Una vida interesante

Hace unos días moví un mueble de un lugar a otro y durante el viaje del armatoste dentro de la habitación, me pregunté si tenía yo una vida interesante. Es evidente que se trata de una pregunta absurda y carente de respuesta sensata, pero debido a algún motivo o pulsión tal cuestionamiento me vino a la cabeza. No es necesario sospechar que cualquier ser que empuje un mueble dentro de un cuarto es digno de piedad. En aquel momento y como un resorte previsible traje a cuento la novela de Xavier de Maistre, Viaje alrededor de mi cuarto, en el que este escritor aristócrata narra desde el confinamiento en su habitación, consecuencia de un castigo que le fue impuesto, las aventuras imaginarias que nacen en su mente. Harto de solucionar todo por medio de un cúmulo de referencias literarias, reiteré que una pregunta de esa naturaleza, “¿Es mi vida interesante?”, carece de respuesta, pues lo que es interesante para uno le es ajeno a otra persona, así como tampoco es posible transferir a fondo esa clase de dudas por medio del lenguaje. Me pregunté si me habría complacido formar parte de la expedición de Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) a Pensacola o acompañar a La Salle (1643-1687) en su búsqueda del Misisipi; me respondí que de ninguna manera. El solo nombre de Alexander von Humboldt (1769-1859) y sus peripecias viajeras alrededor de tantos países y latitudes en América y el mundo me invitaba de inmediato a tirarme en la cama.

Kathia Recio

Si Francisco Pizarro (1478-1541) me hubiera preguntado si deseaba yo unirme a la expedición al Perú con el fin de procurar riquezas y prodigarme aventuras, le habría yo respondido lo contrario a como lo hiciera Hernando de Soto (1500-1542), pese a perderme con ello la amistad de Atahualpa. Ni tampoco como él habría celebrado la invitación a internarme por las geografías de La Florida y los que hoy en día forman sus estados: Georgia, Carolina, Tennessee, Luisiana, Texas, etc. En el mejor de los casos me habría gustado encarnar en el peruano Pedro de Peralta Barnuevo (1663-1774), quien escribió una historia de España sin salir de Lima.

Volviendo al hecho de poseer una vida interesante, sólo el recordar las aventuras de los conquistadores antiguos y modernos me pone de inmediato quieto en la silla. Hoy que observo en la colonia Roma establecimientos nombrados en inglés cuya clientela joven y sajona “viaja” por medio de celulares y computadoras no dejo de inquirir: ¿qué tan interesante es la vida de estos exploradores? Lo mismo me sucede respecto a la academia: ¿ocupar una silla durante veinte años transforma la vida de uno en un puñado de aventuras? Es posible, y nadie puede saberlo, excepto quien sufre la experiencia.

Los mismos malditos museos, los parques célebres, el arte callejero, los restaurantes típicos, la anécdota vivida con un oriundo pacato, lo que no debes perderte a riesgo de no probar la existencia de tu viaje; todo ello me sume en el sillón, como si en un pantano depositara el trasero. Fray Diego Durán (1537-1588) en su Historia de las Indias de Nueva España e islas de tierra firme propone que los mexicanos son consecuencia del exilio de las diez tribus israelitas a las que condenó el rey asirio Salmanasar, pero yo no podría jamás escribir como Joseph Roth o Stefan Zweig. Y, por supuesto, habría preferido la muerte a tan larga travesía.

Lo que me parece, en todo caso, relevante es saciar mi curiosidad, pero ésta se presenta tan ambiciosa que tendría yo que vivir un tumulto de vidas para saciarla. De manera que ajeno a los viajes de los antiguos exploradores, conquistadores, coleccionistas —como lo fue en México Lorenzo Boturini Benaduci (1702-1755)—, me he conformado, inflamado de orgullo, con mover los muebles de mi habitación de un lugar a otro.

Guillermo Fadanelli

Escritor. Entre sus libros: Stevenson, inadaptado; El hombre mal vestido; Fandelli y Mis mujeres muertas