La figura central es un médium llamado Luis Martínez, un mestizo obeso y algo calvo, que cojea notoriamente debido a un reumatismo deformante. Desde 1939, fecha en la que se formó lo que Álvarez y Álvarez ha denominado Círculo de Investigaciones Metapsíquicas de México, un notario da fe de los fenómenos que durante las reuniones ocurren en la oscuridad de la casa.

Un año antes de la visita de Calles, al término de una sesión en la que “un niño” movió algunos juguetes y el espíritu guía del grupo —la presencia que supuestamente dirigía al círculo desde el más allá— escribió en una pared la palabra “Adelante”, los miembros de la cadena habían firmado un acta en que se declaraban convencidos “de la indudable existencia de seres distintos a los humanos”.

“Hoy podemos decir francamente que no estamos solos”, escribieron.

Las sesiones, desde entonces, se llevaban a cabo una vez al mes, corrían como leyenda secreta en los círculos políticos y literarios de México.

En julio de 1941, el gran perseguidor de la Iglesia acaba de volver al país luego de cinco años de exilio. Esa noche, en la casa de Tlalpan, encuentra a un grupo de personas que hablan en voz baja y recuerdan fenómenos ocurridos en sesiones precedentes. Calles los mira con ojos fijos y entrecerrados. De pronto llega el médium.

Luis Martínez había sido “descubierto” a los seis años de edad por el director de un centro espiritista que operaba en la periferia urbana. Según el antropólogo y lingüista Gutierre Tibón, “dormía el niño Luis Martínez en un cuarto oscuro, cuando algunos vecinos vieron danzar en el aire, alrededor de él, unos globitos luminosos”. Con el permiso de la madre, y a cambio de algunos centavos, fue llevado a las sesiones que un grupo de espiritistas porfirianos realizaban en la calle de San Ciprián. “Luisito dormía sin necesidad de que lo hipnotizaran y producía parciales materializaciones luminosas: velos que rozaban las caras de los asistentes, manos que los acariciaban”, escribe Tibón. Con el tiempo, fue capaz de producir ectoplasmas: fantasmas gelatinosos, “entidades físicas que se parecen en todo a seres humanos”, presencias tangibles que algunas veces hacían “aportes” (depositaban en manos de los asistentes fotos, lentes, flores, botes de perfume, “objetos traídos del más allá”) y llegaban incluso al “súmmum de la fenomenología parapsicológica”: comunicarse, no a través de golpes, sino de voces directas.

El ex senador Álvarez y Álvarez sube con el médium al gabinete de parapsicología, un cuarto con una sola puerta de acceso, en la que se hallan una mesita de centro, varias sillas para los miembros de la cadena y algunos juguetes “por si vienen los niños”. Mientras el ex senador hipnotiza a Luis Martínez, Calles y el resto de los participantes se lavan las manos; luego, entran compungidos, en fila india, al extraño templo del espiritismo. El médium duerme en un sillón, con la camisa arremangada.

La puerta se cierra con llave. Se apaga la luz. Se espera en silencio a que ocurran los fenómenos. Según el acta firmada aquella noche, no tardan en aparecer globos luminosos y fugaces. Al poco tiempo se materializa el espíritu guía, a quien Álvarez y Álvarez llama “el maestro Amajur”. Gutierre Tibón lo describirá después: “Tiene la tez morena, roma la nariz, y es de barba negra y puntiaguda. Sus ojos redondos, brillantes, con la córnea blanquísima, están enteramente abiertos, pero la mirada es fija, como la de un sonámbulo”. Amajur se acerca a Calles y le toca la cabeza. El ex presidente se estremece. Con turbación incontrolable, mira cómo la presencia satura con un fluido luminoso una jarra de agua colocada en la mesita de centro. Aún más: el ex presidente mira boquiabierto cómo la presencia vierte agua en un vaso, y se la da a beber. Calles toma tres tragos. El fantasma flota en la oscuridad: empuña un ramo de floripondios, que alguien ha colocado en la mesita de centro, y deposita una flor en la bolsa del saco del general. La respiración del médium se hace anhelante. Una segunda presencia que se manifiesta en forma de luz verdosa, como de cristal de roca, atraviesa la habitación y hace sonar en el aire un acordeón de juguete.

Cuando la sesión termina, Calles mira a los otros embelesado. Observa largamente el floripondio que colocaron en su saco. Lo mira y lo toca una y otra vez, como si no lo comprendiera.

Ha sido cooptado.

El 23 de julio retorna a la casa de Tlalpan y pide a los espíritus que lo curen de un ataque gripal. El maestro Amajur practica sobre su cuerpo algunos pases. A Calles lo embarga una sensación “sumamente agradable”. Vuelve a la casa el 13 de agosto con un botellón de 30 litros de agua Electropura, y ruega al “maestro” que lo sature con sus fluidos lumínicos: se lleva el garrafón a su casa con la seguridad de haber hallado una fuente de salud, de purificación, de juventud. El 27 de agosto, bajo los relámpagos de una tormenta, Amajur le frota las piernas “con empeño y cariño”. Esa noche “los niños” se apoderan de objetos musicales dispuestos en la mesita de centro, y llenan de notas la habitación.

De la mano de Calles llegan a las sesiones su hija Hortensia, su hijo Rodolfo, su yerno Fernando. Todos deben contemplar aquellos prodigios. Con el tiempo invita a formar parte de la cadena al futuro presidente de la República, Miguel Alemán, al secretario de Relaciones Exteriores de Manuel Ávila Camacho, Ezequiel Padilla, al ex candidato presidencial Juan Andreu Almazán, al escritor y ex rector universitario Balbino Dávalos, y al líder obrero Luis N. Morones. Todos ellos estampan su firma en las actas.

El 5 de noviembre una presencia difusa se acerca al general insistentemente, y le deja entre las piernas un piano de juguete. A la sesión siguiente (noviembre 12), el fantasma de un niño pequeño, de facciones delicadas, le tira dos veces de los pantalones. Calles lo reconoce, con voz conmovida admite que se trata de “un hijo suyo que había desencarnado a los cinco o seis años”.

El 17 de mayo de 1942, una noche en la que el médium está especialmente inquieto, una presencia garrapatea unas letras en la oscuridad y coloca en manos del ex presidente el siguiente mensaje: “Se nos ha colado un negrito. A. de la Paz”. Las actas no explican si Plutarco Elías Calles entendió el significado de la comunicación. Lo que sí revelan es la forma en que el espiritismo se fue convirtiendo en la obsesión más poderosa, la ruta que el Jefe Máximo extenuó durante los cuatro años que le restaban de vida. No le bastaban las sesiones: en la soledad de su casa, a través de la ouija, seguía contactando a los espíritus. Uno de éstos comenzó a llamarlo “mi amigo querido”. Las presencias que la tabla convocaba a su alrededor le anticipaban lo que luego ocurriría en las sesiones: “I.-Manifestación masculina, nueva. II.-Conjunto de niños, tomarán los juguetes y jugarán. III.-Dos nuevas manifestaciones tratarán de corporizarse y si hay fuerza y unificación en la cadena, se logrará…”. Calles tomaba nota de todo, y al terminar la sesión mostraba a los participantes la hoja en la que había apuntado las fases del “programa”. “Miren. ¡Todo se ha cumplido!”, exclamaba.

El 4 de febrero de 1943 una luz brillante envolvió al médium, y lo hizo levitar a gran altura. El general miró maravillado aquel prodigio. De pronto, la respiración de Luis Martínez se hizo afanosa. La luz brillante desapareció de golpe, como si el médium hubiera sido abandonado. “El pobre cayó ruidosamente en el centro del círculo —relata Tibón—, se quejaba dolorosamente y sin embargo permanecía en estado de trance. El ambiente estaba lleno de entidades oscuras, que trataban de desahogar en el médium su furor. Lo atraparon otra vez y lo arrojaron impetuosamente, como quien lanza un fardo, a los pies del general Calles. Allí siguieron maltratándolo, golpeando su cabeza contra el pavimento”.

El círculo solía recibir la visita de “una entidad turbada”, intempestiva y ruidosa, a la que llamaban “Botitas” (el “amigo querido” de Calles). Pero una violencia así no la habían visto nunca. Calles no hizo comentarios. Mientras redactaban el acta permaneció silencioso, pensativo.

La última vez que los miembros del grupo lo vieron con vida fue el 8 de agosto de 1945, en la Quinta Las Palmas, de Cuernavaca. De acuerdo con el acta firmada por los asistentes, el maestro Amajur se acercó al general, y le dijo: “Dios me ha permitido venir a protegerte. Yo estaré siempre contigo”. El ex presidente murió dos meses más tarde.
No dejó, sin embargo, de asistir a las sesiones. El 20 de mayo de 1947, en un ectoplasma, el grupo reconoció “su fisonomía inconfundible”. Calles saludó con enérgicos abrazos y tosió ligeramente antes de hablar, “como acostumbraba hacerlo en vida”. Le dijo al general José María Tapia: “General Tapia, hay que seguir adelante, sin desmayar, en estas doctrinas. Siempre adelante, como buen soldado”. Regresó una semana después, y le dijo a su yerno: “No olvides las recomendaciones que te hice cuando estaba en esa vida. Saludos a Tencha”. Antes de desaparecer —se lee en el acta—, se detuvo a escuchar la música que otra presencia arrancaba a un organillo. El 10 de junio de 1947, con la voz entrecortada por los sollozos, declaró ante el círculo: “Yo los quiero con el corazón, pero no con el que quedó en una fosa en la tierra, sino con el corazón del espíritu que nunca muere y con el que seguiré protegiendo a ustedes”.

Las actas de aquellas sesiones, 107 en total, fueron recogidas por Gutierre Tibón en 1960 y publicadas bajo la forma de un libro que, hasta dónde sé, no ha vuelto a editarse: Una ventana al mundo invisible. Guiado por estos o por otros fantasmas, hallé un ejemplar en los anaqueles de una librería de viejo de la calle de Donceles. La solapa explica que el volumen contiene una fotografía lograda en junio de 1943, que muestra al maestro Amajur empuñando una flor. Por desgracia, la fotografía fue arrancada. En mi ejemplar queda, sin embargo, el fantasma de alguien que escribió en la primera página el nombre de una mujer, y anotó un teléfono y una dirección en Los Cerritos, California. No me he atrevido a llamar. El libro ya es suficientemente delirante como para abrir “otra ventana al mundo invisible”.

Héctor de Mauleón.
Escritor y periodista. Entre sus libros: La perfecta espiral, Marca de sangre y El secreto de la Noche Triste.