito: ayuda en efectivo del presidente Juárez. Dictó en el acto una carta de agradecimiento a Degollado, el ministro de Guerra. “Con la muy apreciable nota de usted de fecha 3 del corriente”, dijo, “me ha entregado el señor comandante de batallón don Francisco Loaeza la cantidad de 2,000 pesos, con que el excelentísimo señor presidente ha tenido a bien auxiliar a esta guarnición. La referida cantidad queda destinada a su objeto, como verá usted por el adjunto certificado, y esta guarnición muy agradecida por tan importante como oportuno auxilio. Tenga usted la bondad de manifestarlo al excelentísimo señor presidente, y aceptar las seguridades de mi particular aprecio y subordinación que por primera vez tengo la honra de ofrecerle. Dios y Libertad, Tehuantepec, junio 25 de 1859, Porfirio Díaz”.26 Todo ello —el ascenso y el dinero, así como los poderes en los ramos de guerra y hacienda— fue recibido por Porfirio en el momento más delicado de la guerra: en vísperas de la proclamación en julio de las leyes de Veracruz.

Leyes de Veracruz

“Los bienes del clero”, proclamaba el titular de La Democracia, periódico del gobierno de Oaxaca. “La bancarrota en que se encuentra la hacienda pública, causada por la lucha que ha sostenido el gobierno contra el partido clerical, no deja otro recurso para salvar la situación que nacionalizar los bienes de manos muertas”.27 La nota databa de comienzos de 1859, pero los liberales pensaban desde mucho atrás en esa nacionalización, a la que daban este nombre: la Reforma. Juárez hablaba de ella desde los tiempos del gobierno de Comonfort; Ocampo incluso desde antes, desde los años que sucedieron a la invasión a México de los Estados Unidos. El golpe de los conservadores agudizó la discusión entre los liberales. “En Veracruz, muchas veces el mismo pensamiento de Reforma fue objeto de conferencias y discusiones particulares”, recordaría el autor de la ley que expropió los bienes del clero, el oaxaqueño Manuel Ruiz, ministro de Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Pública del presidente Juárez. “En julio de 1859 era ya irresistible el clamor público. Toda la nación pedía la Reforma”.28 Las negociaciones con MacLane, entonces en curso, ponían las cosas en perspectiva: para obtener fondos para la guerra, razonaba Juárez, era preferible expropiar al clero, con todas sus consecuencias, que vender la Baja California a los Estados Unidos. Así lo manifestó también Santos Degollado, su ministro de Guerra, al regreso de su viaje por el Istmo. Y así lo sostuvo Miguel Lerdo de Tejada, su ministro de Hacienda, quien deseaba conseguir un crédito en Washington, garantizado por los bienes de la Iglesia.

El presidente Juárez quería desarmar a la Iglesia, que era el pilar de sus enemigos: privarla de su riqueza, utilizarla para su causa, pero sin herir el sentimiento religioso del pueblo de México. “El temor gravísimo de Juárez consistía en que el clero y la población católica, en una inmensa mayoría, asintieran plenamente en la necesidad de una guerra santa, de una contienda religiosa”, escribió su biógrafo más lúcido, el historiador liberal Justo Sierra.29 Era un temor que, al final, resultó infundado, como lo vería a su vez otro mexicano de renombre, el historiador conservador José Fernando Ramírez. La cuestión religiosa, diría él después, sólo era importante para una parte de la elite, no para el pueblo —“cuando ese pueblo no se ha conmovido con los atentados y las sacrílegas expoliaciones ejecutadas durante la administración de Juárez y, antes bien, tomaba en ellas la parte que se le daba”.30 Esa reacción no la podía prever Don Benito cuando el 12 de julio, luego de explicar sus motivos en un manifiesto a la nación, expidió una serie de leyes en Veracruz. La primera decretaba la nacionalización de los bienes del clero; la segunda, la separación de la Iglesia y el Estado; la tercera, en fin, la exclaustración de las monjas y los frailes y la extinción de las corporaciones eclesiásticas en México. Serían el núcleo de las leyes de Reforma. El objetivo de la primera, vital para su causa, era confiscar —sin indemnización, a diferencia de la Ley Lerdo— todos los bienes raíces poseídos por la Iglesia.

El sábado 23 de julio fueron publicadas en Oaxaca las leyes de Veracruz, con la firma del gobernador Miguel Castro, el sustituto de Díaz Ordaz. “Entran al dominio de la nación todos los bienes que el clero secular y regular ha estado administrando con diversos títulos”, decía el artículo 1.31 El decreto del gobernador detonó un proceso que, en menos de tres semanas, habría de despojar por completo a la Iglesia en Oaxaca. En ese tiempo, los frailes tuvieron que evacuar los conventos de Santo Domingo, el Carmen, San Felipe, San Agustín, San Pablo, la Merced y San Francisco. Comenzó su exclaustración. “El gobierno ocupó enseguida esos edificios”, escribió un cronista que vivió los hechos, “lo mismo que el Colegio Seminario, a donde se trasladó el Instituto de Ciencias y Artes del Estado”.32 Las monjas, por el momento, fueron exceptuadas. Pero el golpe resultó devastador. Una de sus víctimas —la primera, la más notable— fue el obispo de Antequera. “Defunción”, anunció La Democracia. “Ayer a las tres y media de la tarde falleció el ilustrísimo señor obispo de esta diócesis, doctor don José Agustín Domínguez”.33 El día que falleció, aquel 25 de julio, acababa de ser instalada en el Palacio de Gobierno la Oficina de Liquidación de Bienes Eclesiásticos. Su muerte fue provocada, diría la gente, “por la sensación profunda que le causaron las leyes de Veracruz”.34 Es cierto, en parte, aunque la verdad es más compleja. Estaba enfermo, muy enfermo, desde hacía meses. “El Jueves Santo de 1859, después de consagrar los santos óleos, sufrió un síncope en el altar”, habría de recordar un prelado de Oaxaca.35

Los preparativos del funeral de monseñor Domínguez comenzaron en el momento de su muerte, en el Palacio Episcopal de Oaxaca. Era un edificio austero y majestuoso, en ese entonces de una planta, construido en el siglo XVI con piedras rojas y con elementos geométricos que recordaban los templos de Mitla. Estaba situado a un lado de la Catedral. Ahí, en una de sus habitaciones, el cadáver procedió a ser embalsamado por los médicos de la Iglesia. Don José Agustín Domínguez sería sepultado con sus vestiduras de obispo en una de las bóvedas localizadas bajo el altar mayor de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Oaxaca, al lado de sus predecesores, don Mariano Morales y don Antonio Mantecón e Ibáñez. Fue vestido por sus asistentes con un roquete blanco con encajes en los bordes, ataviado con una capa morada con esclavina, con el solideo sobre la cabeza ya calva, bajo la mitra, las ínfulas dobladas hacia atrás, el anillo de obispo en el índice de la mano derecha y, junto a la cruz, la condecoración de caballero de la Orden de Guadalupe. En Oaxaca, durante los funerales de un obispo, de acuerdo con un testigo, “el cadáver era acompañado de los alumnos de las escuelas, las cofradías del Rosario, los miembros del clero que estaban en la ciudad, las comunidades religiosas, los miembros de los colegios de infantes, del Seminario, el cabildo entero, el cadáver previamente embalsamado, con sus vestiduras episcopales; el gobierno y sus empleados, con el ayuntamiento, que abría mazas para todos, y las fuerzas de la guarnición con banda y música a sordina y armas a la funerala, cerrando el cortejo coches de los particulares”.36 En este caso quizás estuvo ausente el gobernador del estado, junto con sus empleados. Porque todo comenzaba a ser distinto desde la Reforma. En los funerales del obispo José Agustín, de hecho, la Iglesia habría de solemnizar también su propia muerte en Oaxaca.

Una de las personas que vieron embalsamado a monseñor Domínguez fue, parece ser, su ahijado, su protegido durante los años del Seminario: el entonces teniente coronel Porfirio Díaz. “No lo volví a ver sino después de muerto”, afirma en sus memorias.37 La frase sugiere que no lo vio de nuevo en vida, luego de su rompimiento, pero que lo vio ya muerto. Es muy probable que sí. Porfirio estaba por aquellos días, a finales de julio, en la capital del estado. “Las necesidades del servicio”, dice, “me hicieron venir a Oaxaca”.38 No revela cuáles eran esas necesidades, pero están documentadas. Don Miguel Castro, el gobernador de Oaxaca, acababa de publicar, a mediados del mes, un decreto que imponía al estado un préstamo de 100 mil pesos, cuatro mil de los cuales debían de ser cubiertos por el distrito de Tehuantepec. Justificaba la medida por las necesidades de la guerra. “Los jefes políticos distribuirán la suma que toque a su distrito”, estipulaba en el decreto, “asignando a cada pueblo dos meses adelantados de capitación, y lo que faltare para completar la cuota designada, lo distribuirán entre los comerciantes y propietarios”.39 El teniente coronel Díaz había recibido ya una petición similar, hacía apenas unos meses. Tenía ahora que realizar de nuevo la recaudación en su distrito, a más tardar tres días después de recibir esa noticia. Una vez hecha la recaudación, muy resistida, marchó con el dinero hacia la ciudad de Oaxaca. Es posible que haya sido sorprendido, ahí, por el anuncio de la nacionalización de los bienes de la Iglesia. Muchos no podían dar crédito a lo que veían: el mundo que conocían desde niños caía en pedazos frente a sus ojos. Los monasterios de la ciudad fueron todos al final, el 11 de agosto, clausurados por un decreto del gobierno del estado.

Durante aquellos días de sacudidas y derrumbes, Porfirio tuvo la oportunidad de ver una vez más a su madre, doña Petrona, quien vivía aún en Oaxaca. Era una mujer ya grande; estaba desde hacía unos meses delicada de salud. Le comunicó, cuando la visitó, que acababa de ser ascendido a teniente coronel. Le habló de los peligros en el Istmo. Le informó —era evidente, porque cojeaba— que aún tenía la bala metida en el cuerpo. Debió comentar con ella la muerte del obispo, su padrino. “La encontré enferma”, señala, “pero ignoraba su gravedad, por una parte, y por otra, las exigencias del servicio militar no me permitieron diferir mi marcha. No tuve el consuelo de verla morir, pues falleció dos días después de mi salida de Oaxaca”.40 Petrona Mori, viuda de Díaz, murió el 24 de agosto de 1859. “Recibió los santos sacramentos”, afirma el acta de defunción, en un momento en que la Iglesia era golpeada con violencia por el gobierno de Oaxaca. “Se sepultó en el panteón”.41 Ahí la iría a ver su hijo al regresar a la ciudad, un año más tarde: al panteón de San Miguel, ubicado entre el río Jalatlaco y la cantera de Tepeaca, donde los muertos de la ciudad eran sepultados desde la década de los cuarenta, cuando fue dada a conocer la Ley de Panteones que, por razones de salud, prohibía las inhumaciones en los templos de Oaxaca. Tenía miles de nichos abiertos en los muros que lo circundaban —“adornados de inscripciones correctas, en lápidas hermosas y de buen gusto”, comentó don Juan B. Carriedo.42 En uno de ellos, al parecer, fue sepultada doña Petrona. Había una leyenda grabada sobre el pórtico del panteón: Postraos: aquí la eternidad empieza, es polvo aquí la mundanal grandeza.

Todo eso estaba todavía por delante al salir Porfirio a caballo hacia Tehuantepec. Acababa de ver el cadáver de su padrino, el obispo de Antequera. ¿Qué sentimientos lo sacudieron al contemplar así a su protector, postrado, vencido por la Reforma? Acababa de ver, también, el cuerpo ya indefenso de su madre, que sería asimismo doblegado por la muerte. Es probable que presintiera, que supiera que no la volvería a abrazar. Caminaba a caballo, con una escolta, por el camino de Tehuantepec, vuelto un lodazal por las lluvias de agosto, tan estrecho que la vegetación amenazaba con hacerlo desaparecer (“no es más que una brecha para mulas de la clase más rudimentaria”, anotó por esas fechas el alemán Hermesdorf).43 Díaz pensaba sin duda en todo eso mientras andaba sobre su caballo. O quizá pensaba en otra cosa: tal vez tenía noticias ya de la revuelta que acababa de estallar entre sus aliados de Juchitán.

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En el transcurso de agosto fueron publicadas en Oaxaca las leyes de Veracruz que instituían el registro civil para los actos de nacimiento, matrimonio y defunción. Aquellas leyes, junto con las anteriores, fueron recibidas con indignación por los pueblos del Istmo —incluido, esta vez, Juchitán, que las consideró un atentado contra la religión, por lo que desconoció, con un pronunciamiento, al gobierno de Oaxaca. Era el espectro de la guerra de religión que tanto había temido Juárez. Los juchitecos no nada más estaban sublevados por las leyes; debieron también estar impresionados con las victorias de Miramón, quien entonces amenazaba con sus fuerzas a la capital de Oaxaca. Había en ese momento dos gobernadores en el estado: uno sostenido por los liberales, el licenciado Miguel Castro, y otro respaldado por los conservadores, el general José María Cobos. La suerte de ambos pendía de un hilo. Porfirio no podía prescindir de Juchitán, su aliado contra Tehuantepec, pero tampoco podía enfrentarlo: lo tenía que convencer de apoyar las leyes de Veracruz. Con ese fin emprendió el camino hacia allá, acompañado por un ayudante y un ordenanza y por el cura fray Mauricio López. “Al llegar al pueblo dejé a mis acompañantes en los suburbios y entré solo con el propósito de meterme en la casa de don Alejandro de Gives, antiguo vecino y rico comerciante francés, que estaba muy apreciado y bien relacionado en ese lugar, con el propósito de llamar allí a los cabecillas y procurar entenderme con ellos, pero antes de llegar a esa casa encontré una partida de los pronunciados, ebrios y armados”, recordó Díaz. “Logré contenerlos, diciéndoles que como amigo que era yo de ellos, iba a acompañarlos y a seguir su suerte”.44 Con los ánimos más calmados, todos caminaron hacia la plaza del pueblo, donde tuvo lugar una reunión con las autoridades, entre los perros y los pollos que deambulaban por el mercado.

Díaz tranquilizó a los juchitecos, les explicó que no llevaba tropas, que nada más iba con fray Mauricio, a quien recordaría con afecto —“dominico, istmeño de nacimiento, hombre bastante ilustrado de ideas liberales, de muy buen sentido y muy estimado entre los indios”— al poner en orden las memorias de sus años en el Istmo.45 Era enigmática la colaboración del fraile, pues en la ciudad de Oaxaca, luego de la muerte del obispo, la Iglesia sufría en todo su rigor la embestida de la Reforma. El canónigo Vicente Márquez, sucesor de Domínguez, había sido desterrado a Veracruz y el padre José María Álvarez y Castillejos, sucesor de Márquez, había sido a su vez exiliado hasta Panamá. La Oficina de Liquidación de Bienes Eclesiásticos, con la diócesis así descabezada, acababa de expropiar, en el curso de agosto, la mayoría de las propiedades que tenía el clero en Oaxaca. Mauricio López, sin embargo, apoyaba sin chistar a los liberales. Estaban reunidos con él, esa vez, todos los mandos de Juchitán. “Les explicó fray Mauricio, en lengua zapoteca, que la ley del registro civil en nada afectaba la religión, y que si fuera así, él habría sido el primero en tomar las armas en defensa de la fe”, comentaría Porfirio, quien no hablaba zapoteco, aunque lo debió entender, pues era la lengua del Istmo.46 Fray Mauricio pronunciaba su alegato cuando Apolonio Jiménez, uno de los cabecillas de Juchitán, propuso de repente que el sacerdote fuera ejecutado ahí mismo —porque los iba a convencer, dijo— junto con el jefe político de Tehuantepec. La tensión en la plaza estuvo a punto de estallar, pero no reventó. “Uno de los ancianos, que son allí muy respetados del pueblo, regañó y castigó severamente a Jiménez, lo cual permitió que fray Mauricio terminara su peroración”, dijo Porfirio, para señalar más adelante que los juchitecos fueron, en efecto, convencidos por su amigo de aceptar las leyes de Reforma. “De esta manera logré salvarme de uno de los mayores peligros que tuve durante mi permanencia en Tehuantepec”.47

 

Carlos Tello Díaz
Escritor. Entre sus libros: El exilio: Un relato de familia, La rebelión de las Cañadas, En la selva y 2 de julio.

Extracto del libro Porfirio Díaz, su vida y su tiempo, de Carlos Tello Díaz, que aparecerá en agosto con el sello de la editorial Debate.


1 Charles Brasseur, Viaje por el Istmo de Tehuantepec, SEP-FCE, México, 1981, pp.148-149.

2 Ibíd., p. 152. Brasseur calculó que tenía “entre cuarenta y cuarenta y cinco años”.

3 Carta de Mauricio López a Benito Juárez, Tehuantepec, 1 de marzo de 1858, en Jorge L. Tamayo (ed.), Benito Juárez: documentos, discursos y correspondencia, Secretaría del Patrimonio Nacional, México, 1964- 1970, vol. II, p. 309.

4 Charles Brasseur, op. cit., p. 147. Así coincidían otros observadores. “El bajo clero es ordinariamente pobre y está estrechamente unido
a sus feligreses, siendo más accesible a las ideas de libertad”, diría por esos mismos años una escritora. “Al contrario, la alta jerarquía pertenece desde hace mucho tiempo al partido conservador” (Paola Kolonitz, Un viaje a México en 1864, SEP-FCE, México, 1984, p. 169).

5 Porfirio Díaz, Memorias, Conaculta, México, 1994, vol. I, p. 86.

6 Ídem.

7 Charles Brasseur, op. cit., p. 152.

8 Ídem.

9 Ibíd., p. 158.

10 Ibíd., pp. 158-159.

11 Ibíd., p. 159.

12 Ídem.

13 Ibíd., p. 160. Alguien que pudo haber sido la Didjazá, según Francie Chassen-López, experta en el tema, era Bernarda Zárate, descendiente de la última cacica de Tehuantepec, doña Magdalena Zúñiga y Cortés. Pero ella tenía apenas 13 años de edad en 1859.

14 Citado por Francie Chassen-López, “Mitos, mentiras y estereotipos: el reto de la biografía feminista”, en Mílada Bazant (coord.), Biografía: métodos, metodologías y enfoques, El Colegio Mexiquense, Zinacantepec, 2013, p.157. Juana Catarina Romero nació el 24 de noviembre de 1837 y fue bautizada tres días más tarde por su madrina, Eduviges Gallegos. En 1843 un censo parroquial menciona a María Clara Josefa Romero como mujer soltera con una hija. Juana Cata, así, pudo haber sido hija única.

15 El Imparcial, 25 de enero de 1907, Hemeroteca Nacional de México. La cita completa dice así: “A su llegada a Tehuantepec, el señor presidente fue a visitar a doña Juana C. de Romero, una de las damas más ricas de aquí, y que durante la guerra de Intervención (sic) prestó algunos servicios al señor general Díaz”. Juana Cata los prestó durante la Reforma, no durante la Intervención, cuando, por el contrario,
fue la amante de Remigio Toledo, el prefecto imperial de Maximiliano. Por otro lado, la información sobre las señales de fuego que le hacía a Porfirio, apostado en el cerro de Guiengola, aparecen en César Rojas Pétriz, “La joven Juana Cata y la guerra de Reforma”, en Dáani Béedxe, septiembre-octubre de 1993. Rojas Pétriz basa su información en los escritos de Gustavo Toledo Morales, contemporáneo de Juana Catarina Romero (aunque no le quiso dar acceso a ellos a la investigadora Francie Chassen-López).

16 John McLeod Murphy, “The Isthmus of Tehuantepec”, en Journal of the Royal Geographical Society of London, junio de 1859.

17 Désiré Charnay, Ciudades y ruinas americanas, Conaculta, México, 1994, p. 263.

18 Teobert Maler, Vistas de Oaxaca: 1874-1876, Casa de la Ciudad, Oaxaca, 2006, p.39.

19 Citado por Francie Chassen-López, en op. cit., pp.,163-164. Esta des- cripción fue hecha por el tehuano Miguel Ríos, quien era partidario de Apolinar Márquez, don Puli, el adversario de Juana Cata en Tehuantepec. La descripción, así, está permeada por su enemistad (véase Miguel Ríos, “Istmeños notables: don Apolinar Márquez”, en Istmo, 25 de septiembre de 1941).

20 José del Pino, “Una carta contra los porfiristas sobrevivientes”, en Guchachi Reza, noviembre-diciembre de 1993. La referencia me la proporcionó Francie Chassen-López, quien la cita en su artículo “A Patron of Progress: Juana Catarina Romero, the Nineteenth Century Cacica of Tehuantepec”, en Hispanic American Historical Review, agosto de 2008. José del Pino era un anarquista del Istmo que en febrero de 1915 informó así a Venustiano Carranza, después de la ejecución de su hermano Jesús en el Istmo: “Juana Cata Romero, comerciante de Tehuantepec (la verdad es amarga, pero es preciso), ésta fue cuartelera y concubina del general Díaz en tiempos de la Santa Guerra de Reforma (1858), cuando éste operó por el Istmo [...] Durante el reinado de Díaz fue colmada de honores y nadie osó decirle cosa alguna, siendo amiga íntima del clero con quien tiene estrechas relaciones”. Es cierto que fue aliada de Porfirio Díaz a lo largo de su gobierno y que tuvo amistad con Eulogio Gillow, el primer arzobispo de Oaxaca. Pero es indudable, también, que había construido un cacicazgo en la región que los revolucionarios estaban ansiosos de destruir, para lo cual era conveniente identificarle antes con el Dictador.

21 Citado por Francie Chassen-López, op. cit., p.164. Estas palabras —duras, quizá calumniosas— fueron escritas por Miguel Ríos, el enemigo de Juana Cata.

22 Salvador Quevedo y Zubieta, Porfirio Díaz (septiembre 1830-septiembre 1865): ensayo de psicología histórica, Librería de la viuda de Bouret, París-México, 1906, p.183. Esta afirmación aparece en una nota al pie de la página, que agrega lo siguiente: “La abstinencia sexual era la regla en un comandante no dispuesto a dejarse cortar el pelo por las Dalilas tehuanas”. La nota de Quevedo y Zubieta, algo gratuita, puede ser también interpretada como una forma de responder a los rumores que ya desde entonces había sobre los amoríos de Porfirio en el Istmo. Pero la sobriedad de Díaz, en este respecto, era conocida de todo el mundo. “Sus necesidades genésicas las cubría con recursos siempre misteriosos”, escribió otro autor que lo observó de cerca (Francisco Bulnes, “Rectificaciones y aclaraciones a las Memorias del general Díaz”, en Porfirio Díaz, Memorias, Conaculta, México, 1994, vol.II, p. 301).

23 Charles Brasseur, op. cit., p.188.

24 Porfirio Díaz, op. cit., p.85. La hoja de servicios de Díaz afirma que recibió el grado de teniente coronel el 6 de julio de 1859, pero su archivo contiene un documento en el que Manuel Dublán, secretario de Gobierno de Oaxaca, firma su ascenso el propio 17 de junio de 1859, día de la acción de la Mixtequilla. Existía entonces desde antes, en efecto, el deseo de ascenderlo.

25 Informe de Porfirio Díaz a la Secretaría de Gobierno, Tehuantepec, 25 de junio de 1859 (fondo Gobernación, sección Gobierno de los Distritos, serie Tehuantepec del Archivo Histórico del Estado de Oaxaca. Ex convento de los Siete Príncipes).

26 Carta de Porfirio Díaz a Santos Degollado, Tehuantepec, 25 de junio de 1859 (tomo I, foja 127 del Expediente de Porfirio Díaz. Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional). En sus memorias, Díaz recuerda el episodio. “Me dirigí también al señor Juárez en Veracruz, y en respuesta recibí de él 2 000 pesos”, dijo, “de que fue conductor el teniente coronel don Francisco Loaeza, siendo ésta una de las pocas ocasiones que recibí auxilio pecuniario del gobierno” (Porfirio Díaz, op. cit., p. 86).

27 La Democracia, 25 de enero de 1859, Fondo Manuel Brioso y Candiani, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca.

28 Citado por Jorge L. Tamayo, op. cit., p. 481.

29 Justo Sierra, Juárez: su obra y su tiempo, UNAM, México, 2006, p. 166.

30 Carta de José Fernando Ramírez a José María Hidalgo, Orizaba, 12 de mayo de 1865, en Jorge L. Tamayo, op. cit., vol. X, pp. 45-46.

31 Decreto de Miguel Castro, Oaxaca, 23 de julio de 1859 (legajo 30, fondo Gobernación, serie Decretos Impresos de 1859 del Archivo Histórico del Estado de Oaxaca. Ex convento de los Siete Príncipes). El decreto fue también rubricado por su secretario, don Manuel Dublán. “La Reforma”, proclamó después el periódico del gobierno de Oaxaca. “Ayer se han publicado en esta ciudad las leyes de 12 y 13 del corriente [...] La Reforma ha sido aceptada por los oaxaqueños como la expresión del sentimiento de su mayoría” (La Democracia, 24 de julio de 1859, Fondo Manuel Brioso y Candiani, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca). Una versión más conservadora de esas leyes fue dada por el Calendario de Mariano Galván. Ellas iban dirigidas contra la religión del pueblo, manifestó, “estableciendo la tolerancia de cultos, nacionalizando los bienes de la Iglesia, exclaustrando a los religiosos, cerrando los noviciados de monjas y poniendo otras muchas trabas a la vida religiosa y al catolicismo en general. El reglamento de esta ley se expidió al día siguiente, sobre remates y demás modos de enajenar los bienes citados” (Calendario de Mariano Galván para 1861, Tipografía de M. Murguía, México, 1860, p. 49).

32 Manuel Martínez Gracida, Efemérides oaxaqueñas: 1853-1892, Tipografía de El Siglo XIX, México, 1892, vol. I, pp. 92-93.

33 La Democracia, 26 de julio de 1859, Fondo Manuel Brioso y Candiani, Biblioteca Francisco de Burgoa, Oaxaca.

34 Calendario de Mariano Galván para 1861, op. cit., p. 50. Así coincide también el biógrafo de José Agustín Domínguez: “Cuando supo que en Veracruz se preparaban las leyes que más tarde, el 13 de julio de 1859, se habían de sancionar, publicar y ejecutar en toda la República, todo fue para él una fuente de profundos dolores y pesares que inundaron su corazón y lo condujeron al sepulcro el día 25 de julio de 1859” (Eutimio Pérez, Recuerdos históricos del episcopado oaxaqueño, Imprenta de Lorenzo San Germán, Oaxaca, 1888, pp. 119-120). El 13 de julio fueron publicadas en Veracruz las normas relativas a los modos de enajenar los bienes de la Iglesia, que complementaban el decreto de la víspera.

35 Eulogio Gillow, Apuntes históricos, Ediciones Toledo, México, 1990, p. 118. Gillow señaló, entre las causas de su defunción, las siguientes: “sus muchas mortificaciones, el peso de los años y las tristes emergencias de la situación política del país”. Pero daría también, en otro libro, esta versión, algo distinta: “Se encontraba gravemente enfermo el señor obispo Domínguez [...] habiendo sucumbido el obispo el lunes de la Semana Santa” (Reminiscencias, Imprenta de El Heraldo de México, Los Angeles, 1920, p. 174). En todo caso, el incidente ocurrió el lunes o el jueves de la Semana Santa.

36 Francisco Vasconcelos, Costumbres oaxaqueñas del siglo XIX, Ediciones Bibliográficas del Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez, Oaxaca, 1993, p. 39. Los funerales del obispo tuvieron el carácter de sus antecesores, como lo indica su biógrafo. “Su cadáver, previas las fúnebres ceremonias que el Venerable Cabildo celebró con la magnificencia acostumbrada, fue sepultado en la capilla de San Pedro de la Santa Iglesia Catedral” (Eutimio Pérez, op. cit., p. 120).

37 Porfirio Díaz, op. cit., p. 39.

38 Ibíd., p. 32.>/p>

39 Decreto de Miguel Castro, Oaxaca, 13 de julio de 1859 (legajo 16, fondo Gobernación, serie Decretos Impresos de 1859 del Archivo Histórico del Estado de Oaxaca. Ex convento de los Siete Príncipes). El distrito del Centro, según este decreto, debía aportar 50 mil pesos al gobierno de Oaxaca. Tenía la parte más pesada de la carga, por mucho. Lo seguían —con una aportación de cuatro mil pesos por entidad— los distritos de Tehuantepec, Ocotlán, Zimatlán y Miahuatlán. “Los productos de capitación podrían estimarse en 700 pesos”, afirma un libro basado en el testimonio de Díaz sobre sus años en el Istmo, que añade que, junto a la capitación, podía contar con “un 5 o 6 por 100 de los productos de la aduana marítima” (Ireneo Paz (ed.), Datos biográficos del general de división ciudadano Porfirio Díaz, con acopio de documentos históricos, Patria, México, 1884, p. 14). Así, no debió haber sido fácil reunir los cuatro mil pesos que tenía la obligación de dar al gobierno de Oaxaca.

40 Porfirio Díaz, op. cit., p. 32.

41 Acta de defunción de Petrona Mori, en Porfirio Díaz, ibíd., p. 154. Doña Petrona murió a los 65 años, no a los 68 como dice el acta. “Falleció de diarrea”.

42 Citado por Carlos Lira Vázquez, Oaxaca rumbo a la modernidad: arquitectura y sociedad (1790-1910), Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2008, p. 47. El panteón de San Miguel estaba delimitado por una barda desde 1834. El ayuntamiento comisionó al profesor de dibujo, don Francisco Bonequi, para proyectar un cementerio en forma en 1839. Fue el único edificio público construido en Oaxaca, junto con el Palacio de Gobierno, en el estilo neoclásico que había sido introducido desde finales del siglo XVIII con la fundación de la Real Academia de San Carlos en la ciudad de México.

43 Mathias Gustav Hermesdorf, “On the Isthmus of Tehuantepec”, en Journal of the Royal Geographical Society of London, John Murray, Londres, 1862, p. 553.

44 Porfirio Díaz, op. cit., p. 88.

45 Ibíd., p. 86.

46 Ibíd., p. 88.

47 Ibíd., p. 89.

 

3 comentarios en “IX. El comandante de Tehuantepec

  1. El doctor Gustavo Toledo Morales nació en diciembre de 1917, así que, de Juana Cata, no fue “su contemporáneo”, como dice Carlos Tello. Toledo Morales escribió muchas cosas basado en la tradición oral, como César Rojas Pétriz.
    Y ese dato de que Porfirio acampaba en el cerro del Guiengola es una patraña. Sólo quien no conoce esa ubicación puede creerlo, además no aparece en las Memorias de Díaz en ninguno de los tres capítulos dedicados a Tehuantepec (X, XI y XII) .

    • Estimado Juan Manuel Alegría, muchas gracias por su aclaración. La profesora Francie Chassen-López, experta en la historia del Istmo, fue quien me dijo que Toledo Morales era contemporáneo de Juana Cata. Lo voy a aclarar con ella. Gracias de nuevo, Carlos TD

  2. Me parece acertada y oportuna tu aclaración Juan Manuel Alegría. Saludos