La fotografía que apareció en la prensa mundial el 14 de agosto de 2006 se convirtió en el epígrafe pictórico de mi lectura de las tumbas sin sosiego de Rafael Rojas. Fidel Castro vestido con pants adidas de la selección cubana sosteniendo un ejemplar del Granma de ese día. El diario aloja solamente una fotografía de Castro con un enfático titular: “Absuelto por la Historia”. La imagen parece un espejismo. Los periódicos, como espejos, se reproducen al infinito. Un periódico oficial retrata en su portada la portada de otro. Un dictador sostiene para la fotografía una fotografía de sí mismo. ¡Y el titular! La historia, suponemos que tras un procedimiento expedito, resolvió unánimemente absolver al hombre que sostiene el diario que lo muestra a él mismo con el anuncio de la absolución. Fidel Castro proclama el veredicto de la historia.

Otro instante capturaba con claridad ese universo simbólico. Era Rafael Rojas quien lo detectaba valiéndose curiosamente de los instrumentos -no de la ciencia ni de la filosofía política- sino de la teología medieval. Analizaba la atención con que Fidel Castro informaba a su pueblo sobre sus padecimientos tras haber tropezado el 20 de octubre del 2004. Castro insistía en declarar que “estaba entero”. La reiteración revelaba la esencia unipersonal del régimen o, más bien, su naturaleza unicorporal. “En Cuba, como en las monarquías absolutas del ancien régime -escribía entonces Rafael Rojas- el cuerpo del líder es también el cuerpo del Estado”. La observación se apoyaba en un admirable estudio clásico de Ernst Kantorowicz en el que analizaba la tradición de los dos cuerpos del rey. El monarca tenía en realidad dos cuerpos: uno era el cuerpo físico, el otro era un cuerpo místico. El primer cuerpo podía contraer un virus, agriparse, morir. El segundo era un cuerpo eterno que coincidía con la abstracción del Estado: era infalible e inmortal. Si Castro estaba entero su régimen conservaba la salud.

Estos son los dos núcleos de Tumbas sin sosiego: el espacio de la historia y el cuerpo de una nación. A ello invita Rafael Rojas: a pensar la memoria y a pensar el nosotros. El protagonista declarado del libro es el intelectual cubano. A él alude el subtítulo del libro que ha ganado el XXXIV Premio Anagrama de Ensayo: el intelectual de la revolución, de la disidencia o del exilio. Pero el protagonista real es la ficción de Cuba. Si los novelistas, los historiadores, los publicistas, los poetas aparecen en las páginas de Tumbas es porque adquieren en la narrativa de Rojas la solemne función de arquitectos de nacionalidad. Hay un aire gratamente decimonónico en este libro admirablemente ambicioso: la convicción de que la pluma forja patria. La poesía, la recuperación del pasado, la narración imaginaria moldea la realidad social: traza los contornos de un espacio público que puede volverse habitable o insufrible. En los diarios, las novelas, los libros de poesía se cultiva ciudadanía.

La trama del libro se teje con hilos distintos: el ensayo a veces es invadido por el discurso académico; la semblanza se nutre de cavilación filosófica; la crítica literaria se condimenta con sociología. Entre las distintas fibras del ensayo, me quedo con las semblanzas, con esa bellísima galería de personajes que integran sus “perfiles inacabados”. Ahí encuentro no solamente la mejor pluma de Rafael Rojas sino también la redondez de su argumento. Ahí, en los bocetos de Manuel Moreno Fraginals que defendió la historia como un arte literario, en su estampa de un Cintio Vitier tomista, en el retrato de Heberto Padilla y su poética disidente, en la mirada trágica y satírica de Cabrera Infante y en la evocación de Raúl Rivero está cubierto el plan de viaje de Rafael Rojas. Memoria, diálogo, responsabilidad a través de siete vidas. Escritura, imaginación y los maleficios de la política. La crítica literaria y la moral pública.

Como en la fotografía de Castro, la historia aparece en esta crónica como una bruja.

Rojas capturó esta experiencia como aforismos de una maldición que aparece, reveladoramente en la literatura autobiográfica (no en el ensayo político): “Historia es esclavitud” (Cabrera Infante); “La historia es esa rata que cada noche sube la escalera” (Heberto Padilla); “La historia es ese río de aguas revueltas que nos ha ido aniquilando, que lo arrastra todo con un estruendo ensordecedor” (Reinaldo Arenas); “La historia es una gata que siempre cae de pie” (Eliseo Alberto); “La historia -dice otra vez Heberto Padilla- es siempre algo que se sufre, un altar de sacrificios donde se rinde o avasalla la voluntad humana. Grillete, animal rabioso, engaño, hoguera. Cuenta el poeta, al narrar su encarcelamiento, que en algún momento le dijo al oficial que lo interrogaba que estaba dispuesto a ‘asumir su responsabilidad histórica’. El vocero del régimen le gritó furioso: ‘los contrarrevolucionarios no tienen historia’”. Como en la novela de Orwell, el otro no existe, es nada. Quien conoce la historia no tiene más salida que treparse al carro de los victoriosos: celebrar a quien ella misma glorifica.
En el ensayo de Rafael Rojas se despliega un argumento en contra de ese cautiverio. En las páginas finales se propone una estrategia de memoria que conceda espacio a la conciliación, que incorpore el legítimo pasado de los otros. En otras palabras, que reconozca las razones de un régimen y las de sus adversarios. En el perfil del historiador Moreno Fraginals está quizá expuesto con mayor claridad esta idea. Un narrador del pasado escapa los atajos de un historicismo oficial que llama a llenar huecos de un libreto pre-escrito. El memorista brinca así la teleología de tenaces sujetos históricos para retratar una comunidad abierta al futuro: una nación inconclusa.

El pasado deja de ser el teatro en el que actúan, por siglos, los mismos personajes desempeñando por siempre los mismos papeles de héroes y villanos. La historia como un “arte literario” no sigue el libreto burdo y maniqueo. Es más bien, la rapsodia de lo impredecible.

La memoria aparece como el terreno crítico del desencuentro cubano. Más que confrontación de versiones, es el juzgado que niega legitimidades. Uno y otro bando apropiándose en exclusiva del derecho al pasado. Frente a estas versiones bélicas, Rafael Rojas recupera relatos de unos y otros. Los recuerdos que se entretejen en las páginas de su ensayo se insinúan como llamados a la simpatía. En su recuento de las nuevas narrativas cubanas resalta el “relato real” de Uva de Aragón. En Memoria del silencio, dos hermanas separadas por el mar de la revolución y el exilio, intercambian miradas sobre los mismos hechos. Desde La Habana, una hermana escribe:
“Bueno, ¿qué quieres que te diga? ¿Qué no debí enamorarme de Lázaro porque era marxista, que todas las horas que me pasé alfabetizando, que toda la caña que corté, que las escuelas que he diseñado, que el único lugar adonde he viajado, la Unión Soviética, que toda la miseria que he pasado y que todos los sacrificios que hemos hecho no valen nada… que mi vida no vale nada, que la vida de doce millones en la isla no vale nada, que debemos agachar la cabeza ante el exilio?”

Y desde Miami, la otra responde:

“Hemos vivido casi cuarenta años suspirando por Cuba, llenando nuestras casas de fotos de Cuba, de pinturas de flamboyanes de Cuba, escribiendo poesías de Cuba, componiendo canciones de Cuba, hablándoles a los hijos de Cuba, negándonos a que este país nos trague, pensando en Cuba día y noche, al tanto de noticias de Cuba, fundando una Casa de Cuba donde quiera que hay una colonia cubana, sintiéndonos extranjeros en todas partes, ¡y ahora tú me vas a salir con que tampoco en Cuba vamos a tener derecho a opinar!”.

Dos actores dignos que confrontan con honestidad la carga moral de sus decisiones. La vida de cada una es el espejo de lo que pudo haber sido la otra. La Habana y Miami se recriminan a través del epistolario de dos gemelas. El intercambio no es terso pero es, finalmente, un reconocimiento, una mirada al otro: el inicio de una conversación. La ética de la memoria a la que alude Rafael Rojas es también aceptación de las complejas responsabilidades frente al drama de la historia. La poesía de Raúl Rivero es, en esa línea, particularmente clara:

¿Por qué, Adelaida, me tengo que morir
en esta selva
donde yo mismo alimenté
las fieras
donde puedo escuchar hasta mi voz
en el horrendo concierto de la calle?
Por qué aquí donde quisimos árboles
y crecieron enredaderas
donde soñamos ríos
y despertamos enfermos
en medio de pantanos.
En este lugar al que llegamos
niños, inocentes, tontos
y había instalada ya una trampa una
]ciénaga
con un cartel de celofán
que hemos roto aplaudiendo
a los tramposos.
Por qué me tengo que morir
no en mi patria
sino en las ruinas de este país
que casi no conozco.

v
En algún ensayo previo Rafael Rojas había incorporado las reflexiones de Edmundo O’Gorman sobre el origen de América para pensar la contribución intelectual de José Martí. Según la conocida tesis del historiador mexicano, América no fue descubierta por Colón. Pensar en el descubrimiento supondría que América existía antes de la llegada del almirante. América no existía. Bueno, no culturalmente. Existía sí, como un pedazo de tierra rodeado de mar. Pero su existencia era meramente geográfica. No era un ser histórico. Por ello debe hablarse de una invención de América. América, en efecto, fue inventada porque más que un ente geográfico resultó una criatura imaginaria, una pieza de la imaginación occidental.

Martí era, en ese mismo sentido, pieza clave en la invención de Cuba. Siguiendo esa pista, podría decirse que Cuba ha sido tres entidades ontológicas: primero un territorio que se entiende como alojamiento de una nacionalidad. La República, después, le fraguó un alma descrita como única y entrañable. Finalmente, la revolución le inventó una epopeya y un destino. Rafael Rojas contribuye con este libro a la cuarta invención de Cuba. No se trata de la imaginación romántica del nacionalismo, sino de la invención de una Cuba cívica. Cuba abrazada a todos sus exilios, estrechando todos sus recuerdos. Cuba hecha no de una geografía incandescente, de un temperamento erótico o de un cometido épico. Una nación hecha de leyes y derechos, de discusiones y crítica. Una nación sin héroes. Un pequeño país moderno. Una nación de ciudadanos.

El viaje al pasado y la memoria de Cuba son, para Rafael Rojas, puentes de futuro. La tarea para el día después no es sencilla. No será fácil recuperar lo que Norbert Elias llama “la civilización de los padres”. “Hoy Cuba es apenas una nación postcomunista.

Mañana podría ser una democracia sin nación, un mercado sin república”. La mirada de Rojas al futuro no es ingenua. En su libro ha querido hacer una invitación que es también una advertencia. La reinvención de Cuba es un propósito cultural que no se realiza con el fin de un régimen. En las páginas de Tumbas sin sosiego hay un programa democrático que no está en andamios constitucionales ni en pactos políticos sino en la formación de una nueva tribuna de recuerdos y entendimientos. “Para construir un nuevo modelo cívico que favorezca la democracia -explica Rojas en el prólogo del libro-, es preciso nacionalizar el pasado colonial y republicano, reconocer derechos, abrir la nación al exilio, repatriar la diáspora, entretejer Historia y Geografía, tolerar disidencias…”. n