Después de la escenita del talco en el tinaco, que Teresa descubrió a los dos días de que yo había vaciado ahí la caja, de esas con borla y todo, comprada por la propia Teresa para mi hermana, di un portazo y me encerré en mi cuarto. Aunque después de un año le siguieran diciendo el cuarto de la tele, era mi cuarto. Era mi cuarto porque así dijo mi papá el día que nos llevó, a Andrea y a mí, a conocer la casa en la que iba a vivir con Teresa.
No nos dio muchas explicaciones. Mi papá nunca explicaba nada y creía que nosotros no nos dábamos cuenta. A lo mejor mi hermana no, porque le encantaba hacerse la chiquita. Andrea era la consentida. A sus ocho años se portaba como de cuatro, era igualita a mi papá, según decían, y taaan graciosa que no daba problemas. Sólo lloraba cuando algo no le parecía y con eso conseguía lo que le daba la gana de mi papá, de mi mamá y hasta de la tal Teresa. Pero conmigo, ni madres. Yo sabia todo y mi trabajo me costaba. Escuchar tras de las puertas, aunque los tenis me rechinan de vez en cuando, es para mi ya una técnica dominada. Los cajones del escritorio de mi papá, que según Teresa "son sagrados", me los sé de memoria: las hipócritas cartitas de Andrea los días del padre, las cajas de puros, mi pasaporte, el sobre amarillo con la carta de mi mama reclamándole a mi papá un chorro de cosas y pidiéndole que regresara, los recibos del banco con menos dinero del que yo me imaginaba, las plumas que le regaló Teresa el día de su cumpleaños y unas hojas con letras de mi papá de las que nunca he podido entender ni madres. Con el teléfono el truco es contestar yo a como dé lugar y luego cuando me gritan desde la otra extensión "ya, cuelga, Beto", decir un si tan fuerte que no se den cuenta que aguanto la respiración sin colgar para hacerlo mucho después que mi papá o Teresa hayan terminado de hablar.
Por eso cuando nos enseñaron la casa yo ya sabía que la idea había sido de Teresa. Mi papá en realidad no quería. A él le hubiera gustado vivir solo conmigo, en su departamento "todo botado", como decía Teresa; lleno de periódicos por todas partes, en la sala, en el comedor, en la cama; con mi ropa y la de él tiradas en el suelo y la tele prendida desde que amanecíamos, más bien sin apagarla porque nos quedábamos dormidos sin darnos cuenta. Fue tan padre el fin de semana que me quedé solo con mi papa en el departamento, que le dije que yo quería vivir con él, que con mi mamá y mi hermana, tan chica y tan llorona, me sentía mal. Le manejé el rollo ese de la imagen paterna del que mi mamá platicaba con todas sus amigas desde que se divorciaron. Pero mi papá no agarró la onda y dijo que no porque no había quien me cuidara ni quien me diera de comer.
-Si ya voy a cumplir doce años, papá. ¿Qué me va a pasar? Además, como ya voy a estar de vacaciones puedo hacer la comida o ir a comprar unas hamburguesas o unas pizzas, ¿no?

Luego le lancé el rollo de las culpas, que también mi mamá repetía del diario porque según esto mi papá nos abandonó para andar con Teresa. Y ahí si le dolió y me aseguró que él siempre sería nuestro padre y luego, como en broma, dijo que ni "novia" tenía. Como lo que yo quería era quedarme, no me animé a decirle que sabia todo de su "amante", cómo se apellidaba, en qué trabajaba, dónde vivía y que mi mamá y toda su familia se referían a ella como a "la vieja esa". Total, aceptó que me quedara una semana, la primera de las vacaciones de julio. Cuando un domingo en la tarde fue por mi, mi mamá ni siquiera quiso salir a despedirme. Para variar, Andrea lloró como si me fuera a ir para siempre y estuvo neceando un buen rato para que mi papá también la llevara a ella. (Si la ha dejado, la mato). En una maleta aparte llevé mi atari, mi computadora, la raqueta de tenis que mi papá compró en Estados Unidos para los dos y que nunca habíamos usado y mi balón de americano.
-Te voy a enseñar todos los programas de mi computadora. Hay unos padrísimos. Y los juegos del atari que acabo de comprar en Peritrece. Mañana podemos ir a comprar otra raqueta en Martí para que nos echemos unos buenos partidos. Yo ya sé jugar bastante bien. El otro día fui al club y le puse una paliza a un cuate, que no veas. Para el americano también eres bueno ¿no? En CeU podemos tirar unos pasesitos cuando quieras. Oye, y si vamos a CeU podemos aprovechar para que me enseñes a manejar. Bueno, ya casi sé, pero para practicar. Qué pasó ¿ya vamos a comprar la videocasetera? Por tu departamento hay un videoclub donde alquila mi tío unas películas padrísimas. ¿Ya viste Cara cortada? ¿Qué tal si pasamos por un Sanborns y vemos si tienen unas revistas de fut y de computadoras que vi en casa del Willy?
-¿Quién es Willy?- dijo mi papa, diez minutos después, cuando ya casi íbamos llegando a su depto.
A la entrada, vimos que había una luz prendida. Todo estaba arreglado. La cama tendida, los periódicos muy ordenaditos sobre el sofá y en la mesa de la cocina un pastel de chocolate con un letrerito que mi papá se avalanzó a recoger. Sonrió y se lo guardó en la bolsa del saco.
– ¿Quién te lo mandó?- pregunté, sabiendo la respuesta.
– Una vecina. Ya ponte la piyama y tomamos un vaso de leche con pastel. Ya es tarde -me contestó de un tirón.
– ¿No quieres que te enseñe la computadora y los juegos? No me tardo nada en conectarlos.
– Mejor mañana. Tengo que levantarme muy temprano porque voy a un desayuno a las ocho.
Cuando desperté, ya no estaba. Comí más pastel que, por cierto, estaba delicioso y me tomé un vaso de leche fría. Lo único que había en el refri. Prendí la tele y me puse a curiosear los libros. Adentro de La disputa por la nación encontré una foto de mi papá con una mujer que de seguro era Teresa. Me acordé del recadito y busqué el saco de mi papá. Pero nada, se había puesto el mismo. Volví a mirar la foto. Apenas eran como las once cuando sonó el teléfono. Era mi papá para decirme que en el cajón de su buró había dinero y las llaves. Que comprara algo para comer y que no se me olvidaran las llaves. Que me bañara. Que el llegaría como a las tres y un chorro de recomendaciones. íHijos!, peor que mi mamá.
Volví a la cocina y abrí otra vez el refri. No me gustó ver sólo el litro de leche empezado. Estuve en la tele un rato y luego me bañé. Se me olvidó correr la cortina y se hizo un charco gigante sobre el que puse dos toallas que saqué del clóset.
La unidad en la que vivía mi papá era bastante naca. Volteaba uno para arriba y puros pañales y ropa tendida. Unos niñitos estaban en los columpios y sus mamás platicaban en una banca (guácala, eran argentinas), unos cuates más allá jugaban fut pero no me acerqué porque se veían muy ñeros. El tipo que estaba barriendo me miró gachísimo, como si quisiera saber si yo vivía ahí o no. Entre a la tienda que había ahí mismo, dentro de la unidad, y la vieja luego, luego:
– íQué chulo! ¿te acabas de cambiar? ¿en qué edificio vives?
Me hice guaje porque tampoco le iba a contar la historia de mi vida ¿no? y lo más rápido que pude le dije:
– Me da dos tecates.
– ¿Qué? ¿Cuántos años tienes?
– ¿Quién, yo?-dije volteando para todos lados y para mi desgracia era el único en la pinche tienda. -Trece.
– Ah, pues entonces no te las puedo vender chato.
Me salí echó la furia. Hasta colorado me puse. Pinche vieja.
Enfrente compré unos tacos al pastor para llevar. Me los envolvieron con papel de aluminio y me dieron la salsa en una bolsita de plástico con una liga. También dos cocas de bote. Me regresé a la casa por la parte de atrás para que la vieja de la tienda no me viera. El teléfono estaba sonando y yo no podía abrir con las cosas en la mano. Cuando por fin contesté, ya no había nadie. Me sentí bien gacho. Como muy solo. En la tele estaban diciendo algo de la universidad y de la orientación profesional. Apenas era la una y media. Volví a ver la foto. Revisé los discos. Mi papá estaba fuera de onda. No había ni uno de Michael Jackson. Puros de Pedro Infante y Margie Bermejo (guácala). Otra vez sonó el teléfono.
– ¿Quién habla? -preguntó una voz de mujer y de inmediato vi a la de la foto con un teléfono en la oreja.
– Roberto.
– Ah, tú eres el famoso Beto. Yo soy Teresa, una amiga de tu papá.
– ¿Por qué famoso? -contesté como si me hubiera mentado la madre. Además, mi papá era el único que podía llamarme Beto.
– Bueno, pues porque tu papá me ha contado mucho de tí. A propósito ¿te gustó el pastel que les llevé ayer?
– ¿Qué pastel?
– No me digas que no lo viste. Uno muy rico de chocolate que dejé sobre la mesa de la cocina.
– Ah, ése. Todavía no lo probamos. Mi papá no está.
– Cuando llegue dile que me llame, por favor. Pero no se te vaya a olvidar, Beto.
Colgué sintiéndome un traidor. Me dieron ganas de hablarle a mi mama. De contarle a Andrea que yo había hablado con "la vieja esa". ¡Carajo! Me hacía falta la Andrea, por lo menos para que me abriera la coca y me la sirviera en un vaso con hielo. Y mi papá, ya ni la amolaba. Para qué tanto pinche misterio. Ni que fuera yo a decirle qué. Me acosté en su cama y me quedé mirando al techo sin saber qué hacer. No supe ni cómo pero empecé a masturbarme. Se me antojó un cigarro. Busqué en los burós y encontré una carta. Era de Teresa. íQué ridícula! Puro amor y te quiero y un chorro de cosas que parecía que mi papá era la maravilla. La guardé en su lugar y estaba bien ansioso porque llegara mi papá. Quería hablar bien en serio con él. Que me contara sus cosas ¿no? Que no me tratara como a un niñito como trataba a mi hermana. íHijos! estaba nerviosísimo porque ya llegara.
En eso oí las llaves de la puerta y me quedé concentradísimo en el pájaro loco disfrazado de muñequita de cuerda, ñiik, ñiik, ñiik, hasta que mi papá entró a la recámara y yo haciéndome como que ni cuenta me había dado. Me contempló como cualquier padre orgulloso de que su hijo estuviera tan quietecito. Hasta con ternura, diría yo.
– Hola, Beto, ¿no me oiste llegar? -y me dio un beso.
Yo hice como que me asustó.
– No papi. Es que el pájaro loco es vaciadísimo. ¿No te gusta? Siéntate aquí y te traigo tu comida. Bueno, ya deben estar un poco fríos los tacos. También te compré una coca. ¿La quieres? Es que la vieja de la tienda no me quiso vender cervezas. Por más que le expliqué que tú me las habías encargado. Que yo era tu hijo y que no sé cuanto. Hasta le dije dónde vivíamos y todo…
– Y ¿cómo te la pasaste toda la mañana solo? ¿No extrañas a tu mamá y a Andy?
(Me reventaba que le dijera así a mi hermana).
– Para nada. Me la pasé a todísimo dar. Estuve jugando fut con los chavos del otro edificio. Buenísima onda. Casi ni tiempo tuve de ver la tele. Hasta ahorita la prendí -aclaré sabiendo que le chocaba que "todo el día estés en la televisión".
– ¿No me habló nadie?
– No, no que yo me acuerde -dije poniendo mi mejor cara de pensador. -Voy volando a traerte la comida.
Regresé con los tacos helados y mi papá ya estaba sin zapatos, sentado en la cama, leyendo un montón de periódicos. El pájaro loco le estaba picando un ojo a un niñito y mi papá se comió los tacos sin verlos siquiera y sin decir nada. Yo traté de abrir la bolsita de salsa y se cayó sobre El Día.
– ¡Fíjate, hijo, mira nada más qué regadero!
– Ahora sí te enseño la computadora, ¿no papi?
Me dijo que mmju, pero la mera verdad ya ni ganas. Luego, luego se le notaba que le valía. No alzó la vista de La Jornada. De todos modos la conecté. Teclé el programa número 1, que sacaba uno como arcoiris después de unos veintisiete renglones, que se me hicieron eternos porque sentía yo la impaciencia de mi papá. íY que los mando! Error dice la pinche computadora. Corrijo y íchin!, otra vez error.
– Espérate, papi, espérate, es que es muy difícil, pero ya va a salir.
– Cuando te salga me avisas -y que se vuelve a clavar en La Jornada.
Para el viernes yo ya me sentía de la patada. De la vil patada. Aparte del día de los tacos sólo una vez había ido mi papá a la hora de la comida para ir al super. Gracias a eso no había el muerto de hambre. Llegaba a las mil quinientas cuando ya estaba yo dormido de aburrido. Mi mamá no me había hablado por teléfono ni un día. Creo que se quedó muy enojada cuando me vine porque le dije que yo no podía vivir con puras mujeres. "Es que soy hombre, mamá, y tengo que estar con mi papá." "Pero tu padre no tiene tiempo y además nunca te ha hecho caso, acuérdate, Beto". Me daba tanto coraje acordarme de eso, que mejor que no me hablara. Pero de todas maneras si ya sabía que mi padre, como ella decía con un tono que parecía que yo era el culpable de tener ese papá, no me iba a hacer caso, podría preocuparse por mí y preguntar cómo me estaba yendo, ¿no?
A mi hermana tampoco se le había ocurrido hablarme. Ni que estuviera tan chiquita para no darse cuenta que su hermano se había ido de la casa. Pinche Andrea, no le vuelvo a prestar mis cosas. De mis amigos de la escuela, todos se habían ido de vacaciones con sus papás, es decir con sus papás y sus mamás. Los ñeros de la unidad eran más grandes que yo y no se habían dignado invitarme a jugar. Me veían re feo. El departamento ya apestaba y cada día se veía más puerco. Me cái que nunca había visto tantos periódicos regados. No quedaba ni un vaso limpio, ni una cuchara, ni un pinche plato. Lo único que tomaba diario era leche directo del cartón, galletas y productos barcel. Pruébelos nomás. Ya tampoco me bañaba porque todas las toallas estaban mojadas. Lo poco que veía a mi papá no podía ni hablarle, me daban como ganas de llorar. El lo único que me decía era que no quería regresarme con mi mamá y yo le único que quería es qué llegara el sábado porque "entonces sí, Beto, vamos a comprar la videocasetera, te llevo al club y luego nos vamos a comer y después al cine. Si puedo desde el viernes en la tarde no voy trabajar y vemos la tele, ¿sale?
Para colmo, Teresa me hablaba diario. Hasta me dio su teléfono "por si algún día te sientes solo, Beto, y quieres que vaya a jugar contigo". Cada día la odiaba más. Estaba segurísimo que mi papá no estaba conmigo por andar con ella, porque mi papá no podía ser tan mala onda para abandonar a su propio hijo. Una vez, muy noche, oí a mi papá hablando por teléfono y me puse a toser como loco hasta que tuvo que colgar. Sólo dijo "te llamo mañana porque no se qué le pasa a Beto".
Ese maldito viernes me pasé como una hora haciendo caras en el espejo. La que mejor me salía era mi cara de me valemadres. Mi cara de triste. Mi cara de serio. Mi cara de maldito. Mi cara de pobre de mí. Mi sonrisa para el momento de estar cerca. Pero no, no me gustaba enseñar los dientes porque los tenía separados y me veía más chico cuando me reía. No me gustaba mucho mi cara. Ni sombra de algún pelito en el bigote, como el Willy, que ya se le notaba algo. Y en la barba menos. No me gustaba mi cara porque todo el mundo decía que yo era igualito a mi mamá. ¿Cómo podía un hombre parecerse a una señora? -me preguntaba acercándome al espejo lo más que podía para convencerme de que no tengo cara de mujer. Por eso prefería mi cara de mevalemadres o de ay si tú, así como muy acá. A mi papá le chocaba esa cara, pero no me lo decía. Sólo me lo daba a entender preguntándome "Beto, que te pasa?, ¿por qué tienes esa cara?". Así seguí examinándome hasta que se me ocurrió rasurarme. No tenía yo qué, pero tenia ganas de hacer la finta. Ahora que no iba a la escuela, mientras mi papá se rasuraba yo me sentaba sobre la tapa del baño y platicábamos. Bueno, platicaba yo, porque él no podía por la espuma y los gestos que tenía hacer para que se le restirara la cara. Pero de todas maneras me gustaba estar ahí, con él.
Me veía yo bien vaciado como Santa Clos con la crema de rasurar dejé libre de los ojos para arriba y la boca. Y que empiezo con el presto… ¡barba! y en la madre que me doy un cortadón cerca de la oreja. Y un chorro de sangre. En el lavabo se veía rojísima. Busqué en el botiquín uno como lapicito blanco que mi papá tenía en la otra casa con el que se paraba la sangre, pero en este pinche departamento no había nada. Me eché agua y por poco me muero del ardor. Vi que la cortada era larguísima, juntito a la oreja, desde la patilla hasta donde empieza el cuello. Ni siquiera una curita encontré. ¡Carajo!, la pinche sangre seguía saliendo. Agarré un pañuelo de mi papá y fui a la farmacia que estaba ahí mismo, dentro de la unidad. Compré una curita y un chorro de vendas elásticas como las que usaba para el fut. Cuando regresé, el pañuelo estaba empapado de sangre y me asusté un poco. No sé por qué me acordé de una película mexicana que había visto en cable. Eran dos mineros atrapados dentro de una mina. Uno joven y uno viejo. De repente, cuando ya se están muriendo por falta de agua, de aire y de comida, oyen que los vienen a rescatar. Y el chavo es el que más se está muriendo de sed y entonces el viejo, que es como si fuera su papá, de un navajazo se corta una vena de la muñeca y se ve como escurre la sangre y le da el brazo a chupar al joven, que se lo chupa como vampiro y medio que revive y el viejo se muere. Bien gacho, ¿no?. Me puse la curita y para que se detuviera la pinche curita que no se pegaba con nada, me vendé. íCarajo! ¿cómo no compré tela adhesiva o algo? No había manera de detenerme la curita ni la venda. Así que le di vueltas a la venda por la cabeza y quedé como momia. Toda la cabeza vendada.
– Beto, ¿qué te pasó? -me sangoloteaba mi papá nerviosísimo echado encima de mí que me había quedado a dormir boca arriba en su cama.
Al despertar lo vi tan asustado que me asusté y me empecé a hacer el moribundo.
– ¿Qué? ¿En dónde estoy? -dije con voz de quejido y moviendo la cabeza de momia de un lado a otro.
– Beto, despierta, soy yo ¿qué te pasó, hijito? -ya casi desesperado me sangoloteaba mi papá.
– Me corté, papá. Me corté la oreja.
– Pero ¿cómo? ¿Cómo que te cortaste la oreja? -gritó.
– A ver, déjame ver -y empezó a quitarme las vendas.
– ¿Quieres que llame a un doctor?, ¿a qué hora fue?, ¿no le has hablado a tu mamá? Es que no es posible. No, no te va a doler, nada más quiero ver. Esperate, Beto, nada mas quiero ver qué tienes.
La curita estaba pegada con la sangre y me jaló los pelos de la patilla cuando me la arrancó. Me dolió un chingo y di un grito que al parecer puso a mi papá furioso. En esas sonó el teléfono y mi papá dijo "espérate, voy a contestar a la sala". Era Teresa. Mi papá le contó todo. Yo estaba oyendo con la oreja buena y cada vez más negro de rabia. Mi papá le dijo que yo era un exagerado y que él se había asustado muchísimo y que no sabía qué hacer conmigo. Así estuvieron hable y hable de mí, mientras yo casi me desangro. Teresa empezó a chingar con que "un niño tan chico como Beto necesita vivir con su mamá. Tu no lo puedes cuidar, mi amor, entiéndelo. Beto no es un compañero tuyo, es tu hijo y necesita a un papá o a una mamá, y no vivir solo en un departamento todo botado". íChingada madre! cómo la odié. La odié tanto que colgué sin fijarme si hacia ruido o no y me aparecí en la sala con la mano en la oreja herida. Mi papá se puso todo nervioso, como si lo hubiera yo sorprendido en plena traición y colgó.
– Me está volviendo a salir sangre, papá. ¿Con quién hablabas?
– A ver, hijo, ven. (Cuando me decía hijo es que ya se había jodido la cosa). Te voy a poner un poco de alcohol y te voy a limpiar bien esa herida. No se te vaya a infectar. Mira nada más, con este mugrero -dijo al entrar conmigo al baño.
– Oye, hijo, quiero que sepas que yo te quiero mucho pero no puedo dejar que sigas viviendo conmigo… -y mientras me curaba se echó todo el rollo de la pinche Teresa. Bueno, con otras palabras, pero el mismo pinche rollo.
Yo me puse a llorar como si no aguantara el dolor de la oreja y sólo le pude decir: "yo también te quiero, papi". Pero ya no hubo remedio. Me ayudó a guardar mis cosas y ese mismo viernes me regresó con mi mamá.